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Salieron todos de la habitación y fueron a la pequeña sala tal y como les había ordenado Marta. Gian Maria no se despegaba del lado de Clara e Yves Picot especulaba con Fabián sobre lo sucedido.

– ¿No sería mejor que Clara nos dijera qué ha pasado? -dijo Marta.

El comandante y Ayed Sahadi cayeron en la cuenta de que no habían preguntado a Clara cómo y cuándo había entrado en la habitación de Tannenberg y se encontró el cadáver de Samira.

La esposa del alcalde entró con una bandeja cargada con el café y las tazas. La mujer también había colocado unas galletas en un plato.

Ayed Sahadi clavó los ojos en Clara y ésta sintió que aquel hombre al que su abuelo le había encargado la seguridad del campamento la miraba con ira.

– Señora Huseini, explíquenos a qué hora entró en el cuarto de su abuelo y por qué. ¿Escuchó algo raro?

Clara, con voz monótona, vencida por el cansancio y el miedo, relató su caminata con Gian Maria, el rato de charla que habían compartido cerca del templo, pero no, no recordaba a qué hora habían regresado. Les dijo que no había notado nada extraño. Los hombres que custodiaban el exterior de la casa estaban en sus puestos, de manera que subió confiada al cuarto de su abuelo en busca de Fátima.

Describió todos los detalles que recordaba de la escena que se había encontrado cuando encendió la luz. Y sí, ahora que se lo decían, recordó que no se había dado cuenta de la ausencia de los dos hombres que guardaban la puerta de su abuelo y que luego encontró muertos.

Durante una hora respondió a las preguntas de Ayed Sahadi y del comandante, que le insistían una y otra vez para que recordara cualquier detalle.

– Bueno, la pregunta que hay que hacerles a ustedes -dijo Picot dirigiéndose al comandante y a Ayed Sahadi- es: ¿cómo es posible que estando la casa rodeada de hombres, alguien haya entrado sin que le vieran y, además, consiguiera llegar hasta la habitación del señor Tannenberg matando previamente a dos guardias, a la enfermera y malhiriendo a Fátima?

– Sí, ésa es una pregunta a la que ambos deberán de responder. El Coronel llegará mañana y les exigirá respuestas.

Los dos hombres se miraron. Ahmed Huseini les había dado la peor noticia: la llegada del Coronel.

– ¿Le has llamado? -preguntó Clara a su marido.

– Sí. Esta noche han asesinado a una mujer y a dos hombres que estaban encargados de la custodia de tu abuelo. No es difícil imaginar que a quien querían matar era a él. De manera que mi obligación era informar a Bagdad. Supongo, comandante, que ya lo sabe, le habrán llamado para comunicárselo, pero si no lo han hecho se lo digo yo: un destacamento de la Guardia Republicana viene hacia aquí para custodiarnos. Está claro que usted no ha sabido o no ha podido hacerlo, y tampoco nuestro amigo Sahadi como capataz ha sido capaz de prever la traición.

– ¿La traición? ¿La traición de quién? -inquirió nervioso Ayed Sahadi.

– La traición de alguien que está aquí, en este campamento, no sé si es iraquí o es extranjero, pero de lo que no tengo dudas es que el asesino está entre nosotros -sentenció Ahmed.

– Incluido tú.

Todos miraron a Clara. Acusar a su marido directamente de estar en la lista de sospechosos dejaba al descubierto la quiebra de su relación, lo que como ella bien sabía era un error.

Ahmed la miró con furia. No le respondió, aunque se notaba el esfuerzo que estaba haciendo por dominarse.

– La pregunta es por qué y para qué -dijo Marta.

– ¿Por qué? -preguntó a su vez Fabián.

– Sí, por qué alguien entró en la habitación del señor Tannenberg, si realmente para asesinarle como cree Ahmed, o simplemente fue un ladrón que quiso robar y se vio sorprendido por Samira y los guardias, o…

– Marta, es difícil que alguien se metiera a robar precisamente en la casa de Tannenberg que está rodeada de hombres armados -le interrumpió Picot.

– ¿Qué cree usted, Clara?

La pregunta directa de Marta cogió de improviso a Clara. No sabía qué responder. Su abuelo era un hombre temido y poderoso, de manera que tenía un sinfín de enemigos, cualquiera de ellos podía querer verle muerto.

– No lo sé. No sé qué pensar, yo… estoy… estoy agotada… todo esto es horrible.

Un soldado entró en la sala y se acercó a su comandante. Le susurró algo al oído y salió tan rápido como había entrado.

– Bien-dijo el comandante-, mis hombres han empezado a interrogar a los obreros y a la gente del pueblo. Por ahora, nadie parece saber nada. Señor Picot, también interrogaremos a los miembros de su equipo y a usted mismo.

– Lo entiendo; por mi parte estoy dispuesto a colaborar con la investigación.

