El ruido del helicóptero rasgó el silencio pesado que envolvía el campamento. Picot había convenido con Fabián y Marta el fin de la aventura en que les había embarcado. En cuanto se lo permitieran, comenzarían a desmantelar el campamento para regresar a casa.
No se quedarían ni un día más de lo preciso, aunque Marta era partidaria de que, a pesar de las circunstancias, se tratase de convencer a Ahmed de que hiciera las gestiones para sacar de Irak todos los objetos desenterrados, a fin de hacer la gran exposición que planeaban.
Estaban tan cansados como el resto del campamento, sobre todo porque poco antes del amanecer había llegado un destacamento de la Guardia Republicana, el temido cuerpo de élite de Sadam Husein.
Picot observó a Clara dirigirse junto a su marido hacia el helicóptero. Las aspas del aparato no habían terminado de girar cuando un hombre corpulento, de cabello negro y bigote espeso, que parecía un calco del propio Sadam, saltó con agilidad. Después bajaron otros dos militares y una mujer.
El hombre vestido de militar emanaba autoridad, pero Picot pensó que también había en él algo siniestro.
El Coronel estrechó la mano de Ahmed y dio una palmada en el hombro a Clara, luego caminó junto a ellos en dirección a la casa de Tannenberg, haciendo una indicación a la mujer para que les siguiera.
La mujer parecía impresionada de estar en aquel lugar y un gesto de tensión se reflejaba en la comisura de los labios. Clara se dirigió a ella dándole la bienvenida. El Coronel acababa de decirle que la mujer era enfermera, una enfermera de confianza de un hospital militar. Había creído conveniente llevarla para ayudar al doctor Najeb tras saber que habían asesinado a Samira.
El sol calentaba cuando un soldado fue a buscar a Picot anunciándole que el recién llegado quería hablar con él.
Clara no estaba en la sala y tampoco Ahmed; sólo el hombre al que llamaban el Coronel, fumando un cigarro habano y bebiendo una taza de café.
No le tendió la mano; tampoco él hizo ademán de extender el saludo más allá de una breve inclinación de cabeza. Decidió sentarse, aunque el militar no le había invitado a hacerlo.
– Bien, déme su opinión sobre lo sucedido -le preguntó directamente el Coronel.
– No tengo ni idea.
– Tendrá alguna teoría.
– No. No la tengo. Sólo he visto en una ocasión al señor Tannenberg, de manera que no se puede decir que le conozca. En realidad, no sé nada de él y no puedo aventurar por qué alguien se metió en su habitación y mató a su enfermera y a los guardias que le protegían.
– ¿Sospecha de alguien?
– ¿Yo? En absoluto. Verá, no me hago a la idea de que haya un asesino entre nosotros.
– Pues lo hay, señor Picot. Espero que Fátima pueda hablar. Hay una posibilidad de que ella le haya visto. En fin… mis hombres van a interrogar también a los miembros de su equipo…
– Ya lo han hecho, anoche nos interrogaron.
– Siento las molestias, pero comprenderá que es necesario.
– Sin duda.
– Bueno, quiero que me diga quién es quién; necesito saberlo todo de la gente que hay aquí, sean iraquíes o extranjeros. Con los iraquíes no hay problema, sabré todo lo que se puede saber de ellos, incluso más de lo que ellos mismos saben sobre sí mismos, pero de su gente… Colabore, señor Picot, y cuéntemelo todo.
– Mire, a la mayoría de las personas que están aquí las conozco desde hace mucho tiempo. Son arqueólogos y estudiantes respetables; no encontrará al asesino entre los participantes en esta misión arqueológica.
– Se sorprendería de dónde se puede encontrar a gente dispuesta a asesinar. ¿Les conoce a todos? ¿Hay alguien a quien haya conocido recientemente?
Yves Picot permaneció en silencio. El Coronel le estaba haciendo una pregunta a la que no quería responder, porque si decía que había miembros de la misión a los que no había visto nunca antes de salir hacia Irak, los convertiría en sospechosos, y eso era algo que le repugnaba, sobre todo por las consecuencias que pudiera tener sobre ellos la sombra de la sospecha. En Irak la gente desaparecía para siempre jamás.
– Piense, tómese su tiempo -le dijo el Coronel.
– En realidad, les conozco a todos, son personas recomendadas por amigos cercanos de toda mi confianza.
– Yo, sin embargo, tengo que desconfiar de todo el mundo; sólo así lograremos resultados.
– Señor…
– Llámeme Coronel.
– Coronel, yo soy arqueólogo, no acostumbro a tratar con asesinos, y los miembros de las misiones arqueológicas no suelen dedicarse a matar. Pregunte cuanto quiera, interróguenos lo que haga falta, pero dudo mucho que vaya a encontrar a su asesino entre nosotros.
– ¿Colaborará?
– Contribuiré en lo que pueda, pero me temo que no tengo nada que aportar.
