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– Estoy protegiendo a Clara, le estoy salvando la vida y le estoy dando un lugar en el futuro. Hago bien en hacerlo, porque veo que tú no eres el hombre que la puede proteger.

– Clara no necesita que nadie la proteja. Tu nieta vale más de lo que tú estás dispuesto a reconocer. No me necesita, ni a mí ni a nadie; lo único que necesita es liberarse de ti, de mí, de todos nosotros, salir de este agujero.

– Te estás volviendo loco -la voz de Tannenberg volvía a ser dura como el hielo.

– No, estoy más cuerdo que nunca. Imagino que estás forzando las cosas porque sabes igual que yo que a Irak le quedan pocos meses de ser un país, un país como lo hemos conocido, y el futuro será, usaré un adjetivo benevolente, cuanto menos incierto. Por eso te estás preparando para regresar a El Cairo. No te vas a quedar aquí cuando empiecen a bombardear, cuando los americanos «pasen lista» a los amigos de Sadam. Pero mientras, has organizado una buena haciendo público que puede haber una Biblia de Barro.

– Es la herencia de Clara. Si encuentra la Biblia de Barro no tendrá que preocuparse el resto de su vida por nada. Obtendrá el reconocimiento internacional, será la arqueóloga que siempre ha querido ser.

– ¿Y qué papel te has reservado tú?

– Yo me estoy muriendo. Lo sabes bien. Tengo un tumor que está devorándome el hígado. Ya no tengo nada que ganar ni que perder. Moriré en El Cairo, puede que dentro de seis meses, quizá menos. Exigí a los médicos que me dijeran la verdad; pues bien, la verdad es que me muero. Tampoco es una gran novedad puesto que voy a cumplir ochenta y siete años. Pero no me moriré sin encontrar la Biblia de Barro. Aunque este país entre en guerra, sobornaré a quien haga falta para tener hombres que trabajen día y noche en Safran. No descansarán hasta encontrar las tablillas que estamos buscando.

– ¿Y si no existen?

– Están ahí, lo sé.

– Pueden estar hechas añicos. Entonces, ¿qué harás?

Tannenberg se quedó en silencio sin ocultar el odio inmenso que empezaba a sentir contra Ahmed.

– Te diré lo que voy a hacer: voy a comenzar a proteger a Clara. No me fío de ti.

El anciano dio media vuelta y salió de la estancia. Ahmed se pasó la mano por la frente. Estaba sudando. La discusión con el abuelo de Clara le había dejado exhausto.

Se sirvió otro whisky y se lo bebió de un trago. Escanció otro, pero éste decidió tomarlo poco a poco, pensando.

10

Enrique Gómez paseaba por el parque de María Luisa buscando la sombra de los árboles centenarios. Tenía en el estómago un nudo del que no había logrado librarse desde que recibió las fotos de la ejecución de aquellos dos desgraciados.

Frankie había insistido en que debían verse y George había terminado aceptando a regañadientes. Desde que se separaron cincuenta años atrás, las ocasiones en que se habían encontrado habían sido escasas. Quizá ésta fuera la última, habida cuenta de su edad. Lo más sorprendente es que George había terminado aceptando que la cita fuera en Sevilla. Él se había opuesto con toda la energía de que era capaz, pero Frankie había convencido a George de que en Sevilla pasarían más inadvertidos.

George llevaba un par de días en Marbella jugando al golf. Frankie estaba en Barcelona. Una hora más y los tres amigos se encontrarían en la penumbra del bar del hotel Alfonso XIII.

Emma, la esposa de Frankie, se había empeñado en alojarse en el hotel más emblemático de Sevilla, el hotel en el que se alojaba todo aquel que era alguien en el Gotta o en las páginas de papel cuché de las revistas de moda.

Rocío estaba inquieta. Llevaba varios días atosigando a Enrique con preguntas sin respuesta. Afortunadamente esa tarde se había ido a casa de su hermana para asistir a la prueba del traje de novia de su sobrina. Enrique no le había dicho que al caer la tarde tenía una cita en el Alfonso XIII.

George llegaría en coche y luego regresaría a Marbella, Frankie se quedaría un par de días como cualquier turista millonario de paso por Sevilla. Sólo se verían el tiempo necesario. Una hora, dos, tres lo más.

Había salido de casa pronto porque necesitaba respirar. Sentía aquel maldito nudo en el estómago.

Enrique había almorzado con Rocío y con su hijo José; sus, nietos Borja y Estrella estaban en Marbella apurando los últimos días del verano, que en Andalucía se arrastran hasta septiembre. Su hijo José le dijo que le notaba preocupado, lo qué vino a confirmar los peores temores de Rocío.

