Pensó que tanto le daba lo que hiciera o hubiera hecho su abuelo. Le quería igual, no le reprochaba nada, y decidió en lo más íntimo de su ser que le defendería de quienes como Ahmed o Yasir ansiaban verle muerto.
Ahmed la observaba moverse de un lado a otro de la habitación y creía que en cualquier momento la vería derrumbarse sin poder contener las lágrimas. Se sorprendió al ver que Clara se dominaba y asumía el control de sí misma, sin dar una oportunidad al sinfín de emociones que pugnaban por aflorar.
– Espero que tú y Yasir estéis a la altura de lo que mi abuelo os ha encomendado. Desde luego, estaré atenta para que no deis ningún paso en falso; si lo hacéis…
– ¿Me estás amenazando? -preguntó Ahmed sin ocultar su sorpresa.
– Sí, así es, te estoy amenazando. Supongo que no te sorprenderá viniendo de una Tannenberg.
– ¿Quieres hacerte un lugar en el gran negocio de la delincuencia?
– Ahórrate las ironías y no te equivoques conmigo. Creo que no me conoces, Ahmed, me subvaloras, y ése puede ser un error que puedes pagar caro.
El hombre no salía de su asombro. Realmente le parecía que aquella mujer con la que había dormido en los últimos años era una perfecta desconocida. Y la creyó, sí; al escucharla hablar como lo hacía, supo que esa mujer sería capaz de todo.
– Siento haberte dado un disgusto, pero ya era hora de que supieras la verdad.
– No seas cínico, y ahora, descansa si quieres. Me voy a dormir al cuarto de Fátima, aquí apesta, apesta a ti. Márchate en cuanto puedas, y cuando la operación termine, procura no cruzarte en mi camino. Yo no seré tan generosa como mi abuelo.
Clara salió de la habitación cerrando la puerta suavemente. No sentía nada, absolutamente nada por Ahmed, sólo lamentaba los años perdidos a su lado.
Fátima se sobresaltó al oír los golpes secos en su puerta. La mujer se levantó de la cama y entreabrió la puerta.
– ¡Clara! ¿Qué te pasa?
– ¿Puedo dormir aquí?
– Métete en mi cama, yo me tumbaré en el suelo.
– Hazme un sitio, cabemos las dos.
– No, no, la cama es muy pequeña.
– No discutas, Fátima, me echaré sobre la cama a tu lado, siento haberte despertado.
– ¿Has discutido con Ahmed?
– No.
– Entonces, ¿qué ha pasado?
– Ahmed ha querido hacerme daño explicándome… explicándome en qué consisten algunos de los negocios de mi abuelo. Robos, asesinatos… ¿creería que iba a dejar de querer a mi abuelo? ¿Tan poco me conoce?
– Niña, las mujeres no debemos meternos en los negocios de los hombres, ellos saben lo que tienen que hacer.
– ¡Qué tontería! Te quiero mucho, Fátima, pero nunca he entendido tu sumisión sin límites a los hombres. ¿Tu marido robaba o mataba?
– Los hombres matan, ellos saben por qué.
– ¿Y a ti no te importa vivir con hombres que matan?
– Las mujeres cuidamos a los hombres y tenemos sus hijos, les procuramos bienestar en casa, pero no vemos, ni oímos, ni hablamos, o no seríamos buenas esposas.
– ¿Es tan fácil como lo dices? No ver, ni oír, callar…
– Es como debe ser. Desde que el mundo existe los hombres pelean. Por la tierra, por la comida, por sus hijos, y mueren y matan. Las cosas son así y ni tú ni yo las vamos a cambiar, además, ¿quién las quiere cambiar?
– Tu hijo está muerto, le mataron y yo te vi llorar.
– Le lloro a diario, pero así es la vida.
Clara se tumbó sobre la cama y cerró los ojos. Estaba agotada, pero la conversación con Fátima le daba tranquilidad. La vieja criada parecía conforme con las tragedias que deparaba la vida.
– ¿Tú sabías que mi abuelo tiene negocios… negocios en los que a veces es necesario matar?
– Yo no sé nada. El señor hace lo que tiene que hacer, él sabe mejor que nosotras lo que es necesario.
Las venció el sueño hasta que el primer rayo de sol se coló por una rendija de la ventana.
Fátima se levantó y al cabo de un rato entró con una bandeja que colocó ante Clara.
– Desayuna deprisa, el profesor Picot quiere verte.
Cuando llegó a la excavación hacía rato que los miembros de la misión estaban trabajando. Marta se acercó a ella con restos de arcilla en la mano.
– Mira esta arcilla, aquí hubo un incendio. Hemos encontrado restos que indican que el templo sufrió un incendio, no sé si fortuito o provocado. Es curioso, pero esta mañana parece que estamos de suerte, hemos podido despejar el perímetro de otro patio y han quedado a la vista unos cuantos escalones, y armas, espadas y lanzas quebradas, carcomidas por la tierra. Pienso que quizá este templo fue atacado, arrasado en alguna contienda.
