Encontró a Salam Najeb en el improvisado hospital instalado al lado de la casa. El médico ordenaba de manera mecánica el instrumental de quirófano.
– Mi abuelo tiene que vivir.
– Todos queremos vivir.
– Pues manténgale con vida, haga lo que sea.
– Si estuviéramos en El Cairo aún podríamos intentarlo.
– Pero estamos aquí y aquí es donde usted hará su trabajo; le pagamos espléndidamente para que lo haga, tiene que procurar que aguante.
– Yo no soy Dios.
– Desde luego que no, pero conocerá alguna forma de alargar la vida a un anciano desahuciado. Evítele los dolores, déle lo que sea para que se mantenga despierto y pueda aparentar ante la gente que está bien. Ya veremos si regresamos a El Cairo, pero mientras estemos aquí mi abuelo tiene que parecer el que era.
– No será posible.
– Pues haga un imposible.
– Lo que usted me pide significa darle unos medicamentos que pueden terminar acortando su vida.
– Haga lo que le he dicho.
El tono frío de Clara no dejaba lugar a dudas. Salam Najeb miró a la mujer, pero en vez del rostro atractivo y la mirada azul transparente encontró una mueca a modo de sonrisa y los ojos turbios. Se parecía a su abuelo, era una réplica de él.
Miranda la esperaba a pocos metros del hospital. La periodista fumaba un cigarro y se dirigió hacia ella.
– Me gustaría ver a su abuelo.
– No recibe a nadie -respondió fríamente Clara.
– ¿Por qué?
– Porque es un anciano que no está bien de salud, y a lo último a lo que le sometería es a una sesión con la prensa.
Clara entró en la casa y cerró la puerta sin dar tiempo a que Miranda entrara. Se tumbó sobre la cama y se puso a llorar. Lo necesitaba.
Cuando media hora después Fátima entró en el cuarto de Clara, la encontró con los ojos enrojecidos y un ligero temblor en los labios.
– Niña, tienes que ser fuerte.
– Lo soy, no te preocupes.
– Yasir llegará esta tarde; tienes que convencer al doctor de que tu abuelo tiene que parecer fuerte.
– Lo parecerá.
– Los hombres sólo respetan la fuerza.
– Nadie dejará de respetar a mi abuelo mientras viva.
– Así ha de ser. Dime, ¿dónde vas?
– Los periodistas se marchan a mediodía, debemos despedirles. Quiero hablar con Picot y disponer las cosas para cuando llegue Yasir.
Fátima se dio cuenta de que Clara parecía haberse endurecido en la última hora. Veía en sus ojos la fiera resolución de su abuelo y supo que algo o alguien había hecho aflorar en ella lo peor de los Tannenberg.
Yves Picot hablaba con los periodistas; a Clara no se le escapó las miradas que intercambiaba con Miranda.
«Se gustan -pensó-, se sienten atraídos, y no lo ocultan. Por eso él se quiere ir cuanto antes, está harto de estar aquí; en cuanto se largue, se irá detrás de ella.»
Fabián y Marta compartían la charla lo mismo que Gian Maria y que Lion Doyle.
– Hola, ¿cómo es que no estáis trabajando? -preguntó Clara intentando dar un tono despreocupado a su voz.
Marta Gómez la examinó de refilón dándose cuenta de que en los ojos de Clara había huellas de lágrimas.
– Estamos despidiéndonos de estos amigos -explicó Fabián.
– Espero que hayan encontrado interesante lo que estamos haciendo aquí -dijo Clara dirigiéndose a todos y a nadie en particular.
Los periodistas asintieron dando las gracias por la amabilidad con que habían sido tratados y la conversación transcurrió por derroteros insustanciales, aunque Clara se sabía observada por Miranda y por Marta. Se había puesto un colirio en los ojos para que desaparecieran las huellas de la llantina, pero sabía que la periodista y la profesora se habían dado cuenta de que había llorado.
El tiempo se le hizo eterno hasta que vio a los periodistas subirse a los helicópteros. Fabián parecía apenado porque se fueran, lo que la irritó aún más de lo que ya estaba.
Miranda se acercó a Clara. Las dos mujeres se miraron fijamente a los ojos en un duelo mudo y sordo para los demás, salvo para Marta Gómez, que las observaba.
– Me ha gustado conocerla-dijo Miranda-, espero que volvamos a vernos. Supongo que usted regresará en algún momento a Bagdad; yo me quedaré allí toda la guerra, si es que no me matan.
– ¿Se va a quedar en Bagdad?
– Sí, muchos periodistas nos vamos a quedar.
– ¿Por qué?
– Porque alguien tiene que contar lo que pasa, porque la única manera de intentar detener el horror es relatarlo. Si nos vamos, sería peor.
– ¿Peor para quién?
– Para todos. Salga de su castillo, mire alrededor y lo entenderá.
