En el tiempo que llevaba en El Cairo Tannenberg había sopesado qué tipo de hombre era Yasir Mubak, llegando a la conclusión de que al comerciante lo único que le importaba era ganar dinero, cuanto más mejor. Con la ayuda de Yasir podría llevar a cabo algunas de sus ideas, en realidad podría cumplir con el objetivo compartido con sus camaradas, con Georg, Franz y Heinrich: saquear los tesoros arqueológicos de Oriente y ponerlos a la venta, y estaba seguro de haber encontrado en Yasir al socio adecuado para la empresa.
Después de cinco horas, durante las cuales Yasir exigió que nadie le molestase, llegaron a un acuerdo para formar una compañía dedicada a las antigüedades. Yasir continuaría con sus negocios y sería socio de Tannenberg en el que el capitán quería poner en marcha. Los contactos del uno junto a las ideas del otro podían hacerles aún más ricos de lo que eran; además, tenían algo en común: carecían de escrúpulos.
La respuesta del padre de Alia y Yasir le llegó una semana después a través de una nota enviada por el anciano, en la que le invitaba a almorzar el siguiente viernes con su familia.
Alfred Tannenberg sonrió satisfecho. Las cosas no podían irle mejor: acababa de poner un negocio en marcha y además iba a casarse. La boda con Alia tenía muchas ventajas, entre otras que él pasaría a formar parte del clan Mubak y eso le supondría estar bajo la protección de una de las familias principales de Egipto, e iba a necesitar protección ahora que la guerra estaba en su fase final. Asimismo, ser socio de Yasir le abriría las puertas en todo Oriente, donde podrían desconfiar de un extranjero, pero no de un miembro de la respetada familia Mubak.
La ventaja de vivir una época extraordinaria como la de la guerra le permitió convencer al padre de Alia para no retrasar demasiado la boda, pero aun así tuvo que aceptar dejar pasar unos meses.
El día en que el comandante Wolter le telefoneó para informarle del suicidio de Hitler se sorprendió a sí mismo pensando que tanto le daba, y que su única preocupación era la situación que debían afrontar los SS que estaban en Egipto y en otros lugares de Oriente. Pero el comandante Wolter le recordó que pondrían en marcha los planes previstos y pasarían a la clandestinidad; tenían documentación falsa y dinero para ello. La guerra había llegado a su fin y los aliados se habían encontrado con que el infierno existía en la tierra, y no era otro que los campos de concentración sembrados por Alemania, Austria, Polonia… por todos aquellos países en los que Hitler había puesto la bota.
– Sin los malditos norteamericanos no nos habrían vencido -se quejó el comandante Wolter.
– Empezamos a perder la guerra en Rusia, Hitler se equivocó, calibró mal a Stalin -le respondió Alfred.
– Me pregunto por qué Norteamérica no ha entendido a Hitler -insistió Wolter.
Alfred Tannenberg sopesó con Yasir y con Wolter si debía o no adoptar una nueva identidad. El comandante Wolter le instó a que lo hiciera; Yasir por su parte dijo que nadie le iría a buscar a Egipto, y que a su padre no le gustaría que una de sus hijas se casara con un hombre con identidad falsa. El argumento decidió a Alfred a seguir llamándose Tannenberg. Sabía que corría riesgos, pero coincidía con Yasir en que en Egipto podría sobrevivir con su propia identidad.
Un año después de acabada la guerra, Alfred Tannenberg ya se había casado con Alia Mubak y, lo que era mejor, los negocios empezaban a irle mejor de lo que esperaba. Había logrado ponerse en contacto con Georg que, bajo la protección de su tío, comenzaba a tejer su nueva vida en Estados Unidos. Heinrich estaba en Madrid disfrutando de su nueva identidad, bajo el manto protector del régimen de Franco, y Franz se mostraba exultante en Brasil, donde la red de las SS había demostrado ser harto eficaz para proteger a los suyos. Claro que aún debería pasar un tiempo antes de que el negocio del robo de antigüedades, tal y como lo habían concebido, empezara a funcionar, pero Tannenberg estaba haciendo lo que creía necesario, que consistía en empezar a buscar los objetos que pondrían en el mercado cuando llegara el momento oportuno.
Yasir le presentó a las personas adecuadas, ladrones de tumbas que conocían el Valle de los Reyes como la palma de la mano. Pero fue él, el propio Tannenberg, quien aplicando sus conocimientos de historia antigua hizo un plan detallado para financiar excavaciones en Siria, Jordania, Irak… sobre todo puso especial empeño en dirigir personalmente un equipo que se puso a trabajar en Jaran.
Soñaba con encontrar las tablillas de Abraham, las tablillas escritas por aquel Shamas que relataban las historias contadas por Abraham.
Tannenberg contagió a Alia de su pasión por las tablillas bíblicas y convenció a Yasir de la importancia de la empresa.
