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– ¿Se ha vuelto ateo? -preguntó Gian Maria temiendo la respuesta.

– Si Dios existe, aquí no está -sentenció Faisal.

Se quedaron en silencio hasta llegar a la casa de Faisal, situada en la última planta de un edificio de tres pisos.

Mientras el médico abría la puerta escucharon los gritos de una pelea infantil.

– ¿Qué pasa? -preguntó Faisal a dos niñas iguales como dos gotas de agua que andaban a la greña en el centro de una espaciosa sala.

– Ha sido ella la que me ha quitado la muñeca -dijo una de las niñas señalando a la otra.

– No es verdad -respondió la aludida-, esta muñeca es la mía, lo que pasa es que no las distingue.

– Se va a acabar eso de que tengáis las muñecas iguales -sentenció Faisal mientras las levantaba del suelo para darles un beso.

Las pequeñas besaron a su padre sin prestar atención a Gian Maria.

– Éstas son las gemelas -dijo Faisal-. Te presento a Rania y a Leila. Tienen cinco años y un carácter endiablado.

Una mujer morena, con el cabello recogido en una coleta y vestida con un traje de chaqueta, entró en el salón con un niño en brazos.

– Nur, te presento a Gian Maria. Gian Maria, Nur es mi esposa y éste es Hadi, el pequeño de la familia. Tiene un año y medio.

Nur dejó al niño en el suelo y estrechó la mano de Gian Maria obsequiándole con una sonrisa.

– Bienvenido a nuestra casa. Faisal me llamó para decirme que vendría usted a instalarse con nosotros si le gusta la habitación.

– ¡Seguro que me gusta! -fue la respuesta espontánea de Gian Maria.

– ¿Va a vivir aquí? -preguntó una de las gemelas.

– Sí, Rania, si él quiere, sí -respondió su madre sonriendo por la cara de pasmo de Gian Maria, que se preguntaba cómo podía distinguirlas de tan iguales que eran.

Faisal y Nur acompañaron a Gian Maria a la habitación. Tenía una ventana a la calle; no era muy grande pero parecía confortable; una cama con cabecero de madera clara, una mesilla, una mesa redonda con un par de sillas en un rincón y un armario componían el mobiliario.

– Me parece muy bien -afirmó Gian Maria-, pero aún no me han dicho cuánto me costará…

– ¿Le parece bien trescientos dólares al mes?

– Claro que sí.

– La comida va incluida… -pareció excusarse Nur.

– De verdad que me parece muy bien, muchas gracias.

– ¿Le gustan los niños?, ¿tiene hijos? -quiso saber Nur. -No, no tengo hijos, pero me encantan los niños. Tengo tres sobrinos.

– Bueno, aún es muy joven, ya los tendrá -afirmó Nur-, Ahora, si quiere instalarse…

Gian Maria asintió. Dos minutos después estaba colgando su exiguo equipaje en el armario, donde encontró una pila de toallas y sábanas.

– Sólo tenemos un cuarto de baño y un pequeño aseo con una ducha. Si usted quiere utilizar el aseo tendrá más independencia; con tres niños es difícil a veces acceder al baño -le explicó Nur.

– Por mí está bien. Se lo agradezco. Me gustaría pagarles ya.

– ¿Ya? ¡Pero si acaba de llegar! Espere a ver si se siente a gusto con nosotros… -protestó Nur.

– No, prefiero pagarles el mes por adelantado.

– Si insiste…

– Sí, de verdad.

Faisal, mientras tanto, se había puesto a trabajar en un pequeño despacho que daba directamente al salón. En realidad era parte de éste, pero, colocando una librería transversalmente, habían creado un ambiente con cierta independencia.

La casa era amplia. Además del salón, contaba con una cocina y dos habitaciones más, además de la que acababa alquilar.

– Le daré unas llaves de la casa para que tenga libertad para entrar y salir, aunque le pediré que tenga en cuenta que ésta o una casa con niños y…

– ¡Por Dios, no hace falta que me diga nada! Procuraré molestar lo menos posible. Sé lo que es vivir en familia.

– ¿Sabrá venir desde la oficina hasta aquí? -quiso saber Faisal.

– Ya me las apañaré. Tendré que aprender.

– Por cierto, ¿sabe usted algo de árabe?

– Un poco, me puedo defender.

– Mejor así. De cualquier modo, si necesita ayuda para cualquier cosa no dude en decírmelo.

– Gracias.

Faisal bajó la mirada sobre los papeles que estaba leyendo y Gian Maria entendió que para integrarse en la vida de la familia no debía entrometerse en su rutina, así que decidió salir a la calle. Quería familiarizarse con el barrio y pensar. Necesitaba pensar y lo haría mejor paseando que encerrado en su cuarto.

– Voy a dar una vuelta, ¿necesita que traiga algo? -preguntó a Nur.

