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Lion le había contado que había estado en el ejército, pero que estaba harto de no tener un hogar y que se había convertido en asesor de seguridad, negocio con el que había prosperado y ganado algún dinero, el suficiente para comprar la granja, rehabilitarla y convertirla en su hogar.

Ya era demasiado tarde para que pudieran hacer planes de tener hijos, pero ambos estuvieron de acuerdo en que era suficiente con tenerse el uno al otro y compartir buenos momentos hasta que llegara la vejez.

Si Marian hubiese sabido que su marido tenía una cuenta secreta en la isla de Man y que disponía de dinero suficiente para no tener que trabajar el resto de su vida y darse unos cuantos caprichos, no se lo habría creído. Estaba convencida de que entre ambos no había secretos y que aunque gozaban de una situación desahogada tampoco podían derrochar.

Por eso Marian se conformaba con que una mujer acudiera tres veces por semana a la granja para encargarse de la limpieza y que un jardinero, de cuando en cuando, les echara una mano en el jardín del que personalmente le gustaba encargarse a Lion cuando estaba en casa.

A menudo su marido se marchaba y estaba fuera durante semanas, pero ése era su trabajo, y Marian lo aceptaba sin rechistar. Sabía que a veces se le olvidaba llamarla, y que cuando ella marcaba el número del móvil de Lion le respondía la voz del contestador automático. Pero él siempre regresaba cariñoso con algún regalo, un bolso, unos pendientes, un pañuelo, detalles que demostraban que se había acordado de ella. Marian no tenía la menor duda de que Lion siempre regresaría a casa.

* * *

A las ocho y media de la mañana Hans Hausser solía estar en despacho de la universidad. Le gustaba disfrutar de cierta tranquilidad antes de la llegada de los alumnos y aprovechaba para entrar en la dirección de correo electrónico que le había dado a Tom Martin para que se comunicara él. Era una dirección nombre del señor Burton, registrada en Hong Kong.

Tom Martin había sido escueto en su e-maiclass="underline" «Póngase en contacto conmigo».

Hausser llamó a su hija Berta para decirle que no le esperara ni a almorzar ni tampoco a cenar; tenía que desplazarse fuera de Bonn, por lo que a lo mejor no regresaba hasta el día siguiente.

Berta se inquietó. Últimamente alguna de las cosas que hacía su padre la tenían desconcertada.

El profesor abandonó el campus y cogió un autobús que le llevó hasta el centro de la ciudad. De allí cambió de autobús para ir a la estación, donde compró un billete para Berlín.

A primera hora de la tarde llegó a su destino. Cuando salió de la estación buscó igualmente algún autobús que le llevó al centro de la ciudad.

Berlín era un hervidero de gente que iba y venía a ritmo acelerado. Todos parecían tener prisa y nadie miraba a nadie. Realmente hubiera sido difícil llamar la atención en aquel zoo humano en que se había convertido la ciudad.

El profesor Hausser buscó una tienda de telefonía y compró un teléfono móvil con tarjeta de prepago. La tienda estaba atestada y la empleada no daba abasto; atendía a los clientes casi sin mirarles.

Una vez el teléfono en su bolsillo, comenzó a andar por una de las arterias principales de la ciudad. En una esquina paró y telefoneó al número personal de Tom Martin.

El propio Martin respondió al teléfono.

– ¡Ah, es usted! Bien, me alegro de que me llame. Sólo quería decirle que he encontrado la persona adecuada, pero exige un adelanto.

– ¿De cuánto?

– De la mitad de la mitad.

– Entiendo, ¿y si no?

– No acepta el trabajo. Es un trabajo difícil, delicado, de artesano. En realidad, usted sabe que el encargo que ha hecho es muy complicado…

– ¿Cuándo lo necesita?

– En tres días a más tardar.

– De acuerdo.

Hans Hausser colgó. Habían hablado un minuto y medio. De nuevo buscó una tienda de telefonía y compró otro teléfono móvil.

El siguiente paso era comunicarse con sus amigos. Buscó un cibercafé y pagó una hora de internet. No le haría falta tanto, pero aun así prefería no sentirse agobiado por el tiempo.

Primero mandó un e-mail a Carlo, luego a Mercedes y a continuación a Bruno. A los tres les enviaba el número de teléfono del móvil recién comprado pero con el código en clave que había ideado; además les avisaba de que estaría sentado ante el ordenador media hora más por si querían comunicarse con la dirección de correo del señor Burton o que posiblemente él les llamaría a los últimos números de móviles que habían intercambiado.

Era difícil que le respondieran de inmediato, pero por si acaso esperó. Fue Bruno quien le envío un e-mail al que rápidamente respondió.

