– Sí, pero se está muriendo, así que no le quedan muchas alternativas -insistió Gómez-. Bien, George, ¿tu gente sabe quién contrató a los italianos?
El aludido negó con la cabeza.
– No, no hemos podido averiguarlo. Sabemos que eran hombres de una compañía que se llama Investigaciones y Seguros. Alguien contrató los servicios de esa compañía para seguir a Clara Tannenberg. Pero mis hombres no han encontrado nada en los archivos de Investigaciones y Seguros, ni un papel, ni una referencia. Nada. El contrato se haría a través del presidente, o de algún directivo, alguien que no tuviera que dar explicaciones, sólo órdenes. Pero por ahora no podemos meter más las narices. El dueño de Investigaciones y Seguros es un antiguo policía antimafia, condecorado en varias ocasiones y con amigos en toda la escala policial. De manera que si cometemos un error, lo único que conseguiríamos es tener a la policía italiana detrás.
– Pero necesitamos saber quién contrató a esos hombres y por qué. Tenemos un flanco al descubierto -insistió Frank.
– Sí, lo tenemos; por eso os he dicho que debemos reforzar las medidas de seguridad y no cometer errores. Hay una filtración en alguna parte, o bien Alfred ha engañado más de la cuenta a alguno de sus socios locales y éstos quieren darle una lección -explicó George.
– Hay un agujero negro que no somos capaces de ver.
Enrique Gómez no podía disimular su angustia, angustia que se traducía en un permanente nudo en la boca del estómago.
– Tienes razón -asintió George-. Hay un agujero negro y debemos encontrarlo. Por primera vez ha pasado algo que no controlamos. Lo de Alfred es otra cosa; a él podemos controlarlo y lo haremos. Por cierto, ¿creéis que podemos contar con el marido de la nieta, con Ahmed Huseini? Ese hombre me parece una pieza clave. Nuestra gente de allí ha informado de que, Huseini está harto de Alfred y de su esposa, que ha perdido el respeto a nuestro viejo amigo y hace unos días se los escuchó gritar. El marido de Clara es un hombre valioso e inteligente.
– Me temo que está despertando su conciencia -apostilló Frank-. Al menos eso se deduce del informe que todos hemos leído sobre los últimos días en la Casa Amarilla. No hay, nada más peligroso que alguien que decide ser decente en el último minuto. Hará cualquier cosa por intentar enmendar su pasado.
– Entonces no contaremos con él; simplemente le utilizaremos -afirmó sin reservas George-. Bueno, ahora quiero que escuchéis lo que he pensado que debemos hacer. Amigos míos, ésta será sin duda la última vez que nos veamos y tenemos que estar de acuerdo en todos los pasos que vayamos a dar. Nos jugamos mucho.
– Nos jugamos poder morir tranquilamente cada cual en su casa el día que nos toque -respondió Frank.
Enrique Gómez sintió otra punzada de dolor en el estómago.
Los tres hombres continuaron hablando. George entregó a cada uno una carpeta repleta de papeles.
Eran más de las diez y media de la noche cuando dieron la conversación por concluida. Habían bebido varios whiskies, acompañándolos de tacos de queso y jamón. Enrique había respondido a dos llamadas impacientes de Rocío, que le preguntaba dónde estaba y si iría a cenar. Frank avisó a Emma de que se adelantara y fuera al tablao donde tenían mesa reservada junto a otros turistas que viajaban en el mismo grupo que ellos en una gira por España.
«Yo no tengo que dar explicaciones a nadie», pensó George. Se sintió satisfecho de haber podido mantenerse por sí mismo, sin necesidad de nadie. Las canas le aseguraban la respetabilidad que todo el mundo esperaba en un hombre de su fortuna y posición. Le había costado mucho defender su soledad, sobre todo los avisos de sus amigos, que le instaban a refugiarse en una pareja. Se había mantenido firme y había ganado la partida. Vivía con una corte de criados que le cuidaban en silencio sin alterar jamás sus rutinas. No necesitaba más.
Fue el primero en salir y dirigirse al coche que había alquilado en Marbella. Dada su avanzada edad le habían puesto alguna pega cuando entregó el carnet de conducir. Pero no hay nada que el dinero no arregle y menos en una ciudad como Marbella. De manera que pudo alquilar un cómodo Mercedes Benz último modelo. La tecnología alemana seguía siendo la mejor.
Frank pidió un taxi en la recepción mientras Enrique Gómez salía al calor de la noche, decidido a ir caminando hasta su casa, en el barrio de Santa Cruz.
El nudo en el estómago le apretaba tanto que a veces sentía que no podía respirar. Ni siquiera el encuentro con sus viejos amigos le había calmado. Al contrario, se había vuelto a dar de bruces con su pasado. Ellos eran el espejo de la realidad, de una realidad de la que su hijo José y sus alocados nietos no sabían nada, pero sí Rocío. Por eso sabía que nunca podría engañar a su mujer. Ella le conocía, sabía mejor que nadie quién era.
