Aquélla había sido la noche más importante de su vida, pensó Gian Maria, que continuaba orando sin por eso dejar de hablar con Ayed Sahadi y con Ante Plaskic.
El capataz pidió a Gian Maria que se acercara hasta la casa de Clara. No quería dejar al croata a solas con las tablillas. El sacerdote aceptó sin rechistar y salió con paso presuroso hacia la casa de Clara. La encontró ya vestida y tomando una taza de té junto a Fátima.
– Veo que has madrugado -le dijo a modo de saludo.
– Clara, la Biblia de Barro existe -alcanzó a decir emocionado.
– ¡Por supuesto que existe! Estoy segura de ello, al fin y al cabo tengo dos tablillas que lo demuestran.
– La tenemos, tenemos la Biblia de Barro, la hemos encontrado.
Clara le miró asombrada, sin acabar de entenderle. Gian Maria siempre decía cosas que la desconcertaban.
– Estaban allí, en esa estancia que descubristeis ayer; son ocho, ocho tablillas de veinte centímetros de largo. Son… ¡son la Biblia de Barro!
Clara Tannenberg se había puesto en pie, presa de una agitación incontrolada.
– Pero ¿qué dices? ¿Dónde están? ¡Dime qué hemos encontrado!
Gian Maria la cogió de la mano y tiró de ella. Salieron de la casa y fueron corriendo hasta el almacén, mientras el sacerdote le iba contando lo sucedido durante esa noche.
Ayed Sahadi y Ante Plaskic denotaban la tensión del momento. Los dos hombres se miraban midiéndose, pero Clara no les prestó atención. Se dirigió hacia la mesa donde estaban colocadas las ocho tablillas.
Cogió una de ellas buscando el nombre del escriba y sintió una oleada de emoción al ver en la parte superior los signos cuneiformes con el nombre de Shamas. Luego empezó a leer en silencio aquellos signos grabados como cuñas en el barro más de tres mil años atrás.
No pudo evitar las lágrimas y Gian Maria se contagió de la emoción de Clara. Lloraban y reían al tiempo, mientras revisaban una y otra vez las tablillas, tocándolas para sentirse seguros de que efectivamente estaban allí y no eran fruto de ningún sueño.
Después las envolvieron cuidadosamente y Clara insistió en tenerlas cerca.
– Las colocaré en la misma caja que las otras, no quiero separarme ni un segundo de ellas.
– Deberíamos ponerlas bajo vigilancia -sugirió Ayed Sahadi.
– Ayed, me tienes las veinticuatro horas bajo vigilancia, de manera que si las tablillas están conmigo estarán seguras.
Ayed Sahadi se encogió de hombros; no tenía ganas de pelear con aquella mujer testaruda a la que deseaba perder de vista cuanto antes. Si no fuera porque el Coronel le había exigido que la protegiera aun con su vida, se habría marchado dejándola a su suerte.
– ¿Cuándo nos iremos de aquí? -preguntó Ante Plaskic.
– Acabas de llegar y ya te quieres ir -le respondió Clara.
– Bueno, pensé que aún podía serle útil, por eso regresé -se excusó el croata.
– Quiero que los obreros intenten despejar un poco más la zona en que hemos encontrado las tablillas; quizá nos iremos pasado mañana.
– No, nos iremos esta tarde. Acabo de telefonear al Coronel y nos envía un helicóptero para que regresemos a Bagdad esta misma tarde.
– ¡Pero no podemos irnos ahora! ¡Debemos buscar más! -gritó Clara con desesperación.
– ¡Usted sabe que no puede quedarse más tiempo, que debe irse! ¡No tiente a la suerte y no ponga en peligro la vida de los demás! -le gritó a su vez Ayed Sahadi ante el asombro de Clara.
– ¡No me grite! -protestó Clara.
– No le he gritado, y si lo he hecho… Bien, yo tengo mis órdenes y las cumpliré. Prepárense, nos iremos esta tarde.
38
El hombre dormitaba con los ojos cerrados en la quietud de su despacho. Acababa de terminar una larga reunión y había decidido descansar unos minutos, de manera que había dicho a su secretario que no le pasara llamadas ni le molestaran hasta que él no le avisara.
El pitido del intercomunicador le sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos irritado. Despediría a todo el personal de su secretaría por haber osado molestarle. No soportaba que no se cumplieran a rajatabla sus órdenes. De nuevo se oyó el pitido y la voz temerosa de su secretario quebró el silencio.
– Señor Wagner, es urgente…
Se levantó del sofá y se sentó detrás de su mesa. Apretó el botón que le comunicaba con su secretaría.
Rugió más que preguntó que por qué le molestaban.
– Es el señor Brown, señor, el presidente de la fundación Mundo Antiguo; dice que es muy urgente, que tiene que decirle algo que no puede esperar.
