Yves Picot estaba junto a una cuadrilla de trabajadores, con las manos metidas entre cascotes, absorto en lo que estaba haciendo, por lo que ni siquiera la vio llegar.
– Hola, ya sé que hoy es un gran día -fue el saludo de Clara.
– No te lo imaginas. Parece que la suerte se pone de nuestro lado. Hemos encontrado restos de la muralla exterior y pegadas a ella se ven claramente las plantas de algunas construcciones, ven, mira.
Picot la guió por la arena amarilla señalándole restos de ladrillos perfectamente apilados, donde sólo el ojo del experto podía decir que aquello había sido una casa.
– He puesto a más de la mitad de los hombres a trabajar en esta zona. Pero ya te habrá dicho Fabián que se ha avanzado mucho en el montículo y que el templo parece claramente un zigurat.
– Sí, lo he visto. Me quedaré trabajando en este sector…
– Bien. ¿Crees que podríamos conseguir más gente? Necesitamos más obreros si queremos despejar todo esto con cierta rapidez.
– Lo sé, Fabián y Marta también me lo han dicho. Veré qué se puede hacer. Por cierto, que el fotógrafo, ese tal Lion, me ha dicho que le has contratado.
– Sí, le he pedido que haga un reportaje fotográfico sobre lo que estamos haciendo.
– No sabía que te habías comprometido con nadie a publicar nuestro trabajo.
Clara recalcó el «nuestro» para que Picot notara su incomodidad. Él la miró divertido y dejó escapar una carcajada.
– ¡Vamos, Clara, no te mosquees, nadie te va a robar nada! Conozco gente en la revista Arqueología científica, me pidieron que les informara del trabajo que iba a hacer aquí. A todo el mundo le interesa tu Biblia de Barro. Si la encontramos, será un hito en la historia de la arqueología. No sólo demostraremos que Abraham existió, sino además que conocía la historia del Génesis. Será una revolución. Pero aunque no aparezcan esas tablillas, lo que estamos encontrando tiene la suficiente entidad para que nos sintamos orgullosos. Estamos desenterrando un zigurat del que nada se sabía, y en mejor estado del que podíamos esperar. No te preocupes, si esto es un éxito, lo será de todos. Mi cupo de vanidad está cubierto, señora, yo ya tengo la carrera hecha. ¡Ah!, y has dicho bien al decir «nuestro trabajo», porque nada de esto sería posible sin Fabián Tudela, Marta Gómez y los otros colegas.
Yves se agachó y continuó con su trabajo sin hacer caso de Clara, que sin decir palabra se dirigió hacia un grupo de obreros que en esos momentos despejaban un trozo de terreno.
Se estaba ocultando el sol cuando Picot dio por terminada la jornada de trabajo. Los hombres se sentían agotados y hambrientos, deseando unos llegar a sus casas, otros al campamento, para descansar y recuperar fuerzas.
Fátima esperaba a Clara en la puerta de la casa y parecía de buen humor.
– Tu abuelo se ha despertado; tiene hambre y te está esperando.
– Tengo que ducharme; luego iré con él.
– Me ha dicho que prefiere que cenéis solos, mañana recibirá a los arqueólogos.
– Me parece bien.
Estaban acabando de cenar cuando Fátima entró en la estancia para anunciar que Yves Picot quería saludar al señor Tannenberg.
Clara iba a replicar, pero Alfred no le dio tiempo e indicó a Fátima que le hiciera pasar.
Los dos hombres se midieron durante una décima de segundo, el tiempo en que tardaron en darse un fuerte apretón de manos y mirarse a los ojos.
A Picot no le gustó Tannenberg. Su mirada de azul acero reflejaba crueldad; por su parte, Tannenberg examinó a Picot y supo captar la fuerza que emanaba del francés.
Alfred Tannenberg dirigió la conversación, por lo que fue Picot quien habló la mayor parte del tiempo respondiendo a las preguntas certeras del anciano, que quería saber hasta los más insignificantes pormenores del trabajo. Picot respondió con minuciosidad a la curiosidad del abuelo de Clara, esperando el momento para pasar a ser él quien preguntara.
– Tenía ganas de conocerle; no he logrado que Clara me cuente ni cómo ni cuándo encontró usted esas tablillas en Jaran que nos han traído a todos hasta aquí.
– Fue hace mucho tiempo.
– ¿En qué año fue la expedición? ¿Quién la dirigía?
– Amigo mío, hace tanto que ni me acuerdo. Antes de la Gran Guerra, cuando a Oriente llegaban expediciones de románticos que amaban la aventura más que la arqueología y muchos de ellos excavaban llevados por la intuición. No, no fue una expedición de arqueólogos, sino de personas aficionadas a la arqueología. Excavamos en la zona de Jaran y encontramos esas tablillas en las que Shamas, un sacerdote o escriba, se refiere a Abraham y la Creación. Desde entonces he creído que algún día encontraríamos el resto de las tablillas a las que se refiere el escriba. La Biblia de Barro las llamo yo.
