Выбрать главу

Tocó un timbre situado debajo del tablero de la mesa y unos segundos después escuchó unos suaves golpes en la puerta.

– ¡Pase!

Una criada vestida de negro con un delantal blanquísimo y cofia aguardó en el umbral las órdenes de Enrique.

– Tráigame un vaso de agua fresca y diga a doña Rocío que quiero verla.

– Sí, señor.

Rocío entró en el despacho de su marido con el vaso de agua en la mano y cuando le miró se asustó. Vio lo que había visto en otras ocasiones, a un ser extraño con una mirada de hielo que reflejaba un carácter capaz de todo.

– Enrique, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal?

– Entra, tenemos que hablar.

La mujer asintió, depositó el vaso sobre la mesa del despacho y se sentó en un sillón situado al otro lado. Sabía que no debía decir palabra antes que él. Se estiró la falda cubriéndose aún más las rodillas, como si de ese modo se estuviera protegiendo de la tormenta que sabía podía estallar entre las penumbras del despacho.

– En este cajón de aquí -y señaló el primer cajón de la mesa- guardo una llave, que es la de la caja fuerte del banco. Nunca he guardado papeles comprometedores, pero sí algunos referentes a mis negocios. El día en que me muera quiero que vayas al banco y los destruyas. José no debe verlos nunca. Tampoco quiero que le hables del pasado.

– ¡Nunca lo haría!

Miró fijamente a su mujer intentando escudriñar con la mirada los más recónditos lugares de su alma.

– No lo sé, Rocío, no lo sé. Hasta ahora no lo has hecho, pero yo estaba aquí para impedirlo. El día en que no esté…

– Nunca te he dado motivo de queja ni de desconfianza…

– Tienes razón. Pero ahora júrame que cumplirás lo que te digo. No te lo pido por mí, te lo pido por José. Déjale que siga así. Ten en cuenta que si esos papeles salieran… mis amigos se enterarían y tarde o temprano pasaría algo.

– ¿Qué nos harían? -preguntó la mujer asustada.

– No puedes ni imaginarlo. Tenemos reglas, códigos, y estamos obligados a cumplirlos.

– ¿Por qué no destruyes tú mismo esos papeles? ¿Por qué no haces desaparecer lo que no debamos encontrar?

– Harás lo que te he dicho. Hay cosas de las que no puedo desprenderme mientras esté vivo, pero que a nadie conciernen cuando esté muerto.

– ¡Ay, ojalá yo me muera antes que tú!

– No tengo inconveniente en que así sea, pero por si acaso júrame sobre la Biblia que harás lo que pido.

Enrique colocó una Biblia encima de la mesa y conminó a su mujer a colocar la mano sobre el libro.

Rocío estaba aterrada. Sentía que la petición de su marido entrañaba además una amenaza.

Juró con la mano encima de la Biblia que haría cuanto Enrique le ordenara; luego escuchó las instrucciones de su marido, que le descubrió que además de los papeles celosamente guardados en el banco debía destruir los que se encontraban en la caja fuerte que escondía detrás de un cuadro en el despacho.

Después, cuando volvió a quedarse a solas, Enrique llamó a George.

– Sí.

– Soy yo.

– ¿Alguna novedad?

– Que tienes razón. No podemos ser débiles con Alfred. Es capaz de destruirlo todo.

– De destruirnos a nosotros. Es él quien ha violado las normas. Yo también le quiero, pero es él o nosotros.

– Nosotros.

– Me alegro.

* * *

Los helicópteros aguardaban alineados en la base militar fuertemente custodiada por la Guardia Republicana. Ahmed Huseini explicaba al comandante de la base la importancia que tenía para Irak que la misión arqueológica de Safran llegara a buen término. El comandante le escuchaba aburrido. Tenía instrucciones precisas del Coronel para que trasladara a aquellos extranjeros y su cuantioso material a Safran y eso es lo que haría sin necesidad de que le dieran una lección sobre la antigua Mesopotamia.

Yves Picot y su ayudante, Albert Anglade, ayudaban a los soldados a colocar las cajas con el material en el helicóptero, y lo mismo hacían el resto de los miembros de la expedición, incluidas las mujeres, que eran observadas entre risas y cuchicheos por los soldados.

Picot había sido tajante a la hora de recomendarles que optaran por pantalones y botas, y camisas amplias, nada de shorts ni de camisetas ajustadas. Pero aun así, los soldados se regocijaban de tener a la vista ese grupo de occidentales con aspecto de no tener más problema que llegar sanas y salvas a Safran.

Cuando todo estuvo cargado y los miembros del equipo fueron distribuidos en los dos helicópteros restantes, Yves Picot buscó con la mirada a Ahmed.

– Siento que no nos acompañe -le dijo a modo de despedida.

