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El edificio de tres plantas parecía más cuidado que el resto de las casas de la zona. Un letrero explicaba que allí estaba la sede de un negocio de importación y exportación, además de una tienda donde prometían antigüedades auténticas.

Cuando empujó la puerta, le sorprendió verse en una tienda abigarrada de objetos. No había un centímetro donde no hubiese algo, aunque una rápida mirada le bastó para saber que aquellas antigüedades eran en realidad baratijas e imitaciones. Un joven de aspecto pulcro se acercó a él.

– ¿En qué puedo ayudarle?

– Busco al señor Mubak.

– ¿Le espera?

– No, en realidad no sabe que llegaba hoy, pero dígale que vengo de parte de herr Wolter.

El joven le miró de arriba abajo y titubeó, pero luego le señaló una silla para que aguardara, mientras él se perdía por una escalera que conducía a los pisos superiores.

Tannenberg estuvo esperando más de un cuarto de hora sabiéndose observado, antes de que Yasir Mubak bajara la escalera y se acercara sonriente a él.

– Pase, pase, los amigos de herr Wolter son siempre bienvenidos. ¿Quiere subir a mi despacho?

Siguió al hombre por las escaleras hasta el primer piso donde una puerta les condujo a una estancia amplia, decorada a la occidental, y otra puerta daba al despacho del señor Mubak. No sabía de dónde venían, pero escuchaba el susurro de voces y máquinas de escribir, lo que evidenciaba que en aquel lugar había más gente trabajando.

– Bien, señor… ¿Me ha dicho su nombre?

– No, no se lo he dicho. Soy Alfred Tannenberg y tengo cierta urgencia en encontrarme con el señor Wolter.

– Desde luego, desde luego… Verá, yo enviaré recado al señor Wolter de que usted le quiere ver y él se pondrá en contacto con usted. ¿Quiere que le dé alguna nota o le transmita algo especial?

Tannenberg sacó un sobre lacrado y se lo entregó a Yasir Mubak.

– Déselo de mi parte a herr Wolter, y dígale que estoy en el hotel Nacional.

– Lo haré, lo haré, ¿en qué otra cosa puedo servirle?

Iba a responder cuando la puerta del despacho se abrió y entró una mujer morena, con cierto parecido a Yasir Mubak y vestida como él a la occidental. La mujer llevaba un sobrio traje de chaqueta gris con una blusa blanca, zapatos negros de tacón y el pelo recogido en un moño.

– ¡Lo siento! Pensé que estabas solo…

– Pasa, pasa… Alia, te presento al señor Tannenberg. Es mi hermana, además de una gran ayuda en el negocio.

Alfred Tannenberg se puso en pie y chocó los talones inclinando la cabeza. No se atrevía a darle la mano, porque aunque la mujer parecía estar occidentalizada, lo mismo consideraba una ofensa que un hombre la tocara.

– Señora…

– Encantada, señor Tannenberg -le respondió Alia en un aceptable alemán.

– ¡Habla usted mi idioma!

– Sí, viví unos años en Hamburgo acompañando a mi hermana menor, casada con un hombre de negocios de su país.

– Mi cuñado es fabricante de ropa y nos compraba algodón, conoció a mi hermana y… bueno, se enamoraron, se casaron y han vivido felizmente en Hamburgo hasta hace un par de años. La guerra les ha obligado a dejar Alemania y ahora están aquí -explicó Yasir.

– Y yo he vivido largas temporadas en Hamburgo ayudando a mi hermana con sus cuatro traviesos hijos -explicó a su vez Alia.

Yasir Mubak invitó a Tannenberg a tomar el té y éste aceptó, sin dejar de observar a Alia. La mujer no era ni guapa ni fea, ni alta ni baja, pero tenía un atractivo especial, desde luego ejercía sobre él cierto magnetismo. Durante la hora que estuvo en las oficinas de Mubak, no dejó de observar de reojo a Alia. Tannenberg calculó que la mujer tendría alrededor de treinta años y parecía muy saludable. Fue en ese momento cuando tomó la decisión. Se casaría con Alia Mubak, si es que el agente de las SS le confirmaba que aquella era una familia de fiar, aunque debía de serlo puesto que las oficinas de Mubak eran el punto de encuentro entre los agentes de las SS que llegaban de Alemania.

Esa misma noche recibió la visita de herr Wolter, en realidad el comandante de las SS Helmut Wolter.

Tenían más o menos la misma edad y parecían hermanos gemelos. Wolter era rubio, con los ojos de azul acero y la piel blanca, ahora tostada por el sol. Alto, de complexión atlética, era el modelo de oficial que a Himmler le gustaba tener en las SS.

