Ella contestó vehementemente:
– ¿Y por qué no, en verdad? Así lo han hecho todos los hombres que han prosperado. Solamente el pobre se ve reducido a beber de un solo vaso.
Habló así sabiendo lo que él respondería, y Wang Lung dijo tal como esperaba:
– ¿Pero quién negociará el asunto por mí y será mi mediador? Un hombre no puede ir a una mujer y decirle: "Ven a mi casa".
Al oír esto, ella dijo instantáneamente:
– Deja este asunto en mis manos. Dime solamente de qué mujer se trata y yo lo arreglaré todo.
Entonces Wang Lung contestó de mala gana y tímidamente, porque jamás había pronunciado su nombre en voz alta delante de nadie:
– Es la mujer llamada Loto.
Le parecía a Wang Lung que todo el mundo tenía que haber oído hablar de Loto, olvidando que sólo dos lunas atrás él mismo ignoraba su existencia. Se mostró impaciente, por lo tanto, cuando la mujer de su tío inquirió:
– ¿Y dónde vive?
– ¿Donde ha de vivir -repuso él con aspereza- sino en la gran casa de té de la calle principal de la ciudad?
– ¿Esa que se llama "Casa de las Flores"?
– ¿Y qué otra? -repuso Wang Lung.
La mujer musitó un momento, mientras se tiraba del labio inferior, y al fin dijo:
– No conozco a nadie allí. Tendré que buscar un medio… ¿Quién es el guardián de esa mujer?
Y cuando Wang Lung le dijo que era Cuckoo, la que había sido esclava de la casa grande, ella se rió y dijo:
– ¡Ah! ¿Con que aquélla? ¿Es a eso a lo que se dedicó después que el Anciano Señor se le murió en su cama una noche? Bueno, es algo digno de ella.
Entonces rió otra vez, con un cacareante “¡Eh, eh, eh!", y dijo descuidadamente:
– ¡Con que aquélla! Pues el asunto es realmente fácil. Todo se allanará. ¡Aquélla! Aquélla movería las montañas si le ponen en la mano dinero suficiente.
Y al oír esto, Wang Lung sintió que la boca se le secaba de pronto y la voz le salió como un murmullo:
– ¡Plata, pues! ¡Plata y oro! ¡Cualquier cosa, hasta el precio de mi tierra!
Entonces, debido a una extraña y contraria fiebre amorosa, Wang Lung no quiso volver a la casa de té hasta que todo se hubiera arreglado. Para si mismo decía:
"¡Y si no quiere venir a mi casa y ser para mí únicamente, que me corten el cuello si he de volver donde está ella!"
Pero al pensar las palabras: "Si no quiere venir", el corazón se le paraba de angustia y tenía que correr continuamente a la mujer de su tío y decirle:
– Que por falta de dinero no se cierre la entrada.
Y de nuevo repetía:
– ¿Le habéis dicho a Cuckoo que tengo el oro y la plata que necesite?
Y volvía a insistir:
– Decidle que no tendrá que hacer trabajo alguno en mi casa y que vestirá de seda y podrá comer aletas de tiburón todos los días si lo desea…
Hasta que al fin la mujer se impacientó y le chilló girando los ojos:
– ¡Basta y basta! ¿Soy yo una imbécil o es ésta la primera vez que compongo a un hombre y a una mujer? Déjame tranquila y yo lo arreglaré. Ya les he dicho todo eso muchas veces.
Y a Wang Lung no le quedó otra cosa que hacer que morderse las uñas y mirar la casa como Loto la miraría, y dio órdenes a O-lan de hacer esto y lo otro, de barrer, de lavar, de cambiar de sitio sillas y mesas hasta que la pobre mujer se aterrorizó, pues bien sabía ahora, aunque él no daba explicaciones, lo que iba a suceder.
