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Sin embargo, cuando la casa fue nuevamente lo que había sido, cuando los candeleros de peltre brillaron a la luz rojiza de las velas, y la tetera y las tazas se hallaron sobre la mesa, y las camas en su sitio, equipadas de nuevo, y un trozo nuevo de papel pegado al agujero del dormitorio, y otra puerta colocada en su sitio sobre los goznes de madera, Wang Lung tuvo miedo de su felicidad. O-lan aumentaba con el peso de otra criatura; sus hijos jugueteaban como cachorros morenos a la entrada de la casa, y, apoyado contra la pared del Sur, su padre se sentaba y sonreía mientras dormitaba; en sus campos, el arroz tierno brotaba verde como el jade y más hermoso, y las judías nuevas alzaban del suelo sus testas encaperuzadas. Y, si comían con mesura, aún les quedaba oro suficiente para alimentarse hasta la cosecha. Mirando hacia el cielo azul y hacia las nubes blancas que lo atravesaban, sintiendo sobre sus campos labrados, como en su propia carne, el sol y la lluvia en justa proporción, Wang Lung murmuró involuntariamente:

– Tengo que poner un poco de incienso ante aquellos dos del pequeño templo. Al fin y al cabo, tienen poder sobre la tierra.

XVI

Una noche, cuando Wang Lung se hallaba acostado con su esposa, notó que ésta tenía algo del tamaño de un puño de hombre entre los senos, y le preguntó:

– ¿Qué es esto que llevas encima?

Lo cogió y vio que era algo envuelto en un trozo de trapo, algo duro, aunque movible al tacto. O-lan se echó hacia atrás violentamente, pero luego, al ver que Wang Lung se disponía a tirar del bulto y arrancárselo, se sometió y dijo:

– Bueno, míralo si quieres.

Y rompiendo el cordel que lo sujetaba a su cuello, se lo entregó a Wang Lung.

Este desgarró el trozo de trapo y, de pronto, cayo en sus manos tal cantidad de joyas que se quedó estupefacto. Eran joyas como él no había nunca soñado, joyas rojas como la carne de la sandia, doradas como el trigo, verdes como las hojas tiernas de primavera, transparentes como el agua que brota de la tierra. Qué nombres tenían, Wang lo ignoraba, pues nunca había visto joyas en su vida ni oído cómo se llamaban, pero al apresarlas en su mano morena y dura comprendió, por el brillo y los destellos que despedían en la habitación medio a oscuras, que tenía en sus manos una fortuna. Y la agarraba inmóvil, ebrio de color y de forma, en silencio; y ni él ni la mujer apartaban de ella los ojos.

– ¿Dónde…? ¿Dónde…?

Y O-lan murmuró suavemente:

– En la casa del hombre rico. Debió de ser el tesoro de alguna favorita. Vi un ladrillo suelto en la pared y me escurrí hacia allí negligentemente para que nadie más se diera cuenta del hallazgo y exigiese una parte. Tiré del ladrillo, cogí lo que brillaba y me lo escondí en la manga.

– ¿Pero como sabias…? -murmuro Wang Lung nuevamente lleno de admiración, y ella contesto sonriendo con aquella sonrisa que no subía nunca a sus ojos:

– ¿Crees que yo no he vivido en una casa rica? Los ricos siempre tienen miedo. Un año los ladrones saltaron las tapias de la casa grande. Yo vi a las esclavas y a las concubinas, y hasta a la misma Anciana Señora. correr de aquí para allá: y cada una llevaba un tesoro que metía en algún escondite planeado de antemano. Por eso sabía el significado de un ladrillo desprendido.

Y otra vez se callaron, contemplando la maravilla de las piedras preciosas.

Al cabo de un rato, Wang Lung hizo una profunda aspiración y exclamó decididamente:

– No se debe conservar un tesoro así. Hay que venderlo invertirlo en algo seguro, en tierras pues nada más ofrece seguridad. Si esto llegara a saberse, nos matarían y un ladrón se llevaría las joyas. Tengo que convertirlas en tierra hoy mismo o no podría dormir esta noche.

