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Clara se encogió de hombros. No tenía respuesta, cuando alguien le explicaba que esas cosas pasaban en Irak, callaba. Ella era feliz, era lo único que podía decir. Eso y que en el palacio de Sadam siempre había sido bien recibida. No, no iba a juzgar a Sadam Husein; su abuelo no se lo habría permitido y a ella tampoco le apetecía.

– Usted sabe que esto pasa -insistió Miranda.

El silencio de Clara empezó a fastidiar a la periodista.

– Lo que necesita Oriente es una revolución, pero una revolución de verdad, que acabe con tanto gobernante criminal, con esos regímenes medievales que no tienen el más mínimo respeto a los seres humanos. El día en que la gente se dé cuenta de que el cáncer lo tienen dentro y se decida a extirparlo, ese día Oriente se convertirá en una potencia -insistió Miranda.

– ¿Y le interesa a alguien que sea así? -preguntó Clara con tono irónico.

– No, claro que no. Interesa que continúen siendo esclavizados por sus gobernantes corruptos y que crean que la culpa de todos los males la tiene Occidente, los infieles, y que la solución es pasarles a cuchillo. Mantienen a la gente en la ignorancia para servirse de ellos, y lo peor es que la gente como usted no hace nada, se cruzan de brazos, se abstraen de lo que sucede a su alrededor porque no les falta de nada.

– ¿Usted de qué lado está? -preguntó Clara.

– ¿Yo? No, no estoy con Bush ni a favor de la guerra, ya lo sabe, pero tampoco soy una progresista de salón de esa especie que hay en Occidente, que han decidido que lo políticamente correcto es decir que todo lo musulmán es estupendo y que hay que respetar las peculiaridades de cada cual. Yo no respeto nada ni a nadie que no esté del principio al final con la Declaración de Derechos Humanos, y en esta parte del mundo no hay nadie que lo haga.

– Vive usted una contradicción.

– Se equivoca, lo que no soy es hipócrita, sólo políticamente incorrecta.

– Habla como Yves… -murmuró Clara.

– ¿Yves? ¡Ah, el profesor Picot! Me ha parecido un tipo estupendo.

– Lo es, aunque tiene sus rarezas.

Clara miró a Miranda y de repente entendió que Picot necesitaba marcharse no sólo por la cercanía de la guerra, sino también por la añoranza de otras cosas que, ahora estaba segura, la periodista le había recordado.

Las expediciones arqueológicas nunca duraban tanto tiempo de forma continuada, y en cualquier caso, la gente iba y venía. Ellos llevaban seis meses encerrados en Safran, lo que para Picot y sus amigos sin duda era demasiado.

– Es usted una mujer… peculiar-dijo Miranda.

– ¿Yo? ¿Por qué? Sólo soy una arqueóloga convencida de que aquí debajo está la Biblia de Barro.

– La profesora Gómez me ha dicho que no es seguro siquiera que existiera el patriarca Abraham.

– Si encontramos las tablillas demostraremos que Abraham no es una leyenda. Yo estoy convencida de que existió, de que salió de Ur para ir a Canaán, que algo le hizo ser monoteísta, y a partir de ese momento llevó el germen de Dios por donde quiera que fue. Por eso debemos encontrar esas tablillas en las que el escriba Shamas dejó escrita la idea de la Creación según Abraham.

– Resulta curioso que cuando usted estuvo en Roma en el congreso de arqueólogos ningún alto cargo eclesiástico se pusiera en contacto con usted al menos para ver esas dos tablillas que tiene en su poder.

– No, nadie lo hizo, pero tampoco lo esperaba. La Iglesia no cuestiona la existencia de los patriarcas. Si encontramos las tablillas, mejor que mejor, pero si no las encontramos les da lo mismo, no afecta a los cimientos de la religión.

– Y el cura, ese Gian Maria, ¿por qué está aquí?

– Ayudándonos, nada más. Es una persona buena y muy eficaz.

– Pero es cura y aquí no pinta nada.

– ¿Quién le ha dicho que no hay curas arqueólogos? Gian Maria es experto en lenguas muertas, de manera que su aportación a esta expedición es esencial.

– ¿Qué hará cuando Picot y su gente se vayan?

– Aguantarme y excavar.

– Las bombas no hacen excepciones.

Clara se encogió de hombros. La guerra se le antojaba una entelequia, algo que no creía que fuera a suceder, y en cualquier caso nada tenía que ver con ella.

El ruido de los jeeps rasgó la calma del amanecer. El equipo de arqueólogos comenzaba a llegar. Uno de los coches se paró delante de la tienda donde hablaban las dos mujeres. Ayed Sahadi saltó del coche y sin ocultar su rabia se dirigió a Clara.

– ¡Otra vez nos la ha jugado! Su abuelo ha ordenado azotar a los hombres que se encargan de su seguridad, y a mí… a mí no sé lo que me espera. ¿Le divierte provocar la desgracia?