– Estoy seguro de que me ayudará más de lo que imagina. Tengo aquí una relación de los miembros de su equipo. Le iré preguntando por cada uno de ellos, puede que saquemos algo o puede que no. ¿Le parece que comencemos?
Yves Picot asintió. No tenía opción. Aquel hombre siniestro no estaba dispuesto a aceptar una negativa, de manera que hablaría con él, aunque estaba firmemente decidido a no decir más que naderías.
No había comenzado a hablar cuando Clara entró en la sala. Sonreía, lo que le produjo extrañeza. Con tres cadáveres y un asesino suelto no era como para sonreír.
– Coronel, mi abuelo quiere verle.
– De manera que ha recuperado el conocimiento… -murmuró el militar.
– Sí, y dice sentirse mejor que nunca.
– Iré de inmediato. Señor Picot, hablaremos más tarde…
– Cuando usted quiera.
El Coronel salió de la sala acompañado por Clara. Picot suspiró aliviado. Sabía que no se libraría del interrogatorio pero al menos ganaba tiempo para prepararse, por lo pronto buscaría a Fabián y a Marta para hablar de ello.
El doctor Najeb hizo una señal a Clara y al Coronel para que no se acercaran a la cama de Tannenberg hasta que la enfermera no le cambiara la bolsa de plasma.
La mujer parecía eficiente y un minuto más tarde había terminado su tarea.
Salam Najeb estaba a punto de dormirse de pie; las señales del cansancio eran patentes en su rostro y en su aspecto, también la tensión de la larga vigilia luchando por la vida de Alfred Tannenberg.
– Parece haberse recuperado milagrosamente, pero no deberían cansarle -les dijo a Clara y al Coronel a modo de consejo, aun sabiendo que éstos harían caso omiso de su recomendación.
– Debería descansar, doctor -le respondió Clara.
– Sí, ahora que la señorita Aliya está aquí iré a asearme y a descansar un rato. Pero antes pasaré a ver a Fátima.
– Mis hombres la están interrogando -dijo el Coronel.
– ¡Pedí que no lo hicieran hasta que yo no dijera si estaba en condiciones para hacerlo! -protestó el médico.
– ¡Vamos, no se ponga así! Ha regresado del mundo de los muertos y puede sernos muy útil, sólo el señor Tannenberg y Fátima saben lo que sucedió en esta habitación, así que nuestra obligación es hablar con ellos. Tenemos tres cadáveres, doctor -respondió el Coronel, sin dejar lugar a dudas de que nada ni nadie se interpondría en sus decisiones.
– Esa mujer está muy grave y el señor Tannenberg… -Salam Najeb no siguió hablando: la mirada del Coronel era lo suficientemente explícita como para que un hombre prudente no malgastara ni una palabra más.
La enfermera se hizo a un lado, dejando a Clara y al Coronel situarse junto al enfermo. Clara tomó la mano de su abuelo entre las suyas y se la apretó, reconfortada al sentirle vivo.
– No pueden contigo, viejo amigo -fue el saludo del Coronel.
Alfred Tannenberg tenía los ojos hundidos y la palidez de sus mejillas indicaba que la muerte le seguía rondando, pero la fiereza de su mirada no dejaba lugar a dudas de que batallaría por su vida hasta el final.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó el anciano.
– Eso sólo nos lo puedes decir tú -respondió el Coronel.
– No recuerdo nada preciso, alguien se acercó a mi cama, creí que era la enfermera, alguien me iluminó la cara, luego escuché algunos ruidos secos, intenté incorporarme y… no sé, creo que logré quitarme la máscara de oxígeno. La luz estaba apagada y no veía nada… creo que me empujaron… estoy confuso, no recuerdo bien lo que sucedió, no vi realmente nada. Pero sé que había alguien aquí, alguien que se acercó hasta mí. Podían haberme matado, quiero que castigues a los hombres encargados de guardar la casa. Son unos inútiles, ni mi vida ni este país están seguros en sus manos.
– No te preocupes por eso, ya me he encargado de ellos, llorarán lo que les queda de vida por haber permitido lo que pasó -aseguró el Coronel.
– Supongo que nada de esto habrá alterado el trabajo de la misión, Clara aún puede encontrar lo que buscamos -afirmó Tannenberg.
– Picot se va, abuelo.
– No se lo permitiremos, se quedará aquí -sentenció el anciano.
– No, no podemos hacer eso, sería… sería un error. Es mejor que se vaya, yo me quedaré el tiempo que queda, pero tú deberías salir de aquí. El Coronel está de acuerdo.
– ¡Me quedaré contigo! -gritó Tannenberg.
– Deberías reconsiderarlo, amigo; el doctor Najeb nos insiste en que debemos sacarte de aquí. Te garantizo la seguridad de Clara, me ocuparé de que no suceda nada, pero tú debes irte-dijo el Coronel.