Clara se acercó despacio a la puerta de la casa de Gian Maria y se sentó a su lado. También ella encendió un cigarrillo y dejó vagar la mirada por el infinito.
– No debe quedarse, el profesor Picot tiene razón.
– Lo sé, pero me quedaré, no estaría tranquilo sabiéndola aquí.
– Puede que mi abuelo me obligue a ir a El Cairo.
– ¿A El Cairo?
– Sí, ya sabe que parte de mi familia es de allí. Tenemos una casa, a la que le invito a ir cuando quiera.
– Entonces, ¿se marchará? -le preguntó sin ocultar su preocupación.
– Me resistiré todo lo que pueda, pero es posible que mi abuelo me obligue a irme si estalla la guerra. Usted que es bueno, podría pedirle a Dios que nos ayude a encontrar esas tablillas.
– Se lo pediré, pero pídaselo usted también, ¿alguna vez reza?
– No, nunca.
– ¿Es musulmana?
– No, no soy nada.
– Aunque no sea practicante, tendrá alguna religión.
– Mi madre era cristiana, estoy bautizada, pero nunca he pisado una iglesia ni he entrado en una mezquita más que por curiosidad.
– Entonces, ¿por qué esa obsesión por encontrar la Biblia de Barro? ¿Sólo por vanidad?
– Hay niños que crecen escuchando cuentos de hadas o de príncipes encantados. Yo lo hice escuchando a mi abuelo hablar de la Biblia de Barro. Me decía que estaba esperando a que yo la encontrara, y me contaba cuentos en los que yo era la heroína, una arqueóloga que encontraba un tesoro, el tesoro más importante del mundo, la Biblia de Barro.
– Y quiere hacer realidad un sueño infantil.
– Usted no termina de creerse que el patriarca Abraham le hablara a un escriba de la Creación.
– La Biblia no dice nada al respecto y es tan precisa al relatar la historia del patriarca…
– Usted sabe que la arqueología no ha encontrado algunas de las ciudades descritas en la Biblia, y ni siquiera hay seguridad de la existencia de algunos de sus personajes, y sin embargo usted cree en todo lo que dice el Libro Sagrado.
– Clara, yo no digo que no haya una Biblia de Barro. Abraham vivía en esta tierra, conocía las leyendas sobre la Creación del mundo, sobre el Diluvio; bien pudo hablar de esas leyendas a alguien, o quizá Dios le había revelado la Verdad… no lo sé; sinceramente, no termino de saber qué pensar sobre este asunto.
– Pero está aquí, ha trabajado como el que más, y ahora se quiere quedar. ¿Por qué?
– Si existe la Biblia de Barro yo también la quiero encontrar. Sería un descubrimiento extraordinario para los cristianos.
– Sería un descubrimiento como el de Troya, o el de Micenas, como las tumbas de los faraones en el Valle de los Reyes… Quien encuentre la Biblia de Barro pasará a la historia.
– ¿Usted quiere pasar a la historia?
– Yo quiero encontrar esas tablillas de mi abuelo, quiero poder entregárselas, quiero cumplir con su sueño.
– Le quiere mucho.
– Sí, quiero muchísimo a mi abuelo, y… creo que él sólo me ha querido a mí.
– Los hombres le tienen miedo, incluso Ayed Sahadi.
– Lo sé, mi abuelo… mi abuelo es exigente, le gusta el trabajo bien hecho.
Gian Maria no quiso decirle que los hombres aseguraban que Alfred Tannenberg se complacía con el dolor ajeno, que humillaba a los humildes, y castigaba con sadismo a quienes le contrariaban. Tampoco quiso decirle todo lo que sabía de él.
Sólo en una ocasión Gian Maria había estado con Alfred Tannenberg, hacía unos días, cuando una tarde acudió a entregar a Clara una copia de la traducción de las últimas tablillas encontradas.
Tannenberg estaba sentado en la sala leyendo y le mandó pasar. Le interrogó a fondo durante quince minutos, luego pareció aburrirse y le mandó esperar en la puerta de la calle a que saliera Clara. Gian Maria abandonó la casa sabiendo que había visto en Tannenberg a una manifestación del mismísimo diablo, estaba seguro que el Maligno había anidado en aquel hombre.
– Usted no se parece a su abuelo -afirmó el sacerdote.
– Yo creo que sí; mi padre decía que era tan tozuda como mi abuelo.
– No, no me refiero a la tozudez, me refiero a su alma, su alma no es como la de su abuelo.
– Pero usted no conoce a mi abuelo -protestó Clara-; no sabe cómo es.
– He llegado a conocerla a usted.
– ¿Y qué piensa de mí?
– Que es una víctima. Víctima de un sueño, el de su abuelo. Un sueño que no le ha permitido a usted tener sus propios sueños, y que ha determinado su vida de tal manera que está prisionera sin saberlo.