– Así las llamó Clara en el congreso de Roma y revolucionó a la comunidad de arqueólogos.
– Si Irak viviera una etapa de paz se habría puesto en marcha más de una expedición arqueológica intentando hacerse con el favor de Sadam para que les diera la exclusiva para excavar. Usted se ha arriesgado viniendo en el peor momento, ha sido valiente.
– En realidad, no tenía nada mejor que hacer -respondió Yves con cierto cinismo.
– Sí, ya lo sé, usted es rico, así que no se ve apremiado por la dura realidad de conseguir un sueldo a fin de mes. Su madre proviene de una antigua familia de banqueros, ¿no es así?
– Mi madre es británica, hija única, y mi abuelo, efectivamente, posee un banco en la isla de Man. Ya sabe, un paraíso fiscal.
– Lo sé. Pero usted es francés.
– Mi padre es francés, alsaciano, y yo me he educado a caballo entre la isla de Man y Alsacia. Mi madre heredó el banco, y mi padre es quien lo dirige.
– Y a usted no le interesa nada el mundo de las finanzas -afirmó más que preguntó Tannenberg.
– Efectivamente, lo único que me interesa del dinero es cómo gastarlo de la manera más placentera posible, y es lo que hago.
– Algún día herederá el banco, ¿qué hará con él?
– Mis padres gozan de excelente salud, de modo que espero que ese día esté lejano, además tengo una hermana mucho más inteligente que yo que está dispuesta a hacerse cargo del negocio familiar.
– ¿No le preocupa dejar algo sólido a sus hijos?
– No tengo hijos y no tengo ningún interés en reproducirme.
– Los hombres necesitamos saber que detrás de nosotros queda algo.
– Algunos hombres, yo no.
Clara asistía callada a la conversación de Yves con su abuelo notando que el arqueólogo no hacía nada por caer bien al anciano. Fue Samira quien puso punto final a la velada. Entró seguida de Fátima, que intentaba impedirle la irrupción.
– Señor Tannenberg, es la hora de la inyección.
Alfred Tannenberg miró a la enfermera con ira. La abofetearía en cuanto estuvieran solos por haberse atrevido a entrar y dirigirse a él en esos términos, como si fuera su niñera.
– Salga.
El tono del anciano era frío como el hielo y presagiaba una tormenta. Fátima agarró del brazo a la enfermera y la sacó reprochándole su comportamiento.
Tannenberg alargó la velada media hora más, haciendo caso omiso del cansancio de Clara, que a duras penas contenía los bostezos. Luego despidió a Yves Picot prometiéndole que contaría con una nueva remesa de obreros.
Minutos más tarde un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Luego se oyó el llanto de una mujer, que se fue apagando lentamente hasta desvanecerse de nuevo en el silencio.
Clara daba vueltas, incómoda, en la cama. Sabía que su abuelo había hecho pagar a Samira su osadía al interrumpirle y tratarle como a un niño recordándole la hora de la inyección.
La enfermera debería de aprender que Alfred Tannenberg pagaba muy bien a sus empleados, pero jamás disculpaba un error. Imaginó que habría azotado a la mujer; no era la primera vez que castigaba de esa manera a quienes le desagradaban con su actitud.
Ayed Sahadi había mandado vigilar a Lion Doyle y Ante Plaskic; desconfiaba de ambos, estaba seguro de que ninguno de los dos era lo que decían.
Lion Doyle por su parte también se mostraba alerta con Ayed Sahadi; intuía que era más que un capataz. En cuanto a Ante Plaskic, estaba seguro de que era un asesino como él, quizá otro hombre enviado por Tom Martin o por los amigos de éste, pero de lo que no tenía dudas era de que el croata no era el apacible informático que aparentaba ser.
Los tres hombres se reconocían en lo que eran: asesinos, mercenarios dispuestos a servir a quien pagara bien.
El galés intuía que estaba cerca el momento de actuar. Aún no habían encontrado la Biblia de Barro, pero los trabajos de la excavación avanzaban a marchas forzadas, y además cada vez se percibía más tensión en el campamento. Las noticias que llegaban de fuera no dejaban lugar a dudas: en cualquier momento las tropas estadounidenses dejarían caer toneladas de bombas sobre Irak.
Los obreros bromeaban asegurando que cazarían norteamericanos como conejos, que jamás les permitirían pisar la sagrada tierra de Irak, pero sabían que sus bravuconadas sólo servían para darse valor porque muchos de ellos morirían en el empeño o caerían sepultados bajo las bombas.