– No, muchas gracias. ¿Cenará con nosotros?

– Si no es molestia…

– No, no lo es, cenamos pronto, a las ocho.

– Aquí estaré.

Deambuló por el barrio. Sorprendió algunas miradas curiosas, pero ninguna animadversión. Las mujeres vestían como en Occidente, y muchas chicas iban con vaqueros y camisetas con el reclamo de grupos de rock.

Se detuvo ante un puesto donde un anciano tenía expuestas unas cuantas verduras y un cesto de naranjas. Decidió comprar algunas cosas para llevar a casa de Nur y Faisal. Se hizo con unos cuantos pimientos, tomates, cebollas, tres calabacines y naranjas, que el hombre le aseguró eran de su pequeño huerto. Le preguntó si sabía dónde estaba la iglesia y él le indicó cómo llegar. Sólo tenía que andar dos manzanas más y doblar a la derecha.

Gian Maria dudó, pero al final decidió acercarse a la iglesia; las dos bolsas que llevaba no pesaban demasiado.

Cuando entró sintió una oleada de paz interior. Un grupo de mujeres estaba rezando y sus murmullos rompían el silencio. Buscó un rincón y se arrodilló. Con los ojos cerrados intentó encontrar dentro de sí las palabras para dirigirse a Dios, pidiéndole que le guiara sus pasos como lo había hecho hasta el momento. En todo cuanto le iba sucediendo veía la ayuda de Dios: el grupo de arqueólogos en el aeropuerto de Ammán, su capacidad de vencer su timidez y dirigirse al jefe, el profesor Picot, y que accediera a llevarle hasta Bagdad, que de casualidad mencionara a Ahmed Huseini, que éste estuviera en Bagdad y, por tanto, ahora supiese cómo llegar hasta Clara Tannenberg.

No, nada de esto era casualidad. Era Dios quien había querido guiar sus pasos protegiéndole y ayudándole a poder cumplir su misión.

Dios estaba siempre ahí, sólo había que estar dispuesto a sentirle, aun en medio de la tragedia. Si pudiera convencer a Faisal… Rezó por el médico, un hombre bueno al que el dolor ajeno había llevado a apartarse de Dios.

Eran más de las siete cuando salió de la iglesia, por lo que aceleró el paso. No quería retrasarse y causar mala impresión en Nur y Faisal.

Cuando llegó, escuchó a través de la puerta las risas de las gemelas y el llanto del pequeño Hadi.

– ¡Hola! -dijo al entrar dirigiéndose a Faisal, que continuaba trabajando haciendo caso omiso del ruido que sus hijos.

– ¡Ah, ya ha llegado! -fue la respuesta del médico.

– Sí, y he traído algunas cosas…

– Gracias, pero no tenía que haberse molestado.

– No es molestia. Me pareció que las naranjas tenían aspecto.

– Nur está en la cocina…

– Bien, le llevaré los paquetes.

Nur intentaba que el pequeño Hadi tomara una espesa papilla, pero el niño se negaba pataleando y cerrando la boca cada vez que su madre le acercaba la cuchara.

– No hay manera, come fatal -se quejó la madre. -¿Qué le da?

– Puré de verduras con huevo.

– ¡Uf, no me extraña! Yo de pequeño también odiaba las verduras.

– Aquí no hay mucho para comer. Nosotros aún somos afortunados, porque tenemos algo de dinero para comprar. Aunque si quiere que le diga la verdad, nos viene muy bien que nos haya alquilado la habitación. Hace meses que no cobro mi sueldo completo y a Faisal le pasa lo mismo. ¿Qué trae en esas bolsas?

– Unos cuantos pimientos, calabacín, tomates, cebollas, naranjas. No había mucho más para comprar.

– ¡Pero no tenía por qué haber traído nada!

– Si voy a vivir aquí, me gustaría contribuir en la medida de mis posibilidades.

– Gracias, los alimentos son siempre bienvenidos, escasean.

– Ya lo he visto. También estuve en la iglesia.

– ¿Es usted creyente?

– Sí, y le aseguro que a lo largo de mi vida no he dejado de encontrar la huella de Dios.

– Pues tiene suerte. Nosotros hace mucho que le hemos perdido la pista.

– ¿Usted también ha perdido la fe?

– Me cuesta mantenerla. Pero siendo sincera sí, creo que me queda poca fe. Y eso que no veo lo que ve mi marido diariamente en el hospital. Pero cuando me cuenta que un niño ha muerto de una infección que podrían haber atajado de tener antibióticos, entonces yo también me pregunto dónde está Dios.

Nur se levantó con gesto de cansancio, tras renunciar a seguir intentando que Hadi terminara la papilla. Con el niño en brazos se dirigió al salón.

– Rania, Leila, venid aquí y vigilad a vuestro hermano mientras yo pongo la mesa para la cena.