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Gian Maria pensó que efectivamente parecía un milagro que tantos años después los Tannenberg volvieran a encontrar tablillas de ese escriba llamado Shamas. Él creía que todo sucedía por designio de Dios, pero en este caso no sabía qué quería decir Dios, con todo lo que estaba pasando.

– ¿Y si no estuvieran en el templo? -preguntó Gian Maria.

– ¿Cómo que si no estuvieran en el templo? ¿A qué te refieres?

A Clara se le había encendido la mirada y en sus enormes ojos de acero parecía haberse instalado la esperanza.

– Vamos a ver, los escribas tenían unas funciones determinadas en el templo: se encargaban de llevar las cuentas, de administrar el lugar, de los contratos de compraventa… hemos encontrado un catálogo sobre la flora de este lugar, una lista de minerales, en fin, todo normal. De manera que a lo mejor ese Shamas no guardó en el templo esas tablillas con la historia que le contó Abraham. Puede que las guardara en su casa, o en algún otro lugar.

Clara se quedó en silencio pensando en lo que le acababa de decir Gian Maria. Podía tener razón, aunque no podía dejar de lado que en la antigua Mesopotamia los escribas trasladaban a las tablillas los poemas épicos, y la Creación, aunque fuera en la versión de Abraham, no dejaría de ser un poema épico.

Aun así valoró esa posibilidad que supondría comenzar ampliar el perímetro de la excavación aún más de lo que habían proyectado; pero sabía que no disponían de tiempo. Su abuelo la había llamado desde El Cairo y por primera ve le había notado pesimista. Sus amigos no le habían dejado lugar a dudas: Irak sería atacada y esta vez los norteamericanos no se conformarían sólo con bombardearles; entrarían en el país.

Además, convencer a Picot le resultaría casi imposible. Él estaba igual de desesperado que ella porque no encontraba la Biblia de Barro, pero se negaría a empezar a hacer catas más allá de las que habían proyectado, porque eso significaría el dividir el trabajo de los obreros e iría en detrimento de la excavación del templo. Aun así hablaría con Yves. A lo mejor Gian Maria tenía razón.

Clara sintió la mirada de Ante Plaskic sobre su nuca. No podía ser otra, porque no era la primera vez que le sorprendía mirándola a hurtadillas cuando entraba en la casa de los ordenadores o se instalaba junto a Gian Maria y otros miembros del equipo a limpiar las tablillas que colocaban en unas largas tablas delante de las casas de adobe que le servían de refugio

Ayed Sahadi tampoco la perdía de vista, pero en el caso de Ayed no sentía ninguna inquietud. Su abuelo le había dicho que ese hombre la protegería si alguien intentaba hacerle algún daño. En realidad ella no temía a nadie, se sentía protegida. Conocía el terror de los iraquíes a levantar la mano contra alguien que gozara del favor de Sadam y ella y su familia contaban con la amistad del círculo más próximo al presidente. No tenía por qué preocuparse.

Era domingo e Yves, consciente del agotamiento del equipo, había propuesto que esa tarde descansaran. Pero Clara y Gian Maria habían hecho caso omiso y por eso se encontraban juntos limpiando tablillas a la luz del atardecer. Ante estaba mano sobre mano, mirándoles, consciente de la incomodidad que provocaba en la mujer.

Sería fácil matarla. La estrangularía, no necesitaba más armas que sus manos. Por eso miraba con curiosidad el cuello de Clara, pensando en el momento en que se lo apretaría hasta quitarle el último aliento.

No sentía ningún aprecio por la mujer, ni por ella ni por nadie. Se sentía rechazado por todos y sólo ese sacerdote hacía esfuerzos por ser amable con él. Incluso a Picot le costaba elogiar su trabajo, que él sabía que estaba haciendo con acierto y pulcritud.

Pero, además de Clara, tendría que matar a su cancerbero, Fátima, la shií que la seguía como un perro fiel por todo el campamento; le sacaba de quicio verla rezar tres veces al día inclinada en dirección a La Meca. También mataría a Ayed Sahadi, pues sabía que si no éste intentaría matarle a él. Ya no tenía dudas de que el capataz era algo más de lo que aparentaba. Los militares de la guarnición cercana a veces se cuadraban cuando le veían, aunque Ayed les hacía un gesto rápido para que no lo hicieran. El temor que inspiraba a los hombres era un síntoma de que éstos sabían que era algo más que un capataz. También había descubierto que al menos media docena de hombres hablaban más de lo habitual con Ayed, como si le informaran de asuntos que iban más allá que la excavación.

