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Marta, mientras tanto, se había alejado de ellos buscando un lugar desde el que tener cierta perspectiva del lugar. Fabián y Clara la dejaron, sin interrumpir el ir y venir de Marta.

– ¿Es su esposa? -le preguntó Clara.

– ¿Marta? No, no lo es. Es profesora de Arqueología en mi misma Universidad, la Complutense de Madrid. Y tiene una larga experiencia en trabajos de campo. Por cierto, hace años estuvo cerca dejaran, donde su abuelo encontró esas tablillas misteriosas.

Clara asintió en silencio. Su abuelo le había prohibido con rotundidad que diera información sobre él. No debía decir ni una palabra de más, aunque le insistieran para conocer detalles de cuándo y por qué estuvo en Jaran, de manera que decidió llevar la conversación hacia otros derroteros.

– Han sido muy valientes viniendo a Irak en las actuales circunstancias.

– Esperemos que todo vaya bien. No va a ser fácil trabajar con tanta premura de tiempo.

– Sí, los iraquíes confiamos en que Bush esté echando un pulso a Sadam.

– Pues no se equivoquen. Les ha declarado la guerra y en cuanto tenga sus efectivos dispuestos atacará. No creo que tarden en hacerlo más de seis o siete meses.

– ¿Por qué apoya España a Bush contra Irak?

– No confunda a España con nuestro actual Gobierno. Los españoles mayoritariamente estamos en contra de la guerra, no compartimos las razones de Bush para hacer la guerra.

– Entonces, ¿por qué no se rebelan?

Fabián soltó una carcajada.

– Tiene gracia que usted me pregunte por qué no nos rebelamos cuando ustedes viven bajo la bota de Sadam. Mire, yo no estoy de acuerdo con mi Gobierno en lo que se refiere a apoyar a Estados Unidos contra Irak ni en tantas otras muchas cosas, pero el mío es un Gobierno democrático. Quiero decir que le podemos echar en las urnas.

– Los iraquíes quieren a Sadam -afirmó Clara.

– No, no le quieren, y el día en que caiga, que caerá, sólo unos cuantos favorecidos por su régimen le defenderán. A los dictadores se les sufre, pero nadie les quiere, ni siquiera quienes han vivido bajo su régimen sin decir palabra. De Sadam lo único que quedará será el recuerdo de sus tropelías. Mire, dejemos las cosas claras, el que estemos en contra de la guerra no significa que apoyemos a Sadam. Sadam representa todo lo que abomina cualquier demócrata: es un dictador sanguinario, que tiene las manos manchadas con la sangre de los iraquíes que se han atrevido a oponérsele y con la de los kurdos a los que ha asesinado masivamente.

»No nos importa Sadam ni la suerte que pueda correr. Estamos en contra de la guerra porque no creemos que nadie debe morir para que desaparezca un solo hombre, y sobre todo porque es una guerra por intereses bastardos: quedarse con el petróleo de Irak. ¡Norteamérica quiere el control de las fuentes energéticas porque siente el aliento del coloso chino! Pero insisto: no se equivoque, quienes estamos en contra de la guerra aborrecemos a Sadam.

– No me ha preguntado si soy partidaria de Sadam -le reprochó Clara.

– No me importa que lo sea. ¿Qué hará? ¿Denunciarme a esos soldados para que me detengan? Imagino que si usted vive en Irak sin que le falte de nada, es porque es afecta al régimen de Sadam. No podríamos excavar aquí en estas circunstancias si su abuelo no fuera un hombre poderoso en Irak, de manera que no caben engaños. Pero eso sí, tampoco se engañe usted creyendo que quienes venimos aquí estamos dispuestos a inclinarnos ante Sadam o a cantar las excelencias de su régimen. Es un dictador y nos repugna profundamente.

– Pero, aun así, vienen a excavar.

– Si logramos evitar el encontronazo político excavaremos. Venimos a excavar en una circunstancia difícil para nosotros, y no crea que ha sido fácil tomar la decisión. Venir aquí puede ser manipulado por algunos para presentarnos como gente que avala a Sadam, de manera que esto no es una bicoca. Creemos que estamos ante la oportunidad de desvelar si lo que usted afirmó en el congreso de Roma tiene alguna base. Trabajaremos a destajo y contrarreloj, y si no conseguimos el objetivo, al menos lo habremos intentado. Como arqueólogos no podíamos dejar pasar la ocasión.

– ¿Usted es amigo de Yves Picot?

– Sí, somos amigos desde hace tiempo. Es un hetedoroxo, pero uno de los mejores, y desde luego sólo alguien como él sería capaz de convencernos para venir a jugarnos el pellejo a este lugar -afirmó Fabián dejando vagar la mirada en busca de Marta.

– ¿Cuántos arqueólogos participarán en la misión?

