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– Yo le diré los puntos por donde los hombres entrarán y saldrán de Irak. Llevamos años entrando y saliendo del país sin que ni los iraquíes, los turcos, los jordanos o los kuwaitíes se enteren. Conocemos el terreno como la palma de nuestras manos. Usted se encargará de sus hombres, pero al mando de la operación sobre el terreno estarán los míos, y serán ellos los que entren y salgan de Irak.

– No es eso lo previsto.

– Lo previsto es entrar y salir en el menor tiempo posible pasando inadvertidos. Me temo que usted difícilmente se puede fundir con el paisaje, y dudo mucho que los hombres que envíe Paul puedan hacerlo. A usted se le ve a la legua que no es de aquí. Si le detuvieran se cargaría la operación. Nosotros podemos entrar y salir porque somos de aquí, nos fundimos con el paisaje, ustedes serían tan visibles como la estatua de la Libertad. Me parece bien que tenga unos cuantos hombres en algunos lugares estratégicos que ya le indicaré. En cuanto a lo de esa compañía de algodón, la conozco, es mía, pero no es la más adecuada para este negocio. Lo que necesitamos es que nuestros amigos de Washington nos permitan viajar en los aviones militares que tienen en las bases de Kuwait y de Turquía y que hacen escala en Europa; una vez allí, ya nos encargaremos de lo demás. Son sus hombres los que deben viajar en esos aviones con usted, ahí es donde no deben entrar los míos. Cada uno se tiene que mover en su terreno.

– Y usted decide cuál es el terreno de cada uno.

– ¿Sabe? Cuando viajas por el desierto, los beduinos siempre te sorprenden. Estás convencido de que estás solo y, de repente, alzas la mirada y ahí están. Cómo han llegado, desde cuándo te están siguiendo, es algo que nunca sabes. Son parte de la arena del desierto.

»A usted se le vería a kilómetros de distancia, pero usted no les vería a ellos aunque estuvieran a cinco metros.

– ¿Sus hombres son beduinos?

– Mis hombres han nacido aquí, en estas arenas, y son invisibles. Saben lo que tienen que hacer, adónde ir y por dónde. Ninguno llamará la atención en Bagdad, ni en Basora, ni en Mosul, Kairah o Tikrit. Entrarán y saldrán con la misma tranquilidad con que usted entra y sale de su casa. Lo hemos hecho siempre así, éste es mi territorio, así que no acepto cambios en la manera de hacer las cosas. ¿O es que en Washington se han vuelto locos?

– No, no se han vuelto locos, simplemente quieren controlar la operación.

– ¿Controlarla? Soy yo quien controla la operación.

– Usted la dirige, es cierto, pero ellos quieren a unos cuantos de sus hombres aquí.

– Me temo que no habrá operación si no se hace como digo. En Washington saben que ustedes no podrían cruzar ni una sola de las fronteras.

– Hablaré con Dukais.

– Ahí tiene el teléfono.

Mike Fernández ni se levantó. Había forzado la situación simplemente porque no quería ser sólo un comparsa en los planes del anciano. Pero sabía que Dukais se enfadaría si le llamaba, puesto que las órdenes habían sido tajantes: tenía que hacer lo que dijera Alfred.

– Hablaré con él más tarde -dijo Mike Fernández, sorprendido por la dureza del anciano.

– Haga lo que quiera, pero sepa que no me gustan los pulsos, y si alguien me echa un pulso lo pierde. Así ha sido hasta ahora y así será hasta el día en que me muera.

Fernández guardó silencio. Habían medido fuerzas y quedaba claro que Alfred no estaba dispuesto ni siquiera a compartir el bastón de mando.

Pensó que lo más inteligente sería aceptar la situación. A fin de cuentas, Tannenberg tenía razón: aquél no era su territorio y estaban en vísperas de una guerra. La operación se iría al traste si les detenían a él o alguno de los suyos. De manera que por él no había ningún inconveniente en que fueran otros los que corrieran con los riesgos.

Durante la siguiente hora Tannenberg le dio una lección de táctica y estrategia militar. Desplegó un mapa en el que indicó dónde deberían situarse las fuerzas de apoyo de Mike y cómo y por dónde deberían desplazarse hasta las bases norteamericanas de Kuwait y Turquía, la ruta para llegar hasta Ammán e incluso una vía alternativa para llegar a Egipto.

– ¿Y por dónde entrarán sus hombres, señor Tannenberg?

– Eso no se lo voy a decir. Contárselo a usted sería tanto como poner un anuncio en internet.

– ¿Desconfía de mí? -preguntó Mike Fernández.

