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– ¿Y los demás? ¿Qué pasa con quienes no hemos nacido en su primer mundo? ¿Qué debemos hacer o esperar?

– No lo sé, a lo que alcanzo es a saber que son víctimas de los intereses de los grandes, pero también víctimas de sus propios gobernantes, y víctimas de sí mismos. Soy francés y defiendo la Revolución francesa, creo que todos los países deberían de tener una revolución parecida que dé paso a la luz y a la razón. Pero en esta parte del mundo los ilustrados como usted o su abuelo asientan su riqueza y su poder sobre la miseria de sus compatriotas, así que no me pregunte a mí qué pueden hacer. No me siento culpable de nada.

– Cree que su cultura es superior a la nuestra…

– ¿Quiere que le diga la verdad? Pues sí, lo creo. El islam les impide hacer la revolución burguesa. Hasta que no separen política y religión no saldrán adelante. A mí me asquea ver a algunas de sus compatriotas tapadas de los pies a la cabeza, como esa mujer que le sigue a todas partes, Fátima se llama, ¿no? Me indigna que caminen detrás de sus maridos o que no puedan hablar tranquilamente con un hombre.

Fabián se acercó a ellos con una copa en cada mano.

– Es una suerte que éste no sea un país de estricta observancia islámica y podamos tomar una copa.

Les ofreció una copa a cada uno. Tanto Clara como Picot la cogieron como autómatas.

– ¿Qué os pasa? -preguntó Fabián.

– Le he dicho a Clara que tenemos que empezar a pensar en marcharnos.

– Por lo que nos han contado, no deberíamos de esperar mucho más -asintió Fabián.

– Mañana llamaré a Ahmed, para que coordine con Albert los detalles de nuestra evacuación. Estaremos hasta el último minuto en que no sea peligroso estar, pero ni un segundo más.

El tono de voz de Picot no admitía réplicas y Clara se dio cuenta de que tenía la batalla perdida.

– Clara, hemos conseguido mucho. ¿No se da cuenta? -dijo Fabián en un intento de animarla.

– ¿Qué hemos conseguido? -respondió airada.

– Hemos sacado a la luz un templo del que no había noticias, un pueblo del que nada se sabía. Desde el punto de vista profesional esta campaña ha merecido la pena, no nos vamos con las manos vacías, podemos sentirnos orgullosos del trabajo hecho. Hemos contado con gente extraordinaria que no se ha quejado de las jornadas agotadoras de trabajo. Llevamos cinco meses en que no hemos hecho otra cosa que excavar, nada más. No querrá que además nos juguemos la vida, ¿verdad?

Clara miró a Fabián pero no supo qué responder. En su fuero interno sabía que Picot y Fabián tenían razón, pero reconocerlo era tanto como darse por vencida.

– ¿Cuándo se irán? -alcanzó a preguntar.

– No lo sabré hasta que no hable con Ahmed. También quiero hablar con un par de amigos de París y con mis padres. Los banqueros siempre saben cuándo va a desencadenarse una guerra. Tú, Fabián, deberías hablar con tu gente de Madrid a ver qué te cuentan.

– Sí, mañana llamaremos. Ahora deberíamos atender a los periodistas y comernos esos espléndidos corderos. Estoy hambriento.

Desde el ventanuco del cuarto de Clara apenas se veía nada. No había luna, estaba escondida.

Hacía rato que no se oía el más leve ruido en el campamento. Todos dormían, pero Clara no lograba conciliar el sueño. Le había alterado la conversación con Picot tanto como la que posteriormente había mantenido con Salam Najeb, el médico que cuidaba a su abuelo.

Éste no se había andado con sutilezas: su abuelo había sufrido un desmayo, y el resultado de los análisis era preocupante. En su opinión debería ser trasladado a un hospital de verdad.

Clara había entrado a ver a su abuelo y se asombró de que en apenas un día hubiera envejecido tanto. Tenía los ojos hundidos y la respiración entrecortada. En cuanto le dijo que deberían trasladarle a Bagdad y de allí a El Cairo, su abuelo negó con la cabeza. No, no se iría hasta que no encontraran la Biblia de Barro. Ella no tuvo valor para decirle que Picot estaba dispuesto a marcharse.

El reloj marcaba las tres de la mañana y hacía frío; se puso una sudadera y con la luz apagada salió del cuarto dirigiéndose al de Fátima. La mujer tenía el sueño profundo y no se despertó pese a que Clara abrió la ventana para saltar al exterior.

Los guardias que la escoltaban dormían en la entrada principal y en el vestíbulo de la casa, pero no parecían preocuparse por la puerta de atrás.

