– ¡Georg dijo que saliéramos cuanto antes!
– Georg no tiene una esposa embarazada, de manera que haré lo que pueda, y en este momento no puedo irme.
– Tienes que pasar la frontera mañana por la noche… -insistió Heinrich.
– No sé si podré, pero tú vete, hazme ese favor, vete cuanto antes de aquí; no estaré tranquilo hasta saberos a todos a salvo.
Se fundieron en un largo abrazo. Les unía no sólo la infancia y los años de universidad, también los años vividos en Mauthausen les habían marcado para siempre. Habían hecho del dolor ajeno su mejor diversión, tanto que habían perdido la memoria sobre el número de prisioneros a los que personalmente habían torturado y asesinado.
– Nos volveremos a ver -aseguró Alfred.
– De eso estoy seguro -le respondió Heinrich.
El médico tardó en llegar y cuando lo hizo Alfred le amenazó con que pagaría cara la tardanza. Greta lanzaba alaridos de dolor y la criada había sido incapaz de prestarle ayuda alguna.
Durante una hora Alfred esperó en la cocina bebiendo aguardiente mientras el médico luchaba por salvar la vida de su hijo y de Greta. No rezó pidiendo ayuda a Dios porque en nada creía, de manera que durante esa hora hizo un plan para intentar salir cuanto antes de Austria, ya que esa noche no podría hacerlo tal y como Georg lo había previsto.
Cuando vio al médico en el umbral de la puerta y detrás, llorando, a la criada, supo que algo había salido mal. Se levantó de la silla y acercándose al doctor esperó a que éste hablara.
– Lo siento, ha sido imposible salvar a la niña, y su mujer… bueno, el estado de la señora Tannenberg es muy delicado. Debería trasladarla a un hospital, ha perdido mucha sangre; si la deja aquí, no creo que pueda aguantar.
– ¿La niña? ¿Era una niña? -acertó a preguntar rojo de ira.
– Sí, era una niña.
Alfred Tannenberg abofeteó al médico y éste no se resistió. Nunca habría osado enfrentarse a un oficial de las SS y mucho menos a un hombre como aquél, cuya mirada revelaba que no conocía ningún límite.
Tampoco se atrevió a moverse, de manera que aguantó en pie, con el rostro enrojecido por el golpe y la vergüenza, sintiendo un dolor insoportable en el oído.
– Consiga una ambulancia, ¡hágalo ya! -gritó Tannenberg-. ¡Y usted -le dijo a la criada-, vaya con mi esposa!
La mujer salió deprisa de la cocina, temiendo que la golpeara también a ella. Greta gemía medio inconsciente llamando a la hija perdida.
La ambulancia tardó en llegar otra hora más y para entonces Greta había entrado en un estado de inconsciencia profundo que a Tannenberg se le antojaba cercano a la muerte.
Cuando llegaron al hospital Greta era ya cadáver y lo único que pudieron hacer los médicos fue certificar su muerte.
Tannenberg no demostró más emoción que furia, una furia que médicos y enfermeras creyeron que era por haber perdido a su esposa, aunque en realidad al capitán de las SS lo que le enfurecía era haber perdido unas horas preciosas en su planificada fuga.
Ahora debía avisar a los padres de Greta y esperar a que llegaran para asistir al entierro, lo que le retrasaría por lo menos un par de días, y Georg había dejado claro que tenían el tiempo en contra. Al menos, pensó, Heinrich y Franz cumplirían el plan previsto. Él tendría que quedarse hasta el entierro de Greta; lo contrario supondría afrentar a su poderoso suegro Fritz Hermann, lo que sería tanto como disgustar a Himmler, y mientras Alemania no cayera definitivamente, esos hombres eran quienes movían los hilos de aquel ya desfallecido Reich.
Regresó a su casa con el cadáver de Greta y ordenó a la criada que amortajara el cuerpo de su mujer. No sentía demasiado su pérdida, aunque había sido una esposa entusiasta y leal que jamás le había defraudado porque se había sometido a todos sus caprichos sin cuestionarlos ni protestar. Habían tardado varios años en concebir un hijo, una hija, había dicho el doctor, y Greta se sentía inmensamente feliz por ello. Le había llegado a gustar la idea de tener descendencia y sentía que le turbaba saber que Greta albergaba un niño en su seno. Lo imaginaba rubio, de piel blanquísima y mirada azul, sonriente y feliz.
El comandante de Mauthausen se mostró solícito cuando se enteró de la muerte de Greta y le preguntó por su retrasada misión fuera de Austria, a lo que Tannenberg no respondió, simplemente le informó de que su suegro, Fritz Hermann, estaba a punto de llegar y debía disponer lo necesario para hacer los honores a uno de los hombres más cercanos a Himmler.
Zieris entendió el mensaje y no insistió, aunque aún le hizo una confidencia.