– ¿Cómo se atreve a hablarme así?

Miranda observaba fascinada la escena. La ira de ese hombre no era la de un simple capataz, aunque como tal se lo habían presentado el día anterior. Su porte era el de un militar, pero en el país de Sadam muchos lo eran.

Clara y Ayed Sahadi se miraban enfurecidos como si estuvieran a punto de saltar el uno sobre el otro. Los segundos se hacían interminables, pero Miranda vio que Ayed Sahadi respiraba hondo y recuperaba el control.

– Suba al coche. Su abuelo quiera verla de inmediato. Ayed Sahadi salió de la tienda y se sentó al volante esperando a que Clara decidiera acompañarle.

Clara terminó de beber lentamente el café y miró a Miranda.

– Bien, nos veremos luego.

– ¿Su abuelo manda azotar a la gente?

La pregunta de Miranda la pilló de improviso. Para ella era natural que su abuelo obrara como creía conveniente, y estaba acostumbrada desde la infancia a que su abuelo ordenara azotar a quien quebrantaba alguna de sus normas.

– No haga caso a Ayed, es su manera exagerada de hablar.

Salió de la tienda maldiciendo al capataz, que había puesto en evidencia a su abuelo delante de la periodista. Esperaba que el comentario de Ayed no tuviera consecuencias, pero si las tenía sería ella misma quien ordenaría que le azotaran hasta que suplicara perdón.

Miranda les vio partir y se quedó pensativa. No había creído a Clara, estaba convencida de que Ayed había dicho la verdad. Decidió ir al campamento, intentar conocer al abuelo de Clara y averiguar si alguien había sido azotado. Sintió un estremecimiento sólo de pensarlo.

Clara se estaba bajando del jeep cuando Salam Najeb, médico de su abuelo, salía de la casa.

– Quiero hablar con usted.

– ¿Qué sucede? -preguntó alarmada.

– Su abuelo está empeorando, deberíamos de trasladarle a El Cairo, aquí… aquí se va a morir.

– ¿Es que usted no puede hacer nada?

– Sí, podría operarle, pero no tengo los medios adecuados y podría morir.

– ¿Y de qué sirve el quirófano que mandó instalar mi abuelo?

– Para una emergencia… pero su abuelo está peor, no aguantará.

– Usted no quiere asumir la responsabilidad de lo que le pase, ¿verdad?

– No, no quiero. Todo esto es una locura. Tiene un cáncer en el hígado, con metástasis a otros órganos, y estamos en medio de una aldea polvorienta, no tiene sentido. Usted decide.

No le respondió y entró en la casa. Fátima la aguardaba llorosa en la puerta del cuarto de su abuelo.

– Niña, el señor está peor.

– Lo sé, pero que no te vea lamentarte; él no lo soportaría, ni yo tampoco.

La apartó y entró en la habitación mantenida en penumbras donde Samira, la enfermera, le velaba.

– ¿Clara? -La voz de Alfred Tannenberg sonaba apagada.

– Sí, abuelo, estoy aquí.

– Debería mandar azotarte también a ti.

– Perdona, no he querido asustarte.

– Pues lo has hecho. Si algo te sucediera… morirían todos, juro que morirían todos.

– Vamos, abuelo, estate tranquilo. ¿Cómo te encuentras?

– Muriéndome.

– ¡No digas tonterías! No te vas a morir y menos ahora que estamos a punto de encontrar la Biblia de Barro.

– Picot se quiere ir.

– ¿Cómo lo sabes?

– Sé todo lo que sucede aquí.

– Nos dará tiempo a encontrar las tablillas, no te preocupes, y si se va continuaremos nosotros.

– He mandado llamar a Ahmed.

– ¿Va a venir?

– Tiene que venir, debe contarme cómo marcha la operación en la que estamos trabajando, y tenemos que ultimar algunos detalles para que te vayas de aquí.

– ¡No me voy a ir!

– ¡Harás lo que yo te diga! ¡Ninguno de los dos se quedará aquí! Si me muero antes, me da lo mismo donde me entierres, pero si estoy vivo, si me queda un soplo de vida, me agarraré a él y no me dejaré matar por las bombas de nadie. De manera que nos iremos los dos, o bien a El Cairo juntos o tú te irás con Picot.

– ¿Con Picot? ¿Por qué?

– Porque lo digo yo. Y ahora déjame, necesito descansar y tengo que pensar. Esta tarde llegará Yasir y quiero que me encuentre sentado. Aún me tiene miedo, pero si me ve encogido en la cama intentará matarme.

Clara besó a su abuelo en la frente y salió del cuarto. No le había hablado de la indiscreción de Ayed Sahadi para no disgustarle aún más. Su abuelo tenía razón, necesitaba estar bien o al menos parecerlo, y ella le ayudaría en el empeño.