– Pues cuanto antes empecemos mejor. ¿Tiene inconveniente en ser el primero? -preguntó el comandante a Picot.

– En absoluto. ¿Dónde quiere que hablemos?

– Aquí mismo. Señora, ¿nos permite trabajar aquí?

– No -respondió Clara-, busquen otro lugar. Creo que el señor Picot le puede decir dónde instalarse, quizá en uno de los almacenes.

El comandante salió seguido por Picot, Marta, Fabián y Gian Maria. Serían los primeros en ser interrogados. En la sala quedaron además de Clara, su marido y el capataz, Ayed Sahadi.

– ¿Hay algo que no nos hayas dicho? -preguntó Ahmed a Clara.

– He contado todo lo que recuerdo, pero usted, Ayed, deberá explicar cómo alguien ha podido llegar hasta la habitación de mi abuelo.

– No lo sé. Hemos revisado las puertas y ventanas. No sé por dónde entró ni si fue un solo hombre o varios. Los hombres de la puerta juran que no han visto nada -aseguró el capataz-. Es imposible que alguien entrara sin que lo vieran.

– Pues alguien entró. Y debió de ser una persona de carne y hueso, no un fantasma, porque los fantasmas no disparan a bocajarro, ni estrangulan mujeres indefensas -afirmó Ahmed enfadado.

– Lo sé, lo sé… es que no me explico cómo ha podido suceder. Sólo cabe la posibilidad de que haya sido alguien de dentro de la casa -sugirió Ayed Sahadi.

– En la casa sólo estaban Fátima, Samira y los hombres que guardaban la puerta del cuarto de mi abuelo -apuntó Clara.

– También estaba usted; al fin y al cabo fue usted la que encontró los cadáveres…

Clara dio un respingo y se puso en pie dirigiéndose furiosa a Ayed Sahadi. Le dio una bofetada tan fuerte que le dejó los dedos marcados en la mejilla. Ahmed, de un salto, se puso en pie y agarró a Clara temiendo la reacción de Ayed.

– ¡Basta, Clara! ¡Siéntate! ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? Y usted, Ayed, no vuelva a hacer insinuaciones de ningún tipo; le aseguro que no estoy dispuesto a consentirle ninguna falta de respeto ni hacia mi esposa ni hacia mi familia.

– Ha habido tres asesinatos y todos son sospechosos hasta que se encuentre al culpable -afirmó Ayed.

Ahmed Huseini se acercó a él. Parecía que iba a golpearle. Pero no lo hizo, sólo murmuró entre dientes:

– Usted está en la lista de los sospechosos, quizá alguien le ha comprado para acabar con la vida de Tannenberg. No se equivoque, no se equivoque o pagará el error muy caro.

El capataz salió de la sala mientras Clara se derrumbaba sobre el sillón. Su marido se sentó en una silla junto a ella.

– Deberías intentar comportarte, no perder los nervios. Te estás poniendo en evidencia.

– Lo sé, pero es que estoy destrozada, me siento fatal.

– Tu abuelo está muy mal, deberías trasladarle a El Cairo, o al menos a Bagdad.

– ¿Te lo ha dicho el doctor Najeb?

– No hace falta que lo diga nadie, sólo hay que verle para saber que se está muriendo. Admítelo, no intentes engañarnos como si fuéramos estúpidos, no puedes mantener la ficción de que está bien.

– Ha sufrido un shock, por eso le has visto así…

– ¡No seas ridícula! ¿A quién crees que engañas? En el campamento es un clamor que se está muriendo, ¿crees que has logrado ocultarlo?

– ¡Déjame en paz! ¡Te gustaría que mi abuelo se muriera, pero vivirá, ya verás como vivirá y os despedazará a todos por traidores e inútiles!

– Si no puedo razonar contigo, será mejor que me vaya a donde pueda ayudar. Yo que tú intentaría descansar.

– Voy a ver a Fátima.

– Bien, te acompañaré.

No llegaron a salir de la casa porque se encontraron en la puerta al doctor Najeb. El médico parecía agotado.

Les dijo que aún no sabía el alcance de las secuelas del golpe recibido por Fátima. Sin duda la habían golpeado con un objeto pesado, que le había abierto una brecha profunda en la cabeza por la que había perdido mucha sangre.

– El comandante ha colocado hombres armados por toda la tienda.

– Es la única persona que puede decirnos qué pasó, si es que le dio tiempo a darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor -afirmó Ahmed.

Alfred Tannenberg respiraba con dificultad y sus constantes vitales parecían alteradas. El doctor Najeb regañó a las mujeres por no haberle avisado. Clara se reprochó no haberse quedado junto a la cabecera de su abuelo, mientras observaba cómo Ahmed evaluaba la situación del enfermo sin ocultar un destello de satisfacción. Su marido odiaba a su abuelo con tal intensidad que no era capaz de ocultarlo.

El médico preparó una bolsa de plasma y les mandó a descansar, asegurando que no se movería del lado de Tannenberg.