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Ante Plaskic aceptó el plan, aunque su intención no era esperarla en el cuarto trasero sino entrar en la habitación del anciano y ver directamente su estado, además de sonsacar la verdad a Samira.

En parte todo transcurrió como habían planeado. Esperó a que Picot terminara la reunión con su grupo de confianza. Luego aguardó a que se apagaran todas las luces del campamento y se hiciera el silencio. Era media noche cuando abandonó el catre y sin hacer ruido fue reptando hacia la parte trasera de la casa de Tannenberg. Aún tuvo que esperar media hora entre las sombras antes de que uno de los guardias de la parte delantera fuera a buscar a sus compañeros para invitarles a café. En realidad, éstos no abandonaban del todo la vigilancia: se quedaban en el costado de la casa en tierra de nadie, pero tenían un ángulo de visión que creían suficiente para garantizar que nadie se acercara por la parte de atrás.

Estaban equivocados. Ante Plaskic consiguió burlarles, acercarse al ventanuco y entrar a la casa. Dos hombres dormitaban en sillas a cada lado de la puerta sentados frente a la habitación de Tannenberg. Ni siquiera le vieron llegar; antes de que se dieran cuenta tenía cada uno una bala en las entrañas. El silenciador de la pistola había funcionado a la perfección. El único ruido fue el de los cuerpos desplomándose al caer al suelo.

Luego empujó la puerta. Samira tenía razón. La vieja criada dormitaba y ni siquiera se enteró de que alguien entraba.

Samira le vio con la pistola en la mano y se asustó. Creyó que iba a matar a Tannenberg e intentó impedirle que se acercara al enfermo. Plaskic le tapó la boca y le pidió que no gritara y se quedara quieta, pero ella no le hizo caso, de manera que tuvo que matarla. La estranguló, pero la culpa, se dijo, había sido de ella por no obedecerle. Si se hubiese quedado callada y quieta aún viviría.

La vieja criada también había decidido ser un problema, pues cuando le vio saltó de la silla donde estaba sentada. Le tuvo que tapar la boca y golpearla con la pistola en la cabeza. Creyó que la había matado, ya que la había dejado en el suelo con la cabeza abierta, sangrando, y con los ojos en blanco. La muy bruja se había salvado. Hubiera preferido saberla muerta, pero tampoco le inquietaba que viviera; no le había visto, llevaba un pasamontañas cubriéndole la cabeza, y la habitación estaba en penumbras, de manera que era imposible que le hubiese visto y mucho menos que le reconociera.

Como en ocasiones anteriores, Ante había informado al hijo del alcalde, el hombre de Yasir, de lo que veía en casa de Tannenberg. Sólo que en esta ocasión no había escrito ni una línea; simplemente le había detallado cómo se encontraba el anciano: monitorizado, con una bolsa de sangre en un brazo y una de suero en el otro.

El hijo del alcalde le había preguntado si había sido él quien mató a la enfermera y a los dos hombres, pero Ante no le había respondido, lo que enfureció al otro, que le reprochó que el Coronel terminara deteniéndoles a todos. Fue en ese momento cuando les interrumpió Lion Doyle. También Ante pensaba que el inglés era más de lo que parecía; en realidad, creía que Doyle estaba allí con una misión similar a la suya.

Al día siguiente el Coronel parecía de peor humor que en otras ocasiones. Ahmed Huseini le escuchaba pacientemente procurando no decir una palabra de más que avivara la ira del militar. Yasir también permanecía en silencio.

– No me iré de aquí hasta que no atrapemos al asesino. Tiene que estar aquí, entre nosotros, y se está riendo de mí; pero le cogeré, y cuando lo haga deseará estar muerto.

Aliya, la enfermera, entró en la sala. Clara la enviaba para avisarles de que su abuelo les esperaba.

Encontraron a Alfred Tannenberg sentado en un sillón, con una manta sobre las piernas, y sin ninguna bolsa de suero conectada a su cuerpo.

Parecía haber empequeñecido, era todo huesos, y la palidez del rostro impresionaba.

A su lado, sentada, Clara sonreía satisfecha. Había convencido al doctor Najeb de que hiciera lo imposible por que su abuelo pudiera recibir al Coronel sentado, aparentando estar mejor.

El médico había preparado una inyección con un cóctel de medicamentos que permitirían a Tannenberg aguantar durante un rato. Las transfusiones de sangre también le habían ayudado a mantenerse erguido. Alfred Tannenberg no perdió el tiempo en cortesías. Precisamente porque de lo que carecía era de tiempo fue directamente al grano.

– Amigo mío -dijo Tannenberg dirigiéndose al Coronel-, quiero pedirte un favor especial. Sé que es difícil y que sólo un hombre como tú puede conseguirlo.

Ahmed Huseini miró intrigado al anciano al tiempo que no se le escapaba la seguridad de la que Clara volvía a hacer gala, como si realmente Tannenberg fuera a vivir eternamente.

