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– No es difícil clavar un cuchillo en el vientre de un hombre.

– Lo difícil es ir a Irak, lo difícil es que te dejen desplazarte hasta el lugar donde ese hombre está. Lo difícil es que puedas explicar qué haces allí. Lo difícil es que te dejen acercarte a él. Lo difícil es que encuentres el momento para clavarle ese cuchillo. Eso es lo difícil. Por eso hemos contratado a un profesional, a un hombre que sabe qué hacer en estas situaciones, que sabe cómo actuar, y que también sabe matar, que sabrá encontrar el momento oportuno. Nosotros no sabemos hacerlo, aunque le odiemos con todas nuestras fuerzas, aunque nos sintamos capaces de matarle con nuestras propias manos.

– Ni siquiera me dejáis intentarlo… -se quejó Mercedes.

– ¡Por favor! En esto no hay segundas oportunidades. Si lo intentas y fracasas, ya nadie se podrá acercar a Tannenberg, y harías imposible nuestra venganza. No tienes derecho a hacerlo, no lo tienes.

– Tú también te vas a enfadar conmigo -se quejó Mercedes.

– ¿Yo? Te equivocas. Ni yo, ni Bruno ni Hans estamos enfadados contigo. No nos hagas decirte lo que sabes. El sentimiento que nos une a los cuatro es indestructible pase lo que pase. Sólo que en esto no tienes derecho a actuar sin nuestro consentimiento; no es tu venganza, Mercedes, es la de todos, juramos que lo haríamos juntos, no quiebres tú el juramento.

– ¿Por qué no vamos todos?

– Porque sería una estupidez.

Se quedaron en silencio, cada uno con sus propios pensamientos, pensando en qué responder al otro.

– Sé que tenéis razón, pero…

– Si vas nos destruirás a nosotros y no lograrás matar a Tannenberg. Eso es lo único que lograrás. Si vas a hacerlo, dímelo.

– ¡Por favor, me haces sentirme fatal!

– Siéntete fatal. No me importa, lo único que pretendo es que pienses, que pienses como eras capaz de pensar cuando no levantabas ni un palmo del suelo, como has sido capaz de pensar todos estos años, como lo has hecho en los tres últimos meses cuando creímos encontrar a Tannenberg.

– Los árabes dicen que la venganza es un plato que se sirve frío.

– Y tienen razón. Sólo así es posible vengarse. Nosotros no olvidamos, nunca perdonaremos, pero debemos actuar con frialdad. De lo contrario nuestro sufrimiento no habrá servido de nada.

– Déjame pensarlo.

– No. Quiero una respuesta ahora. Quiero saber si debemos de anular la operación de Irak. No podemos poner en peligro la vida del hombre que hemos enviado.

– Es un asesino profesional.

– Tú lo has dicho: profesional. De manera que si ponemos en peligro su vida por interferir en su trabajo nos tendremos que atener a las consecuencias. Hemos contratado a una agencia, una agencia de asesinos.

– Una agencia de seguridad.

– ¡Vamos, Mercedes! Esos hombres están dispuestos a matar, por eso cobran.

– Tienes razón, vamos a dejarnos de tonterías.

– ¿Qué vas a hacer?

– Pensar, Carlo, pensar…

– De manera que no te he convencido…

– No lo sé…, necesito pensar.

– ¡Por Dios, Mercedes, no hagas locuras!

– Nunca os engañaré. No os diré que no voy a hacer algo mientras pienso si voy a hacerlo o no. Prefiero que me odiéis a mentiros.

– Prefieres que Tannenberg viva -sentenció Carlo.

– ¡No! -gritó Mercedes con rabia-. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Quiero matarle yo misma! ¡Yo! ¡Yo! ¡Eso es lo que quiero!

– Veo que es inútil razonar contigo. Suspenderemos la operación. Hans llamará a Tom Martin para que retire a su hombre. Se acabó.

Mercedes miró a Carlo con ira. Se había clavado las uñas en la palma de las manos y un rictus de amargura parecía haber convertido su rostro en una mueca.

– No podéis hacer eso -murmuró.

– Sí, sí podemos, y es lo que haremos. Has decidido romper tu juramento con nosotros, y poner en peligro la operación. Si ya no estás en nuestro barco, se acabó. Renunciamos a la venganza. Nunca te lo perdonaremos, nunca. Después de tantos años de buscarle le hemos encontrado, ahí están Tannenberg y su nieta; podíamos matarlos, estamos a punto de conseguirlo, pero tú, extrañamente, vas a impedirlo porque crees que debes de hacerlo personalmente. Bien, haz lo que quieras. Hemos llegado hasta aquí juntos; a partir de ahora tu irás por tu lado.

Una vena se dibujaba en la sien izquierda de Carlo, evidenciando la tensión que estaba sufriendo.

También Mercedes sentía un dolor agudo en el pecho, fruto de la tensión.

– Qué me estás diciendo, Carlo…

– Que nunca más volveremos a vernos. Que Hans, Bruno y yo no querremos saber nada de ti el resto de lo que nos quede de vida, que no te perdonaremos.

