Una chica joven les decía que tuvieran paciencia, que el doctor vería a sus hijos, pero que debían esperar. Se acercó a ella y esperó a que respondiera el teléfono. Cuando colgó, se le quedó mirando de arriba abajo.
– ¿Y usted qué quiere? -le preguntó en inglés.
– Verá, yo vengo de Roma y quisiera ver al señor Baretti, me llamo Gian Maria…
– ¡Ah, es usted! Le esperábamos. Ahora avisaré a Luigi.
La joven había cambiado con naturalidad del árabe al italiano. Se levantó y se fue por un pasillo en el que se veían varias puertas. Entró en la tercera y unos segundos después salió haciéndole señas con la mano para que se acercara.
– Pase -le dijo la joven mientras le tendía la mano-, yo soy Alia.
Luigi Baretti debía tener cerca de los cincuenta años. Se estaba quedando calvo, le sobraban unos cuantos kilos, y parecía enérgico y poco amigo de perder el tiempo.
– Ha dado usted mucho la lata para venir, y como en esta vida lo importante es tener padrinos, lo ha conseguido.
Gian Maria se sintió avergonzado. Le parecía humillante el recibimiento y le hubiera gustado ser capaz de decir una frase lapidaria, pero se calló.
– Siéntese -le ordenó más que invitarle Baretti-. Supongo que pensará que no soy muy educado, pero no tengo tiempo para contemplaciones. ¿Sabe cuántos niños se nos han muerto esta semana por falta de medicamentos? Yo se lo diré: a nosotros se nos han muerto tres. No quiero imaginar cuántos habrán fallecido en el resto de Bagdad. Y usted tiene una crisis espiritual y decide que para resolverla se viene a Irak. Necesito medicinas, comida, médicos, enfermeras y dinero, no gente que quiere lavar su conciencia viniendo un ratito a contemplar de cerca la miseria para luego volver a su confortable vida en Roma o de donde quiera que usted sea.
– ¿Ha terminado? -preguntó Gian Maria, ya recuperado del primer sobresalto.
– ¿Cómo dice?
– Que si ya ha terminado de expresarme su desagrado o va a seguir insultándome.
– ¡Yo no le he insultado!
– ¿Ah, no? Estoy conmovido por su recibimiento. Gracias, es usted un ser humano extraordinario.
Luigi Baretti guardó silencio. No esperaba el contraataque de un hombre capaz de sonrojarse.
– Siéntese y dígame qué quiere hacer.
– No soy médico, ni enfermero, no tengo dinero, así que no puedo hacer nada según usted.
– Estoy desbordado -respondió a modo de excusa el delegado de Ayuda a la Infancia.
– Sí, ya lo veo. A lo mejor ha llegado a un punto en el que debería ser sustituido, puesto que no aguanta la presión de la situación.
Los ojos de Luigi Baretti reflejaron una furia inmensa. Aquel larguirucho estaba cuestionando su capacidad para dirigir la oficina, y aquel lugar era su vida. Llevaba siete años en Bagdad, después de haber estado en otros destinos igualmente conflictivos. Decidió ser más cauteloso, ya que aquel joven parecía tener gente importante que le avalaba. La prueba es que estaba allí, y quién sabía si para quitarle el sitio.
Gian Maria estaba sorprendido consigo mismo. Ni él sabía de dónde había sacado la fortaleza para hablarle de aquella manera a Baretti.
– Naturalmente que puede ayudar -dijo el delegado de Ayuda a la Infancia-. ¿Sabe conducir? Necesitamos alguien, que sepa conducir y pueda llevar a los niños que lo necesiten al hospital más cercano, o trasladarles a sus casas, o ir al aeropuerto a recoger los paquetes que nos mandan de Roma y de otros sitios. Claro que necesitamos manos.
– Procuraré ser de utilidad -afirmó Gian Maria.
– ¿Tiene donde alojarse?
– No, pensaba preguntarle si conoce algún lugar que no sea muy caro.
– Lo mejor es que alquile una habitación en casa de alguna familia iraquí. Le costará poco y a ellos les vendrá bien el dinero. Le preguntaremos a Alia. ¿Cuándo quiere empezar a trabajar?:
– ¿Mañana?
– Por mí está bien. Instálese hoy, y que Alia le cuente cómo, nos organizamos aquí.
– ¿Le importaría que llame a Roma para decir que he llegado y que estoy bien?
– No, en absoluto. Utilice mi teléfono mientras voy a hablar con Alia.
Gian Maria volvió a preguntarse que por qué estaba asumiendo compromisos que no iba a poder cumplir. Había ido a Irak para encontrar a aquella mujer, a Clara Tannenberg, en vez de hacerlo se desviaba de su objetivo.
«Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué no controlo lo que hago? ¿Quién está guiando o desviando mis pasos?»
En poco más de veinticuatro horas se notaba cambiado. Enfrentarse al mundo exterior le estaba provocando un shock. Pero lo que más le inquietaba es que había perdido el control sobre sí mismo.
