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Al oír lo cual la mujer exclamó:

– ¡El hará todo lo que yo le diga!

Wang Lung meditó esta respuesta. Bueno, y ahí estaba la tierra. Si el no la compraba, otros la comprarían por medio de esta mujer.

– ¿Cuánta tierra queda? -le pregunto involuntariamente, y ella vio en seguida cuál era su intención.

– Si has venido a comprar tierra dijo rápidamente, hay tierra que comprar. Posee cien acres al Oeste y doscientos al Sur que estaría dispuesto a vender. No es todo un solo pedazo, pero las parcelas son grandes. Pueden ser vendidas hasta el último acre.

Dijo esto tan prontamente que Wang Lung se dio cuenta de que sabía cuánto le quedaba al viejo, hasta el último pie de tierra. Pero todavía se sentía incrédulo y reacio a entablar el negocio con ella.

– No es probable que el Anciano Señor pueda vender toda la tierra de su familia sin la conformidad de sus hijos -objetó Wang Lung.

Pero la mujer le salió al paso ávidamente:

– En cuanto a eso, los hijos siempre le han dicho que vendiera lo que pudiese. La tierra se halla donde ninguno de los hijos quiere vivir; el país está plagado de bandidos en estos tiempos de hambre, y todos han dicho: "No podemos vivir en un sitio así. Mejor es vender y repartirnos el dinero

– Pero, ¿en la mano de quién he de dejar el dinero? -preguntó Wang Lung, dudando todavía.

– En la del Anciano Señor. ¿En cuál ha de ser? -replicó la mujer con suavidad.

Pero Wang Lung sabía que la mano del Anciano Señor se abría en la de ella. Por lo tanto, no hablaría más con la mujer. Y se dio vuelta diciendo: "Otro día…, otro día", y se dirigió a la salida seguido por la mujer, que le gritó hasta la misma calle:

– ¡A esta hora, mañana! Mañana o esta tarde…, todas las horas son iguales.

Wang Lung se alejó calle abajo sin contestarle, intrigado y necesitando pensar sobre lo que había oído. Entró en la pequeña casa de té, pidió una infusión, y cuando el chico se la hubo servido cogiendo con descaro el penique con que se la pagaban y sacudiéndolo, Wang Lung se puso a reflexionar, y cuanto más reflexionaba, más monstruoso le parecía que aquella grande y rica familia que durante toda su vida, y la de su padre, y la de su abuelo, había sido un poder y una gloria en la ciudad, estuviera ahora caída y desperdigada.

Eso les ha ocurrido por dejar la tierra, se dijo apesadumbrado, y pensó en sus dos hijos, que crecían como dos brotes de bambú en la primavera, y decidió hacerles abandonar sus juegos al sol aquel mismo día y ponerlos a trabajar en el campo, donde empezasen pronto a sentir en los huesos y en la sangre el hábito de la tierra bajo sus pies y la presión de la azada en sus manos.

Bien, pero entre tanto aquí estaban las joyas, ardientes y pesadas contra su cuerpo, llenándole de continuo temor. Le parecía que iban a lanzar destellos a través de sus harapos y que alguien iba a gritar de pronto:

– "¡Ah¡ va ese pobretón llevando encima el tesoro de un emperador!"

Y no hallaría descanso mientras las joyas no fueran convertidas en dinero.

Observó, pues, al tendero, y cuando le vio ocioso un momento lo llamó y dijo:

– Ven y bebe un tazón por mi cuenta y dime las noticias de la ciudad, pues he estado un invierno ausente.

El tendero se hallaba siempre dispuesto a esta clase de conversación, especialmente si podía beber su propio té a expensas de otras personas, y se sentó en seguida junto a Wang Lung. Era un hombre menudo, con una cara que recordaba la de una comadreja y el ojo izquierdo retorcido y desviado. Sus vestidos estaban negros de grasa por delante, hasta el extremo del pantalón, pues además de té vendía también comida. y era aficionado a decir:

"Hay un proverbio que dice: Un buen cocinero no lleva nunca el traje limpio”. Se consideraba, pues, que iba justa y necesariamente mugriento.

Apenas se hubo sentado empezó a relatar:

– Bueno, después de los que murieron de hambre, que no es nada nuevo, la noticia más importante es el robo de la Casa de Hwang.

