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– Estoy de acuerdo.

– En todo caso, diles que no renunciamos a la segunda parte.

– No podemos renunciar, hemos esperado toda una vida, y hoy Dios ha querido regalarnos la noticia del fin del monstruo.

– Dios nunca ha estado con nosotros, Hans, nunca; no estaba allí, no ha estado en todos estos años. Mercedes tiene razón: si existe, a nosotros nos abandonó.

Volvieron a quedarse en silencio cada uno perdido en sus propias reflexiones, haciendo frente a los fantasmas de un pasado que se resistía a desvanecerse.

– Llamaré a Bruno y después a Mercedes, si hay alguna novedad te volveré a llamar.

– Hazlo, Hans, hazlo, ésta será una noche muy larga.

– Yo dormiré en paz, Carlo.

– Buenas noches, Hans.

Deborah se sobresaltó con el timbre del teléfono y saltó de la cama.

– Deborah, tranquila, que sólo es el teléfono -le dijo su marido.

– Pero, Bruno, son casi las dos de la mañana, si llaman sólo puede ser para darnos una mala noticia, una desgracia…

Bruno Müller se levantó y se dirigió al salón para coger el teléfono. Deborah le seguía temerosa tiritando de frío, del frío que produce la incertidumbre.

– ¿Quién es? -preguntó con voz firme Bruno Müller.

– Bruno…, soy Hans…

– Hans, ¿qué sucede? -preguntó Bruno alarmado.

– El monstruo está muerto.

– ¡Dios mío! -exclamó el músico.

– Dios no ha tenido nada que ver con su muerte, hemos sido nosotros.

Bruno Müller sintió una oleada de calor recorrerle el cuerpo y luego como un frío helado que se le posaba en las entrañas. Su rostro reflejaba tantas emociones que parecía a punto de desvanecerse.

– ¡Bruno! ¡Bruno! ¿Qué pasa? -preguntó Deborah muy alterada.

– Déjame, Deborah, vuelve a la cama.

– Pero, Bruno… -se quejó la mujer.

– ¡Haz lo que te digo! -gritó el apacible violinista.

Hans Hausser escuchaba la conversación a través del teléfono sabiendo el sinfín de emociones que en ese momento cruzaban el alma de su amigo.

– Hans, ¿estás seguro? -preguntó temeroso Bruno.

– Lo estoy, el monstruo ya no existe, hemos acabado con él.

– Hemos podido hacerlo, al final le hemos vencido… podré morir en paz conmigo mismo.

Hans Hausser asintió en silencio a las palabras de su amigo.

Mercedes dormía profundamente. Se había tomado una pastilla para descansar, ya que en los últimos meses apenas lograba conciliar el sueño unas horas.

El teléfono sonó insistentemente antes de que ella fuera capaz de oírlo y contestar.

– Sí…

– ¿Mercedes?

– Sí…

A Hans Hausser le pareció que su amiga le hablaba desde ultratumba. El tono pastoso de la voz y la dificultad para articular palabras le preocuparon.

– ¿Estás bien?

– ¿Quién es? -alcanzó a decir Mercedes, a la que le costaba salir del mundo de los sueños.

– Soy Hans…

– ¿Hans? Hans… ¡Dios mío!, ¿qué sucede?

– Buenas noticias, por eso te he llamado a esta hora, ya veo que tienes el sueño profundo.

– Hans…, dime.

– El monstruo ha muerto.

La mujer pegó un grito que más parecía un aullido. Un grito dolorido salido de las entrañas. Cogió el vaso de agua de la mesilla y bebió un sorbo, intentando despejar las brumas en que se encontraba. Luego, a duras penas logró sentarse en la cama y poner los pies en el suelo.

– ¿Mercedes, estás bien? -quiso saber Hausser.

– Estaba… estaba muy dormida, me tomé una pastilla porque me cuesta dormir y… Hans, ¿es verdad?

– Sí, lo es, está muerto, y hay pruebas.

– ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo? -le apremió Mercedes.

– Ya le han enterrado.

– ¿Sufrió?

– No lo sé, aún desconozco los detalles.

– Espero que haya sufrido, que en el último minuto supiera por qué moría. ¿Y ella? La nieta…

– Está viva.

– ¿Por qué? No hay perdón para ninguno de sus descendientes -afirmó Mercedes con un deje de histeria.

– No hay perdón, tú lo has dicho, pero las cosas hay que hacerlas bien. Al parecer había dificultades para completar el encargo y ahora nos pregunta si debe seguir allí o puede intentarlo aquí, en Europa, porque ella tiene previsto venir.

– ¿Y cómo vamos a saber nosotros lo que es mejor? -respondió enfadada Mercedes.

– Ya nos advirtieron que un trabajo bien hecho necesita tiempo, a veces meses, y así ha sido, han pasado unos cuantos meses, ¿ahora qué hacemos?

