– Te rindes muy pronto -respondió Miranda con sarcasmo.
– Yo diría que soy realista y que puedo correr determinados riesgos. Por cierto, no te lo he preguntado, ¿de dónde eres?
– ¡Vaya pregunta! ¿Porqué me la haces?
– Porque no sé de dónde eres. Trabajas para una productora de televisión independiente. Hablas un inglés perfecto, pero yo diría que con un ligero acento de no sé dónde. Te he escuchado hablar francés, lo dominas, tanto que si no te hubiese oído hablar inglés, pensaría que eres francesa, pero luego te has enzarzado en una discusión con el de la televisión mexicana, y por la bronca que le estabas metiendo sin dejarle casi hablar, yo diría que también dominas el español.
– O sea, que eres curioso.
– No, pero ¿hay algún motivo para que no me respondas?
– Sí, que no me da la gana. Verás, no soy de ninguna parte. Odio las banderas, los himnos y todo aquello que divide los hombres.
– Pero habrás nacido en alguna parte…
– Sí, he nacido en alguna parte, pero no soy ni de esa parte ni de ninguna parte. Mi elección es ser apátrida.
– ¿Tienes pasaporte de apátrida? -preguntó Lion con curiosidad.
– Tengo un pasaporte de un país comunitario porque para ir de un lugar a otro y que no te detengan en las fronteras tienes que aparentar que eres alguien y eres de alguna parte.
– Vale, no me lo digas.
– Te lo diré. Mi padre nació en Polonia, pero sus padres eran alemanes. Mi madre nació en Inglaterra, pero su padre era griego y su madre española. Yo nací en Francia; dime, ¿de dónde crees que soy?
– ¿A qué se dedicaban tus padres?
– Mi padre era pintor, mi madre diseñadora. No eran de ninguna parte y vivieron en todas partes. Odiaban las fronteras.
– Y te enseñaron a odiarlas.
– Aprendí a odiarlas yo sola, no hizo falta que me aleccionaran.
Miranda dejó de hablar con él y se incorporó a la conversación general.
Lion alcanzó a escuchar que los periodistas españoles preparaban un viaje a Basora, mientras que los suecos querían ir a Tikrit, el lugar de nacimiento de Sadam Husein.
– Y tú, Lion, ¿te quedarás en Bagdad?
La pregunta se la estaba haciendo un periodista francés del grupo que había conocido en Ammán. Dudó unos segundos antes de responder. Decidió decir la verdad.
– Yo quiero ir a la antigua Ur.
– ¿A hacer qué? -quiso saber el francés.
– Me han dicho que hay una expedición arqueológica trabajando cerca, y puede que si hago un buen reportaje de lo que están excavando me lo compren.
– ¿Y dónde está exactamente esa expedición? -insistió el francés.
– Ya sé a qué expedición te refieres -dijo un periodista alemán-. Es la del profesor Picot, ¿no?
– Pues me parece que sí. La verdad es que no sé mucho sobre esa expedición, pero puede ser interesante -fue la respuesta de Lion.
– Creo que han encontrado restos de un palacio o de un templo y que podría haber unas tablillas muy valiosas con una versión de Génesis. Algo así se publicó en el Frankfurter-explicó la periodista alemana-. Lo sé porque hay varios profesores y arqueólogos alemanes en la expedición. Pero no se me había ocurrido que eso importara ahora.
– Bueno, a vosotros quizá no, pero si hago un buen reportaje fotográfico de esa excavación y la agencia lo vende a alguna revista especializada… -se justificó Lion.
– No es mala idea, a lo mejor ahí hay un buen reportaje -dijo una periodista italiana.
– Hasta que Bush bombardee tenemos que llenar con otras cosas -reflexionó uno de los periodistas suecos.
– ¡Hombre, no me piséis el reportaje, que yo voy por libre! -pareció lamentarse Lion.
– No te vamos a pisar nada. Aquí lo compartimos todo -respondió Miranda.
– Vosotros trabajáis para cadenas de televisión y periódicos, yo he venido a la aventura pagándome el viaje… -volvió a lamentarse Lion.
– No seas quejica. No es ningún secreto lo de la expedición; por lo que dice Otto, se ha publicado en los periódicos -insistió Miranda.
– Y en Italia también -afirmó la enviada especial de una agencia de Roma.
Lion interpretó durante un rato más el papel del novato preocupado; luego se despidió y se fue a dormir. Tenía que prepararse para el viaje a Safran, tanto si el Ministerio de Información le daba luz verde como si no.
Le despertó el timbre del teléfono. Ali Sidqui, el hombre del Ministerio de Información, parecía de buen humor.
– Tengo buenas noticias para usted. Mis jefes consideran que es una buena idea que viaje usted a Safran a hacer un reportaje sobre la misión arqueológica. Le llevaremos.
