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– ¿Volviste a hablar con Tom Martin? -preguntó Carlo a Hans para intentar distraer a Mercedes.

– Sí, y le dije que tenían que completar el trabajo, cuanto antes mejor. Me aseguró que su hombre cumpliría lo pactado, y me recalcó las enormes dificultades que había tenido que afrontar para cumplir el encargo. Cree que no sé apreciar lo que significa infiltrarse en Irak y matar a un hombre que estaba protegido por Sadam -respondió Hans.

– Le ha llevado su tiempo cumplir el encargo -comentó Bruno.

– Sí, pero por eso lo ha podido hacer y nos ha costado lo que nos ha costado. Global Group no es una agencia de vulgares asesinos, si lo fuera seguramente no habrían podido matar a Tannenberg. De todas formas le he insistido en que la segunda parte del trabajo, la eliminación de Clara Tannenberg, debería de ser más rápida que la de su abuelo -explicó Hans.

– Puede que eliminar a Clara Tannenberg resulte más complicado, todos los periódicos parecen estar seguros de que Bush dará la orden de atacar Irak en cualquier momento, y, si es así, si empieza la guerra, al hombre de Tom Martin no le va a resultar fácil cumplir el encargo-manifestó Carlo con un deje de preocupación.

– Pero no sabemos si finalmente habrá guerra, por más que los periódicos digan que es inminente-respondió Bruno.

– La habrá, seguro; la Administración norteamericana lo tiene decidido. Es mucho lo que está en juego -respondió Carlo.

– ¿Sabes?, siempre me ha maravillado que puedas ser comunista-le dijo Hans.

Carlo rió, aunque su risa estaba teñida de amargura.

– Mi madre estaba en Mauthausen por ser comunista; bueno, en realidad porque mi padre era comunista. Él murió antes de llegar al campo y mi madre… mi madre le adoraba y asumió su ideología como propia, porque también era la de sus padres. ¿Qué otra cosa podía ser yo? Pero además sigo creyendo en que hay valores en la ideología comunista, a pesar del horror que padecieron detrás del Telón de Acero, con Stalin y los gulag.

– En cualquier caso, y no sé si me importan demasiado las razones, Bush va a librar al mundo de un miserable, de un asesino, porque eso es lo que es Sadam -comentó Hans.

– Pero para acabar con Sadam van a tener que morir muchos inocentes, y eso amigo mío es moralmente inaceptable, aunque yo nunca seré anti norteamericano, les debemos la vida -terció Bruno.

– ¿Cuántos inocentes murieron para liberarnos a nosotros? -le respondió Hans-. Si Estados Unidos no hubiera sacrificado a miles de sus hombres, nosotros habríamos muerto en Mauthausen.

– Los dos tenéis razón -apostilló Mercedes.

Se quedaron en silencio, perdidos en sus pensamientos. Su visión de la realidad siempre había estado marcada por el horror de Mauthausen.

Carlo se levantó del sillón donde estaba sentado, dio una palmada y con un tono de voz que intentaba ser alegre propuso a sus amigos ir a celebrarlo con una buena comida.

– Eres nuestra anfitriona, de manera que sorpréndenos. Pero procura que este almuerzo sea memorable, nos lo hemos ganado, llevamos cincuenta años esperando este momento.

Los cuatro eran conscientes de que debían hacer un esfuerzo y sobreponerse a la emoción de las últimas horas. Mercedes les prometió que les invitaría al mejor almuerzo que pudieran soñar.

Ninguno de los cuatro había superado nunca el hambre. Hacía muchos años que habían dejado atrás las penalidades de Mauthausen, pero llevaban grabado el dolor y el hambre en lo más hondo de su ser.

37

Gian Maria estaba limpiando cuidadosamente una tablilla en la que apenas se veían los signos cuneiformes, cuando un obrero entró gritando en la estancia donde se encontraba trabajando.

– ¡Venga, señor! ¡Venga! ¡Hay otra habitación! ¡Se ha caído un muro! -gritó el hombre preso de una gran agitación.

– ¿Qué ha pasado? ¿A qué muro se refiere?

Salió detrás del hombre, que casi corría en dirección a la excavación. Ayed Sahadi, muy alterado, daba órdenes al grupo de obreros que fortuitamente habían dado con otra estancia al golpear uno de ellos un muro con un zapapico.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Gian Maria al capataz.

– Ese hombre de ahí golpeó el muro y éste se derrumbó; hemos encontrado otra habitación con algunos restos de tablillas. He mandado llamar a la señorita Clara.

En ese momento Clara llegaba corriendo seguida por Fátima.

– ¿Qué han encontrado? -preguntó.

– Otra estancia y más tablillas -respondió Gian Maria.

