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Continuaron charlando hasta tarde. Pasaría algún tiempo antes de que volvieran a verse.

12

– Paul, te he encontrado un par de hombres que te pueden servir. Tienen las características que me pediste. Si me dieras más tiempo, podría encontrar más.

– Lo único que no tengo es tiempo. Ya ha comenzado la cuenta atrás para que empiece esa maldita guerra.

– No te quejes, que gracias a esta guerra vamos a ganar un buen montón de dinero.

– Sí, Tom, las guerras se han convertido en un excelente negocio. He firmado unos cuantos contratos para enviar hombres a Irak el día después. Supongo que tú también.

– Sí, y quiero proponerte alguna cosa que podemos hacer juntos. ¿Cuántos hombres tienes?

– Ahora mismo, más de diez mil contratados.

– ¡Chico, qué pasada! Yo no llego a tanto, además tampoco quiero chapuceros, sino hombres con alguna experiencia.

– Aquí no son difíciles de encontrar. Estoy empezando a contratar asiáticos.

– ¿Qué más da de dónde sean? Lo importante es que estén preparados para combatir. Cuento con bastantes ex yugoslavos: serbios, croatas, bosnios, tipos duros, con demasiado gusto por apretar el gatillo. Esos dos que te he encontrado son dos piezas de cuidado, espero que les puedas controlar. Son jóvenes, pero están locos. Han matado mucho, mucho más de lo que pueden recordar.

– ¿Qué edad tienen?

– Uno veinticuatro años y el otro veintisiete. Uno es bosnio y el otro croata. Estudiaban antes de que en Yugoslavia empezaran a matarse los unos a los otros. Son dos supervivientes que perdieron a parte de su familia en esa guerra. El croata ese un gran tirador. Le gusta el dinero. Va a la universidad a estudiar informática, creo que es un pequeño genio con los ordenadores. Y el bosnio es maestro.

– ¿Ninguno estudia historia ni arqueología?

– No, no tengo mercenarios que les dé por la historia. Éstos te sirven por la edad y porque hablan inglés. Ya sabes que los gobiernos europeos lavan su conciencia dando becas a los ex yugoslavos, de manera que si te das prisa puedes apuntarles a algo en cualquier universidad que te venga bien, en la de Berlín o en París, y allí seguro que encontrarás a alguien que les acerque al círculo de Picot.

– ¡Joder, no me lo pones fácil!

– Vamos, Paul, piensa, que estos dos son capaces de todo por una buena paga. Están acostumbrados a matar para sobrevivir. Matriculémosles en Berlín o en Madrid. España es un buen coladero para buscar nuevas identidades a la gente. Es un país donde aún quedan idealistas dispuestos a jugársela por cualquiera que les cuente una historia triste. Y ésos tienen una historia trágica. Dame las coordenadas de Picot y yo haré que se acerquen a su círculo. Tendrá que pagar a los estudiantes que se lleve, así que estos dos pueden alegar que tienen necesidad de dinero para los estudios y salir adelante.

– Pero ¿cómo quieres que Picot contrate a un informático y a un maestro? Necesita arqueólogos o historiadores.

– Bueno, amigo, tú decides, esto es lo que tengo.

– Mandaré a uno de mis hombres para que les vea y les explique qué queremos. Mañana estará ahí. Pásame la factura.

– Lo haré. ¿Cuándo vienes a Londres?

– Dentro de una semana, tengo una reunión con algunos clientes qué podemos compartir. Te mandaré un e-mail.

– Bien. Hablaremos.

Tom Martin colgó el teléfono. Se llevaba bien con Paul Dukais. Ambos se dedicaban al mismo negocio: a ofrecer seguridad a unos y, a veces, a matar a otros. Sus empresas estaban en expansión, era lo bueno de la globalización. Desde luego, Irak prometía ser un buen negocio. Había firmado cuatro contra-tos millonarios y esperaba firmar unos cuantos más.

Sin duda Global Group era la mejor empresa europea de seguridad, así como la de Paul Dukais, Planet Security, era la mejor de Norteamérica. Las dos empresas controlaban más del sesenta y cinco por ciento del negocio en todo el mundo, los demás a su lado eran como hormigas. Pero en Irak habría tarta para todos. Y algunas misiones tendrían que encararlas juntos los hombres de Global y los de Planet; de eso quería hablar con Paul.

Le invitaría a cenar y a tomar unas cuantas copas una vez que cerraran el acuerdo que estaba seguro alcanzarían, como tantas otras veces habían hecho en el pasado.

13

La cena transcurría casi en silencio. Alfred Tannenberg evitaba dirigirse a Ahmed, quien tampoco tenía gran interés en hablar con él, de manera que el esfuerzo de mantener la ficción de la normalidad recaía sobre Clara.

Apenas terminaron de cenar, Clara pidió a su abuelo que no se retirara a descansar.

– ¿Qué es lo que quieres?

– Que hablemos. No puedo soportar esta tensión que hay, entre Ahmed y tú, necesito que me digáis qué está pasando.