Luego salió del cibercafé y paró un taxi, al que pidió que le llevara al aeropuerto. Desde una cabina llamó al móvil de Mercedes.

La conversación apenas duró un minuto. Cuando colgaron Mercedes le dijo a su secretaria que se marchaba a casa. Salió del despacho y se dirigió a las Ramblas en busca de un cibercafé. Cuando lo encontró, buscó un ordenador situado en un rincón discreto y allí abrió la dirección de correo que sólo utilizaba para comunicarse con sus amigos. Además del mensaje anunciado por Hans, Bruno le comunicaba que estaba al tanto y también Carlo, al que el profesor acaba de llamar.

A continuación Mercedes buscó una cabina de teléfono reservó un billete de avión a París para el día siguiente, a primera hora de la mañana.

En ese momento, en Roma, Carlo Cipriani acababa de reservar un vuelo que salía esa misma noche a la capital francesa. Bruno Müller, al igual que Mercedes, no llegaría hasta día siguiente.

Hans Hausser sentía debilidad por París. El taxista le distraía con su charla, a la que respondía con monosílabos para no ser maleducado, mientras dejaba perder la mirada por la orilla del Sena.

En el aeropuerto de Berlín había tenido tiempo de comprar una maleta de mano además de una camisa, ropa interior y algunos utensilios para el aseo personal. El recepcionista del hotel Du Louvre no encontró, por tanto, nada extraño: aquel venerable caballero de pelo cano que le había reservado una habitación por teléfono y ahora se presentaba en el hotel. Tampoco le extrañó que el caballero saliera al cabo de una hora de haber llegado.

Caminó en dirección a la plaza de la ópera y se sentó en un café. Pidió una copa de vino y un canapé. Tenía hambre, no había tenido tiempo de tomar bocado durante el día.

Media hora más tarde otro caballero de su misma edad le hizo una seña mientras entraba en el café. Hans se puso en pie y ambos hombres se abrazaron.

– Me alegro de verte, Carlo.

– Yo también. ¡Menuda aventura! No sabes lo que he tenido que inventar para que mis hijos me dejaran en paz. En casa he dado instrucciones de que no les dijeran que me iba de viaje. Tengo la sensación de haberme escapado sin permiso, como si fuera un adolescente.

– Lo mismo me sucede a mí. He llamado a Berta y estaba histérica, me he tenido que enfadar con ella y decirle que ya era mayorcito para dejarme controlar. Pero sé que le he dado un disgusto y eso hace que no me sienta bien. ¿Qué te parece si vamos a cenar? Estoy hambriento.

– De acuerdo. Conozco un bistrot cerca de aquí en que la comida no está nada mal.

Hans Hausser explicó de viva voz a su amigo lo que le había contado por e-maiclass="underline" su breve conversación con Tom Martin y cómo éste le pedía medio millón de euros de manera inmediata. Ya le había dado trescientos mil el día en que firmaron el contrato y el monto de la operación iba a ser de dos millones; si le daban ahora medio millón sería tanto como pagarle casi la mitad por adelantado.

– Le pagaremos, no hay más remedio. Nos tenemos que fiar de él. Luca me dijo que era de lo más honrado dentro del negocio, y dadas las características del negocio que tiene… En fin, supongo que no nos va a estafar. He traído dinero conmigo, Mercedes y Bruno lo traerán también. Todos hemos hecho lo que planeamos, ir sacando cantidades de dinero del banco y tenerlo en casa por si hay que hacer un depósito urgente como ahora.

Después de cenar los dos amigos se despidieron. Carlo había reservado en un hotel no lejos del de Hans, el hotel d'Horse.

A las once de la mañana el café de la Paix no estaba demasiado concurrido. París se había despertado de color gris con una lluvia fina que lo impregnaba todo y hacía más dificultosos; el tráfico.

Mercedes tenía frío. En Barcelona el tiempo era soleado, y llevaba un ligero traje de chaqueta que no la protegía ni de la humedad ni de la lluvia. Bruno Müller, más previsor, se guarnecía con una gabardina.

Los cuatro amigos degustaban una taza de café.

– A las dos sale mi avión para Londres -dijo Hans Hausser-. Cuando regrese a casa ya os llamaré.

– No, no podemos esperar hasta mañana -le atajó Mercedes-. Yo me moriría de impaciencia. Queremos saber que todo ha ido bien; por favor, llámanos antes.

– Haré lo que pueda, Mercedes, pero no quiero sentirme agobiado por tener que llamaros. Ya no soy un niño y mis reflejos no son muy buenos, de manera que bastante tengo con intentar despistar a los hombres de Tom Martin, que estoy seguro de que intentarán seguirme para saber quién es el misterioso señor Burton, o sea yo.