Pero Ante también sabía que a su vez era vigilado por el capataz, que le demostraba de diferentes maneras su desconfianza, como avisándole de que no intentara nada. Ambos eran asesinos y se reconocían como tales.

Alfred Tannenberg salió con paso decidido del hospital. Había estado ingresado una semana y se sentía débil, pero no quería que nadie lo notara. Los hombres, como el resto de los animales, huelen la debilidad en los otros y aprovechan para atacar.

La conversación que acababa de mantener con su médico no le había dejado lugar a dudas: como mucho llegaría hasta la primavera.

El médico se resistía a poner fecha al día de su muerte, pero él le había presionado hasta hacerle decir que si llegaba a marzo sería con tiempo regalado. De manera que debía disponer adecuadamente del tiempo que le quedaba para asegurar el futuro de Clara.

Se quedaría unos días en El Cairo arreglando sus cosas y luego viajaría a Irak. Iba a dar una sorpresa a su nieta porque pensaba instalarse en Safran, junto a ella, hasta que le avisaran, de que tenían que abandonar el lugar. En realidad, tendrían que dejar Irak y lo harían juntos si es que él vivía para ese momento. Por eso necesitaba a Ahmed. Sabía que, una vez que él muriera, Clara quedaría desprotegida y necesitaría de alguien que sintiera por ella afecto para salvarla. Sus hombres cobraban por protegerla, pero dejarían de hacerlo si él desaparecía salvo que otro hombre tomara las riendas. No le importaba que Ahmed y Clara se divorciaran, pero tendrían que hacerlo después de que ambos salieran de Irak, si es que se cumplían todas las predicciones y los norteamericanos entraban en el país.

Alfred nunca había dudado de que Ahmed aceptaría el trato, primero porque no querría perjudicar a Clara y sabía q dejarla en Irak significaría su muerte, después porque oponerse a sus deseos era firmar su sentencia de muerte, y en tercer lugar, o acaso el primero, porque iba a disponer de una suma sustanciosa por ese último trabajo para la organización de manera que cumpliría con lo que se esperaba de él. Por eso le había ordenado que se preparara para quedarse en Safran a partir de febrero. Robert Brown, a través de aquel tal Mike Fernández, ex coronel de los boinas verdes, le había mandado una información contundente: el ataque se produciría en marzo.

Precisamente Mike Fernández le estaría esperando. Le había citado a media mañana en su casa, a la que ahora se dirigía en el Mercedes negro que esquivaba los semáforos.

El ex coronel de los boinas verdes ya sabía qué clase de hombre era y no perdió el tiempo intentando engañarle. Alfred Tannenberg siempre iba unas cuantas millas por delante de él y de Paul Dukais; parecía saber no sólo lo que hacían, sino también lo que pensaban.

Aquel mediodía aguardaba pacientemente en la quietud de la sala de visitas en aquella casa de Tannenberg que cada día parecía más vigilada.

Se había dado cuenta de que habían colocado cámaras de seguridad incluso en los árboles de la calle próximos a la casa. El viejo parecía estar seguro de que alguien le intentaría matar si daba la más mínima oportunidad y no estaba dispuesto a concedérsela.

– Y bien, coronel, ¿qué novedades hay? -le preguntó Tannenberg a modo de saludo.

– ¿Cómo está, señor? -fue la respuesta de Mike Fernández.

– Tal y como ve.

– Los hombres ya están aquí. He estudiado los mapas con ellos, y me gustaría saber si podríamos desplazarnos para que reconozcan el terreno donde tendremos que esperar a sus hombres.

– No, ahora no pueden hacerlo. Tendrán que conformarse con estudiar los mapas.

– Pero sus hombres se mueven sin dificultades por toda la zona.

– Así es, y no quiero llamar la atención, ahora no. Cuando empiece la traca será otra cosa. El éxito de la operación estriba en la disciplina, en que usted y sus hombres sigan las indicaciones de los míos. Si lo hacen, saldrán de aquí con vida.

– El señor Dukais ya ha organizado el dispositivo para que mis hombres y la carga puedan salir en aviones militares hasta las bases en Europa.

– Espero que haya tenido en cuenta mis recomendaciones y haya dispuesto que parte de la carga haga escala en España, y otra parte en Portugal. Son dos países aliados y amigos de Estados Unidos y están entregados a la causa.

– ¿A qué causa, señor? -quiso saber el ex boina verde,

– Naturalmente, a la de Bush y sus amigos, que son los nuestros. Éste es un gran negocio, amigo.

– Otra parte de la carga irá a Washington directamente;