– Pídeme lo que quieras, sabes que cuentas conmigo -aseguró el Coronel.

– El profesor Picot y su equipo quieren marcharse; bien, lo entiendo, dadas las circunstancias no les podemos retener.

Clara se quedará unos días más y luego se reunirá con ellos para participar en la preparación de una gran exposición sobre los hallazgos de Safran. Será una exposición importante, que recorrerá varias capitales europeas, incluso intentarán llevarla a Estados Unidos, lo que estoy seguro que nuestro amigo George facilitará a través de la fundación Mundo Antiguo.

– ¿Qué favor quieres que te haga? -preguntó el Coronel.

– Que proporciones los permisos para que Picot pueda llevarse todo lo que ha encontrado en el templo. Ya sé que son piezas muy valiosas y que será difícil convencer a nuestro querido presidente Sadam, pero tú puedes lograrlo.

»Lo que es urgente es que dispongas de los helicópteros y los camiones para que Picot y su gente dejen Irak cuanto antes con su preciosa carga.

– ¿Y en qué nos beneficia eso a nosotros? -planteó sin ambages el Coronel.

– A ti, en que encontrarás en tu cuenta secreta de Suiza medio millón de dólares más si me haces este favor con la misma eficacia con la que has actuado en otras ocasiones.

– ¿Hablarás con Palacio? -quiso saber el Coronel.

– En realidad, ya lo he hecho. Ya están informados los hijos de nuestro líder, que aguardan ansiosos a mi mensajero.

– Entonces, si Bagdad está de acuerdo, llamaré a mi sobrino Karim para que ponga en marcha la operación.

– Clara debería de irse ya -indicó Ahmed.

– Clara se marchará cuando lo estime conveniente, lo mismo que yo, y por lo pronto continuará excavando. Quiero que se reanuden los trabajos arqueológicos mañana, que no se paren por lo que ha pasado -respondió un airado Tannenberg.

– Hay piezas de las encontradas que… en fin, que es delicado dejarlas salir-afirmó Ahmed.

– ¿Ya las han vendido? -preguntó Tannenberg sorprendiendo a Ahmed y a Yasir, que clavaba los ojos en el suelo.

– Siempre desconfías de los que te rodean -protestó Ahmed.

– Es que conozco bien a quienes me rodean. De manera que puede que nuestro flamante presidente de Mundo Antiguo, Robert Brown, haya recibido el encargo de George de ponerse en contacto con nuestros mejores clientes para anunciarles los hallazgos de Safran, y que éstos, ávidos por la novedad, ya hayan desembolsado alguna cantidad a cuenta de los objetos prometidos. ¿Me equivoco, Yasir?

La pregunta directa de Tannenberg descolocó al egipcio, que se vio sorprendido por un ataque de sudor que le empapó su pulcra camisa blanca. No respondió y miró a Ahmed pidiéndole ayuda con la mirada. Temía la reacción de Tannenberg.

Fue el Coronel quien tomó la palabra, preocupado por el cariz de la conversación.

– Así que hay un conflicto de intereses con tus amigos de Washington…

Tannenberg no le dejó continuar. Improvisó una respuesta, sabedor de que el Coronel no querría verse en medio de una guerra de ese tipo.

– No, no hay ningún conflicto de intereses. Si en Washington han decidido vender algunas de las piezas que hemos encontrado, me parece bien, ése es nuestro negocio, pero una cosa no quita a la otra. Las piezas pueden salir de aquí para ser exhibidas en una exposición, sólo que no regresarán a Irak, sino que se las entregaremos a sus nuevos propietarios. Pero éstos deberán de esperar unos cuantos meses, quizá un año largo, antes de tenerlas en su poder, lo que no supondrá ninguna novedad para ellos, están acostumbrados. Desde que piden una pieza hasta que llega a su poder a veces pasan años, de modo que no hay ningún problema. Tendrán lo que han comprado.

– Me encanta hacer negocios contigo; siempre tienes una solución para los problemas -afirmó más tranquilo el Coronel.

– En este caso no hay ningún problema, salvo que no podamos sacar las piezas para la exposición…

– Si ya has hablado con Palacio todo está bien. Déjalo de mi cuenta.

– ¿Qué has averiguado sobre los asesinatos? -quiso saber Tannenberg.

– Nada, y eso me preocupa. El asesino debe de ser un tipo listo y escurridizo que tiene además un buen disfraz y mejor coartada. Lo importante es que estás vivo, viejo amigo -aseguró el Coronel.

– Estoy vivo porque no quiso matarme; por eso estoy vivo, el móvil no era mi muerte.

El Coronel se quedó en silencio reflexionando sobre las palabras de Alfred Tannenberg. El anciano tenía razón: no había querido matarle, pero entonces, ¿qué buscaban en su habitación?