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Salió corriendo, y en la puerta de entrada respiró al ver a los hombres que habitualmente guardaban la casa. Los mismos que la habían saludado minutos antes cuando la vieron despedirse de Gian Maria. ¿Cómo era posible que alguien hubiera entrado en la casa sin que esos hombres se dieran cuenta?

– Señora, ¿qué sucede? -le dijo uno de los guardias que se habían acercado al verla aparecer en el umbral con los ojos desorbitados y una expresión de pánico dibujada en el rostro.

Clara hizo un esfuerzo por hablar, por encontrar algún rastro de fuerza para enfrentarse a aquel hombre que lo mismo era un asesino, el asesino de Samira y de los otros guardias.

– ¿Dónde está el doctor Najeb? -preguntó con una voz apenas audible.

– Duerme en su casa, señora -respondió el hombre señalando la casa donde Salam Najeb descansaba.

– Avísele.

– ¿Ahora?

– ¡Ahora! -El grito de Clara dejaba al descubierto su desesperación.

Luego envió a otro de los hombres a buscar a Gian Maria y a Picot. Sabía que debía avisar a Ahmed, pero no quería hacerlo hasta que no llegaran el francés y el sacerdote. Desconfiaba de su marido.

El médico apareció apenas dos minutos después. No le había dado tiempo a peinarse para aparecer presentable porque el guardia no le había dado opción, así que había alcanzado a ponerse un pantalón y una camisa antes de salir a reunirse con Clara.

– ¿Qué sucede? -le preguntó, alarmado por el aspecto de la mujer.

– ¿A qué hora dejó a mi abuelo? -le preguntó Clara sin responder a la pregunta que le acababa de hacer el médico.

– Pasadas las diez. Estaba tranquilo, Samira se ha quedado de guardia. ¿Qué ha pasado?

Clara entró en la casa seguida por el médico y le llevó hasta la habitación de Tannenberg. Salam Najeb se quedo inmóvil en la puerta mientras en su rostro reflejaba el horror que le producía la situación. Con paso decidido, haciendo caso omiso al cuerpo sin vida de Samira, se acercó a la cama de Alfred Tannenberg. Le tomó el pulso, mientras contemplaba cómo surgían en el monitor las débiles constantes vitales del anciano. Le examinó a conciencia hasta asegurarse de que no había sufrido ningún daño y volvió a colocarle la mascarilla de oxígeno. A continuación preparó una inyección, y le cambió la botella de suero y medicamentos en la que apenas quedaban unas gotas de líquido. Durante un rato estuvo luchando para arrancar una señal de vida al cuerpo inerte del anciano.

Cuando terminó se volvió hacia Clara, que aguardaba en silencio.

– No parece haber sufrido ningún daño.

– Pero está inconsciente -balbuceó Clara.

– Sí, pero espero que empiece a reaccionar.

El médico echó una mirada por la habitación y se acercó a Samira. Se arrodilló y examinó cuidadosamente el cadáver de la mujer.

– La han estrangulado. Debió de intentar defenderse o defenderle a él -dijo señalando a Alfred Tannenberg.

Luego se levantó y se dirigió a un rincón del cuarto donde, tirada en medio de un charco de sangre, estaba Fátima. Hasta ese momento Clara no se había fijado en el cuerpo de la mujer y no pudo evitar gritar.

– Cálmese, está viva, respira, aunque tiene un golpe muy fuerte en la cabeza. Ayúdeme a levantarla, la llevaremos al hospital de campaña, aquí no la puedo atender. Voy a ver a los hombres de fuera.

Clara se arrodilló, llorando, junto a Fátima, intentando levantarla. Dos de los guardias que contemplaban la escena esperando instrucciones se acercaron y cogieron a la mujer llevándola hacia el hospital tal y como había ordenado el médico.

Cuando Clara vio entrar a Yves Picot y a Gian Maria sintió un alivio inmediato, y rompió a llorar.

Gian Maria se acercó y la abrazó mientras Picot intentaba que respondiera a sus preguntas.

– Tranquilícese, ¿está bien? ¿Qué ha sucedido? ¡Dios mío! -exclamó al ver el cadáver de Samira.

– Diga a los guardias que lleven el cadáver al hospital -le pidió el doctor Najeb a Clara-. A los hombres de fuera les mataron de un disparo. Creo que su asesino les disparó muy de cerca. Debió utilizar una pistola con silenciador. Ya he dicho que se los lleven al hospital.

– ¿Y mi abuelo? -gritó Clara.

– Ya he hecho lo que podía hacer. Alguien debería quedarse con él, no moverse de su lado y llamarme si pasa algo. Pero ahora tengo que atender a esa mujer, y usted tendría que llamar a las autoridades para que investiguen qué ha pasado aquí. A Samira la han asesinado.

