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Lo había pasado bien en California, San Francisco era la ciudad en la que se había convertido en una mujer, pero siempre supo que no se quedaría a vivir allí. Echaba de menos Oriente, el olor, los sabores, el sentido del tiempo… y hablar árabe. Ella pensaba en árabe, sentía en árabe. Por eso se enamoró de Ahmed. Los chicos norteamericanos le parecían insulsos por más que le habían descubierto todo lo que en Oriente le estaba vedado por ser mujer.

– De todas maneras le llamaré.

Pidió a la telefonista que le pusiera con Bagdad. Tardó unos minutos en escuchar la voz de Fátima.

– ¡Fátima, soy Clara!

– ¡Mi niña, qué alegría! Enseguida aviso al señor.

– ¿No estará dormido?

– No, no; está leyendo en su estudio, se pondrá contento de hablar con usted…

A través del teléfono le llegaba la voz de Fátima llamando a Ali, el criado de su abuelo, para que avisara a éste.

– Clara, querida…

– Abuelo…

– ¿Estáis en Ammán?

– Acabamos de llegar. Tengo ganas de verte, de estar en casa.

– ¿Qué te ha pasado?

– ¿Por qué me lo preguntas? ¿Te extraña que quiera verte?

– No, pero te conozco. De pequeña siempre corrías a refugiarte en mí cuando te pasaba algo, aunque no me dijeras de qué se trataba.

– No ha ido bien lo de Roma.

– Ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– Sí, Clara, lo sé.

– Pero ¿cómo lo sabes?

– ¿Te vas a poner a hacerme preguntas ahora?

– No, pero…

El hombre suspiró cansado.

– ¿Y Ahmed?

– Está aquí.

– Bien, he dispuesto todo para que tengáis un buen regreso a casa. Di a tu marido que se ponga.

Clara tendió el teléfono a Ahmed y éste conversó brevemente con el abuelo de su esposa. Les quería cuanto antes en Bagdad.

A primera hora de la mañana, Clara y Ahmed estaban en el vestíbulo aguardando el coche que iba a trasladarles a Irak. Ninguno de los dos se dio cuenta de que cuatro hombres, que aparentemente no se conocían entre ellos, les vigilaban. La noche anterior habían enviado su informe a Marini. Hasta ese momento no se había producido ninguna novedad.

Cruzar la frontera no supuso ningún problema para Ahmed y Clara, pero sí para los hombres de Marini. Se habían dividido de dos en dos, y pagado para que expertos conductores les trasladaran al otro lado. No había sido fácil, porque nadie que no tuviera familia en Irak o se dedicara al contrabando, tenía mayor interés en cruzar la frontera.

Lo habían conseguido pagando con generosidad a sus chóferes recomendados por el hotel de Ammán a los que habían dado una prima para no perder de vista a un Toyota todoterreno de color verde que iba delante de ellos.

No había mucho tráfico en la carretera hasta Bagdad, pero sí el suficiente para darse cuenta de que por allí salía y entraba de todo.

Cuando llegaron a Bagdad ya era de noche. Uno de los coches siguió al Toyota hasta un barrio de la ciudad y el otro se dirigió al hotel Palestina. Les habían dicho que allí era donde estaban la mayoría de los occidentales, y al fin y al cabo ellos se presentaban como hombres de negocios, por mucho que resultara cuando menos sospechoso afirmar que en esas circunstancias políticas iban a hacer negocios a Bagdad.

El Toyota frenó al lado de una verja y aguardó a que ésta se abriera. Los hombres de Marini no se pararon. Ya sabían dónde vivía Clara Tannenberg. Al día siguiente irían a dar un vistazo.

La casa de dos plantas, custodiada por unos invisibles hombres armados, estaba en medio de un jardín muy cuidado. La Casa Amarilla, como era conocida por el color dorado con que siempre estaba primorosamente pintada, estaba situada en un barrio residencial. Anteriormente había sido residencia de un comerciante británico.

Fátima esperaba en el vestíbulo, sentada en una silla y dormitando. El ruido de la puerta la despertó. Clara se fundió en un abrazo con ella. La mujer era shií y había cuidado a Clara desde pequeña. Al principio le daban miedo los ropajes negros de Fátima, pero se había acostumbrado y más tarde encontró en ella la dulzura que le faltaba a su madre.

Fátima se había quedado viuda muy joven. Tuvo que vivir en casa de su suegra, donde nunca fue ni bien recibida ni bien tratada. Pero aguantó su destino sin decir una palabra, mientras criaba a su único hijo.

Un día su suegra la envió a aquella casa donde vivía un extranjero con su joven esposa, una egipcia, la señora Alia. Y allí se quedó para siempre. Sirvió a Alfred Tannenberg y a su esposa, los acompañó en sus desplazamientos a El Cairo, donde la pareja tenía otra residencia, y sobre todo se hizo cargo primero del hijo del matrimonio, Helmut, y después de la hija de éste, Clara.

