Aún dudaba de si contarle a Paul Dukais el negocio que él mismo estaba haciendo en relación con los Tannenberg, pero volvió a decirse que no debía hacerlo. Era mejor mantener el secreto profesional, sobre todo porque no eran contrapuestos sus intereses y los de Paul.
Marcó el número del móvil del misterioso y escurridizo señor Burton.
No obtuvo respuesta hasta el quinto pitido.
– Al habla.
– Señor Burton, quería informarle de que un amigo mío ha visitado a esos amigos suyos; sepa que están bien, tanto el abuelo como su nieta y el marido de ella. Desgraciadamente el abuelo está enfermo, aún no sé el alcance de la gravedad de su enfermedad, pero espero saberlo en breve.
– ¿No había ningún miembro más de la familia?
– Ninguno que sepamos.
– ¿Cumplirá el encargo?
– Desde luego.
– ¿Algo más?
– Por ahora no, salvo que le interese conocer algún detalle.
– Me interesa saberlo todo.
– Sus amigos están en el sur del país, en un pueblo encantador. Su nieta está trabajando…, cómo le diría…, al frente de un equipo numeroso, y el abuelo acudirá a reunirse con ella. Pero no se preocupe por ellos, están protegidos, no sólo por efectivos regulares; también cuentan con seguridad privada.
– ¿Nada más?
– Digamos que éstos son los detalles esenciales.
– Iré a verle.
– No es necesario. En cuanto sepa algo más le llamaré.
– Hágalo.
Berta había levantado la vista del libro y observaba preocupada a su padre.
– ¿Quién era? -le preguntó.
– De la universidad -respondió Hans Hausser.
– ¿Por qué no te retiras de una vez? No tienes ninguna necesidad de este trajín. Decías que tenías ganas de jubilarte para leer y pensar, y sin embargo no terminas de hacerlo.
– Déjame que termine mis días como quiera. Ir a la universidad y estar con los jóvenes me hace sentirme vivo. A mi edad el tiempo pesa demasiado si alrededor sólo hay soledad.
– ¡Pero tú no estás solo! -protestó Berta-. ¿No contamos nosotros, yo y los niños?
– ¡Por favor, hija, tú eres lo más importante que tengo! Pero entiende que necesito estar activo, creerme que soy algo más que un viejo y que aún puedo servir para algo.
Se levanto y abrazó a su hija. La quería más que a nada ni a nadie, era todo lo que le quedaba. Berta sintió la emoción del abrazo de su padre.
– Tienes razón, es que me preocupo por ti, y últimamente has estado muy raro.
– Berta, déjame tener mis secretos.
– Yo nunca he tenido secretos para ti… -protestó su hija.
– Pero yo soy tu padre, y los padres no les contamos todo a los hijos. Tampoco tú les cuentas todo a los tuyos, ¿me equivoco?
– Papá, son aún pequeños.
– Tú también lo eres para mí. Además, es una broma. No tengo secretos para ti, pero me gusta ser independiente e ir y venir sin tener que explicar dónde. En realidad, lo único que hago es visitar a viejos amigos.
Hans Hausser continuó un rato hablando con su hija, aunque sentía una punzada de angustia en la boca del estómago. Tom Martin le había anunciado que Alfred Tannenberg vivía, de manera que por fin podrían cumplir el juramento que habían hecho cuando eran niños.
Tenía que llamar a Mercedes, a Cario y a Bruno para anunciarles que lo que era una posibilidad en el infinito se había materializado. Aquel viejo enfermo al que se refería Tom Martin sólo podía ser el monstruo que llevaban anidado en las entrañas.
La primera llamada que hizo fue a Mercedes. Sabía que su amiga no dormía ni apenas comía desde el día en que Carlo les llamó desde Roma para decirles que creía haber encontrado a Tannenberg.
Mercedes escuchaba a Hans Hausser y sentía que se le aceleraba el corazón con un ataque de taquicardia.
– Me gustaría ir hasta allí -le dijo a Hans.
– Sería una imprudencia y tú lo sabes; además, no podrías hacer nada.
– A Tannenberg le deberíamos de matar nosotros con nuestras propias manos y decirle por qué, para que supiera por qué le estábamos arrancando la vida.
– ¡Por favor, Mercedes!
– Hay cosas que uno debe de hacer personalmente.
– Sí, pero dadas las circunstancias no podemos hacerlo personalmente. Está en Irak, en un pueblo al sur del país, custodiado por hombres armados.
– Tienes una hija y nietos; Carlo y Bruno también tienen hijos y nietos, de manera que entiendo que vosotros no hagáis locuras, pero yo estoy sola, no tengo a nadie, a mi edad el único futuro es seguir envejeciendo en soledad. No tengo nada que perder.