– Ya le dije ayer que iré a Safran. No podré quedarme mucho tiempo, pero procuraré ir cada dos semanas a echar un vistazo. De cualquier modo, yo estaré en Bagdad y lo que surja lo podré resolver mejor desde mi despacho.

– Bien, espero no tener que molestarle.

– Les deseo éxito. ¡Ah, y confíe en Clara! Es una arqueóloga muy capaz y tiene un sexto sentido para detectar lo importante.

– Lo haré.

– Buena suerte.

Se estrecharon la mano e Yves subió al helicóptero. Unos minutos después desaparecían en la línea del horizonte. Ahmed suspiró. De nuevo había perdido las riendas de su propia vida, de nuevo estaba en manos de Alfred Tannenberg. El viejo no le había dejado lugar a dudas: o participaba en el negocio o le mataría. Mejor aún, le amenazó, sería la policía secreta de Sadam quien se encargaría de él por traidor.

Ahmed sabía que Alfred no tendría ningún problema para hacerle desaparecer en alguna de las cárceles secretas de Sadam en las que nadie sobrevivía.

Alfred le había dicho con desprecio que si la operación salía bien y además Clara encontraba las tablillas, podría irse a donde quisiera; no le ayudaría a escapar, pero tampoco se lo impediría.

De lo que sí estaba seguro Ahmed es de que Tannenberg había dispuesto que le siguieran noche y día. Él no veía a los hombres de Alfred, o acaso eran los del Coronel, pero ellos sí le veían a él.

Regresó al ministerio. Tenía mucho trabajo por hacer. Lo que Alfred le había pedido no era fácil de encontrar, aunque si alguien podía acceder a esa información era él.

Clara sintió una punzada de emoción cuando escuchó el ruido de los helicópteros. Picot se sorprendería al llegar y comprobar que ya estaban excavando.

Fabián y Marta se acercaron a ella. También ellos se sentían orgullosos del trabajo realizado.

Cuando Picot puso pie en tierra Fabián se le acercó y se abrazaron.

– Te echaba de menos -dijo Picot.

– Yo también -respondió Fabián riendo.

Marta y Clara animaban a Albert Anglade, que acababa, de bajar del helicóptero pálido como la nieve. A una indicación de Clara, apareció un aldeano con una botella de agua y un vaso de plástico.

– Beba, le sentará bien.

– No creo que pueda -se lamentaba Albert, resistiéndose a beber el agua.

– Vamos, se te pasará; yo también me mareé -le consolaba Marta.

– Te aseguro que no volveré a subirme a un chisme de esos en mi vida -afirmaba Albert-. Regresaré a Bagdad en coche.

– Y yo también -respondió entre risas Marta-, pero bébete el agua. Clara tiene razón, te sentirás mejor.

Fabián le mostró orgulloso a Yves el campamento, las casas de adobe en donde montarían los laboratorios e irían clasificando las tablillas y objetos que fueran encontrando, el lugar donde instalarían los ordenadores, la casa de una sola pieza donde se reunirían para hablar y debatir sobre el trabajo realizado, las duchas, las letrinas, las tiendas impermeabilizadas donde viviría parte de la expedición los próximos meses, a no ser que quisieran instalarse en las habitaciones que algunas campesinos estaban dispuestos a alquilar.

Entraron en una de las casas, donde Fabián había organizado un despacho del que dijo sería como el puente de mando. Albert, que les seguía a duras penas, se desplomó en una silla mientras Marta y Clara le insistían en que bebiera agua al tiempo que le daban también un vaso a Picot.

– Buen trabajo -afirmó Yves Picot-. Ya sabía yo que teníais que venir vosotros por delante.

– En realidad ya hemos comenzado a trabajar -afirmó Marta-. Llevamos un par de días despejando la zona y probando las habilidades de los obreros. Hay de todo, pero es gente bien dispuesta, así que estoy segura de que trabajarán duro.

– Además, aunque no te lo he consultado, he nombrado a Marta capataz, e incluso le he regalado un látigo -dijo riendo Fabián-. Nos ha organizado a todos, bueno en realidad nos ha militarizado. Pero los obreros están encantados y no se mueven sin preguntarle a ella.

– Un buen capataz siempre es necesario -afirmó Picot siguiendo la broma-. Lo malo es que me ha dejado sin trabajo.

Clara les observaba divertida pero sin atreverse a participar. En los días pasados se había dado cuenta de que entre Fabián y Marta existía una sólida amistad pero nada más. Se notaba la complicidad entre ambos, se entendían con la mirada e intuía que en el caso de Fabián y Picot sucedería algo semejante.

– ¿Dónde dormimos nosotros? -preguntó Albert, que no lograba recuperarse del mareo.