– Normalmente respetaban los templos -replicó Clara.
– Sí, pero en ocasiones las necesidades de dinero llevaron a algunos reyes a enfrentarse con el poder religioso. Por ejemplo, durante el reinado de Nabónides su necesidad de dinero le llevó a introducir cambios en las relaciones entre el poder real y el religioso. Suprimió al escriba del templo, lo sustituyó por un administrador real, el resh sharri, cuya autoridad estaba por encima de la del sacerdote administrador del templo, el qipu, y del shatammu, el responsable de las actividades comerciales.
»O pudo suceder que en alguna invasión o guerra entre reyes, el templo sufriera la misma suerte que otros recintos o ciudades.
Clara escuchaba con atención las explicaciones de Marta, por la que sentía un gran respeto, no sólo por sus conocimientos sino por cómo era. La envidiaba por el respeto que le tenían cuantos trabajaban en la misión, incluido Picot, que la trataba siempre como a una igual.
Pensó que ella no se había ganado en la vida que la respetaran lo mismo que a Marta, al fin y al cabo, se dijo, no había nada en su biografía digno de destacar, absolutamente nada, salvo un apellido, Tannenberg, que en algunos lugares de Oriente era respetado y temido. Pero el respeto y el temor eran para su abuelo, ella sólo se beneficiaba de ser su nieta.
– ¿Lo ha visto el profesor Picot?
– ¿Yves? Sí, claro, y hemos decidido emplear más hombres en este sector, hoy trabajaremos hasta tarde; en realidad, el tiempo que nos quede tenemos que aprovecharlo.
Fabián, sujeto por una cuerda y sostenido por un aparato con poleas manejado por unos obreros bajo la mirada atenta de Picot, se deslizaba por un hueco que parecía conducir a alguna estancia desconocida, donde todo era oscuridad.
– Ten cuidado, parece hondo -le decía Picot.
– No te preocupes, seguid soltando la cuerda, ya veremos adónde conduce esto.
– Sí me preocupo, y enciende ya la linterna. Si abajo hay espacio también iré yo.
Fueron bajando a Fabián lentamente hasta que se perdió en la profundidad de un agujero oscuro que parecía ser otra planta inferior del templo; o acaso sólo era un pozo, no lo sabrían hasta que el arqueólogo no saliera de nuevo a la luz. Picot parecía nervioso y volvió a asomarse por el agujero llamando a Fabián.
– ¿Cómo vas?
– Bajadme un poco más, aún no toco nada -respondió Fabián, aunque su voz sonaba cada vez más lejana.
Luego escucharon un ruido sordo y a continuación silencio. Picot empezó a atarse una cuerda alrededor de la cintura, lo mismo que había hecho Fabián.
– Espera, deja que Fabián nos diga qué hay abajo -le pidió Marta.
– No quiero dejarle solo.
– Yo tampoco, pero no pasará nada por esperar unos minutos. Si no recibimos ninguna señal, bajamos -dijo Marta.
– Bajaré yo -respondió Picot.
Marta no respondió; sabía que esa decisión la adoptarían en virtud de las circunstancias, de manera que evitó la discusión.
Minutos después vieron cómo la cuerda se tensaba, señal de que Fabián les llamaba. Yves Picot se acercó más a la boca del agujero y sólo alcanzó a distinguir un haz de luz en la negrura.
– ¿Estás bien? -gritó con la esperanza de que Fabián le escuchara.
De nuevo sintieron el tirón en la cuerda sujeta por la polea.
– Bajo. Sujetadme, e id a buscar focos para iluminar lo que pueda haber abajo.
– No tenemos focos -respondió uno de los obreros.
– Pues lámparas, linternas, lo que tengamos -respondió malhumorado Picot mientras se aseguraba de estar bien enganchado a la polea-. Marta, voy a bajar, te quedas a cargo de todo.
– Yo también bajo.
– No, quédate; si nos pasa algo, ¿quién se queda al frente de esto?
– Yo.
Marta y Picot miraron a Clara, que había dicho un «yo» tan rotundo que les sorprendió.
– Le recuerdo, profesor, que esta misión es de los dos. Estoy segura de que no va a pasar nada, pero en todo caso aquí estoy yo.
Yves Picot miró a Clara de arriba abajo sopesando si debía dejarle al cargo de la expedición, luego se encogió de hombros y con un gesto de la mano indicó a Marta que le siguiera.
Primero se deslizó él sintiendo la humedad de la tierra pegada a la ropa; después le siguió Marta.
Diez metros más abajo tocaron el suelo, y vieron que Fabián, en cuclillas, a pocos metros parecía raspar un trozo de pared con la espátula.