Los dos hombres se miraron sin saber qué postura adoptar; fue Ahmed quien rompió el silencio.

– Tu abuelo y yo tenemos diferencias de criterio.

– ¡Ah!, y eso significa que habéis decidido no hablaros, ¿no? ¡Os vais a cargar la misión arqueológica! No se puede comenzar nada si en casa parece que estamos de funeral. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cuál es esa diferencia de criterio tan tremenda que os miráis como si fuerais a saltar el uno sobre el otro?

Alfred Tannenberg no estaba dispuesto a rebajarse ni ante su nieta ni mucho menos ante su marido. Consideraba indigna esa conversación, de manera que la cortó.

– Clara, me niego a mantener esta conversación. Preocúpate de organizar la misión, toda la responsabilidad será tuya. A ti te pertenece la Biblia de Barro, eres tú quien la debe encontrar y sobre todo quien tiene que saber conservarla. Todo lo demás es irrelevante ante lo que tenemos por delante. Por cierto, no te lo he dicho, pero me voy a El Cairo unos días. Pero antes de irme te dejaré dinero suficiente, dólares, para que puedas afrontar la excavación. Deberás llevarlo contigo y administrarlo. ¡Ah! Quiero que Fátima te acompañe.

– ¿Fátima? Pero, abuelo, ¿cómo voy a llevar a Fátima a una misión arqueológica? ¿Qué quieres que haga allí?

– Cuidar de ti.

Cuando Tannenberg expresaba un deseo nadie se atrevía a contradecirle, ni siquiera Clara.

– De acuerdo, abuelo, pero ¿no podíais Ahmed y tú hacer las paces por mí? Me siento tan incómoda en esta situación…

– Niña, no te metas. Déjalo estar.

Ahmed no había pronunciado ni una palabra más. Cuando salió el abuelo de Clara, la miró furioso.

– ¿No podías haber evitado este numerito? No te empeñes en que siempre sea Navidad.

– Mira, Ahmed, no sé qué os pasa a mi abuelo y a ti, pero sé que llevas una temporada agresivo y desagradable con todo el mundo, especialmente conmigo. ¿Por qué?

– Estoy cansado, Clara, no me gusta cómo vivimos.

– ¿Y cómo vivimos?

– Encerrados en la Casa Amarilla, al albur de lo que quiera tu abuelo. Él marca nuestra existencia, nos llena las horas del día diciéndonos qué tenemos que hacer, en qué no debemos equivocarnos. Aquí me siento preso.

– ¿Por qué no te marchas? Yo no puedo obligarte a que te quedes y tampoco te lo voy a pedir. Estás en tu derecho de tener una vida distinta si no te gusta la que tenemos.

– ¿Me invitas a irme? ¿No se te ocurre pensar que podemos irnos los dos?

– Yo soy parte de la Casa Amarilla, no me puedo escapas de mí misma. Además, Ahmed, yo soy feliz aquí.

– Me hubiera gustado continuar viviendo en San Francisco. Allí fuimos felices.

– Yo soy feliz aquí, soy iraquí.

– No, no eres iraquí, sólo has nacido aquí.

– ¿Vas a decirme de dónde soy? Claro que he nacido aquí, y me he educado aquí y he sido feliz aquí, y quiero seguir siéndolo. Yo no necesito ir a ninguna parte para ser feliz, todo lo que quiero está aquí.

– Pues yo todo lo que quiero no lo encuentro; desde luego sé que no está en esta casa ni en este país. Irak no tiene futuro, se lo están arrebatando.

– ¿Qué quieres hacer, Ahmed?

– Irme, Clara, irme.

– Pues vete, Ahmed, yo no haré nada por retenerte. Te quiero mucho, demasiado para desear que te quedes siendo infeliz. ¿Puedo hacer algo?

Ahmed se sorprendió de la reacción de Clara. Incluso se sintió herido en su amor propio. Su mujer no le necesitaba, le quería pero no le necesitaba, y dejaba claro que no haría nada por retenerle; al contrario, facilitaría su marcha.

– Te ayudaré a encontrar la Biblia de Barro. Creo que puedes necesitar mi ayuda, sobre todo si tu abuelo se va a El Cairo. Luego, cuando todos se marchen, me iré con ellos. No podré ir a Estados Unidos, pero buscaré refugio en Francia o en el Reino Unido, esperaré a que llegue el momento en que los iraquíes dejemos de estar apestados y pueda regresar a San Francisco.

– No tienes por qué quedarte, Ahmed. Agradezco que quieras ayudarme, pero ¿crees que es buena idea que vivamos los próximos meses como si no pasara nada, sabiendo que después te irás?

– ¿Tú no vendrás?

– No, no iré, yo me quedaré en Irak. Quiero vivir aquí. Me gustó América, fuimos felices allí. Yo nunca había salido de Oriente. Mi abuelo nunca me lo permitió. Mi vida transcurría entre Irak, Egipto, Jordania, Siria y nada más. Sí, me gustará ir algún día a Nueva York y a San Francisco, pero de visita. Te lo repito, yo viviré siempre aquí.