Clara le miró fijamente y se levantó. No estaba enfadada con Gian Maria, no podía estarlo, todo lo que le había dicho sentía que era verdad, y además el sacerdote le había hablado con afecto, sin pretender ofenderla, casi tendiéndole la mano para guiarla entre las tinieblas.
– Gracias, Gian Maria.
– Buenas noches, Clara, que descanse.
Fátima la esperaba en la puerta de la casa y le hizo un gesto para que permaneciera en silencio; luego la condujo al cuarto de su abuelo, donde Samira, la enfermera, estaba poniendo una inyección a su abuelo bajo la atenta mirada del doctor Najeb.
– Ha hecho un esfuerzo superior al previsto para demostrar que está bien -susurró el médico.
– ¿Ha tenido alguna crisis? -quiso saber Clara.
– Apenas llegado al cuarto ha sufrido un desmayo. Menos mal que Samira estaba aquí esperando para ponerle una inyección antes de dormir, si no, no sé qué habría pasado -explicó el doctor Najeb.
Samira ayudó a Fátima a acostar al anciano y éste tendió la mano hacia Clara, que se sentó a su lado.
– Te has esforzado demasiado; no dejaré que lo vuelvas a hacer -le riñó mientras le acariciaba la mano.
– Estoy bien, sólo cansado. Esos hombres son como hienas, venían a comprobar si ya estaba muerto para lanzarse sobre mí. He tenido que demostrarles que si se acercan serán ellos los que mueran.
– Abuelo, ¿no deberías de confiar en mí?
– Confío en ti, eres la única persona de quien me fío.
– Entonces explícame cuál es esa operación tan importante, dime qué quieres que se haga, y yo les haré cumplir tus órdenes. Puedo hacerlo.
Alfred Tannenberg cerró los ojos mientras apretaba la mano de su nieta. Durante un segundo tuvo la tentación de explicar a Clara el alcance de la operación Adán, y así poder descansar, pero no lo hizo porque sabía que si en ese momento ponía a su nieta al frente del negocio, sus amigos y enemigos lo interpretarían como una señal de su debilidad. Además, se dijo, Clara no estaba preparada para tratar con hombres para los que la vida y la muerte eran una raya fácil de traspasar, siempre y cuando se tratara de la muerte de los demás.
– Doctor, quiero quedarme solo con mi nieta.
– No debe cansarse…
– Salgan.
Fátima abrió la puerta, dispuesta a hacer cumplir la orden de Tannenberg. Samira salió la primera, seguida del doctor Najeb, luego Fátima cerró la puerta tras ella.
– Abuelo, no te esfuerces…
– Los norteamericanos atacarán el 20 de marzo. Tienes quince días para encontrar la Biblia de Barro.
Clara se quedó callada ante el impacto de la noticia. Una cosa era creer que iba a haber guerra y otra muy distinta saber con exactitud el día que iba a comenzar.
– Entonces es inevitable.
– Lo es, y gracias a la guerra ganaremos mucho dinero.
– ¡Pero, abuelo…!
– Vamos, Clara, eres una mujer, y supongo que ya has aprendido que no hay negocio más rentable que el de la guerra. Yo he tenido siempre las manos metidas en guerras. Hemos levantado nuestra fortuna gracias a la estupidez de los demás. Leo en tus ojos que no quieres que te diga la verdad, bien, dejémoslo. No debes decir a nadie que el 20 comenzará la guerra.
– Picot se quiere marchar.
– Que se vaya, no importa, sólo que hay que procurar que se quede unos días más, que salgan de aquí el 17 o el 18. Hasta entonces podéis trabajar.
– ¿Y si no encontramos las tablillas?
– Habremos perdido. Habré perdido el único sueño que he tenido en mi vida. Mañana hablaré con Picot. Quiero proponerle algo para que todo este trabajo no haya sido inútil y sobre todo para salvarte.
– ¿Nos iremos a El Cairo?
– Ya te lo diré. ¡Ah, y ten cuidado con ese marido tuyo! No te dejes engatusar.
– Ahmed y yo hemos terminado.
– Sí, pero es mucho lo que tengo, mucho lo que vas a heredar y yo me estoy muriendo. Puede que intente una reconciliación; mis amigos se fían de él, le saben un hombre capaz, por lo que no les importaría que me sustituyera al frente del negocio si me muero.
– ¡Por Dios, abuelo!
– Niña, tenemos que hablar de todo, no hay tiempo para sutilezas. Y ahora déjame dormir. Mañana ofrece a los hombres doble paga para que se empleen a fondo, tienen que seguir desenterrando ese maldito templo, hasta que encuentren la Biblia de Barro.
Cuando salió del cuarto de su abuelo, Clara encontró a Samira y a Fátima esperando.
– El doctor ha dicho que le vigile esta noche -explicó Samira.
– Le he dicho que yo me puedo quedar… -se quejó Fátima.