– Que soy una vieja excéntrica. Una empresaria de la construcción que se sube a los andamios y conoce a todos sus obreros personalmente. No he tenido jamás un problema con nadie, ni siquiera de tráfico.
– Una persona intachable -murmuró Luca Marini.
– Le aseguro que soy intachable.
– Siempre he temido a los intachables -afirmó el ex policía.
– ¿Por qué? -quiso saber el profesor Hausser.
– Porque esconden algo, aunque sea en lo más recóndito del corazón.
Se quedaron en silencio durante unos segundos, cada cual perdido en sus pensamientos. Después, el profesor Hausser se hizo con la situación.
– Como las cosas están así, lo mejor es que las afrontemos. Usted, señor Marini, continuará diciendo la verdad, porque no sé si se ha dado cuenta de que es lo que ha hecho hasta ahora.
– No, no he contado toda la verdad -protestó Luca.
– Sí, ha contado todo lo que sabe; lo que no puede contar es lo que ignora -afirmó el profesor-. En cuanto a nosotros, deberíamos hablar antes de separarnos. Creo, Bruno, que exageras cuando dices que debemos volver todos a casa. Claro que tenemos que volver, pero no ahora mismo, no corriendo como si fuéramos fugitivos. Somos todos respetables ancianos, viejos amigos. De manera, Carlo, que yo gustosamente acudiré a tu casa a cenar si me invitas, y creo que deberíamos ir todos. Si la policía quisiera hablar con nosotros diremos la verdad, que somos un grupo de amigos que nos hemos encontrado en Roma y que Mercedes, que es muy audaz, ha decidido que Irak es un buen lugar para hacer negocios porque en cuanto termine la guerra habrá que reconstruir lo que los norteamericanos destruyan. No tiene nada de malo que ella que tiene una empresa de construcción quiera un trozo de esa tarta. Que yo sepa, no ha encabezado ninguna manifestación llevando una pancarta contra la guerra ¿o sí lo has hecho, querida?
– No, por ahora no, aunque realmente pensaba ir a las manifestaciones que se van a convocar en Barcelona -explicó Mercedes.
– Bueno, pues no podrás hacerlo -afirmó el profesor Hausser-; otra vez será.
– Me asombra usted, profesor -dijo Luca-. Parece que no me ha escuchado: el director de la Seguridad quiere que haya caso, porque arriba quieren que haya caso.
– Italia es un Estado de derecho, de manera que si no hay caso no pueden inventar uno -insistió el profesor Hausser.
– Pero es que hay caso: tenemos dos cadáveres -respondió enfadado Marini.
– ¡Basta! -exclamó Carlo Cipriani-. Soy de la opinión de Hans; no podemos comportarnos como criminales porque no hemos hecho nada. Nosotros no hemos matado a nadie. Si es necesario, hablaré con algunos amigos del Gobierno que son pacientes míos. Pero no actuaremos como si fuéramos criminales, huyendo o saliendo de esta oficina por separado. No, me niego a tener un sentimiento de culpa. Y, tú, Bruno…
– Sí, tienes razón, nunca me lo he terminado de arrancar…
– Os veo muy seguros… Bien, mejor así. Para mí el caso está cerrado salvo que mis antiguos colegas me vuelvan a llamar o que nos veamos todos en la televisión. Si hay algo ya os llamaré.
Se despidieron sin decirse mucho más. Ya en la calle, Carlo les propuso ir a su casa a almorzar.
– Llamaré para que nos preparen algo. Estaremos más cómodos en casa para poder hablar.
Comieron prácticamente en silencio, diciendo alguna que otra generalidad mientras el ama de llaves de Carlo Cipriani les servía el improvisado almuerzo.
Cuando pasaron al salón para tomar café, Carlo cerró la puerta y pidió que no les molestaran.
– Tenemos que tomar una decisión -afirmó Cipriani.
– Ya está tomada -le recordó Mercedes-. Lo que hay que hacer es contratar a una de esas compañías de las que hablamos y mandar a un profesional que encuentre a Tannenberg y haga lo que tiene que hacer. No hay más.
– ¿Seguimos estando todos de acuerdo en eso? -preguntó Cipriani.
La respuesta afirmativa de sus tres amigos no se hizo esperar.
– Tengo el teléfono de una empresa, Global Group. El dueño, un tal Tom Martin, es amigo de Luca. Él me dijo que le podía llamar de su parte.
– Carlo, no sé si es buena idea seguir metiendo a Luca en esta historia.
– Puede que tengas razón, Mercedes, pero no conocemos a nadie que se encargue de estas cosas, así que soy partidario de llamar a ese Tom Martin; espero que Luca me perdone.
– Deberías de avisarle de que vas a llamar a Tom Martin y si te pide que no lo hagas, ya buscaremos otro. Luca es tu amigo, no debes ponerle contra la pared.
– Tienes razón, Hans; le llamaré. Y lo haré ahora.
