Pero un hombre no puede satisfacerse con las tonterías de unas criaturas, y tras un rato de risas y bromas, los niños se iban a sus juegos y Wang Lung se quedaba solo y lleno de desasosiego. Y entonces fue cuando miró a O-lan, su esposa, como un hombre mira a una mujer a quien conoce plenamente y hasta la saciedad, habiendo vivido en su compañía tan íntimamente que no hay nada de ella que conocer ni nada que esperar.
Y le pareció a Wang Lung que miraba a O-lan por primera vez en su vida, y por primera vez vio que era una mujer a la cual ningún hombre podría llamar otra cosa que lo que era: una criatura común y opaca que trajinaba en silencio sin preocuparse de cómo aparecía a los ojos de los demás. Vio por primera vez que su cabello era basto, seco y descolorido; que su cara era ancha, grande y ordinaria de cutis, y sus facciones carecían de belleza y de encanto. Sus cejas eran anchas y raquíticas de pelo; sus labios, demasiado dilatados, y sus manos y sus pies, muy grandes. Y al mirarla así con una mirada extraña, le gritó:
– ¡Cualquiera que te viese diría que eres la mujer de un hombre común y no la de un propietario que tiene trabajadores para labrar su tierra!
Era la primera vez que hablaba de cómo O-lan aparecía ante sus ojos, y ella contestó con una mirada lenta y dolorosa. Estaba sentada en un banco, metiendo y sacando una larga aguja en la suela de un zapato, y se detuvo en su tarea, con la aguja en el aire y la boca abierta, mostrando los dientes ennegrecidos. Luego, como si comprendiese al fin que él la miraba como un hombre mira a una mujer, un rubor intenso subió por sus mejillas y murmuró:
– Desde que esos dos últimos nacieron juntos, no he estado bien. Tengo un fuego en las entrañas.
Y él vio que, en su simplicidad, O-lan creía que él la acusaba porque durante más de siete años no había concebido. Y contestó con más aspereza de la que deseaba:
– ¡Lo que quiero decir es si no puedes comprarte un poco de aceite para el pelo, como hacen otras mujeres, y hacerte una túnica nueva de tela negra! ¡Y esos zapatos que llevas son impropios de la mujer de un hacendado, como eres ahora!
Pero ella no contestó nada, sólo le miraba humildemente y sin saber lo que hacía, y escondió los pies bajo el banco en que estaba sentada. Entonces, y aunque en el fondo de su corazón Wang Lung se avergonzaba de reprochar a esta criatura, que durante años le había seguido con la fidelidad de un perro, y aunque no olvidaba que cuando él era pobre y tenía que labrar sus propios campos, ella abandonaba el lecho aún después del nacimiento de un hijo y venía a ayudarle en la cosecha. a pesar de esto, no le fue posible contener la irritación y continuó diciendo despiadadamente, aunque contra su intima voluntad:
– He trabajado y me he enriquecido, y me gustaría que mi esposa no pareciese tanto una pobretona. Y esos pies tuyos…
Se detuvo. Le parecía completamente repugnante su mujer, y lo más repugnante de todo sus grandes pies dentro de aquellos sueltos zapatos de algodón. Los miró con tal cólera que ella los escondió todavía más bajo el banco, y al fin murmuró quedamente:
– Mi madre no me ciñó los pies porque me vendieron tan joven… Pero los pies de la más pequeña los ceñiré…
Pero Wang Lung se lanzó fuera, porque se avergonzaba de encolerizarse con ella y porque ella, a su vez, no se encolerizaba con él. Y se puso su nueva túnica negra, diciendo:
– Bueno, me iré a la casa de té a ver si oigo algo nuevo. En mi casa no hay nada más que tontos, y un anciano chocho y dos niños.
Su mal humor creció según se dirigía a la ciudad, pues recordó de pronto que no habría podido comprar nunca todas aquellas tierras si O-lan no hubiese cogido el puñado de joyas de la casa del hombre rico y si no se las hubiera entregado a él cuando le ordenó hacerlo. Pero al recordar esto se encolerizó todavía más y dijo, como para contestarse a sí mismo, con rebeldía:
– Bueno, y ella no supo lo que hacía. Cogió las joyas por placer, como una criatura coge un puñado de dulces rojos y verdes; aún las tendría ocultas en el seno si yo no las hubiese encontrado.