Era, precisamente, lo que Wang Lung esperaba oír. Y el hombre iba contando con verdadero placer, describiendo cómo las pocas esclavas que quedaban en la casa habían sido arrancadas de ella en medio de una confusión de gritos, y las concubinas, descubiertas y violadas, y algunas de ellas raptadas, de manera que ahora nadie quería vivir en aquella casa.

– Nadie en absoluto -concluyó el hombre-, excepto el Anciano Señor, que ahora está en las manos de una esclava llamada Cuckoo. Esta esclava se ha mantenido, por su talento, muchos años en la alcoba del Anciano Señor, mientras otras llegaban y volvían a partir.

– Entonces, ¿esta mujer puede ordenar? -preguntó Wang Lung, escuchando ávidamente.

– Por el momento, puede hacer lo que quiera -replicó el hombre-. Por lo tanto, le echa mano a todo lo que puede y traga todo lo que le es posible. Algún día, claro está, cuando los jóvenes señores hayan arreglado sus asuntos en otros lugares, regresarán y no podrá engañarles con sus pretensiones de servidora fiel que debe ser recompensada, y la echarán fuera. Pero ya tiene su vida asegurada ahora, aunque viva hasta los cien años.

– ¿Y la tierra? -preguntó al fin Wang Lung temblando de ansiedad.

– ¿La tierra? -exclamó el hombre, desconcertado, pues para este tendero la tierra no significaba nada.

– ¿Está en venta? -dijo Wang Lung con impaciencia.

– ¡Ah, la tierra! -contestó el hombre indiferentemente. Y como en aquel momento llegaba un cliente, se levantó y dijo mientras se alejaba-: He oído decir que está en venta, excepto el trozo donde está enterrada la familia desde hace seis generaciones.

Entonces Wang Lung se levantó también, habiendo oído lo que había venido a oír, y salió fuera, se acercó nuevamente a la casa grande y, sin entrar, le dijo a la mujer, que salió a abrirle: -Dime primero: ¿sellará el Anciano Señor con su propio sello el acta de la venta?

Y la mujer contestó vehementemente, con los ojos fijos en éclass="underline" -¡Lo hará, lo hará! ¡Por mi vida!

Entonces Wang Lung le preguntó simplemente:

– ¿Venderás la tierra por plata, o por oro, o por joyas? Y los ojos de la mujer brillaron mientras respondía: -¡La venderé por joyas!

XVII

Poseía ahora Wang Lung más tierra que la que un hombre podía trabajar con un solo buey y más cosechas de las que un hombre podía recolectar, así es que compró un asno, añadió otro cuarto a la casa y le dijo a su vecino Ching:

– Véndeme el pedacito de tierra que posees, deja tu solitaria casa y ven a la mía, para ayudarme a trabajar mi tierra.

Y Ching lo hizo así, contento de hacerlo.

Aquella temporada los cielos fueron pródigos en lluvia y el arroz se dio bien, y cuando el trigo fue segado y recogido en pesados haces, los dos hombres plantaron el arroz nuevo en los campos inundados; más arroz plantó Wang Lung aquel año del que había plantado en su vida entera, pues las lluvias eran copiosas y las antes tierras secas eran ahora tierras arrocíferas. Pero cuando llegó el momento de recoger esta cosecha, Wang Lung y Ching solos eran insuficientes, de manera que Wang Lung alquiló dos trabajadores de los que vivían en el pueblo y cosecharon el arroz.

Wang Lung, recordando también, mientras trabajaba la tierra, a los ociosos señores de la caída Casa de Hwang. cada mañana traía consigo al campo a sus dos hijos, obligándoles a trabajar en las labores que sus pequeñas manos podían hacer, guiando al buey y al asno, y, aunque no realizaban gran trabajo, haciéndoles al menos sentir el calor del sol sobre sus cuerpos y el cansancio de andar arriba y abajo a lo largo de los surcos.

Pero a O-lan no le permitía trabajar en los campos, pues ya no era un pobretón, sino un hombre que podía alquilar jornaleros si lo deseaba; y nunca había dado la tierra cosechas como las de este año. Habíase visto obligado a añadir otra habitación a la casa para almacenarlas, pues de lo contrario no les habría quedado espacio en que poder moverse. Y compró tres cerdos y un averío de aves de corral para alimentarlos con los granos caídos de la siega.