Cuando le dejaron solo a la hora de la siesta intentó dormir pero no lo consiguió, así que se levantó y, en cuanto escuchó a Rocío salir de casa, él también lo hizo. Dejó atrás las estrechas callejuelas y las recoletas plazas del barrio de Santa Cruz para caminar sin rumbo por el parque, esperando la hora de ir a la cita con sus amigos de antaño.

George estaba sentado en una mesa en un rincón apartado del bar. Enrique se dirigió hacia él. A los dos les brillaban los ojos. Era la emoción del reencuentro. Pero no se abrazaron, sólo se estrecharon la mano. Sabían que no debían llamar la atención.

– Te veo bien -le dijo George.

– Yo a ti también.

– Ya somos viejos; tú menos que yo.

– Un año, sólo un año.

– ¿Y Frankie?

– Supongo que aparecerá en cualquier momento; se supone que está alojado aquí.

– Sí, eso me dijo, que Emma se había empeñado.

– Está bien. De todas formas teníamos que vernos en algún lado. ¿Qué has pensado?

– Alfred está enfermo, sabe que se muere, que es cuestión de meses, y ya no le importa nada, sólo su nieta. De manera que está actuando como un loco, sin considerar las consecuencias.

– Pienso lo mismo. ¿Qué crees que quiere?

– Que su nieta encuentre la Biblia de Barro. Si es así, será de ella y de nadie más.

– ¿Y el tal Picot qué pretende contratar?

– No se puede abordar una excavación de esas características sin profesionales, sin arqueólogos de verdad. Alfred puede contratar cuantos obreros necesiten, pero necesita arqueólogos y en Irak no los tiene.

Frank Dos Santos entró en el bar buscándolos con la mirada. Fue hacia ellos sin un gesto de más. Ni siquiera les dio la mano, se sentó e hizo una seña al camarero que ya acudía a preguntar qué iba a tomar.

– Me alegro de veros. Bueno, creo que no estamos tan cambiados, sólo tenemos sesenta años más -rió entre dientes Dos Santos.

– Bien, podemos consolarnos diciéndonos que nos encontramos igual de bien que hace más de sesenta años, pero tenemos la edad que tenemos, estamos en la recta final -le interrumpió George Wagner-. ¿Qué te parece lo que está haciendo Alfred?

– ¡Ah, Alfred! Está haciendo lo que haría un hombre desesperado. Tus amigos del Pentágono van a freír a Sadam. Dentro de unos meses no sabemos si existirá Irak, así que no tiene opción: o encuentra ahora la Biblia de Barro o nunca será suya -respondió Frank Dos Santos.

– Podríamos haberla buscado después de la guerra -musitó George.

– Las guerras se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban.

La afirmación de Enrique Gómez fue tajante y sus dos amigos asintieron.

– ¿Cuándo van a bombardear? -preguntó el sevillano.

– En marzo a más tardar -respondió George.

– Estamos en septiembre -terció Frank-, de manera que quedan como mucho seis meses, seis meses para encontrar la Biblia de Barro.

– Si hace dos meses los americanos no bombardean entre Tell Mughayir y Basora, no se habría encontrado el edificio; el destino ha querido que fuera ahora -dijo con convencimiento Gómez-. Bien, ¿qué hacemos?

– Si logra encontrar las tablillas intactas, o al menos que se puedan reconstruir, pasaría a los anales de los descubrimientos arqueológicos. No hace falta decir cuál sería el valor de las tablillas en el mercado. Eso sin contar con la presión que sin duda hará el Vaticano para hacerse con ellas, teniendo en cuenta que son la prueba de la inspiración divina del patriarca Abraham. El Génesis contado por Abraham es un descubrimiento extraordinario. El idota de Bush sería capaz de regalárselas al Vaticano en un gesto de buena voluntad, puesto qué el Papa está contra la guerra.

La reflexión de George dejó pensativos a sus dos amigos.

– Si Alfred las encuentra -terció Frank-, no será para dejárselas a Bush, de manera que…

– De manera que hará lo imposible para aprovechar el poco tiempo de que dispone -afirmó George-. Pero ¿por qué sé ha puesto al descubierto a través de su nieta?

La respuesta la volvió a dar Enrique Gómez.

– Para que nadie le arrebate las tablillas. Ahora todos los arqueólogos del mundo saben que en Irak un grupo local encabezado por Ahmed Huseini y su extravagante esposa han encontrado los restos de un templo o palacio y que allí puede haber unas tablillas dictadas por el mismísimo Abraham. Pase lo que pase, ya nadie se podrá apuntar el tanto. De ahí el numerito de Roma.

– Se arriesga mucho -observó Frank.