Ahora ya era una anciana que había perdido a su hijo en la maldita guerra con Irán. No le quedaba nada excepto Clara.

– Niña, tienes mala cara.

– Estoy cansada.

– Deberías dejar de viajar y empezar a tener hijos, que te estás haciendo vieja.

– Tienes razón; cuando encuentre la Biblia de Barro lo haré -respondió riendo Clara.

– ¡Ay, niña, cuida de que no te pase lo que a mí! Tuve un solo hijo y como lo perdí estoy sola.

– Me tienes a mí.

– Sí, es verdad, te tengo a ti; de lo contrario, no sé de qué me serviría estar viva.

– Vamos, Fátima, no te pongas trágica, que acabo de llegar. Y mi abuelo?

– Descansa. Hoy estuvo fuera todo el día y llegó cansado y preocupado.

– ¿Dijo algo?

– Sólo que no quería cenar; se encerró en su cuarto y ordenó que no le molestáramos.

– Entonces le veré mañana.

Ahmed se dirigió a su habitación mientras las dos mujeres seguían hablando. Estaba cansado. Al día siguiente iría a trabajar al ministerio, donde tendría que presentar un informe sobre el congreso de Roma. ¡Menudo fracaso! Pero él era un privilegiado. No lo olvidaba por más que sentía náuseas de serlo. Hacía años que se sentía incómodo en su piel. Primero fue al descubrir que la suya era una familia que pertenecía a la élite de un régimen dictatorial. Pero no había tenido el valor de renunciar a tantos privilegios y prefirió engañarse diciéndose que su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. Luego había conocido a Clara y a los Tannenberg y su vida había caído en el abismo para siempre. Se había corrompido como no pensó que lo haría jamás. No podía echarle la culpa a Alfred. Él había aceptado integrarse en su organización y heredarle sabiendo lo que eso significaba. Si su posición con Sadam era sólida a cuenta de sus lazos familiares, con Alfred se había convertido en intocable, ya que éste tenía amigos poderosos en el entorno del dictador.

Pero a Ahmed le costaba cada día más vivir consigo mismo y sobre todo con una mujer como Clara que se negaba a ver lo que sucedía a su alrededor, que prefería vivir en la ignorancia para no sentir horror y poder seguir amando a quienes amaba.

Ya no la quería, aunque en realidad, puede que nunca lo hiciera. Cuando se conocieron en San Francisco pensó que la chica estaba bien para una aventura. Hablaban en árabe, tenían amigos comunes en Bagdad, ambos conocían a sus respectivas familias, aunque ellos apenas se habían tratado.

Ser emigrantes les unió. Clara era una emigrante de lujo, con dinero en abundancia en su cuenta corriente. Él disponía de fondos suficientes para vivir en un cómodo ático desde el que veía amanecer sobre la bahía de San Francisco.

Se fueron a vivir juntos; tenían muchas cosas en común: ambos eran iraquíes, arqueólogos, su lengua materna era el árabe y tenían la misma sensación de libertad en Estados Unidos, aunque extrañaban su país y sus gentes.

Cuando su padre le visitó en San Francisco, le conminó a casarse con Clara. Era una boda llena de ventajas, y él intuía que las cosas iban a cambiar. Entre los diplomáticos fluía la información, y era evidente que Sadam ya no era un títere necesario para la Administración estadounidense. De manera que había que pensar en el futuro: se casó con aquella chica agraciada, inmensamente rica y excesivamente protegida y mimada.

Clara entró en la habitación y Ahmed se sobresaltó.

– ¡Ah, ya estás aquí! -dijo su mujer a modo de saludo.

– Me molesta que no saludes a Fátima. Has pasado delante de ella sin siquiera mirarla.

– Le he dicho buenas noches. No tengo nada más que decirle.

– Sabes lo que Fátima significa para mí.

– Sí, sé lo que significa para ti.

El tono de Ahmed le sorprendió, aunque en realidad últimamente su marido se comportaba como si estuviera permanentemente fastidiado y ella fuera una carga difícil de sobrellevar.

– ¿Qué te pasa, Ahmed?

– ¿A mí? Nada más que estoy cansado.

– Te conozco y sé que te pasa algo.

Ahmed la miró fijamente. Tenía ganas de decirle alto y claro que no lo conocía, que en realidad nunca lo había conocido y que estaba harto de ella y de su abuelo, pero que ya era tarde para escapar. Pero no dijo ni una palabra.

– Vamos a descansar, Clara. Mañana tenemos que trabajar. Yo he de ir al ministerio, pero además hemos de preparar en serio la excavación. Por lo que me han dicho en Roma, habrá guerra aunque aquí nadie quiera creérselo.