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Ahmed se acercó a Clara y la besó suavemente en la mejilla, luego la agarró del brazo llevándola hacia la casa.

Clara no opuso resistencia. Tanto le daba que estuviera allí Ahmed, aunque Fátima le había anunciado su presencia, instándola a que se dejara acompañar por su marido al menos para cubrir las apariencias en un momento como ése.

Ya en el interior de la casa, Fátima sirvió té y dulces a los hombres a la espera de que se formara el cortejo camino del lugar donde sería enterrado Alfred Tannenberg.

En un primer momento Clara pensó pedirle al Coronel que un helicóptero la trasladara junto al ataúd de su abuelo hasta El Cairo para enterrarle allí; luego pensó que a su abuelo tanto le daría un lugar como otro: ella había llegado a conocerle bien y sabía que nunca había sentido verdadero aprecio por ningún sitio en especial. Pero ella sí creía en el valor de los símbolos, de manera que decidió enterrar a su abuelo cerca de las ruinas del templo donde con tanta ansia aún buscaban esas tablillas que habían sido la obsesión de su abuelo.

No se quedó con los hombres, sino que se encerró en el cuarto donde su abuelo yacía en el ataúd.

Fátima había lavado y preparado el cadáver del hombre al que le había sido leal durante cuarenta años, y lo había hecho con el mismo respeto y reverencia que si estuviera vivo.

Clara cogió la mano inerte de su abuelo y no pudo evitar llorar desesperadamente.

– Abuelo…, abuelo…, ¿por qué? ¿Por qué te han hecho esto? ¡Dios mío, ayúdame a encontrar al asesino! Abuelo, no me dejes… no me dejes, por favor…

Unos golpes suaves en la puerta le anunciaron la presencia de Fátima, que entró para decirle que había llegado el momento de llevarse el ataúd.

Clara rompió a llorar con más fuerza y se abrazó al cuerpo sin vida del anciano gritando su desesperación.

Con la ayuda de Ahmed, Fátima la apartó mientras el Coronel cerraba el féretro y, ayudado por otros hombres, lo sacaban de la casa hasta el coche que les conduciría a unos cientos de metros, donde ya estaba preparado el agujero en la tierra azafranada en el que Tannenberg descansaría el resto de la eternidad.

El doctor Najeb se acercó a Clara y le ofreció una pastilla, que ella rechazó. Quería salir de la penumbra en que estaba desde dos días atrás cuando encontró a su abuelo asesinado, por más que el dolor amenazara con romperla por dentro. Salam Najeb no insistió.

Las mañanas de marzo son cálidas en Irak, y aquélla no era una excepción. Todos los hombres y mujeres de Safran, además de los soldados de la guarnición, y las autoridades de los pueblos y ciudades cercanos, se apiñaban en torno al lugar donde se había preparado la tumba de Alfred Tannenberg.

Los aldeanos observaban con curiosidad a los generales y ministros llegados de Bagdad, y alguno murmuraba que en el último minuto podía aparecer el mismísimo Sadam.

No hubo rito religioso alguno, ni católico ni musulmán. Tampoco nadie dijo una palabra de despedida al difunto. Había sido un deseo expreso de Clara que a su abuelo le enterraran sin más solemnidad que la del dolor de quienes le querían, y ella sabía que de cuantos allí se congregaban sólo ella y Fátima le habían querido.

Los hombres bajaron el ataúd hasta depositarlo en la arena seca de la tumba y el grito de Clara rompió el aire límpido de la mañana. Ahmed la sujetó con fuerza, pero no pudo evitar que su mujer intentara lanzarse a la oquedad donde la tierra empezaba a cubrir el ataúd. Fue la mano firme del Coronel quien contuvo a Clara, impidiéndole consumar el gesto. Ella gritó y lloró sin pudor, hasta que se la llevaron de aquel lugar una vez que el ataúd quedó cubierto por la tierra.

El regreso a la casa transcurrió en silencio.

El Coronel acudió al cuarto que había servido de despacho a Alfred Tannenberg para hablar con Clara y Ahmed.

– ¿Estás en condiciones de que tengamos una conversación? -le preguntó con afecto.

– Sí, sí… -respondió ella sorbiendo las lágrimas que aún le anegaban los ojos.

– Entonces escúchame, y acepta en mí al padre que ya no tienes, puesto que tu abuelo era todo para ti. Ahmed me ha dicho que estás al tanto de los negocios de tu abuelo; si es así, comprenderás que no podemos parar la operación que está en marcha. Tu marido se pondrá al frente de todo, y tú te irás; en mi opinión, cuanto antes salgas de Irak mejor. Creo que deberías irte a El Cairo, a la casa que tenéis allí. En El Cairo estarás segura hasta que pase todo. Luego puedes hacerte cargo de esa exposición que prepara el profesor Picot. No sé qué pasará dentro de un mes, ni si estaremos vivos, espero que sí, pero confío en que ese hombre, Picot, cumpla su palabra y te haga copartícipe de la exposición.

