Alfred Tannenberg le había pedido a su amigo que enviara a Safran a Ayed, al que conocía por haber colaborado en algunos de los negocios en los que participaba el Coronel.
El comandante Sahadi tenía fama de sádico. Si algún enemigo de Sadam caía en sus manos, rezaba para morir cuanto antes, porque corrían historias terribles de las largas agonías a las que sometía a sus víctimas.
Su misión en Safran era, además de proteger la vida de Clara, intentar descubrir a los hombres que Alfred Tannenberg estaba seguro que enviarían sus amigos para hacerse con la Biblia de Barro.
Sahadi había colocado a algunos de sus hombres entre los trabajadores contratados para la excavación. Soldados como él, bregados en el contraespionaje, que sacarían un buen puñado de dólares si tenían éxito en este particular encargo.
Clara conocía a Ayed de haberle visto en algunas ocasiones en la Casa Amarilla acompañando al Coronel. Su abuelo le había dejado claro que Ayed iba a convertirse en su sombra y que ella debía de imponerle como encargado de los trabajadores, de la misma manera que había insistido en que Haydar Annasir formara parte del equipo para coordinarse con Ahmed en Bagdad y con él mismo.
Sabiendo de la inutilidad de negarse ante los deseos de su abuelo, Clara había aceptado aunque a regañadientes.
Una campana despertó a los dormidos miembros del equipo arqueológico.
En una de las casas de adobe, donde se había improvisado una cocina, unas mujeres de la aldea repartían café y pan recién hecho con mantequilla y mermelada, además de fruta fresca.
Yves Picot odiaba madrugar, pero llevaba levantado desde las tres de la mañana porque no había podido pegar ojo, al contrario que Fabián y Albert, que para su desesperación se habían pasado la noche roncando.
Marta tampoco parecía de muy buen humor y desayunaba en silencio, respondiendo con monosílabos cuando se dirigían a ella.
La única que parecía feliz era Clara. Picot la observó de reojo, sorprendido de lo locuaz que podía resultar Clara a esas horas de la madrugada.
No eran las cinco de la mañana cuando comenzaron a trabajar. Todos sabían qué hacer, y cada arqueólogo dirigía a un grupo de trabajadores a los que daría instrucciones precisas.
Ante Plaskic se había quedado en el campamento, en la casa de adobe donde además de tener instalado el equipo informático disponía de un cuarto con un catre para dormir. Había sido una suerte que le dejaran ese espacio para él solo. Notaba la animadversión latente del equipo hacia él, pero había decidido hacer caso omiso a esas señales de antipatía. Estaba allí para hacerse con unas tablillas y matar a quien quisiera impedírselo; además, hacía mucho tiempo que había dejado de sentir la necesidad de que le aceptaran. Podía vivir sin el resto de la humanidad. Si por él fuera mataría uno a uno a todos los miembros de la misión.
Le sorprendió ver entrar en la estancia a Ayed Sahadi, puesto que le hacía con el resto de los trabajadores en la zona a excavar.
– Buenos días.
– Buenos días.
– ¿Necesita algo o está todo en orden? -le preguntó Ayed.
– Por ahora todo está bien, espero que estos trastos funcionen. Deberían de hacerlo, puesto que son los mejores que hay.
– Bien, si tiene algún problema como ayer, búsqueme, y si no pregunte a Haydar Annasir; él puede llamar a Bagdad para que intenten enviarnos lo que usted necesite.
– Lo haré. De todas formas, dentro de un rato iré a echar un vistazo a donde están trabajando; aquí todavía no hay mucho que hacer.
– Vaya cuando quiera.
Ayed Sahadi salió de la casa pensando en el informático. Había algo en él, en su rostro aniñado, en las gafas de intelectual, que se le antojaba impostura, pero se dijo a sí mismo que no podía empezar a ver fantasmas sólo porque se hubiese percatado del vacío que consciente o inconscientemente le hacían los demás. A él tampoco le gustaba ese croata, que seguramente habría asesinado a hermanos musulmanes, y eso que él no era un hombre cumplidor de la religión de Mahoma, sino todo lo contrario. Pero aun así sentía a los bosnios como los suyos.
La actividad era frenética alrededor del cráter y del edificio, que apenas dejaba vislumbrar una estancia donde en el pasado alguien había alineado cientos de tablillas en estantes de adobe. Decidió no quedarse mirando, sino participar del trabajo, y se situó al lado de Clara.
– Dígame en qué puedo ayudar -le dijo.
Clara no se lo pensó dos veces y le pidió que ayudara a despejar de arena el perímetro que habían señalado.