Clara pidió a los obreros que apuntalaran aquella habitación, además de recoger todas las tablillas que hubiera. Gian Maria se sentó en el suelo para echar un vistazo a los nuevos hallazgos. Le dolían los ojos de tanto leer aquellos signos desdibujados por el paso del tiempo, pero sabía que tarde o temprano Clara le pediría que examinara las tablillas encontradas.

No halló ninguna que le llamara la atención y con cuidado empezó a alinearlas para que los obreros las trasladaran al campamento, donde desde los últimos días estaban guardando en un contenedor algunas de las piezas que Picot no se había llevado consigo.

Pensó en lo bien que les había venido el regreso de Ante Plaskic. Ahmed Huseini había llamado a Clara para anunciarle que el croata, en el último momento, había decidido que-darse en Irak y regresar a Safran sin hacer caso de la opinión de Picot que, enfadado, había dicho que se desentendía de la suerte que pudiera correr.

Ante Plaskic había convencido a Ahmed para que le facilitara el regreso a Safran, a pesar de que éste le aseguró que Clara no se quedaría más de una semana. Fue tanta su insistencia que pese a la situación caótica que se vivía en Bagdad logró enviarle de vuelta en un helicóptero militar. Desde que había llegado no había dejado de trabajar ayudando a Clara en su empeño por seguir excavando.

– ¿Cuántas tablillas hay? -le preguntó Clara a Gian Maria, sobresaltando al sacerdote, que estaba concentrado en la clasificación de las tablillas bajo la atenta mirada de Ante Plaskic.

– ¡Uy, qué susto me has dado! -exclamó Gian Maria.

– ¿Merecen la pena? -insistió Clara.

– No lo sé, algunas son restos de transacciones comerciales, otras parecen oraciones, pero no me ha dado tiempo a examinarlas a fondo. De todas maneras mañana las meteremos en el contenedor, porque supongo que las querrás llevar a Bagdad.

– Sí, pero me gustaría que hicieras un esfuerzo y… bueno, las examinaras con atención, por si acaso…

– ¡Clara! ¿Aún crees que vas a encontrar esas tablillas que buscaba tu abuelo?

– ¡Están aquí! ¡Tienen que estar aquí! -le respondió Clara irritada.

– Vale, no te enfades. Al menos sé realista: apenas si quedan obreros; Ayed hace todo lo que puede, pero los hombres se están yendo. Les reclama el ejército, y otros… bueno, ya sabes lo que pasa, prefieren cuidar de sus casas, parece que huelen la guerra.

– Tenemos dos días, Gian Maria, sólo dos días; dentro de dos días Ahmed nos sacará de aquí. El ministerio da por cancelada la excavación.

Ante Plaskic asistía en silencio a la conversación entre Gian Maria y Clara. En realidad nunca decía nada, sólo estaba allí.

Clara estaba muy nerviosa y conmocionada desde el asesinato de su abuelo para preocuparse por nada ni por nadie que no fuera ella misma y su deseo de encontrar las tablillas de Shamas. De manera que poco le importaba que el croata hubiese regresado, ni siquiera se había preguntado los motivos; le había recibido con indiferencia, en realidad no le necesitaba para nada.

Su relación con Gian Maria era distinta. Había llegado a sentir afecto por el sacerdote, la clase de afecto que se tiene a un niño. Gian Maria siempre estaba cerca de ella, dispuesto a ayudarla, y ella se lo agradecía sin palabras.

Sólo habían pasado unos días desde que se habían ido Picot y el equipo de arqueólogos, pero a Clara se le antojaba una eternidad. Donde antes estaba el campamento siempre bullicioso ahora no había nada, excepto los almacenes vacíos y una calma permanente. El tiempo había vuelto a detenerse en aquel lugar perdido del sur de Irak.

Apenas quedaban obreros, ya que el ejército estaba movilizando a todos los hombres. Los que se habían quedado la miraban de manera diferente, o al menos eso percibía Clara, segura de que la ausencia de su abuelo había supuesto una merma en la consideración que le tenían aquellos hombres.

Sólo la presencia de Ayed Sahadi garantizaba cierto orden y que los obreros trabajaran sin apenas descanso.

Clara sabía que el 20 de marzo comenzaría la invasión y que debía estar fuera de Irak a lo más tardar el 19, pero sentía que algo la retenía en aquella tierra polvorienta y apuraba el tiempo, consciente de que si se quedaba podía morir. Los aviones de combate no distinguen a los amigos de los enemigos, a los traidores de los leales.

El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando el timbre del teléfono móvil la despertó. Cuando escuchó la voz alarmada de Ahmed se asustó.

– Clara…

– ¡Dios mío, Ahmed! ¿Qué sucede?

– Clara, debes venirte ya.

– ¿Hay… hay alguna novedad?

– Estoy preocupado.