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– Dios te acompañará dondequiera que vayas, Abraham.

– Y a ti también, y a todos nosotros. Él todo lo ve y todo lo siente.

– ¿Con quién hablaré de Dios?

– Con tu padre, Yadin, que lo lleva en el corazón. Con el anciano Joab, con Zabulón, con tantos de tus parientes con los que inicias viaje, como con muchos de los que se quedaron en Ur.

– ¿Y quién me guiará?

– Hay un momento en la vida en que debemos buscar dentro de nosotros para decidir. Tú tienes a tu padre, puedes confiar en su cariño y sabiduría. Hazlo, sabrá ayudarte y encontrará respuestas que sacien tu corazón.

Escucharon la voz de Yadin llamándoles para despedirse. Shamas sentía un nudo en la garganta y hacía esfuerzos para no llorar. Pensaba que si lo hacía se reirían de él, puesto que ya estaba cerca de ser un hombre.

Abraham y Yadin se fundieron en un abrazo sentido. Sabían que nunca más se volverían a ver. Ambos intercambiaron las últimas recomendaciones, deseándose lo mejor para el futuro.

Abraham abrazó a Shamas, y el niño no pudo evitar que se le escapara una lágrima que inmediatamente enjugó con el puño.

– No te avergüences de sentir el dolor de la separación de quienes quieres y te quieren. Yo también tengo lágrimas en los ojos aunque no las deje fluir. Te recordaré siempre, Shamas, y debes de saber que así como yo seré el padre de hombres, como lo fue Adán, gracias a ti los hombres conocerán la historia del mundo y se la irán contando a sus hijos y éstos a los suyos y así hasta el fin de los tiempos.

Abraham dio la señal de partida y su tribu comenzó a caminar. Al mismo tiempo Yadin había levantado la mano indicando a los suyos que era la hora de partir. Cada familia iba en dirección opuesta a la otra; algunos volvían la vista y levantaban la mano en un último saludo. Shamas miraba en dirección a Abraham esperando que éste volviera los ojos hacia él, pero caminaba erguido, sin volver la vista atrás. Sólo cuando llegó a la altura del palmeral donde tantas tardes pasó con Shamas se paró durante unos segundos recorriendo con los ojos el lugar. Sintió a lo lejos la mirada de Shamas y se volvió sabiendo que el niño esperaba ese último adiós. No alcanzaron a verse, pero ambos sabían que se estaban mirando.

El sol estaba en lo alto y comenzaba la cuenta atrás de un día más de la eternidad.

17

– ¡Señora! ¡Señora!

Clara salió de su letargo ante los gritos de uno de los hombres que la acompañaban.

– ¿Qué sucede, Ali?

– Señora, ha caído la noche y el jefe de la aldea está enfadado. La esperan las mujeres para cenar.

– Ya voy, no tardo ni un segundo en llegar.

Se incorporó mientras se sacudía el polvo amarillo que se le había adherido a la ropa y a la piel. No tenía ganas de hablar con nadie, y menos con el jefe de la aldea y su familia. Quería disfrutar de la soledad del lugar sabiendo que pronto dejaría de estar como ahora.

Fantaseaba sobre Shamas, lo había dotado de rostro y podía escuchar el sonido de su voz, casi podía intuir sus pasos.

Debía de ser un aprendiz de escriba, de ahí los caracteres poco precisos de su escritura, pero también parecía una persona peculiar. Alguien con un don, y sobre todo alguien muy cercano al patriarca Abraham, tanto como para que éste le hubiera contado la Creación.

Pero ¿qué idea tendría Abraham del Génesis? ¿Sería un remedo de las antiguas leyendas mesopotámicas?

Abraham era un nómada, el jefe de una tribu. Todos los clanes nómadas tenían sus propias tradiciones y leyendas, pero en su ir y venir entraban en contacto con otras tribus, con otras gentes de culturas distintas, de las que asimilaban a su vez costumbres, leyendas y dioses.

Era evidente que el Diluvio recogido por los hebreos en la Biblia guardaba relación con el Poema de Gilgamesh.

Cuando llegó a la casa del jefe de la aldea, éste le aguardaba en la puerta con una sonrisa helada a la que Clara hizo caso omiso. Hizo honor a la comida que le sirvieron y luego se retiró a una estancia en la que habían improvisado un lecho junto al de una de las hijas de la casa.

Estaba cansada y durmió de un tirón, como no lo hacía desde que Ahmed había dejado la Casa Amarilla.

La casa de Alfred Tannenberg en El Cairo estaba situada en Heliópolis, la zona residencial donde vivían los jerarcas del régimen.

Por las ventanas del despacho se veía una hilera de árboles, además de unos cuantos hombres que vigilaban el perímetro de la casa.