El comandante Wolter le puso al tanto de la situación en Egipto. Como el resto de los países de la zona, los egipcios simpatizaban con la causa de Hitler, y su odio a los judíos era proporcional al de los alemanes. Allí estaban seguros, no tenían nada que temer, y en esos años él y otros agentes habían establecido una tupida organización. Ahora que la guerra parecía perdida, la dedicarían a proteger a los suyos en espera de que la situación volviera a cambiar en Alemania. Las SS, le dijo, no se rendirían jamás.

Más allá del discurso patriótico, que Alfred supuso que Wolter se veía obligado a hacer, sintió simpatía por aquel agente que llevaba ya cinco largos años en El Cairo y que había viajado por Oriente estudiando el terreno, y repartiendo dinero para comprar voluntades.

– ¿Yasir Mubak es de fiar? -preguntó Alfred.

– Sí, desde luego que sí. Es cuñado de un empresario alemán, nazi como nosotros, que ha hecho grandes servicios al Reich. Yasir y el resto de la familia simpatizan con nuestra causa y nos han prestado su ayuda de manera incondicional. Podemos confiar en Yasir como en nosotros mismos -le aseguró el comandante Wolter.

– ¿Trabaja para nosotros?

– Colabora con nosotros, nos da mucha y buena información. Yasir tiene su propia red de agentes repartidos por todo Oriente Próximo. Es un comerciante y asegura que un comerciante tiene que estar bien informado. Su colaboración es gratuita, jamás ha aceptado dinero.

– No me gustan los hombres que no cobran por su trabajo -dijo Tannenberg.

– Es que él no trabaja para nosotros, trabaja con nosotros, ésa es la diferencia, capitán.

– ¿Y su familia?

– Yasir está casado, tiene cinco o seis hijos, varias hermanas y hermanos, unos padres ya ancianos y un sinfín de tíos, primos y demás parientes. Si le cae bien algún día le invitará a que entre en su santuario familiar, le aseguro que es toda una experiencia.

– He conocido a su hermana Alia.

– ¡Ah, sí, Alia! Es una mujer peculiar, la solterona de la familia, ayuda a Yasir en el negocio puesto que habla inglés y alemán. Lo aprendió en Hamburgo, estuvo allí haciendo de tía solterona con los cuatro hijos de su hermana.

– ¿Solterona?

– Tiene treinta años y en Egipto si una mujer llega a esa edad sin casarse difícilmente encontrará marido, salvo que su familia le dé una dote extraordinaria. Pero ella no parece preocupada por quedarse soltera; además, aquí la encuentran un poco rara, no se quiere vestir como las demás mujeres, y no es bien vista por eso, aunque nadie se atreve a decir nada porque Yasir es un hombre bien relacionado con los jerarcas del Gobierno.

Alfred Tannenberg escuchó con atención la información que le daba el comandante Wolter sobre la familia Mubak; luego los dos hombres hablaron del futuro inmediato y del papel que el propio Alfred podía desempeñar en el servicio secreto de las SS en Egipto.

Los días posteriores, el capitán Tannenberg fue tejiendo su propio plan de acción. Las noticias que llegaban de Alemania eran contundentes, los aliados estaban cada vez más cerca de ganar la guerra y entre la comunidad internacional que en esos días abarrotaba los mejores hoteles de El Cairo tampoco había dudas: con la derrota de Alemania comenzaba una era nueva.

Una tarde en que Tannenberg visitó a Yasir en el edificio de Jan el Jalili, le hizo abiertamente dos propuestas.

– Yasir, amigo mío, discúlpeme si le ofende lo que voy a decirle, pero me gustaría tener su permiso para cortejar a Alia. Mis intenciones son claras como el agua: si ella quiere y su familia nos da su bendición, para mí sería un honor que se convirtiera en mi esposa.

Yasir se quedó mirándole asombrado. No podía entender que aquel hombre bien parecido, que además disponía de fortuna personal, se hubiera fijado en su querida hermana. Alia no era atractiva, pensó, ni destacaba por nada salvo por su conocimiento del inglés y del alemán, además de haber aprendido a escribir a máquina. Él dudaba que fuera a ser una buena esposa y en la familia ya se habían resignado a que Alia se quedara soltera, y, de repente aquel alemán le pedía permiso para cortejarla, ¿por qué?, se preguntó.

– No haré nada sin tu consentimiento -le dijo Tannenberg, al ver aflorar la duda en la mirada de su nuevo amigo.

– Hablaré con mi padre, es él quien tiene que darle permiso. Si mi padre quiere considerar su propuesta, se lo haré saber.

Pero a Yasir aún le quedaba otra sorpresa.

– Bien, amigo mío, ahora me gustaría que habláramos de negocios. Quiero poner en marcha una empresa… una empresa de antigüedades, y también quiero financiar excavaciones arqueológicas, ya sabe que soy arqueólogo, bueno, lo era antes de la guerra.