Aquellas tablillas eran su obsesión, el motor principal de su vida; estaba convencido de que el día que las reuniera todas, ese día, entraría por la puerta grande en la historia y a nadie le importaría lo que hubiese sido. No es que se arrepintiera de nada de lo hecho en Mauthausen, todo lo contrario, pero era consciente de que las potencias aliadas querían ver juzgados a todos aquellos que habían trabajado en los campos. A él le buscarían, pero pronto se dio cuenta de que no con el suficiente empeño y, como decía Yasir, nadie iría a buscarle a Egipto.
En Egipto, más tarde en Siria y en Irak, encontró un refugio seguro al igual que muchos de sus camaradas. Del juicio de Nuremberg fue sabiendo mientras excavaba de nuevo en Jaran soñando en encontrar las tablillas sobre la Creación del mundo. Allí en Jaran Alia concibió a su hijo Helmut, mientras su rastro se perdía entre las arenas de los desiertos de Oriente Próximo.
36
– Mercedes, por favor, no llores…
Las palabras de Bruno no lograban hacer mella en el ánimo de Mercedes, que no lograba contener las lágrimas.
Carlo le acercó un vaso de agua y Hans se sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo blanco inmaculado y se lo dio a su amiga.
A aquella hora de la tarde en Barcelona el bullicio de la calle se colaba por los resquicios de las ventanas de la casa de Mercedes.
La idea de reunirse los cuatro había sido de Hans y en apenas unas horas todos habían aterrizado en Barcelona, preocupados, además, por el shock emocional en el que estaba sumida Mercedes desde que conociera la noticia de la muerte de Alfred Tannenberg.
– Lo siento, lo siento -se disculpó Mercedes-, no puedo evitarlo, no he dejado de llorar desde que me llamasteis…
– Mercedes, por favor, no llores -le insistió Carlo.
– ¿Sabes?, me parece un milagro que hayamos podido matar al monstruo. Siempre pensé que algún día lo lograríamos, pero a veces me desesperaba y… -Mercedes volvió a dejar escapar las lágrimas.
– Vamos, vamos, por favor, no llores, debemos estar contentos, hemos cumplido con nuestro juramento y le hemos sobrevivido -dijo Bruno intentando buscar palabras de consuelo.
– Aún recuerdo el día en que llegaron los norteamericanos a Mauthausen… tú estabas escondida en aquel pabellón con nosotros. Parecías un niño, el buen médico polaco te salvó la vida y convenció a los otros para que te quedaras allí -recordó Carlo.
– Si te hubieran descubierto… -dijo Hans.
– No sé qué nos habrían hecho, pero seguramente aquellos bestias se lo habrían hecho pagar al doctor y a todos los hombres del pabellón -reflexionó Bruno.
– Entonces eras más dura que ahora y no llorabas tanto -intentó bromear Carlo.
Mercedes se limpió las lágrimas con el pañuelo de Hans y bebió un sorbo de agua.
– Perdonadme… voy… voy a lavarme la cara, ahora vengo. Cuando la mujer salió del salón los tres amigos se miraron sin ocultar la angustia que sentían.
– Me pregunto cómo es posible que el monstruo haya podido vivir todos estos años en Oriente Próximo sin que nadie le denunciara-se lamentó Bruno.
– Muchos nazis se refugiaron en Siria, en Egipto, en Irak, lo mismo que en Brasil, Paraguay y otros países latinoamericanos. El caso de Tannenberg no es único, aún hay muchos nazis que viven tranquilamente convertidos en ancianos sin que nadie les moleste -dijo Hans.
– No olvidéis que el gran muftí de Jerusalén era un firme aliado de Hitler y que los árabes eran mayoritariamente partidarios del régimen nazi, así que ¿de qué nos sorprendemos? -respondió Carlo.
– ¿Por qué no hemos logrado encontrarle en todos estos años? -se preguntó Bruno.
– Porque aunque haya cambiado de identidad encontrar a un hombre, en un país democrático es más fácil que en un país con un régimen feudal o dictatorial -respondió Carlo.
Mercedes regresó al salón más tranquila, aunque con los ojos enrojecidos por el llanto.
– Todavía no os he dado las gracias por haber venido -les dijo esbozando una sonrisa.
– Todos necesitábamos vernos y estar juntos -respondió Hans.
– ¡Dios, qué largo camino hemos hecho! -exclamó Mercedes.
– Sí, pero ha merecido la pena. Todos estos años de sufrimiento, de pesadillas, al final han tenido la única compensación posible: la venganza -contestó Bruno.
– La venganza, sí, la venganza; ni un solo minuto en todos estos años he tenido dudas de que debíamos cumplir nuestro juramento. Lo que vivimos… aquello fue… fue el infierno, por eso pienso que si Dios existe y nos castiga nunca podrá ser peor que Mauthausen -dijo Mercedes de nuevo con los ojos anegados por las lágrimas.