– No seáis tontos -les interrumpió Mercedes-, dejemos a Luca en paz, bastante ha tenido con nosotros. Podemos llamar a esa empresa sin referirnos a él, sin comprometerle. Si Luca te ha dicho que esa empresa es adecuada para lo que queremos, entonces no lo pensemos más.
– Bueno, exactamente no sabe lo que queremos -matizó Carlo.
– Sí, ya me imagino que no le has dicho que queremos matar a un hombre. Por favor, reaccionemos, sé que estamos todos abrumados por el asesinato de esos dos muchachos, pero siempre supimos que lo que nos proponíamos no era fácil, qué podía morir gente por el camino, que podían asesinarnos a nosotros. Llevamos toda la vida preparándonos para este momento. Sé que nos hemos imaginado mil situaciones y que ninguna es como la que estamos viviendo, pero sé que somos capaces de hacer frente a esto.
Acordaron llamar a Tom Martin. Lo haría Hans Hausser. Le pediría una cita e iría a verle a Londres. Lo que iban a encargarle era sencillo: tendría que enviar a un hombre a Irak; ya sabían dónde vivía Clara Tannenberg, de manera que a través de ella tarde o temprano llegaría a Alfred. Después, debía encontrar el mejor momento para matarle. Para un profesional eso no debería de suponer ningún problema.
Bruno insistió en su deseo de regresar a Viena cuanto antes: No se sentía tranquilo en Roma.
– Por si nos interceptan las llamadas deberíamos de hablarnos por teléfonos que no sean los habituales -propuso el profesor Hausser-. Podríamos comprar móviles con tarjeta y utilizarlos una sola vez.
– ¿Y cómo nos damos el número? -preguntó Mercedes-. No nos volvamos paranoicos, por favor.
– Tiene razón Hans -dijo Carlo-. Deberíamos de ser cuidadosos. Vamos a matar a un hombre.
– Vamos a matar a un cerdo -exclamó Mercedes con rabia.
– En todo caso no me parece mala idea la de los móviles. Ya encontraremos la manera de darnos el número, quizá a través del correo electrónico -insistió Carlo.
– Pero si nos interceptan las llamadas, también lo harán con el correo. Internet es el lugar menos seguro para guardar un secreto.
– ¡Ay, Bruno, no seas tan pesimista! -le regañó Mercedes-. Que yo sepa, se pueden crear cuentas ficticias en internet. Hotmail, el correo gratuito de Microsoft, lo permite. Así que nos abrimos cada uno un correo en Hotmail y a través de él nos enviaremos los números de teléfono y nos pondremos en contacto. Pero hemos de hacerlo con cuidado, porque Hotmail no es seguro, cualquiera puede meterse en nuestro correo, así que seamos un poco crípticos a la hora de enviarnos mensajes.
Dedicaron parte de la tarde a decidir los nombres que utilizarían a través de internet y el profesor Hans Hausser ideó un criptograma en el que las letras representarían números, los de los móviles que continuamente comprarían y desecharían una vez utilizados.
Era tarde cuando los cuatro amigos se separaron fundiéndose en largos abrazos. Al día siguiente, Bruno y Hans dejarían Roma. Mercedes se quedaría dos días más para no dar la impresión, si es que la policía la seguía, de estar huyendo.
Robert Brown aguardaba impaciente a que Ralph Barry terminara de hablar por teléfono. Cuando colgó le preguntó, impaciente:
– Y bien, ¿qué hará Picot?
– Mi contacto asegura que Picot ha regresado impresionado de Irak, que no hace más que decir que sería una locura ir ahora a excavar, que no hay tiempo, que en seis o siete meses no se adelantaría nada; despotrica contra Bush y Sadam, diciendo que son tal para cual.
– No me has respondido, Ralph, quiero saber si irá o no irá.
– No lo ha dicho, pero parece que no lo descarta. Por lo pronto se ha ido a Madrid.
– Sigues sin responder.
– Sigo sin saber qué va a hacer.
– ¿Podríamos poner a trabajar en esa misión a los hombres de Dukais?
– ¿Tú crees que los gorilas de Dukais pueden pasar por estudiantes de arqueología? Vamos, Robert, ¡piensa!
– ¡Claro que pienso! Y necesito hombres en esa excavación. De manera que Dukais tendrá que encontrarlos con el aspecto adecuado.
– Y con conocimientos de historia, geografía, geología, etcétera. No lo veo, Robert, no lo veo. Los gorilas no suelen saber dónde está Mesopotamia.
– Pues tendrán que recibir un cursillo acelerado, tendrán que estudiar día y noche, tendrán que aprenderlo. Se les dará una prima si son capaces de hacerse pasar por estudiantes o por profesores.
– ¡Cuidado, Robert! Sabes que en el mundo académico nos conocemos todos. No puedes camuflar a un gorila como un profesor, le descubrirían.