Carlo se sentía agotado por la dureza de la conversación. Quería profundamente a Mercedes e intuía el enorme sufrimiento de su amiga, pero no podía transigir con lo que ella parecía querer hacer.

– No acepto el ultimátum -respondió Mercedes, blanca como la cera.

– Nosotros tampoco.

Volvieron a guardar silencio, un silencio incómodo y espeso que preludiaba el fin de una relación que parecía inquebrantable.

Carlo se levantó del sillón, miró a Mercedes y se dirigió a la puerta.

– Me voy. Si cambias de opinión llámanos, pero hazlo antes de esta noche. Mañana Hans irá a Londres a romper el contrato con Tom Martin.

Mercedes no respondió. Se quedó sentada, hundida en el sofá. Cuando su secretaria entró unos minutos después se asustó. De repente la mujer se le antojaba una anciana, como si le hubieran aflorado miles de pequeñas arrugas que tenía ocultas, y un rictus de amargura deformara su rostro siempre imperturbable.

– Doña Mercedes, ¿se siente bien?

Mercedes no la escuchaba y no respondió. La secretaria se acercó a ella y le puso la mano en el hombro temiendo su reacción.

– ¿Se siente mal? -insistió la secretaria.

Mercedes salió de su ensimismamiento.

– Sí, un poco cansada.

– ¿Quiere que le traiga algo?

– No, no hace falta. No te preocupes.

– ¿Cancelo el almuerzo con el alcalde?

– No, y llama al arquitecto de la obra de Mataró. Cuando le tengas al teléfono me lo pasas.

La secretaria dudó, pero no se atrevió a decirle nada más a su jefa; no era una mujer a la que se pudiera insistir.

Cuando Mercedes se quedó sola respiró hondo. Tenía ganas de llorar, pero hacía demasiados años, desde que su abuela murió, que no se había permitido derramar ni una lágrima, así que hizo un esfuerzo por contenerlas mientras bebía un vaso de agua.

El timbre del teléfono la sobresaltó. Pensó que podía ser Carlo, pero la voz de su secretaria le anunciaba que tenía en la línea al arquitecto de la obra de Mataró.

Carlo Cipriani estaba desolado. La discusión con Mercedes había resultado una dura batalla. Sabía que no había logrado convencerla; tendría que llamar a Hans y a Bruno para decidir qué harían.

Si Mercedes viajaba a Irak no sólo se pondría en peligro, sino que daría al traste con la operación. Debían decidir qué hacer, aunque quizá si Bruno hablaba con Mercedes tenía más suerte que Hans y él.

En el aeropuerto, una vez que tuvo la tarjeta de embarque para el primer vuelo a Roma, buscó un teléfono desde donde llamar a sus amigos.

Deborah cogió el teléfono y le pidió que aguardara mientras avisaba a Bruno.

– Carlo, ¿dónde estás?

– En el aeropuerto de Barcelona. Mercedes no quiere entrar en razón, hemos discutido; estoy hecho polvo, ha sido una conversación muy dura.

Bruno se quedó callado. Había confiado en que Carlo fuera capaz de convencer a Mercedes. Si él no había podido, nadie podría hacerlo.

– Bruno, ¿estás ahí?

– Sí, perdona, es que me has dejado sin habla. ¿Qué vamos a hacer?

– Suspender la operación.

– ¡No!

– No tenemos más remedio. Si Mercedes sigue en sus trece, sería una locura que continuáramos adelante. Hans tiene que ir a Londres…

– ¡No! No podemos suspender lo que hemos puesto en marcha, llevamos toda la vida esperando y ahora no vamos a retirarnos. ¡Yo no voy a hacerlo!

– Bruno, por favor. ¡No tenemos más remedio!

– No, si vosotros queréis retiraros, hacedlo. Iré a Londres, hablaré con ese hombre y correré con los gastos de la operación.

– ¡Nos hemos vuelto todos locos!

– No, quien se ha vuelto loca es Mercedes. Es ella quien está causando el problema -susurró Bruno.

– Por favor, no discutamos, debemos vernos. Iré a Viena:

– Sí, debemos vernos. Llamaré a Hans.

– Dame unos minutos para que yo le llame. Estará impaciente por saber qué ha pasado con Mercedes.

– De acuerdo. Luego llamadme uno de los dos para decirme dónde nos vemos.

Hans Hausser esperaba impaciente la llamada de Carlo, aunque no imaginaba que se produjera tan pronto. Había mantenido la esperanza de que hubiera convencido a Mercedes y sintió que el mundo se abría bajo sus pies cuando supo que no había sido así. Quedaron en verse en Viena al día siguiente. Entonces decidirían qué hacer.

Cuando Carlo llegó a Roma fue directamente a su consulta. Tenía ganas de ver a sus hijos, de sentir un hálito de normalidad.

Lara y Antonino aún no habían regresado de almorzar y Maria, su secretaria, tampoco estaba.