– Desgraciadamente, menos de los que necesitamos. El equipo no es suficiente para el trabajo que debemos abordar. Vendrán dos expertos en prospección magnética, un profesor de arqueozoología, otro de anatolística, siete arqueólogos especialistas en Mesopotamia, además de Marta, Yves y yo mismo, y unos cuantos estudiantes de los últimos cursos de arqueología. En total, seremos unos treinta y cinco.

Clara no pudo ocultar una mueca de decepción. Esperaba que Picot hubiera sido capaz de encontrar a más especialistas para la expedición. Fabián se dio cuenta y sintió un cierto fastidio.

– Dese con un canto en los dientes, como decimos en España ante situaciones como ésta. Que vengan treinta y cinco personas a trabajar aquí es un milagro, y lo hemos hecho por Yves. A su país le van a machacar, y no está para aventuras arqueológicas; aun así Yves nos ha convencido y hemos dejado nuestros trabajos, y no crea que es sencillo decir al decano de tu facultad que te vas en pleno mes de septiembre, con el curso a punto de empezar. De manera que todos los que venimos hemos hecho un sacrificio personal, sabiendo lo difícil que será encontrar algo que de verdad valga la pena y justifique la inversión de nuestro tiempo y prestigio profesional.

– ¡No lo plantee como si me estuvieran haciendo un favor! -respondió Clara exasperada-. ¡Si vienen será porque creen que pueden conseguir algo, de lo contrario no estarían aquí!

Marta se había acercado hasta ellos y escuchó la última parte de la conversación.

– ¿Qué os pasa? -preguntó.

– Intercambio de pareceres -respondió Fabián.

Clara no dijo nada, bajó la mirada al suelo y tomó aire para calmarse. No podía dejar aflorar su genio, y menos en vísperas de comenzar el trabajo. Echaba de menos a Ahmed; él tenía mano izquierda, sabía cómo tratar a todo el mundo y decir lo que pensaba sin ofender, pero manteniéndose firme en sus ideas.

– Bien -continuó Marta-, he echado un vistazo al lugar. Es interesante lo que se ve. ¿Con cuántos obreros podremos contar?

– Alrededor de cien. Aquí en Safran contamos con unos cincuenta hombres, el resto vendrán de aldeas cercanas.

– Necesitamos más. Es imposible despejar toda esa arena si no tenemos suficientes manos. ¿Aquéllas son las casas que se están levantando para el equipo? -preguntó señalando hacia el frente.

– Sí. Están como a trescientos metros, no demasiado lejos. De manera que viviremos al lado, sin necesidad de coches para desplazarnos -respondió Clara.

– Nosotros traemos tiendas bien acondicionadas. En mi opinión, los obreros deberán terminar lo que estén haciendo para no dejarlo a medias, pero la prioridad es que se pongan a trabajar aquí ya.

El tono de Marta no dejaba lugar a dudas.

– ¿Ya? ¿Antes de que llegue el resto de la expedición? -preguntó sorprendido Fabián.

– Sí. No hay tiempo que perder. Sinceramente, no creo que podamos hacer el trabajo en tan poco tiempo, de manera que pongámonos ya. Comenzaremos mañana. Si os parece, ahora cuando regresemos a la aldea nos reunimos con los hombres para explicarles algunos detalles del trabajo que tienen que realizar. Intentaremos que la zona esté lo más despejada posible para cuando lleguen Yves y el resto del equipo. ¿Os parece bien?

– Tú mandas -respondió Fabián.

– Por mí, de acuerdo -afirmó Clara.

– Bien, os explicaré el plan de trabajo que he ido pensando que podemos empezar a hacer…

18

Hans Hausser entró con paso decidido en el inmenso vestíbulo del moderno edificio en el corazón de Londres. Un panel señalaba las docenas de empresas que tenían su sede en aquel monstruo de cristal y acero. Buscó con la mirada el nombre de Global Group, aunque sabía que se encontraba en la planta séptima. Se dirigió al ascensor sintiendo una punzada de inquietud en la boca del estómago.

Un ilustre profesor de Física cuántica iba a contratar a un ejecutor para que asesinara a un hombre y a su familia, no importaba quiénes ni cuántos fueran. No sentía piedad en su corazón, pero sí la preocupación de no saber si sabría tratar con un hombre como el que se iba a encontrar.

Las oficinas de Global Group parecían las de cualquier multinacionaclass="underline" paredes de color gris claro, techos blancos, mobiliario moderno, buenos cuadros abstractos de pintores de nombre imposible de recordar, secretarias discretamente elegantes y amables.

Tom Martin no le hizo esperar. Le estrechó la mano en la puerta del despacho, una pieza espaciosa guarnecida por una esplendida librería de color claro que cubría las cuatro paredes, un enorme ventanal sobre el que se alcanzaba a ver el viejo Londres con el paso sereno del Támesis, sillones de cuero y ningún objeto personal. Ni fotografías ni trofeos; la inmensa mesa de cristal y acero no tenía ni un papel; sólo un sofisticado teléfono y un ordenador personal.