George Wagner descolgó el teléfono dispuesto a mandar al infierno al hombre al que había manejado como una marioneta durante los últimos cuarenta años.
– Habla -le dijo a Robert Brown.
– ¡No sabes lo que ha pasado! ¡La han encontrado! ¡Existe! -gritó Brown.
– Pero ¿qué dices? ¡Habla y no balbucees sandeces!
Robert Brown tragó saliva intentando tranquilizarse; mientras Ralph Barry, a su lado, se bebió un vaso de whisky de un solo trago.
– La Biblia de Barro… existe… la han encontrado. Ocho tablillas con el Génesis, firmadas por Shamas… -acertó a decir Robert Brown.
George Wagner apretó los brazos del sillón; procurando no dejar traslucir ninguna emoción.
– ¿De qué hablas? -insistió.
– Acabo de recibir una comunicación anunciando que ayer en Safran, en Irak, dejaron al descubierto otra estancia del templo. Al parecer se trataba de una habitación pequeña, como si fuera la de un escriba. Encontraron unas cuantas docenas de tablillas y no se percataron hasta hace unas horas de que entre ellas estaba la Biblia de Barro. Son ocho tablillas, tres de ellas en muy mal estado, habrá que reconstruirlas, pero no hay duda de que son parte de la Biblia de Barro -concluyó Robert Brown.
George Wagner se sintió conmocionado. Unos días antes Alfred Tannenberg había muerto asesinado, y ahora aparecía la Biblia de Barro… El destino se había querido burlar de su amigo negándole lo que más ansiaba en el mundo, en realidad lo que había sido la razón de su existencia.
– ¿Dónde están las tablillas? -preguntó.
– En Safran; bueno, puede que a esta hora ya estén en Bagdad. Iban a trasladar a Clara a Bagdad. Nuestro hombre está con ella, y en cuanto pueda se hará con las tablillas, aunque la situación es muy delicada.
– Quiero que se haga ya con las tablillas, en cuanto las tenga le sacaremos de allí. Llama a Paul Dukais, dile que es una prioridad, que debe de anteponer el conseguir las tablillas a cualquier otra cosa, incluido el resto de la operación.
– Pero… aún no he logrado hablar con nuestro hombre, han sido nuestros amigos los que me han enviado el mensaje -comentó Robert Brown.
– ¿No se habrán equivocado? -preguntó desconfiado George Wagner.
– No, no hay ninguna equivocación, te lo aseguro. La Biblia de Barro existe.
– ¿Qué sabemos de Ahmed Huseini?
– Tiene las mismas instrucciones que nuestro hombre, hacerse con las tablillas. No te preocupes, las conseguiremos -respondió Brown.
– Sí, sí me preocupo, aunque naturalmente que las conseguiremos o mandaré que os corten la cabeza.
Robert Brown se quedó unos segundos en silencio. Sabía que George Wagner no amenazaba en vano.
– Ahora mismo llamaré a Paul Dukais… -aseguró.
– Hazlo.
– ¿Y si ella…? Bueno, ¿y si Clara se resiste…?
– Clara es una mota de arena en nuestras vidas -fue la respuesta del Mentor.
El Coronel acababa de llegar a la Casa Amarilla y sentía la presencia de Alfred Tannenberg en aquel despacho que fuera de su amigo y en el que ahora se encontraba hablando con Clara.
Ahmed Huseini asistía nervioso a la entrevista, temiendo la reacción de su mujer.
– Mi querida niña, lo mejor es que me entregues las tablillas; yo las sacaré de Irak y haré que las depositen en un lugar seguro.
– Pero si me acabas de decir que mañana mismo debo estar fuera de Irak… ¿Por qué no las puedo llevar conmigo?
El militar estaba demasiado preocupado por la situación como, para en esa ocasión, hacer alarde de sus dotes diplomáticas.
– Clara, tu abuelo tenía unos socios, y ya sabes lo que va a pasar en cuanto empiece la guerra… De manera que no seas tozuda y facilítanos nuestro trabajo.
– Estas tablillas no tienen nada que ver con los negocios de mi abuelo. Son mías, de nadie más.
– Los socios de tu abuelo no piensan lo mismo. Entrégalas y recibirás tu parte cuando llegue el momento.
– No, no están en venta, no lo estarán jamás -respondió Clara con un tono de voz lleno de desafío.
– ¡Por favor, no hagas las cosas difíciles! -le suplicó Ahmed.
– No, no las hago difíciles, simplemente me niego a que me robéis. Mi abuelo me explicó detalladamente en qué consistían sus negocios, y me aseguró que estas tablillas, la Biblia de Barro, eran mías, de manera que no son parte del negocio.