Entonces se preguntó si O-lan aún tendría las dos perlas entre sus pechos, pero lo que antes le parecía una cosa extraña y en la que a veces le gustaba pensar, era ahora algo que recordaba con desdén, pues sus pechos se habían vuelto fláccidos y colgantes con tantos hijos, no tenían belleza alguna, y perlas entre ellos no significaban más que una tontería y un derroche.
Todo esto no habría tenido la menor importancia si Wang Lung hubiera sido todavía un hombre pobre o si el agua no hubiese invadido sus campos. Pero tenía dinero. En las paredes de su casa había plata escondida, y plata en un saco que ocultaba bajo una loseta del suelo de su nueva casa, y plata envuelta en un paño y guardada en el cofre de la habitación donde dormía con su esposa, y plata cosida en el colchón de su cama, y plata en su cinturón. No le hacía falta plata, por lo que ahora, en lugar de salir de él como sangre manando de una herida, yacía en su cinturón quemándole los dedos cuando la tocaba, y sentía ansia de gastarla en esto y en aquello, y empezó a ser descuidado con ella y a pensar qué podría hacer para gozar los días de su edad viril.
Nada le parecía tan bueno como antes. La casa de té en la que solía entrar tímidamente, sintiéndose un vulgar hombre del campo, ahora le parecía sucia y sórdida. En los viejos tiempos, nadie le conocía y los chicos que servían el té se insolentaban con él, pero ahora las gentes se hacían señas cuando él entraba y podía oír a un hombre murmurarle a otro:
– Ahí está ese hombre Wang, del pueblo Wang, el que compró la tierra de la Casa de Hwang aquel invierno en que el Anciano Señor se murió durante la época de hambre. Ahora es rico.
Y al oír esto, Wang Lung se sentó con aparente displicencia, pero su corazón hinchóse de orgullo por todo lo que era.
Mas este día, en que había reprochado a su esposa, ni la deferencia con que le recibieron le satisfizo, y se sentó a beber su té sombríamente, sintiendo que nada era tan bueno en su vida como creyera. Y, de pronto, se preguntó:
"¿Por qué he de estar yo bebiendo té en esta casa, cuyo propietario es una bizca comadreja con menos ganancia que uno de mis trabajadores, yo, que tengo tierra e hijos que estudian?
Se levantó rápidamente, arrojó el dinero sobre la mesa y salió antes de que nadie pudiera hablarle. Vagó por las calles de la ciudad sin saber lo que quería, y una vez se detuvo ante la barraca de un narrador de historias y durante un rato permaneció sentado en el extremo de un banco atestado de oyentes escuchando lo que contaba el hombre, de los viejos tiempos, de la época de los Tres Reinos, cuando los soldados eran valientes y astutos. Pero estaba todavía desasosegado y no podía entregarse al encanto de la narración, como los otros, y el ruido del pequeño gong de latón que el hombre hacía sonar le fatigaba, así que se levantó y siguió su camino.
Ahora bien, se alzaba en la ciudad una gran casa de té recientemente abierta por un hombre del Sur, muy entendido en esta clase de negocios, y Wang Lung había en una ocasión pasado ante ella sintiéndose horrorizado al pensar en el dinero que se gastaba ahí en el juego, en diversiones, y en malas mujeres. Pero ahora. conducido por su inquietud y su ociosidad, y tratando de huir de los reproches de su corazón cuando pensaba que había sido injusto con su esposa, se dirigió hacia aquel lugar. Su desasosiego le obligaba a ver o a oír algo nuevo. Así, pues, atravesó el umbral de la nueva casa de té y entró en la estancia amplia y reluciente llena de mesas y abierta hacia la calle. Entró con suficiente valentía en el porte, tanto más cuanto en verdad se sentía muy tímido y recordaba que pocos años atrás era solamente un pobre hombre poseedor de un par de piezas de plata a lo mas, y un miserable que había trabajado hasta tirando de un rickshaw por las calles de una ciudad del Sur.