– No quiero irme -murmuró Clara.

– La guerra, niña, está a punto de comenzar. De manera que sería absurdo que te quedaras aquí, salvo que quieras morir. No te aconsejo que lo hagas, desde luego a tu abuelo no le gustaría que te mataran.

– Quiero quedarme unos días más.

– Hazlo, pero tienes que salir de Irak antes del 20 de marzo. De todas maneras no puedo seguir manteniendo aquí a muchos soldados, y todos los hombres disponibles, incluidos los de la aldea, serán llamados a cumplir su deber para con la patria.

– Clara, regresa conmigo a Bagdad -le pidió Ahmed.

– Me quedaré unos días más… quiero estar aquí. Regresaré el 17 o el 18…

– Si tardas más, no te podré sacar de Irak -sentenció el Coronel.

Cuando los helicópteros se marcharon Clara se sintió aliviada. El séquito de Bagdad apenas había permanecido cinco horas en Safran, pero ella sentía una imperiosa necesidad de estar sola, de no tener que hablar ni escuchar a nadie, de intentar recomponerse por dentro para afrontar la vida sin su abuelo.

Gian Maria se había mantenido a una respetuosa distancia durante el entierro y el tiempo en que habían estado los representantes del Gobierno de Sadam. Había podido hablar unos minutos con Ahmed, al que había asegurado que él cuidaría de Clara y la haría regresar cuanto antes a Bagdad.

Ahmed le había pedido que le llamara para enviarles algún transporte para trasladarles a la capital o directamente a la frontera con Jordania.

El comandante del contingente de soldados ordenó comenzar a desmantelar el campamento. La orden era regresar a su acuartelamiento.

El jefe de la aldea dudaba si acercarse a la casa para preguntar a Clara si los hombres iban a continuar trabajando en la excavación o tenían que regresar a sus anteriores quehaceres, algunos ya habían recibido la orden de movilización militar.

Clara se reunió con el hombre acompañada por Fátima, Ayed Sahadi y el doctor Najeb a los que el Coronel había encargado que la cuidaran.

Ante el asombro de Fátima y del doctor Najeb, Clara aseguro al jefe de la aldea que los trabajos arqueológicos continuarían durante unos días más y que necesitaba a todos los hombres disponibles; estaba dispuesta a doblarles el salario si trabajaban noche y día.

Cuando el hombre se fue, Ayed Sahadi le preguntó preocupado si no sería mejor dar la misión por terminada.

– Nos quedaremos unos días, diez quizá, y en ese tiempo trabajaremos sin descanso; puede que aún encontremos lo que busco.

Los hombres no se atrevieron a contrariarla dado su estado de desolación. Ayed Sahadi le aseguró que trabajarían con ahínco, pero le advirtió que con menos obreros de los que habían contado hasta el momento, ya que como les había anunciado el jefe de la aldea, muchos habían sido movilizados. Pero a Clara no pareció importarle, e hizo hincapié en que al menos ella continuaría trabajando.

Lion Doyle no lograba conciliar el sueño. Le daba vueltas a la idea de quedarse en Bagdad.

A su regreso de Safran, Ahmed les había contado que el Coronel quería que Clara volviera a Bagdad pero que ella había insistido en quedarse unos días más, aunque había aceptado regresar, y Doyle se preguntaba si merecía la pena arriesgarse a matarla en aquella ciudad en estado de guerra o esperar a que se reuniera con Picot en alguna capital europea donde no le resultaría complicado acabar con ella. Entrar en Irak había sido fácil, lo difícil sería largarse si estallaba la maldita guerra, de manera que o salía con el equipo de arqueólogos o ya no sabría ni cómo ni cuándo podría hacerlo, y sobre todo si podría cumplir la otra mitad del encargo.

Para quedarse necesitaba una excusa, pero eso, se dijo, no sería difícil, bastaba con decirles que se quedaba para seguir trabajando, sobre todo en ese momento en que los enviados especiales aseguraban que la guerra era inminente. Decidió llamar por teléfono a Londres, al director de Photomundi, y explicar al falso director de la agencia lo sucedido en las últimas horas. Ya habría recibido el fax, que seguro estaría en manos de Tom Martin, pero mejor sería tener una conversación en que no quedaran dudas de la muerte de Alfred Tannenberg.

Es más, se cubriría solicitando instrucciones; que fuera Tom Martin quien decidiera si se quedaba o volvía.