– ¡Estupendo! Diez mil dólares nos serán de gran ayuda.
Ralph Barry se acercó. Llevaba en la mano un sobre abultado, que le entregó.
– Acaba de llegar de Ammán. El mensajero asegura que es urgente.
Robert Brown se levantó disculpándose con la esposa del senador y se dirigió hacia la casa para buscar un rincón discreto. Barry le acompañaba, sonriente y relajado. Para un ex profesor como él, codearse con la crema de la sociedad de Washington significaba poder decir que había llegado a la cumbre.
En un pequeño salón encontraron un rincón donde sentarse. Brown abrió el sobre y sacó las fotos. Su expresión se convirtió en una mueca.
– ¡Qué cabrón! -exclamó-. ¡Qué hijo de puta!
Luego leyó la nota con las tres palabras manuscritas: «Esta vez, no».
Ralph Barry notaba la tensión de su jefe, pero aguardó a que éste le enseñara las fotos del sobre. Pero Brown no lo hizo. Volvió a guardarlas sin ocultar un gesto de rabia.
Búscame a Paul Dukais.
– ¿Qué pasa?
– Nada que te importe, aunque bien pensado… te lo diré: tenemos problemas, problemas con Alfred. No me quedaré mucho en esta estúpida fiesta. En cuanto hable con Paul me marcho.
Ralph Barry no hizo ningún comentario y fue en busca del presidente de Planet Security.
El helicóptero sobrevoló Tell Mughayir, la antigua Ur, antes de divisar Safran; al aterrizar levantó una polvareda amarilla que hacía honor al nombre de la aldea.
La Safran moderna apenas eran tres docenas de casas construidas con adobe e intemporales, aunque en el tejado de alguna de ellas la antena del televisor delataba la época. A menos de un kilómetro, la antigua Safran aparecía cercada por palos cintas que delimitaban el perímetro con carteles de «Prohibido pasar» y «Propiedad del Estado».
A los campesinos de Safran poco les importaba cómo habían vivido sus antepasados; bastante tenían con sobrevivir e el presente. Les extrañaba, eso sí, que desde que cayó la maldita bomba unos cuantos soldados hubieran acampado junto al agujero en donde decían que estaban los restos de una antigua aldea o quizá de un palacio. A lo mejor quedaba algún tesoro, pero la presencia de los cuatro soldados era disuasoria.
El Coronel nada más había podido desplazar a cuatro hombres a aquella recóndita aldea entre Ur y Basora, pero eran suficientes para mantener a raya a los campesinos, que de nuevo observaban el cielo extrañados y temerosos por el ruido infernal del helicóptero.
Yves Picot observaba de reojo a Clara Tannenberg. Le resultaba exótica. Los ojos de un color azul acero, en un rostro moreno, enmarcado por una larga melena castaña. La suya no era una belleza a primera vista; había que ir mirándola poco a poco para darse cuenta de la armonía de sus facciones y de su mirada inteligente e inquieta.
La había juzgado una histérica caprichosa, pero quizá se había precipitado en el juicio. Sin duda la vida la había tratado bien, sólo había que echar un vistazo a cómo vestía en aquel Irak cada vez más empobrecido. Pero además la conversación que tuvieron la noche anterior, cenando en el hotel, más la que mantenían casi a gritos en el helicóptero, le hacían intuir que Clara era más que caprichosa, voluntariosa; además, parecía una arqueóloga capaz, aunque eso ya lo vería sobre el terreno.
Quien sí era un arqueólogo solvente era Ahmed Huseini, eso era evidente. Además, Huseini no decía una palabra de más, pero las que decía estaban cargadas de razón y conocimientos profundos de la realidad mesopotámica.
El helicóptero militar aterrizó cerca de la tienda donde los cuatro soldados del Coronel se resguardaban.
Saltaron a tierra mientras intentaban taparse el rostro. En un segundo estuvieron mascando el polvo fino y amarillento aquel lugar recóndito, mientras algunos aldeanos curiosos se acercaban a ver quién llegaba.
El jefe de la aldea reconoció a Ahmed Huseini y se dirigió hacia él; luego saludó a Clara con una inclinación de cabeza.
Acompañados por el jefe de la aldea y por los soldados recorrieron el lugar.
Picot y Ahmed se deslizaron por el agujero que dejaba entrever los restos de una edificación de la que por falta de medios apenas habían podido desbrozar un perímetro de doscientos metros.
Yves Picot escuchaba con atención las explicaciones de Ahmed, y éste respondía a cuantos interrogantes le planteaba el arqueólogo francés.
Al descubierto quedaba una habitación cuadrada con numerosos estantes donde se amontonaban restos de tablillas destrozadas.
Clara no soportaba estar contemplando desde arriba el trajín de los dos hombres y escuchando cómo Ahmed explicaba que las pocas tablillas que habían encontrado intactas las habían trasladado a Bagdad. Impaciente, pidió a los soldados que le ayudaran a deslizarse hasta donde estaban ellos.