– ¡Por favor, déjese de sermones! Estoy un poco harta de que me hablen con esa superioridad.
– Lo siento, no era mi intención molestarla.
– Buen viaje.
– ¿La veré en Bagdad?
– Quién sabe…
Picot se acercó a Miranda y tiró de ella riendo porque el helicóptero estaba a punto de despegar.
– ¡Quédate con nosotros hasta que nos vayamos! -le dijo.
– No sería mala idea, pero me temo que en mi empresa no lo entenderían.
Se besaron en la mejilla y él la ayudó a subir al helicóptero, luego levantó la mano mientras el aparato se elevaba para perderse en el horizonte.
– Parece que ha congeniado usted con Miranda -le dijo Clara resentida.
– Pues sí, es una mujer estupenda. Me ha gustado haberla conocido, y espero tener la oportunidad de verla fuera de aquí.
– Se va a quedar en Bagdad.
– Ya lo sé, es una insensata como usted. Las dos creen en una causa y están dispuestas a jugarse el pellejo llegando hasta el final.
– No tenemos nada en común. -Clara estaba cada vez más irritada.
– No, sólo la cabezonería, pero eso seguramente es común a todas las mujeres.
– Al resto déjanos en paz -terció Marta riéndose.
– Volvamos a trabajar, esta gente nos ha retrasado y mientras estemos aquí hay que seguir -dijo Fabián.
– Fabián tiene razón, por cierto, ¿has podido hablar con Bagdad? -quiso saber Marta.
– Sí, Ahmed viene hacia aquí. Creo que llega esta tarde, así que esperaremos a ver qué nos cuenta y luego decidiremos. Pero por si tenemos que irnos, voy a pedirle a Lion Doyle que fotografíe todo lo que hemos encontrado y dónde ha aparecido. Quiero que haga un trabajo meticuloso, porque si vienen los chicos del Tío Sam y sueltan sus bombas aquí, todo esto desaparecerá. No sólo quiero fotos, quiero un vídeo, espero que Lion sea capaz de hacerlo.
– Como siempre, Yves piensa en todo -apuntó Fabián.
– No es que piense en todo, es que me parece que ha llegado el momento de la retirada y quiero que estemos preparados por si nos tenemos que ir de forma precipitada.
– Bueno, Yves, Lion parece un buen profesional. Al menos el reportaje de Arqueología científica es muy bueno.
– Y tú, Marta, salías muy guapa -respondió Picot.
– Me gustaría que habláramos sobre el plan de trabajo futuro, tanto por si se quedan como si se van -terció Clara.
– El trabajo está hecho, sólo nos queda encontrar la Biblia de Barro, pero por lo demás ahí está el templo, más de doscientas tablillas en buen estado, restos de cerámicas, estatuas… La expedición ha sido un éxito. No me arrepiento de haber venido. Marta, Fabián, ¿y vosotros?
– Ya sabes que no. Ha sido una experiencia muy especial trabajar en estas condiciones. Creo que nos estábamos convirtiendo en autómatas y que los periodistas nos han recordado que hay otra realidad. No me importa seguir, pero te confieso que tampoco me importaría regresar, ¿y tú, Marta?
– Yo, Fabián, a pesar de que echo de menos un buen baño, tengo que decir que no me gustaría marcharme sin encontrar la Biblia de Barro.
Clara miró a Marta con agradecimiento. Había llegado a apreciar a la estricta profesora capaz de imponerse de manera natural incluso a Picot.
– Buscábamos una leyenda y hemos encontrado una realidad. ¿No es bastante? -preguntó Fabián.
– Buscamos la Biblia de Barro y hemos encontrado un templo, no está mal, pero… yo apuraría el tiempo un poco más -insistió Marta.
– No es un problema de apurar el tiempo, es que los norteamericanos están a punto de bombardear, lo has escuchado como nosotros, y no estoy dispuesto a que nos juguemos la vida. Hemos traído a un montón de gente, chicos de la universidad que tienen toda la vida por delante y a los que no podemos pedir que se arriesguen excavando un poco más por si encontramos esas tablillas -protestó Picot.
– Yves, sé que tienes razón, pero si te digo la verdad me dan ganas de quedarme -afirmó Marta.
– Sería una estupidez. Tú sabes que si estalla la guerra la misión arqueológica se irá al garete, los hombres serán reclamados por el ejército y comenzará eso tan humano del sálvese quien pueda.
– Lo sé, Fabián, lo sé. Sólo expreso un sentimiento, nada más. Si regresamos, lo haremos todos juntos, no soy ninguna suicida aventurera.
– En cualquier caso, Clara, me parece bien que hagamos una recapitulación de lo hecho y de lo que queda por hacer. Si le parece, lo haremos después de que escuchemos a su marido, si es que llega esta tarde como está previsto, ¿de acuerdo?