– En estas últimas horas he recibido una llamada de Berlín. La Cruz Roja está insistiendo a Himmler para que les permita visitar Mauthausen. Hace meses que están intentando entrar en los campos. Tengo amigos que me aseguran que nuestro Reichführer pretende negociar una salida con los aliados. Me temo que todo está perdido… los rusos ya han ocupado parte de Alemania y los aliados están a punto de ocupar Austria, pero supongo que usted ya sabe todo esto, ¿o me equivoco?
Tannenberg no respondió, sino que permaneció en silencio de pie mirando fijamente al comandante del campo.
– Es una pena que se vaya, viene un contingente de las SS a ayudarnos a evacuar el campo, debemos deshacernos de algunos prisioneros. Esto tiene que parecer… bueno, sólo un campo de prisioneros. El castillo de Hartheim va a ser transformado de inmediato en un orfanato. Y debemos borrar cualquier huella de las cámaras de gas, de los hornos crematorios…, en fin, nos espera una ardua tarea, siento que no nos pueda echar una mano porque no tenemos demasiado tiempo para hacer lo que nos han ordenado.
El comandante no logró sacar a Alfred Tannenberg del silencio en que se había instalado. No era difícil darse cuenta que para Alfred Tannenberg nada de lo que le contaba Zieris sería un problema.
Herr Hermann y su esposa lloraron desconsolados la muerte de su hija Greta y de la nieta no nacida. Ahora que se estaba derrumbando el Reich, a Tannenberg le pareció que su otrora influyente suegro era sólo un simple hombre sin ninguna imaginación para intentar salvarse. No le dijo que él se marchaba, sólo que tenía encomendada una misión para lograr que, pasara lo que pasase, las SS sobrevivieran y algún día intentaran devolver su grandeza a Alemania.
Fritz Hermann le escuchaba mientras se enjugaba las lágrimas.
Cuando sus suegros, más aturdidos que otra cosa, se despidieron de él para regresar a Berlín, Tannenberg suspiró aliviado. Por fin podía organizar su propia fuga, porque era evidente que no había tiempo que perder.
Buscó los documentos que le había dado Georg y los guardó en una cartera de piel. Luego, con una pequeña maleta donde guardaba las dos tablillas de Jaran y algo de ropa, más dos bolsas, una con dólares y otra repleta de anillos, relojes, y joyas arrebatadas a los prisioneros que llegaban al campo, se dispuso a dejar Mauthausen para siempre.
Un coche con un chófer le esperaba en la puerta de su casa. Salió sin siquiera despedirse de la criada y tampoco saludó al soldado que le había de trasladar a Suiza.
Cuando llegaron a la frontera sonrió aliviado. En cuanto llegara a Zurich buscaría a sus padres, pero no se quedaría mucho tiempo en Suiza. Una vez establecidos los contactos previstos por Georg, viajaría de inmediato a El Cairo. Pero lo primero era llegar a Zurich y allí adoptar la nueva personalidad que le había proporcionado su amigo.
Sus padres se habían instalado en un hotel discreto cerca del centro de la ciudad, que en aquellos días estaba abarrotada de agentes de todos los lugares del mundo en busca de información, pero sobre todo era una plataforma envidiable para contemplar el fin del III Reich.
Su madre le abrazó aliviada y su padre tampoco ocultó la emoción que sentía al verle, aunque su madre rompió a llorar cuando anunció el fallecimiento de Greta y la pérdida de su hija.
– ¿Cuánto tiempo te quedarás? En Berlín sólo me dijiste que nos veríamos aquí y que te habían encargado una misión delicada -quiso saber su padre.
– No me quedaré más que un par de días, el tiempo necesario para encontrar un avión que me lleve a Lisboa o a Casablanca, y de allí a El Cairo.
– ¿A El Cairo? ¿Por qué tienes que ir a Egipto?
– Padre, no hace falta que te diga que hemos perdido la guerra.
– ¡No digas eso! ¡Alemania aún puede ganar! ¡Hitler no se rendirá jamás!
– Vamos, padre, aceptaste venir a Suiza porque eras consciente de la situación.
– Lo hice porque me convenciste de que era mejor esperar aquí el final de la guerra, pero no la doy aún por perdida.
– Pues hazlo, cuanto antes lo asumas mejor para la familia. Y ya sé que querrás regresar cuando termine, pero yo en tu lugar no lo haría. Los aliados buscarán a todos aquellos que hayan tenido un papel relevante junto a Hitler y les juzgarán como al Führer. Es mejor aceptar la realidad, por eso me voy a El Cairo; iniciaré una nueva vida, lo dejo todo, ya no puedo hacer nada más por Alemania.
La pesadumbre se apoderó de herr Tannenberg, que miraba con incredulidad a su hijo.
– ¿También nos dejas a nosotros? -le preguntó directamente su madre.
– De alguna manera sí, voy a dejaros. Tenemos que separarnos. No os puedo llevar conmigo; si me hicierais caso permaneceríais aquí, en Suiza. Papá, aquí tenemos dinero, dinero suficiente para vivir cómodamente el resto de vuestras vidas. Si regresas a Alemania cuando termine la guerra lo perderás todo.