La edad le había hecho aún más desconfiado de lo que ya era en su juventud. Además, ahora ni siquiera confiaba en sus amigos, en los hombres por los que antes habría dado su vida, convencido de que ellos la habrían dado por él.

¿Por qué se empecinaban en hacerse con la Biblia de Barro? Les ofrecía cuanto tenía a cambio de esas tablillas, que significaban el futuro de Clara. No se trataba de dinero; su nieta ya tenía el suficiente para vivir desahogadamente el resto de su vida. Lo que él quería para Clara era respetabilidad, porque el mundo en que habían vivido se estaba derrumbando, no se podía engañar por más que se hubiera enfadado con cuantos se lo decían. En realidad, los informes que desde hacía un año le enviaba George no dejaban lugar a dudas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el mundo había enloquecido.

Estados Unidos necesitaba definir al adversario para controlar las fuentes energéticas, y los árabes creían que para salir de la miseria y que el mundo les respetara tenían que hacer uso de la fuerza, de manera que los intereses de ambos se complementaban. Querían la guerra y estaban en ella, y a él le pillaban en medio dispuesto a hacer negocios como en tantas otras ocasiones. Sólo que ahora le restaban pocos meses de vida y temía por el futuro de su nieta. Y el futuro no pasaba por Bagdad ni por El Cairo. Ahmed, el marido de Clara, lo sabía, por eso pretendía huir. Pero él no quería que su nieta fuera una refugiada mal vista en todas partes por ser iraquí y ser quien era, porque tarde o temprano se sabría quién era. La única manera de salvarla era dotarla de respetabilidad profesional y eso sólo se lo podía dar la Biblia de Barro. Pero George no quería aceptarlo, y aunque Frankie y Enrique tenían familia, tampoco parecían entenderle.

Estaba solo, solo contra todos y con un inconveniente añadido: el escaso tiempo que le quedaba de vida.

Repasó el informe del médico. Querían operarle de nuevo, extirparle el tumor que invadía su hígado. Debía de tomar una decisión, aunque en realidad la tenía tomada. No volvería a entrar en el quirófano, más aún cuando, según el informe, eso no le garantizaba la vida. Incluso podía morir si su corazón se empeñaba enjugarle una mala pasada. Y últimamente los ataques de taquicardia y la tensión alta eran nuevas agresiones a su salud. Su única preocupación era vivir el tiempo suficiente para que Clara excavara en Safran antes de que los norteamericanos bombardearan.

El sonido de unos nudillos golpeando en la puerta del despacho le hizo levantar la mirada del informe esperando a que entrara quien llamaba.

Un criado le anunció la presencia de Yasir y de otro hombre, Mike Fernández. Les estaba esperando; indicó que les hicieran pasar.

Se levantó y se dirigió a la puerta de la entrada del despacho para saludar a sus visitantes. Yasir le hizo una breve inclinación de cabeza acompañada de una media sonrisa que más parecía una mueca. No le perdonaba la bofetada que le dio en su último encuentro. Alfred no pensaba disculparse, porque después de esa ofensa de nada servirían las disculpas. Yasir le traicionaría en cuanto tuviera la más mínima oportunidad, una vez asegurado el negocio que se traían entre manos. Sólo tenía que estar atento para parar el golpe antes de que levantara la mano.

Mike Fernández evaluó al anciano mientras se saludaban. Le sorprendió la fuerza con que Alfred le apretaba la mano, pero sobre todo tuvo la sensación de estar ante un hombre malo. No sabía por qué, pero así lo sentía en su fuero interno; él precisamente no era un santo; llevaba mucho tiempo metido en negocios sucios a las ordenes de Dukais y había hecho cosas de las que su madre, si viviera, se habría avergonzado; pero a pesar de lo vivido en los últimos años seguía distinguiendo el bien y el mal y aquel anciano exudaba mal por los cuatro costados.

El criado entró en el despacho llevando una bandeja con agua y refrescos, que colocó encima de la mesa baja alrededor de la que se habían sentado. Cuando el criado salió Alfred no perdió el tiempo en cortesías y se dirigió directamente a Fernández.

– ¿Qué plan trae?

– Me gustaría echar un vistazo a la frontera de Kuwait con Irak, también quiero examinar algunos puntos de la frontera jordana y de la turca. Me gustaría saber con qué infraestructura contaremos en los distintos lugares en que decidamos desplegar a los hombres, y sobre todo las vías de escape. Creo que podemos tener una buena cobertura a través de una compañía que exporta algodón, grandes balas de algodón, desde Egipto a Europa.

– ¿Y qué más? -preguntó con sequedad el anciano.

– Lo que usted me quiera decir y enseñar. Usted dirige la operación, yo estaré sobre el terreno; por eso quiero ver por dónde me tendré que mover.