– Yo no me fío de nadie, pero en este caso no se trata de desconfianza. Usted le contará a Paul Dukais el plan, y si yo le digo por dónde entrarán mis hombres lógicamente le dará esa información. Y no tengo la menor intención de que esa información esté al alcance de cualquiera. Éste es mi negocio, amigo mío, entrar y salir por las fronteras de Oriente Próximo sin ser advertido por nadie. De manera que con lo que le he contado tiene la información que precisa, no necesita saber más.

Mike esperaba esa respuesta; sabía que el viejo se mostraría inflexible y que no le sacaría nada, pero decidió insistir.

– Sin embargo, usted me ha dado las coordenadas dónde deben esperar mis hombres…

– Así es, pero si de esas coordenadas intenta sacar conclusiones se equivocará, así que allá usted.

– Bien, señor Tannenberg, ya veo que tratar con usted no será fácil.

– Se equivoca, es muy fácil, yo sólo espero que cada uno sepa lo que tiene que hacer. Usted haga su parte, yo haré la mía y asunto concluido. Esto no es una excursión para hacer amigos, de manera que no hace falta que me cuente cómo van a convencer sus jefes a los chicos del Pentágono para que les presten sus aviones, ni yo tampoco le contaré cuántos hombres míos participarán en esta operación ni por dónde entrarán o saldrán. Pero sí le diré los hombres que usted necesita.

– ¿Me lo dirá usted? -preguntó con ironía el ex coronel Fernández.

– Sí, se lo diré, porque usted no tiene ni idea de cómo llegar desde los puntos que le he dicho hasta las bases norteamericanas. De manera que a sus hombres les escoltarán algunos de mis hombres, sobre todo para asegurarse de que todo llega bien.

– ¿Y cuántos hombres debo traer?

– No más de veinte, y a ser posible que hablen algo más que inglés.

– ¿Se refiere a árabe?

– Me refiero a árabe.

– No estoy seguro de que en eso podamos complacerle… -Inténtenlo.

– Se lo diré al señor Dukais.

– Él ya sabe cómo deben de ser los hombres para esta misión, por eso le ha elegido a usted.

* * *

Mientras bajaban por la escalerilla del avión sintieron el calor seco del desierto. Marta sonrió feliz. Le gustaba Oriente. Fabián sintió que le faltaba el aire y aceleró el paso camino de la terminal del aeropuerto de Ammán.

Esperaban ante la cinta transportadora el equipaje cuando un hombre alto y moreno se dirigió hacia ellos hablándoles en un español más que perfecto.

– ¿El señor Tudela?

– Sí, soy yo…

El hombre le tendió la mano y le dio un apretón firme y resuelto.

– Soy Haydar Annasir. Me envía Ahmed Huseini.

– ¡Ah! -fue todo lo que acertó a decir Fabián.

Marta no dio importancia a que Haydar no la hubiese saludado y le tendió a su vez la mano ante el asombro de éste.

– Yo soy la profesora Gómez, ¿cómo está usted?

– Bienvenida, profesora -respondió Haydar Annasir, haciendo una ligera inclinación mientras estrechaba la mano de Marta.

– ¿La señora Tannenberg no ha venido? -preguntó Marta.

– No, la señora Tannenberg se encuentra en Safran, les espera allí. Pero antes debemos de retirar todo lo que han traído de la aduana. Déme los recibos y me ocuparé de recoger todos los bultos y que los trasladen al camión -precisó Annasir.

– ¿Iremos directamente a Safran? -quiso saber Fabián.

– No. Les hemos reservado habitación en el Marriot para que descansen esta noche, mañana cruzaremos la frontera de Irak e iremos a Bagdad y de allí en helicóptero nos trasladarán a Safran. Espero que dentro de dos días puedan reunirse ustedes con la señora Tannenberg -fue la respuesta de Haydar Annasir.

Tuvieron que cumplimentar todos los trámites de la aduana, aunque sin problema alguno, ya que la presencia de Haydar era suficiente para que los funcionarios no pusieran ninguna traba. Vieron que los contenedores eran instalados directamente en tres camiones que les esperaban en la zona de carga del aeropuerto. Luego ellos se dirigieron hacia el hotel. Haydar les anunció que regresaría a la hora de la cena para acompañarles; mientras tanto, si lo deseaban, podían descansar. Al día siguiente saldrían al amanecer, a eso de las cinco de la mañana.

– ¿Qué te ha parecido el personaje? -preguntó Fabián a Marta mientras tomaban una copa en el bar.

– Amable y eficaz.

– Y habla un español perfecto.

– Sí, seguramente ha estudiado en España; esta noche nos contará en qué universidad y qué.

– A ti al principio no te ha hecho caso.

– Sí, se ha dirigido a ti; tú eres el hombre y por tanto tenía que tratar contigo. Ya se le pasará.

– Pues me ha sorprendido que no le soltaras alguna impertinencia por desdeñarte.

– No lo ha hecho con mala intención. Es producto de la educación que ha recibido. No creas que vosotros sois mejores -respondió riéndose Marta.