– Muy amable, pero prefiero organizarme por mi cuenta.
– No, no, no puede ser. Allí sólo se puede ir con permiso del Gobierno. Es zona militar, y la misión arqueológica cuenta con protección oficial. Nadie les puede molestar a no ser que vaya con un permiso desde Bagdad. De manera que va con nosotros o no va.
Aceptó. No le quedaba otra opción. Ali Sidqui le indicó que se pasase esa misma mañana por el centro de prensa del ministerio para organizar el viaje. ¿Sabía de algún colega interesado en desplazarse también a Safran? Lion respondió malhumorado que prefería no compartir con nadie su idea y en todo caso, le dijo, que los demás fueran cuando él regresara con sus fotos hechas.
En el Ministerio de Información, Ali Sidqui le presentó a su jefe. Éste parecía entusiasmado con la idea de que en Inglaterra se publicara un reportaje sobre el profesor Picot y su excavación.
– Los intelectuales europeos no nos abandonan -dijo el jefe del centro de prensa.
Lion asintió. Tanto le daba lo que dijera aquel funcionario de Sadam, que le hizo rellenar un cuestionario además de fotografiar su pasaporte.
– Le llamaremos en un par de días. Esté preparado; supongo que no se mareará en helicóptero.
– No lo sé, nunca he montado en uno -mintió Lion.
Tom Martin acababa de recibir un mensaje de Lion. El director de Photomundi le había reenviado a la dirección del correo electrónico que le diera Lion una larguísima carta sobre sus impresiones de Bagdad, anunciando a la vez la suerte que tenía por haber podido desplazarse a un lugar llamado Safran. También le enviaba una colección de fotos rogándole que hiciera lo posible por venderlas.
El director de Photomundi no se interesó especialmente por el e-mail de Lion. Cobraba una sustanciosa cantidad por no ver, ni oír y callar, sobre todo por callar. Lo que sí haría sería intentar vender las fotos; eran mejores de lo que esperaba, aunque en realidad no había esperado recibir ninguna foto de ese tal Lion.
Tom Martin se enfrascó en la lectura del mensaje de su hombre en Irak. Lion ya estaba en Safran, nada menos que con las bendiciones del régimen de Sadam.
«Hoy he llegado a Safran. El helicóptero que me ha transportado era un viejo cacharro soviético que hacía un ruido infernal.
Aquí hay más de doscientas personas trabajando; el jefe de la misión, el profesor Yves Picot, está obsesionado con ganarle la batalla al tiempo. Es consciente de que no disponen dé mucho. He conocido a los miembros más destacados del equipo, que amablemente me instruyen sobre la importancia del trabajo que están realizando. Uno de los arqueólogos, un tal Fabián Tudela, me ha explicado que el templo que están desenterrando es de la época de un rey que aparece en la Biblia y se llamaba Amrafel. Espero que las fotografías y el reportaje sean del interés de los lectores, dada la importancia del trabajo que están realizando.
En el campamento hay una auténtica conmoción, ya que al parecer viene a instalarse aquí durante un tiempo el abuelo de una de las arqueólogas, Clara Tannenberg. La noticia llegó antes que yo, y todos hablaban del personaje. Con sólo oír su nombre algunos se ponen a temblar. Al parecer llegará dentro de tres o cuatro días. Están acondicionando una casa y han traído muebles desde Bagdad para procurarle todas las comodidades posibles.
Como curiosidad te diré que a esta arqueóloga la cuida una mujer, una shií tapada de la cabeza a los pies. Sólo come de lo que esa mujer le prepara, es una vieja sirvienta que también se encargará del abuelo. He creído entender que éste viaja acompañado del marido de su nieta, que ocupa un importante cargo en el Ministerio de Cultura, de un médico y una enfermera, a los que también les están preparando alojamiento, además de instalar un hospital de campaña que ha llegado desde El Cairo. Es evidente que el hombre debe de estar enfermo.
Te hablo de ellos porque aquí todo parece girar en torno a la visita del abuelo de esa arqueóloga.
Esto parece un fortín en vez de una inocente misión arqueológica, pero espero poder llevar a buen término el reportaje.»
El presidente de Global Group sonrió. No le cabía ninguna duda de que Lion Doyle podría hacer lo que eufemísticamente llamaba «reportaje» y que no sería otra cosa que la «sanción» de la familia Tannenberg.
Había tenido suerte con este caso. Encontrar a los Tannenberg en Irak habría resultado más complicado si no hubiese sido porque él ya sabía de su existencia gracias a su amigo Paul Dukais. Pensó que la vida está llena de casualidades maravillosas, porque ¿de qué otra manera se podía explicar que Dukais le hubiese pedido hombres para enviar a Irak a controlar a Clara Tannenberg y que poco después se le presentara el señor Burton en el despacho ofreciéndole dos millones de euros por eliminar a esa familia?