21
A Tom Martin le había costado decidirse. Normalmente visualizaba de inmediato quién era el hombre adecuado para cada, misión, pero en esta ocasión su instinto le decía que lo que allí había pedido el falso señor Burton, entrañaba más peligros de los habituales.
Por eso tardó una semana en encontrar al hombre que enviaría a Irak a matar a todos los Tannenberg que encontrara su paso. Porque de eso se trataba: primero de saber si había un viejo llamado Tannenberg en algún lugar del país de Sadam, y luego liquidarle a él y a sus descendientes. Su contratador había sido meridianamente claro: no debía sobrevivir ningún Tannenberg, tuviera la edad que tuviese.
Había dudado sobre enviar a más de un hombre, pero optó porque fuera uno solo; si éste necesitaba refuerzos se los enviaría. Sabía que a los hombres que se dedicaban al negocio de matar por encargo no les gustaba hacer su trabajo en compañía. Cada uno tenía sus métodos y sus manías, eran gente muy especial.
También le había dado vueltas a hablarle del encargo a su amigo Paul Dukais, el presidente de Planet Security. Al fin y al cabo, éste le había pedido ayuda para camuflar a un hombre; en una misión arqueológica en la que participaba la tal Clara Tannenberg, a la que debían de quitarle unas tablillas, si es que aparecían, y si era necesario matarla. Al final había decidido no decir nada a Paul. Estaba seguro de que el croata que había recomendado a Dukais haría su trabajo, y su hombre tendría que hacer el suyo. Él partía con una ventaja: la de saber que los Tannenberg tenían enfadada a mucha gente con dinero suficiente como para gastarlo intentando liquidarles.
Lion Doyle entró en el despacho de Tom Martin y aguardó de pie a que éste le invitara a sentarse.
– Siéntate, Lion. ¿Cómo estás?
– Bien, acabo de regresar de vacaciones.
– Mejor, así estarás descansado para la misión que te quiero encargar.
Durante una hora los dos hombres repasaron toda la información de que disponían. Incluida la del misterioso señor Burton, al que Tom Martin había hecho fotografiar antes de que saliera del edificio en que se encontraba Global Group.
– No he encontrado nada sobre él. Desde luego no es británico, aunque su inglés era perfecto, pero los amigos de Scotland Yard no tienen en sus ficheros a ningún hombre con este rostro. En la Interpol tampoco he encontrado nada.
– Luego es un anónimo ciudadano que paga sus impuestos y no tiene por qué figurar en los archivos de ninguna policía -comentó Doyle.
– Sí, pero los probos ciudadanos no van encargando asesinatos; además, tan pronto hablaba en primera persona como decía «nosotros»: el encargo es de varios, no sólo de él.
– Por lo que veo, los Tannenberg no son muy populares. Tienen enemigos, se dedican a un negocio peligroso. El contrato debe de ser de alguien a quien han jugado una mala pasada, a quien han engañado.
– Sí, seguramente es así, pero tengo la impresión de que hay algo que se me escapa.
– ¿Cuánto, Martin?
– ¿Cuánto qué?
– Cuánto me ofreces por este encargo. No sabes si tengo que matar a un Tannenberg, o a cuatro, si además de esa mujer, y ese invisible viejo hay más Tannenberg, incluidos niños. No me gusta matar niños.
– Un millón de euros. Eso es lo que cobrarás. Un millón de euros limpios de impuestos.
– Quiero la mitad antes de empezar.
– No sé si será posible; el cliente aún no ha desembolsado la totalidad.
– Pues dile que yo quiero medio millón. Así de simple
– De acuerdo.
– Ya sabes cómo tienes que pagarme. Si en tres días tengo el dinero viajaré a Irak.
– Necesitas una cobertura.
– Sí, ¿qué me puedes ofrecer?
– Dime qué prefieres…
– Si no te importa, yo me buscaré la cobertura; en caso de que te necesite, te lo diré. Tengo tres días para pensar, ya te llamaré.
Cuando salió de Global Group, Lion Doyle se dirigió al aparcamiento donde había dejado su coche, un monovolumen familiar de color gris. Callejeó por Londres por pura inercia para comprobar si alguien le seguía; luego enfiló la autopista de Gales, adonde había vuelto después de toda una vida de ausencia.
Había comprado una vieja granja, la había rehabilitado se había casado con una profesora de Filología de la Universidad de Cardiff. Una mujer espléndida que había llegado soltera a los cuarenta y cinco años por haberse dedicado exclusivamente a escalar peldaños en la universidad hasta llegar convertirse en profesora titular.
Marian tenía el cabello castaño claro, los ojos verdes, era alta y más bien llenita. Se había enamorado de él nada más conocerle. Moreno, con los ojos castaños, de complexión fuerte, Lion Doyle era un hombre que le inspiraba confianza y seguridad.