– Que hagan lo que hemos pedido, que cumplan todo el contrato y cuanto antes mejor.

– Entonces…

– Hans, ¿estás seguro? ¿De verdad que el monstruo ya no existe?

– Lo estoy, Mercedes, lo estoy.

Mercedes comenzó a llorar, y sus sollozos emocionaron de tal manera a su viejo amigo que éste tampoco pudo evitar que se le escaparan las lágrimas.

– Mercedes, no llores, por Dios, cálmate, Mercedes, no llores…, por favor, Mercedes, tienes que ser fuerte, Mercedes, no llores…

35

– Mercedes, no llores; por favor, hija, no llores.

La niña, agarrada a la mano de su madre y temblando de frío y de hambre, a duras penas se sostenía en pie. El guardia la había empujado por no estarse quieta en la fila donde las prisioneras y sus hijos estaban alineadas. Caída en el suelo, su carita había chocado contra el barro. Se había levantado de inmediato porque su madre había tirado de ella presa del horror. En los campos, los prisioneros procuraban fundirse con el gris del cielo para no llamar la atención de los SS, ni de los kapos, ni de ninguno de aquellos hombres dispuestos a hacerles sufrir.

Su madre le apretaba la mano mientras le pedía en voz baja y llena de angustia que no llorara. El guardia que la había empujado se había distraído con otro de los pequeños que se había salido de la fila, y en aquellos segundos preciosos Mercedes intentaba retener las lágrimas tal y como le pedía su madre.

Observó a un grupo de oficiales de las SS fundiéndose en abrazos con otros oficiales que acababan de bajar de unos coches negros. Los hombres parecían contentos, y uno de ellos le aseguraba a otro que aquél sería un día inolvidable.

Durante unos instantes Mercedes pensó en qué podían hacer aquellos hombres de especial para convertir el día en una jornada inolvidable, y de nuevo se estremeció.

Uno de los kapos de nombre Gustav se acercó a donde estaban y ordenó a los niños que formaran una fila frente a sus madres. Los más pequeños se resistían a soltarse de las manos de sus madres, pero uno de los guardias de las SS se acercó con un vergajo en la mano y empezó a repartir golpes, de manera que fueron las mujeres las que suplicaron a sus hijos para que obedecieran de inmediato.

– ¡Escuchad! -gritó un oficial de las SS con un tono de voz que asustó a los pequeños-. Desde Berlín ha venido un comité científico para veros -continuó diciendo el SS-; vais a ayudar a la ciencia, al menos serviréis para eso. Todas vosotras bajaréis hasta la cantera, allí os espera un regalo con el que debéis subir de inmediato. Vuestros bastardos se quedarán aquí, para ellos tenemos otro regalito.

Alfred rió ante las palabras de su compañero de las SS, y Georg le preguntó con curiosidad por la duración de la prueba.

– Ya veremos de lo que son capaces esas perras -respondió.

Mercedes sorbía las lágrimas mientras su madre le sonreía, intentando tranquilizarla al tiempo que iniciaba el descenso a la cantera. La mujer estaba embarazada de ocho meses; hacía siete que la habían llevado a uno de los comandos dependientes de Mauthausen y ella misma se maravillaba de haber sobrevivido hasta aquel momento. Ella creía que su fortaleza era la herencia de sus padres, trabajadores del campo, como sus abuelos y todos sus antepasados hasta donde alcanzaba a saber. Otras mujeres en su estado habían muerto, incapaces de resistir las torturas y el trabajo de sol a sol. Algunas habían desaparecido al ser requeridas desde la enfermería para comprobar la marcha de su embarazo. Pero ella estaba aún más delgada que antes de quedarse embarazada, y su vientre apenas hinchado no llamaba la atención.

La había detenido la Gestapo en la Francia de Vichy cuando intentaba huir con su hija. Las deportaron a Austria en un tren de ganado, donde las encerraron en un vagón del que no las dejaron bajar ni de noche ni de día; allí, hacinadas junto a otros cientos de prisioneros, se decía que mientras estuvieran vivas no perderían la esperanza. Su marido era español y, como ella, colaboraba con la Resistencia. Le habían matado en un enfrentamiento con la Gestapo en pleno centro de París cuando intentaba huir de un control. Se había quedado sola sin saber que estaba embarazada. Intentó huir a España para refugiarse con la familia de su marido, diezmada durante la Guerra Civil. Pensaba ir a Barcelona y buscar a su madre, segura de que ésta las ayudaría. Los jefes de la Resistencia aceptaron trasladarla a la frontera, pero apenas había logrado llegar a la valla cuando la detuvieron.

Una vez en el campo, la mandaron desnudarse como al resto de las prisioneras y le entregaron la ropa que debía llevar con un triángulo rojo en medio del cual estaba la letra F. El triángulo rojo era el de los prisioneros políticos, la letra, la de su nacionalidad.