No supo hasta mucho después que estaba esperando un hijo. Pensaba que se le había retirado la regla por el miedo, las torturas, la falta de alimento y el agotamiento. Cuando fue consciente de que de nuevo iba a ser madre lloró desconsoladamente, culpándose por convertir al hijo que nacería en un prisionero desde su primer día de existencia. Luego la desesperación dio paso a la esperanza y a las ganas de vivir, pues el saberse embarazada también le dio nuevas fuerzas: tenía que mantenerse viva por el hijo que iba a nacer y por Mercedes; ambos la necesitarían, sólo la tenían a ella, aunque había hecho memorizar a Mercedes la dirección de su abuela en Barcelona por si algún día lograba salir de allí al menos una de ellas.
– ¿Por qué esos bastardos no bajan también a por piedras? -preguntó Georg.
– Es una idea, pero a ellos les tenemos otra sorpresa reservada. Van a ducharse allí. Veremos lo que aguantan -respondió Heinrich entre risotadas.
– Bajemos a ver cómo van las perras -les propuso Alfred.
El feliz grupo de oficiales y civiles bajó unos cuantos escalones de las «escaleras de la muerte» para ver mejor lo que estaba pasando al fondo de la cantera, donde las mujeres a duras penas podían soportar las piedras que les ataban a la espalda. Algunos soldados las empujaban al tiempo que les gritaban para que no se pararan, pero muchas no podían soportar la carga y caían al suelo aplastadas por las piedras. De las cincuenta mujeres, quince murieron a causa de las patadas de los soldados que, además, las golpeaban con bastones para que se pusieran en pie y subieran los ciento ochenta y seis escalones que conducían de la cantera a la explanada del campo.
Chantal apenas podía respirar; sólo la imagen de Mercedes y el deseo de ver nacer a su hijo le hacían sacar fuerzas de lo más recóndito de su alma. Caminaba doblada, arrastrando los pies al tiempo que intentaba contener las náuseas, y aunque su gesto era de dolor por dentro sonreía por ser capaz de superar cada paso.
Uno, dos, tres… De repente alzó la mirada y contempló con horror cómo los guardias empujaban a los niños para que bajaran hasta la cantera.
Apenas podía distinguir a Mercedes, pero la supuso asustada, a punto de llorar. Se irguió para que su hija la viera, intentando transmitirle la fuerza de la que en realidad carecía. Temía lo que los SS hubieran podido idear porque no alcanzaba a entender por qué empujaban a los niños hacia ellas.
La idea había sido del capitán Alfred Tannenberg y fue muy aplaudida por sus amigos. Los niños debían ir con palos dando en las nalgas a las mujeres como si de bestias de carga se trataran.
– Ellas son mulas -les dijo Alfred riendo- y vosotros los conductores. Tenéis que ser duros: si alguna tropieza y cae, le dais fuerte, no importa que sea vuestra madre; si no lo hacéis, os cargaremos las piedras a vosotros y haremos que os vayan azotando hasta que lleguéis arriba.
Los pequeños estaban aterrorizados pero apenas se atrevían a llorar, sabiendo que si lo hacían serían castigados. Cada uno cogió el palo que les daban y bajaron la escalera temerosos. Las mujeres que a duras penas pisaban los primeros escalones les miraron expectantes, hasta que comprendieron el juego cruel ideado por aquellas mentes perversas de los hombres de las SS.
– El que no dé a la mula será castigado -gritaba Alfred Tannenberg, ante las risotadas de sus amigos y del resto de los invitados a aquel espectáculo.
– ¡Vamos, vamos! ¡Empezad! -gritaban los kapos.
Los niños miraban angustiados a sus madres sin atreverse a levantar los palos.
– ¡Mercedes, dame con el palo, por Dios, hija, no te preocupes! -imploraba Chantal a su hija.
De repente una mujer se cayó y su rostro se hundió en el barro. Uno de los kapos se acercó y la pateó, pero Alfred le dio el alto buscando al hijo de la prisionera.
– ¡Eh, tú! ¡Ven aquí! -ordenó a una niña cuya delgadez la hacía parecer un espectro.
La niña, de unos ochos años y que apenas tenía fuerzas para sostener el palo, se acercó temerosa a unos pasos de aquel oficial de las SS.
– ¿Es tu madre? -preguntó el capitán Tannenberg. La pequeña asintió sin palabras.
– Pues empieza a golpear a la mula hasta que se levante. ¡Vamos, hazlo!
Hubo unos segundos de silencio. La niña no se movió. Apenas había entendido lo que aquel hombre le decía porque era sorda y aún no era capaz de leer con rapidez los labios de quien le hablaba.
El capitán Tannenberg se enfadó al verla inmóvil y cogió el palo, con el que golpeó sin piedad a la mujer que yacía sobre el barro. La pequeña le miró con horror y se tiró al suelo junto a su madre, mientras los oficiales de las SS estallaban en risas.
De repente, un niño apenas dos años mayor que la pequeña se acercó intentando ayudar a la mujer y a la niña a levantarse. Tannenberg le miró con los ojos desorbitados por la rabia.
– ¡Cómo te atreves! ¡Bastardo!