Salam Najeb les dio la espalda. No quería que le vieran llorar y estaba llorando. Lloraba por Samira, y lloraba por él, por haber accedido a viajar a Safran para cuidar al anciano Tannenberg. Lo había hecho por dinero. Alfred Tannenberg le había ofrecido el sueldo de cinco años por cuidarle, además de prometerle que le regalaría un apartamento en alguna zona residencial de El Cairo.

Ayed Sahadi se cruzó con el médico en el umbral de la casa. El capataz parecía alterado, estaba pálido, sabiendo que Tannenberg le haría responsable de cualquier desgracia y que su jefe, el Coronel, sería capaz de torturarle personalmente si el sistema de seguridad del que era responsable había fallado.

Cuando entró en el cuarto de Tannenberg dos de sus hombres salían con el cadáver de Samira. Clara seguía llorando y Picot estaba ordenando a uno de sus hombres que fuera a buscar al alcalde del pueblo y encontrara a alguna mujer capaz de cuidar del enfermo.

– ¿Dónde estaba usted? -gritó Clara a Ayed Sahadi cuando le vio entrar.

– Durmiendo -respondió éste airado.

– Le costará caro lo que ha pasado -le amenazó Clara.

El capataz no le respondió, ni siquiera la miró. Empezó a examinar la habitación, la ventana, el suelo, la disposición de los objetos. Los hombres que le acompañaban permanecían expectantes sin atreverse a moverse sin su permiso.

Unos minutos más tarde llegó el comandante del contingente de soldados encargados de la protección de Safran y del sitio arqueológico.

El comandante hizo caso omiso de Clara y de Picot, y se enzarzó en una discusión con Ayed Sahadi. Ambos tenían miedo, el miedo de saber que sus superiores eran aún más crueles que ellos mismos y sobre todo que eran los dueños de sus vidas.

Clara observaba las señales que aparecían en los monitores a los que estaba conectado su abuelo. Creyó percibir que éste movía los párpados, pero supuso que era fruto de su imaginación.

Cuando llegó el alcalde acompañado de su mujer y dos de sus hijas Clara les explicó lo que esperaba de ellas. Se harían cargo de la casa, y las dos jóvenes no se separarían del lecho de Alfred Tannenberg.

Ayed Sahadi y el comandante de la guarnición parecían de acuerdo en que sus hombres irrumpieran en todas las casas y tiendas en busca de algún indicio que les llevara al sospechoso del asesinato de Samira, pero sobre todo de quien había sido capaz de llegar hasta el mismísimo lecho de Alfred Tannenberg. Además, todos los miembros del campamento, no importa quiénes fueran, serían cacheados e interrogados por los soldados. La decisión que más les costó tomar fue la de llamar al Coronel. Cada uno le informaría por su cuenta.

Alfred Tannenberg se movía inquieto y Clara temió que estuviera empeorando, por lo que envió a una de las hijas del alcalde en busca del doctor Najeb. La muchacha regresó, pero acompañada de Ahmed Huseini.

– Lo siento, no he venido antes porque estaba con el doctor. Me ha explicado lo que ha pasado y le he ayudado con Fátima. Está inconsciente, ha perdido mucha sangre. La golpearon en la cabeza con algo contundente. En realidad, no creo que pueda decirnos nada hasta mañana, porque además está sedada.

– ¿Vivirá? -preguntó Clara.

– Ya te he dicho que sí, al menos es lo que el doctor Najeb cree -respondió Ahmed.

– ¿Dónde está el doctor? -preguntó Gian Maria.

– Cosiéndole la cabeza a Fátima; en cuanto termine vendrá -fue la respuesta de Ahmed.

Fabián y Marta entraron en el cuarto después de sortear a varios hombres armados que estaban en la entrada. Yves Picot se acercó a ellos y les puso al tanto de lo sucedido. Después de escucharle, Marta se hizo cargo de la situación.

– Creo que deberíamos irnos a la sala, y no continuar hablando aquí dado el estado del señor Tannenberg. Aquí molestamos más que otra cosa. Usted -añadió dirigiéndose a la esposa del alcalde-vaya a preparar café, la noche va a ser muy larga, y cuando lo tenga llévelo a la sala.

Clara la miró agradecida. Confiaba en Marta, sabía que pondría orden en medio del caos.

Marta se dirigió al comandante y a Ayed Sahadi, que seguían discutiendo en un rincón del cuarto.

– ¿Han examinado a fondo la habitación? -les preguntó.

Los dos hombres respondieron ofendidos; sabían hacer su trabajo. Marta pasó por alto su respuesta.

– Entonces lo mejor es que salgan del cuarto y vayan a la sala o donde crean conveniente. Ustedes dos -les dijo a las hijas del alcalde- se quedarán con el señor Tannenberg como les han dicho, y en mi opinión también deberían quedarse un par de hombres en la habitación, pero nadie más. Vámonos a la sala, ¿os parece? -dijo sin dirigirse a nadie en particular.