11
Carlo Cipriani repasaba el periódico sin levantar la vista para no ponerse nervioso con los interminables paseos de Mercedes por la sala de espera.
Hans Hausser había encendido su vieja pipa y dejaba vagar la mirada por las volutas de humo que parecían perderse en sus pensamientos. Mientras, Bruno Müller permanecía sentado sin mirar a ninguno de sus compañeros.
Luca Marini les había citado a la una; era ya la una y media y la secretaria se negaba a darles ninguna información, ni siquiera si Luca se encontraba en la oficina.
Pasaban de las dos menos cuarto cuando el ex policía entró en la sala y con rostro serio les invitó a pasar al despacho.
– Acabo de tener una reunión con el director general de la Seguridad. Me habría gustado no tenerla -fueron sus primeras palabras.
– ¿Qué ha pasado? -inquirió Carlo.
– Pues que el Gobierno no quiere dar por buena la versión iraquí, que es la que nos conviene a nosotros. Necesita algo más porque le viene muy bien para poder seguir convenciendo a los italianos de que Sadam es lo que es, un monstruo. De esa manera el Gobierno abona el terreno para que la opinión pública le apoye si decide mandar tropas a Irak.
– Lo siento, amigo -alcanzó a decir Carlo Cipriani-, te hemos metido en un buen lío.
– Si pudiéramos decir la verdad… -insistió Luca-, si me dijerais de qué va todo esto.
– Por favor, no insistas -le pidió Cipriani desconsolado.
– Bien, os diré cómo están las cosas. Antes de ver al director general de la Seguridad, estuve con otros amigos del Departamento. Me pidieron lo que yo os pido a vosotros: que les dijera la verdad para cubrirme. De manera que les di la versión que vosotros acordasteis y me miraron como si les estuviera tomando el pelo. Me presionaron, claro, pero mantuve lo dicho; incluso bromeé diciéndoles que por absurdo que parezca ésa era la verdad. No sé si la llamarán, Mercedes, puede que lo hagan, aunque sólo sea para dar respuesta a la curiosidad que les provoca que una persona de su edad ande enviando detectives a Irak. En cuanto a ti, Carlo, el director de la Seguridad te conoce de oídas, de manera que no creo que te molesten.
– Nosotros no hemos cometido ningún delito -dijo Mercedes con tono de enfado.
– Desde luego que no, ni ustedes ni yo, pero tenemos dos hombres muertos y nadie sabe por qué. Bueno, supongo que ustedes sí lo saben o al menos lo sospechan. Seguramente mis amigos de la policía italiana estarán pidiendo a sus colegas de España un informe sobre usted. Como imagino que desde España responderán que es usted una persona intachable, nos dejarán en paz. Pero ya les digo que tampoco confío en que lo hagan porque el director de la Seguridad me ha dicho que el ministro exigía saberlo todo; está muy conmocionado. Personalmente nunca he visto a un político conmocionado por nada, más bien pienso lo que les he dicho: alguien cree que puede obtener rédito político, pero para eso necesitan una historia.
– Que es lo que en ningún caso les vamos a dar -afirmó profesor Hausser.
– Creo que lo mejor es que regresemos a casa -propuso Bruno Müller.
– Sí, sería lo mejor -asintió Luca-, porque no me cabe la menor duda de que nos están siguiendo a todos. De manera que no saldrán juntos de este edificio, sino de uno en uno y espaciadamente. Lo siento, alguno de ustedes tendrá que quedarse a almorzar en la sala de juntas, y aun así…
– ¿De quién no se fía? -preguntó Mercedes.
– ¡La eterna intuición femenina! En principio me fío de mi gente; muchos trabajaron conmigo en Sicilia, otros son gente joven, preparada, que he ido seleccionando personalmente. Pero sé cómo es este negocio. Nos conocemos todos y mis antiguos colegas conocen a mis hombres. No sé el grado de amistad que pueden tener unos con otros, de manera que siempre es posible una filtración. En todo caso, esto ya no tiene remedio.
– ¿Qué propone que hagamos ahora?
A Bruno Müller se le notaba incómodo con la situación.
– Señor Müller -respondió Marini-, lo mejor es actuar con naturalidad. ¿No decían que no hemos hecho nada? Pues creámoslo así; no hemos hecho nada, de manera que no tenemos que hacer nada especial.
– Me gustaría que viniesen a casa a cenar para despedirnos -dijo Carlo.
– Amigo mío, yo me dejaría de cenas de despedida. El profesor Hausser y el señor Müller deberían irse a sus respectivas casas donde quiera que estén. En cuanto a la señora Barreda, en su caso sí me parece más lógico que vaya a tu casa a cenar, e incluso que se quede un par de días más. Dígame, Mercedes, ¿qué contarán de usted desde España?