Estuvieron más de tres horas mirando, raspando, midiendo, rescatando restos de tablillas en las que apenas se podía leer su contenido, tan pequeños eran los pedazos a que habían quedado reducidas.
Cuando salieron del agujero estaban cubiertos por una capa fina de polvo amarillo.
Ahmed y Picot hablaban animadamente sin hacer demasiado caso a Clara. Los dos hombres parecían congeniar a su pesar, admitiendo cada uno la competencia en la materia del otro.
– El campamento podríamos montarlo junto a la aldea. Podríamos contratar a algunos hombres de aquí para que ayuden en las tareas más elementales. Pero necesitamos expertos, gente preparada que no destroce la edificación. Además, tú mismo lo has visto, puede que encontremos más edificios, incluso el antiguo Safran. Podría conseguir tiendas del ejército, aunque no son cómodas, y quizá, unos cuantos soldados más para garantizar la seguridad.
– No me gustan los soldados -afirmó con rotundidad Picot.
– En esta parte del mundo son necesarios -respondió Ahmed.
– Ahmed, los satélites espías barren Irak, de manera que si detectan un campamento militar, el día en que decidan bombardear arrasarán este lugar. Creo que debemos hacerlas cosas de otra manera. Nada de tiendas militares, ni de soldados. Al menos no más de estos cuatro, que pueden servir de elemento disuasorio si algún aldeano quiere pasarse de listo. Si vengo a excavar será con equipos civiles y material civil.
– ¿Vendrá? -preguntó con cierta ansiedad Clara.
– Aún no lo sé. Quiero ver esas dos tablillas de las que me hablaron, más las otras que dicen haber encontrado aquí con la rúbrica de ese Shamas. Hasta que no las analice, no me haré una opinión más sólida. En principio esto parece interesante; creo, como su marido, que éste es un antiguo templo-palacio y que además de tablillas podríamos encontrar algo más. Tampoco me atrevería a afirmarlo con rotundidad. La respuesta que me tengo que dar a la pregunta que me estoy haciendo es si lo que veo merece la pena para trasladar aquí a veinte o treinta personas con los medios que requiere una excavación de esta índole, y el coste económico que supondrá, en unas circunstancias que no son las propicias. Un día de éstos aparecerán los F-18 del Tío Sam y les achicharrarán. Van a arrasar Irak, y no veo la razón para que no nos lleven por delante a nosotros si estamos aquí. Dudo mucho que les importe que estemos intentando rescatar las ruinas de un templo-palacio de unos cuantos siglos antes de Cristo. De manera que venir aquí ahora es correr un riesgo innecesario. Quizá después de la guerra…
– ¡Pero no podemos dejar esto así! ¡Se destruirá! La voz de Clara denotaba angustia.
– Sí, señora, sin duda tiene razón. Los F-18 no dejarán nada, excepto más polvo amarillo; la cuestión es si quiero jugarme el pellejo, además del dinero, en una aventura como ésta. No soy Indiana Jones y tengo que analizar, con riesgo de equivocarme, cuánto tiempo más o menos tardarán los yanquis en bombardear, cuánto tardaría en formar un equipo y trasladarlo aquí, cuánto tiempo invertiríamos en obtener algún resultado…
»La guerra será como mucho en seis u ocho meses. Lean los periódicos. Hace tiempo descubrí que los periódicos lo cuentan todo, pero es tal el volumen de información y la mezcolanza de noticias, que al final lo evidente no lo vemos. Bien, ¿en seis meses conseguiríamos algo? En mi opinión, no. Ustedes saben que una excavación de esta envergadura requiere años.
– De manera que ya tiene la decisión tomada. Sólo ha venido por curiosidad -afirmó más que preguntó Clara.
– Tiene razón, he venido porque sentía curiosidad; en cuanto a la decisión, aún no la tengo del todo tomada. Hago de mi propio abogado del diablo.
– Las tablillas que quiere ver están en Bagdad. Las verá allí. Antes queríamos que se hiciera una idea de este lugar -terció Ahmed.
El jefe de la aldea les invitó a refrescarse y tomar una taza de té, y algo de comer. Aceptaron, contribuyendo con las bolsas de comida que habían llevado consigo. Para Ahmed y Clara fue una sorpresa escuchar hablar en árabe a Picot.
– Habla usted bastante bien el árabe. ¿Dónde lo ha aprendido? -le preguntó Ahmed.
– Lo comencé a estudiar el día en que decidí que mi vocación era la arqueología. Si quería excavar, sería en buena parte en países de habla árabe, de manera que como nunca me han gustado los intermediarios comencé a aprender árabe. No lo hablo bien del todo, pero sí lo suficiente para entender y que me entiendan.