Hans Hausser se asustó. Temía que Mercedes fuera capaz de ir a Irak e intentar matar personalmente a Tannenberg.
– ¿Sabes, Mercedes?, nunca te perdonaría que Tannenberg siguiera vivo por tu culpa.
– ¿Por mi culpa?
– Sí. Si vas a Irak te detendrán en cuanto intentes acercarte a él y se desbaratará toda la operación que hemos puesto en marcha. Lo único que conseguirás es que Tannenberg viva, que a ti te metan en una cárcel iraquí, y a nosotros… a nosotros también nos detendrán.
– No tiene por qué suceder como dices.
– ¿La soberbia no te deja pensar?
Mercedes se quedó en silencio. Se sentía herida por las palabras de Hans. Sabía que éste tenía razón en lo que le decía. Sin embargo… Llevaba toda la vida soñando en el momento en que hundiría un cuchillo en el vientre de Tannenberg mientras le decía por qué le mataba.
Habían sido muchas las noches de pesadilla en que se acercaba a aquel hombre y le clavaba las uñas en los ojos. Otras le mordía como una loba hasta hacer manar su sangre.
Sentía que debía de ser ella quien le arrancara la vida, que Tannenberg no debía morir sin darse cuenta.
La voz de Hans la devolvió a la realidad.
– Mercedes, te estoy hablando.
– Y yo te estoy escuchando.
– Hablaré con Carlo y con Bruno; no estoy dispuesto a terminar en la cárcel porque la soberbia y la ira te estén nublando la razón. Si te entrometes, no quiero saber nada de este asunto, me retiro, conmigo no contéis.
– ¿Qué dices?
– Que no estoy loco y me niego a correr riesgos innecesarios. Carlo, Bruno, tú y yo somos cuatro viejos. Sí, es lo que somos, y debemos conformarnos con que alguien le mate por nosotros. Si ahora has cambiado de idea, dímelo y te repito, conmigo no cuentes para hacer una locura.
– Siento que te estés enfadando…
– Es algo más que un enfado.
– El único objetivo de mi vida es que todos los Tannenberg mueran retorciéndose de dolor.
– Pero no es necesario hacerlo personalmente.
– Nunca me dejaréis sola. Lo sé.
– Piensa en lo que te he dicho. Ahora voy a llamar a Carlo y a Bruno. Adiós.
El profesor Hausser colgó el teléfono preocupado. Sentía haberle hablado con dureza a su amiga, pero la temía, temía lo que fuera capaz de hacer.
La vida de Mercedes no había tenido otro objetivo que encontrar-a Tannenberg para matarle. Además, la sabía capaz de hacerlo.
Carlo Cipriani se quedó preocupado después de que Hans Hausser le explicara la reacción de Mercedes ahora que habían confirmado que Tannenberg vivía. Lo mismo le sucedió a Bruno. Acordaron que Carlo iría a Barcelona para intentar que Mercedes desistiera de salirse del plan acordado por los cuatro. Bruno insistió en acompañarle, pero tanto Hans como Carlo sabían que si su amigo iba a Barcelona Deborah tendría otro de sus ataques de ansiedad, de modo que le convencieron para que se quedara en Viena; si Carlo no lograba que Mercedes entrara en razón, entonces lo intentarían los tres juntos, pero eso sería en última instancia.
En Barcelona llovía con intensidad. Carlo se abrochó la gabardina y aguardó pacientemente su turno para subir a un taxi al centro de la ciudad. Llevaba un maletín de mano con lo imprescindible, por si tenía que quedarse una noche, pero su idea era regresar esa misma tarde a Roma. Todo dependería de la testarudez de Mercedes.
El edificio donde estaba la empresa de Mercedes descasaba en la falda del Tibidabo. La recepcionista le acompañó a una sala de espera mientras avisaban, le dijo, a la señora Barreda. No tardó ni un segundo en regresar seguida de Mercedes.
– Pero ¿qué haces aquí? -le dijo.
– Tenía que venir a Barcelona y se me ha ocurrido venir a verte.
Mercedes le agarró del brazo y le condujo hasta su despacho. Una vez que su diligente secretaria les trajo café y se quedaron solos, los dos amigos se midieron clavándose los ojos el uno en el otro.
– Hans te ha pedido que vinieras…
– No. Lo he decidido yo. Pero Hans me ha preocupado, y mucho, lo mismo que a Bruno. ¿Qué pretendes, Mercedes?
La voz de Carlo sonaba con dolor, pero también con firmeza, sin concesiones ni disposición a justificarla.
– ¿No puedes entender que le quiera matar yo?
– Sí. Lo puedo entender. Puedo entender tu deseo de matarle, yo también lo tengo, y Hans y Bruno. Pero no es lo que debemos hacer. No sabríamos hacerlo.