Mientras hablaba, envolvió otra vez las joyas con el trozo de trapo, las ató fuertemente con el cordel y, al abrirse la túnica para esconderlas en el pecho, su mirada se fijó casualmente en el rostro de la mujer. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, y su faz hermética, en la que nunca se reflejaba nada, hallábase animada por un oscuro anhelo que expresaban sus labios entreabiertos y su rostro ansiosamente echado hacia delante.

– Bueno, ¿y que hay? -preguntó Wang Lung asombrado.

– ¿Las vas a vender todas? -inquirió ella con un sordo murmullo.

– ¿Y por qué no? -le contestó él atónito. ¿Qué íbamos a hacer con joyas como éstas en una casa de tierra?

– Me gustaría poder quedarme con dos para mi -dijo O-lan. con la desesperada ansiedad de quien no espera nada; y él se sintió conmovido como por el deseo de alguno de sus hijos de un juguete o de un dulce.

– ¡Bueno, bueno! -exclamó estupefacto.

– Si pudiera quedarme con dos -continuó O-lan con banalidad-, sólo dos de las más pequeñas, aunque fueran las dos perlas chiquititas…

– ¡Perlas! -repitió él boquiabierto.

– Las guardaría… No las usaría -repitió ella-, solamente las guardaría.

Y bajó los ojos y se puso a torcer un trozo del cobertor de la cama, donde se había soltado un hilo, y aguardó pacientemente. como quien apenas espera una respuesta.

Entonces, Wang Lung, sin comprenderla, miró por un instante a esta opaca y fiel criatura que había trabajado toda su vida en tareas por las que no recibía compensación alguna y que, en la casa grande, había visto a otras mujeres adornadas con joyas que ella ni siquiera tocó jamás.

– Algunas veces las podría tener en la mano -añadió O-lan consigo misma.

Y Wang Lung se sintió enternecido por algo que no comprendía, y, sacándose las joyas del pecho, las desenvolvió y se las tendió a O-lan en silencio. Ella buscó entre los vivos colores, y su mano dura y morena daba vueltas delicadamente a las piedras, demorándose hasta que encontró las dos perlas blancas, que cogió, atando nuevamente las demás y devolviéndolas a Wang Lung. Entonces rasgó un trocito de tela de su túnica, envolvió en él las perlas y se las escondió entre los senos.

Pero Wang Lung la observaba estupefacto, comprendiendo sólo a medias, y más tarde, durante aquel día y en los dias siguientes, se detenía a veces a mirarla, diciéndose para sus adentros:

"¡Bueno, bueno! Esta mujer mía supongo que aún llevará las dos perlas entre sus pechos…"

Pero nunca se las vio sacar ni la sorprendió contemplándolas, y la cuestión de las perlas no volvió a ser discutida.

En cuanto a las otras joyas, estuvo reflexionando sobre ellas y al fin decidió ir a la casa grande a ver si le vendían más tierra.

Se dirigió, pues, hacia allí, pero esta vez no encontró al guardián a la puerta, retorciéndose los largos pelos del lunar y despreciando a los que no podían pasar de largo ante él al entrar en la Casa de Hwang. La puerta se hallaba cerrada y Wang Lung golpeó contra ella con el puño una vez y otra, sin que nadie llegase a abrir. Unos hombres que pasaban por la calle le miraron y dijeron:

– Si, llama, llama.

– Si el Anciano Señor está despierto, tal vez venga ver quién hay, y si anda por ahí alguna perra esclava, tal vez abra. si le viene en gana.

Pero al fin Wang Lung oyó pasos, unos pasos lentos y errantes, que se detenían y avanzaban a intervalos; luego, el cauteloso tirar de la barra de hierro que aseguraba la puerta. el chirriar de esta y una voz cascada que inquiría:

– ¿Quien es?

Entonces Wang Lung contestó muy alto, aunque estaba pasmado:

– ¡Soy yo, Wang Lung!

La voz respondió con impertinencia:

– ¿Y quien es ese maldito Wang Lung?

Wang Lung comprendió, por la calidad de la imprecación, que se trataba del Anciano Señor en persona, porque maldecía cono uno acostumbrado a tratar con sirvientes y esclavas. Así, pues, repuso con más humildad que antes:

– Dueño y señor, no he venido para molestaros, sino para tratar de un pequeño negocio con el agente que sirve a vuestra señoría.