Un minuto después sacó la pistola de su funda y disparó sobre la niña tras derribar al pequeño de una patada; éste quedó tendido sobre el tercer escalón mientras que la madre apenas tenía fuerzas para gemir. La mujer intentó acercarse arrastrándose hasta el cuerpo inerte de su hija, pero una patada de Tannenberg en la cara la dejó convertida en un amasijo de carne sanguinolenta. El niño hizo ademán de incorporarse, pero no pudo porque el oficial le volvió a patear hasta dejarle inconsciente; quedó allá tirado, junto al cuerpo de su madre y de su hermana ya cadáveres.
– ¡Vamos, mulas! ¡Vamos! La que no ande ligera terminará como ésa, y vosotros, o arreáis a las mulas u os pasará lo mismo que a ese desgraciado. Su madre era una maldita comunista, zorra italiana, pero ya hemos hecho justicia. La muy cerda había parido a ese ser al que llamaba hija. ¿Eso era una niña? ¡Era un monstruo! -gritaba Tannenberg encendido por el espectáculo del que él mismo era parte.
Mercedes empezó a temblar asustada al ver a su amigo Carlo tendido en el suelo sin moverse. Carlo era mayor que ella, tenía diez años, pero siempre se mostraba compasivo y amable y le decía que no debía tener miedo.
Los hombres de las SS les gritaban para que azotaran a las mujeres, y Mercedes dejó escapar una lágrima. No quería pegar a su madre y miró desesperada a su alrededor: ninguno de sus amigos tenía el palo levantado. Sintió una mano sobre su brazo. Era la mano de Hans, que con la mirada la instaba a caminar.
– Mercedes, por favor, no te pares; mueve el palo pero sin dar a tu madre.
– No, no… -gimoteó la niña.
Una mujer embarazada gritó mientras caía desesperada al suelo. Estaba abortando allí, en aquellas escaleras, presa de un terrible dolor y angustia. La señora Müller era austríaca, una austríaca judía, profesora de piano, que había estado escondida en casa de unos amigos, pero alguien la denunció y hacía cuatro meses que había llegado a aquel infierno junto a su pequeño hijo Bruno.
El capitán Tannenberg se acercó a ella y la miró fríamente. Luego hizo una seña a uno de los médicos del campo.
– Doctor, ¿cree que los fetos judíos son como los demás? Deberíamos comprobarlo, no creo que esta cerda sirva para mucho más.
Todos quedaron en silencio y expectantes, mientras el médico se agachaba y, con un bisturí, abría el vientre de la mujer mientras aullaba de dolor; luego arqueó el cuerpo y dejó de gritar, estaba muerta. Los otros médicos se habían acercado curiosos a participar de aquella cesárea improvisada, hecha sin ningún tipo de anestésico.
El pequeño Bruno rompió a llorar desesperado; intentó alejarse, pero un kapo le sujetó con fuerza obligándole a contemplar la carnicería a la que estaban sometiendo a su madre.
Algunos niños empezaron a vomitar, incapaces de soportar aquella escena dantesca, mientras los visitantes de Berlín aplaudían entusiasmados.
Habían subido quince escalones cuando Chantal tropezó y cayó; un hilo de sangre se le escapaba por la comisura de los labios.
El capitán Tannenberg empujó a Mercedes hacia su madre.
– ¡Pégale! ¡Vamos! ¡Esa mujer es un animal! ¡Es sólo una mula! ¡Haz lo que te digo!
Mercedes estaba paralizada por el horror. No era capaz de emitir ningún sonido, y miraba con ojos desorbitados a aquel hombre que la empujaba.
– ¡Pega a la mula! ¡Haz lo que te ordeno! -gritó el capitán Tannenberg cada vez más enfurecido.
Chantal no podía hablar, notaba cómo se le escapaba la vida y se sentía impotente para proteger a su hija y a aquel niño que iba a nacer; alcanzó a extender la mano hacia Mercedes y ésta se arrodilló junto a su madre rompiendo a llorar.
El capitán Tannenberg se acercó a Chantal y la propinó una patada en el vientre que la dejó inconsciente mientras la sangre le empezaba a fluir entre las piernas. Luego levantó el vergajo para golpearla, pero no pudo hacerlo unos dientes pequeños y afilados se clavaron en su muñeca con inusitada fuerza, provocando una carcajada en los espectadores llegados de Berlín.
Mercedes mordía con fuerza la mano del capitán. Tenía sólo cinco años y era un saco de huesos, pero de algún lugar había sacado la fuerza y el valor para enfrentarse a aquel animal.
El capitán Tannenberg la empujó y la tiró al suelo. Estaba furioso por haber sido atacado por aquella niña andrajosa, iba a dispararle pero desvió la pistola hacia el vientre de Chantal. Disparó sobre su vientre como si fuera un blanco, un disparo en el centro y cuatro disparos alrededor; luego desenvainó su cuchillo reglamentario de las SS y la abrió en canal como si de un animal se tratara, arrancando de las entrañas muertas el cadáver de aquel niño que nunca nacería. Después, se lo tiró a Mercedes dándole en la cara con los restos de aquella criatura.