Alia le dijo que uno de los médicos iraquíes que colaboraba con Ayuda a la Infancia, tenía una habitación libre en su casa y lo mismo se la podía alquilar. Le acompañaría hasta el hospital y se lo preguntarían, y de paso llevarían una caja con antibióticos y vendas que habían recibido esa misma mañana enviada por su ONG en Holanda.
Gian Maria se acomodó junto a Alia en un viejo Renault. La chica conducía a gran velocidad sorteando los obstáculos del caótico tráfico de Bagdad.
No tardaron más de cinco minutos en llegar porque el hospital estaba cerca. Con paso decidido, Alia le guió por los pasillos donde se mezclaban los llantos con el olor a plasma y las quejas de los enfermos.
Veía pasar a médicos y enfermeras con rostros preocupados quejándose por la falta de medios. Veían morir a sus pacientes porque carecían de medicamentos.
Llegaron a la planta de pediatría, y allí preguntaron por el doctor Faisal al-Bitar. Una enfermera con gesto cansino les señaló la puerta del quirófano. Esperaron un buen rato hasta que el médico salió. Llevaba la ira reflejada en el rostro.
– Otro niño que no he podido salvar-dijo con amargura sin dirigirse a nadie en especial.
– Faisal -le llamó Alia.
– ¡Ah! ¿Estás aquí? ¿Han enviado antibióticos?
– Sí, te traigo esta caja.
– ¿Sólo esto?
– Sólo esto, ya sabes lo que pasa en la aduana…
El médico clavó sus atormentados ojos negros en Gian Maria, esperando que Alia les presentara.
– Éste es Gian Maria, acaba de llegar de Roma, viene a echar una mano.
– ¿Es usted médico?
– No.
– ¿A qué se dedica?
– He venido a ayudar, en algo podré ser útil…
– Necesita una habitación -terció Alia- y como me dijiste que tenías una libre, pensé que a lo mejor se la podías alquilar.
Faisal miró a Gian Maria y esbozando una sonrisa que mal parecía una mueca amarga le tendió la mano.
– Si espera un rato a que termine y me acompaña a mi casa le enseñaré la habitación. No es muy grande, pero a lo mejor le sirve. Vivo con mi esposa y mis tres hijos. Dos niñas y un niño Mi madre vivía con nosotros, pero murió hace unos meses por eso tengo un cuarto libre.
– Seguro que estará bien -afirmó Gian Maria.
– Mi esposa es maestra -explicó Faisal- y una gran cocinera, si es que le gusta nuestra comida.
– Sí, claro que sí -fue la respuesta agradecida de Gian Maria.
– Si va a trabajar con Ayuda a la Infancia, lo mejor será que conozca este hospital. Alia se lo mostrará.
La joven le guió por pasillos y consultas, deteniéndose a saludar a algunos médicos y enfermeras que encontraban a si paso. Todos parecían desesperados por la falta de material medicamentos con que hacer frente al sufrimiento de sus pacientes.
Una hora después se despedía de Alia en la puerta del hospital para ir con Faisal a su casa.
El coche de Faisal, otro modelo obsoleto de Renault, relucía por dentro y por fuera.
– Vivo en al-Ganir; cerca tiene una iglesia si es que quiere ir a rezar. Muchos italianos vienen a esta iglesia.
– ¿Una iglesia católica?
– Una iglesia católica caldea, es más o menos lo mismo, ¿no?
– Sí, sí, claro.
– Mi mujer es católica.
– ¿Su esposa?
– Sí, mi esposa. En Irak hay una importante comunidad cristiana que siempre ha vivido en paz. Ahora no sé qué pasará…
– ¿Usted también es cristiano?
– Sí, oficialmente sí, pero no ejerzo.
– ¿Cómo que no ejerce?
– No voy a la iglesia, ni rezo. Hace mucho tiempo que perdí la pista de Dios; fue seguramente uno de esos días en que no pude salvar la vida de algún pequeño inocente y le vi morir en medio de grandes dolores sin entender por qué debía de ser así. Y no me hable de la voluntad de Dios, ni de que Él nos manda pruebas y debemos aceptar su voluntad. Aquel pequeño tenía leucemia, durante dos años luchó por su vida con una fortaleza de espíritu encomiable. Tenía siete años. No había hecho mal a nadie, Dios no tenía por qué mandarle pasar por ninguna prueba. Si Dios existe, su crueldad es infinita.
Gian Maria no pudo evitar santiguarse y mirar a Faisal con pena, pero su pena no se podía comparar con el dolor y la ira del médico.
– Usted culpa a Dios de lo que les sucede a los hombres.
– Yo culpo a Dios de lo que les sucede a los niños, a seres inocentes e indefensos. Los mayores tenemos una responsabilidad por cómo somos, qué hemos hecho, qué hacemos, pero ¿un recién nacido?, ¿un niño de tres años o de diez, de doce? ¿Qué han hecho esas criaturas para tener que morir en medio de grandes dolores? Y no me hable del pecado original, porque no admito que me vengan con estupideces. ¡Menudo Dios que lastra con una culpa no cometida a millones de inocentes!