Aguardó unos segundos hasta que su corazón dejó de latir aceleradamente y, agachada entre las sombras, empezó a poner distancia con el campamento dirigiéndose hacia el zigurat. Necesitaba tocar los viejos ladrillos de arcilla y sentir la brisa de la noche para tranquilizar su espíritu.

Los guardias dormitaban confiados, Ayed Sahadi les mataría si supiera que alguien era capaz de colarse en el perímetro arqueológico sin que se dieran cuenta. Pero no sería Clara quien se lo dijera. Buscó un lugar donde sentarse para poder pensar. Sentía que su vida estaba a punto de cambiar irremediablemente. Donde antes sólo había seguridad y certezas ahora vislumbraba dolor y soledad, y por primera vez se dio cuenta de que nunca se había parado a pensar; simplemente había vivido, sin preocuparse de nada, sin querer saber ni ver nada de lo que no le convenía a su egoísta comodidad.

No, no era mejor que Ahmed, que cobraría una cantidad sustanciosa por protegerla, sólo que al menos no era una hipócrita como él, ya que a ella no le dolía la conciencia.

Se quedó dormida acurrucada sobre un lecho de tierra y arcilla, y buscó en sueños a Shamas.

26

Ili había alcanzado la distinción de um-mi-a (maestro) y era la máxima autoridad en aquel templo, desde el que contribuían al gobierno de la región.

El rey había querido extender su poder más allá de Ur, y había mandado levantar aquel zigurat de pequeñas dimensiones donde los hombres sabios almacenaban los conocimientos de los que eran custodios, y otros fruto de la observación de cuanto había a su alrededor, flores, plantas y el cielo, hasta desentrañar sus misterios.

Esa mañana era especiaclass="underline" un dub-sar (escriba) iba a adquirir la condición de ses-gal (gran hermano).

El anciano Yadin, que tenía los ojos nublados por el paso del tiempo, no alcanzaría a ver a Shamas pero seguiría la ceremonia de aceptación y reiría dejando ver su boca sin apenas dientes. Hacía tiempo que su esposa, la madre de Shamas, se había convertido en los ojos de Yadin y contaba a su marido los pormenores de cuanto sucedía a su alrededor. No dejaría de alzar la cabeza orgullosa al saber lo alto que había llegado su díscolo hijo.

El maestro saboreaba por adelantado los pormenores de la ceremonia de su alumno más querido. Shamas le había provocado muchos dolores de cabeza y en no pocas ocasiones había tenido que dominar la ira ante la tozudez de su alumno y la impertinencia de sus preguntas.

Shamas jamás se había conformado con respuestas simples. Necesitaba diseccionar cuanto le decían y encontrar su lógica; no aceptaba la verdad de los demás salvo que fuera clara y evidente.

Había logrado convencerle para que no manifestara desprecio a los dioses, al menos públicamente.

Su tío Abraham había persuadido al joven Shamas de que sólo había un Dios, y que todo había sido creado por su voluntad. Él, Ili, le explicaba que efectivamente la orden de la Creación había partido de Elohim, pero luego disputaban por la existencia de otros dioses a los que Shamas negaba.

Pero el tiempo no pasa en balde y Shamas había sosegado su espíritu y se había convertido en el mejor de los escribas; ahora alcanzaba una dignidad más, la de ses-gal, y algún día también sería um-mi-a, el um-mi-a de todos, puesto que era evidente su sabiduría, fruto de la observación y del estudio y de no conformarse jamás con lo evidente.

La esposa de Shamas, una joven llamada Lía, le ayudó a colocarse la túnica y le despidió con una sonrisa.

Aquel día Shamas se convirtió en ses-gal bajo los auspicios de Ili, mientras dejaba vagar la mente por otros territorios a muchos días de distancia.

Pensaba en Abraham; le imaginaba en la tierra de Canaán, convertido en padre de muchas tribus, pues hasta Ur habían llegado las noticias de su paternidad. Dios se lo había prometido y Dios había cumplido su palabra.

Dios le seguía pareciendo a Shamas un ser inescrutable y caprichoso, y aunque creía de todo corazón en Él, no alcanzaba a comprenderle, pero se decía que al fin y cabo él sólo era un hombre, fruto del soplo divino que había dado vida al barro del que habían salido los hombres.

En ocasiones creía que le iba a estallar la cabeza cuando intentaba seguir la lógica de la Creación. Había momentos en que sentía que iba a comprenderlo todo, pero esa quimera se desvanecía de inmediato y volvía a sentir la mente llena de tinieblas. El carraspeo de Ili le devolvió a la realidad. No había escuchado las palabras de su maestro y apenas había atendido a los escribas y sacerdotes que oraban junto a él a la diosa Nidaba.