Ahora a Wang Lung le era insoportable dormir en compañía de O-lan, y se dijo que con dos mujeres en la casa hacían falta más habitaciones y otro patio y que debía haber un sitio donde él pudiera aislarse con su amor. Así es que, mientras esperaba que la mujer de su tío terminase el negocio, llamó a sus trabajadores y les ordenó construir otro patio detrás del cuarto central, y en torno a este patio edificar tres cuartos, uno grande y dos pequeños. Y los trabajadores le miraron con asombro, pero no se atrevieron a replicar y él no les explicó nada, sino que se puso a dirigirlos él mismo para no tener que hablar de lo que hacía ni siquiera con Ching. Y los hombres cogieron tierra de los campos y levantaron las paredes, y Wang Lung mandó a buscar tejas a la ciudad para cubrir el techo.
Entonces, cuando estas cosas estuvieron terminadas y la tierra del suelo apretada y lisa, hizo traer ladrillos y los hombres los colocaron unos junto a otros soldándolos con arcilla, y las tres habitaciones de Loto tuvieron un buen pavimento enlosado. Luego Wang Lung compró tela encarnada para hacer las cortinas de las puertas, y una mesa nueva y dos sillas talladas para colocar a cada lado, y dos rollos de papel en el que había pintados pintorescos paisajes, para colocarlos en la pared, detrás de la mesa.
Y compró una caja redonda, de laca roja y con tapa, puso en ella pasteles de ajonjolí y dulces mantecosos y colocó la caja sobre la mesa. Entonces compró la cama, una cama tallada, ancha y profunda, bastante grande para un cuarto relativamente pequeño, y también compró cortinas floreadas con que adornarla. Pero para todo esto le daba vergüenza requerir la ayuda de O-lan, así es que la mujer de su tío venía por las noches y hacía todas esas cosas que un hombre es demasiado torpe para hacer él mismo.
Entonces todo quedó terminado y no había ya nada por hacer, pero pasó una luna y el asunto no se había arreglado todavía, de manera que Wang Lung se regodeaba solo en el pequeño departamento que había edificado para Loto y pensó en hacer un estanque chiquitito en el centro del patio. Llamó, pues, a un obrero y éste cavó en el suelo, hizo un estanque de tres pies cuadrados que recubrió con losetas, y Wang Lung fue a la ciudad y compró para este estanque cinco peces dorados. Hecho esto, ya no se le ocurrió qué más hacer y esperó otra vez, impaciente y febril.
Durante todo este tiempo no hablaba con nadie, como no fuese para regañar a los chiquillos, si tenían las narices sucias, o para gritarle a O-lan que hacía más de tres días que no se había cepillado el pelo. Hasta que una mañana O-lan rompió a llorar y a sollozar como él jamás la había visto, ni aun en la época en que se morían de hambre. Y Wang Lung exclamó con rudeza:
– ¿Y ahora qué pasa, mujer? ¿No puedo decir que te peines esa cola de caballo que tienes por pelo sin que se arme todo este escándalo?
Pero ella no habló más que para repetir una y otra vez, entre gemidos:
– Te he dado hijos… Te he dado hijos,…
Y Wang Lung, inquieto, se calló. Y como se sentía avergonzado ante ella, la dejó sola. Era cierto que ante la ley no tenía queja alguna de su esposa, pues le había dado tres robustos hijos, los tres vivían, y él no tenía más excusa que su deseo.
Y así siguieron las cosas hasta que un día la mujer de su tío le dijo:
– El asunto está arreglado. La mujer que el amo de la casa de té tiene de guardiana hará el negocio por cien piezas de plata en la palma de la mano y de una vez, y la muchacha vendrá por unos pendientes y una sortija de jade, dos trajes de satén, dos de seda, una docena de zapatos y dos colchas de seda para su cama.
De todo esto, Wang Lung sólo oyó lo primero: "El asunto está arreglado", y corrió a la habitación interior, sacó la plata y la puso en manos de la mujer, pero todavía secretamente porque no le gustaba que nadie viese partir así las buenas cosechas de tantos años. Y a la mujer de su tío le dijo:
– Podéis quedaros con diez piezas de plata.
Al oír esto, ella simuló rechazar el regalo y encogiendo sus gruesos hombros y girando la cabeza a un lado y a otro murmuró:
– No, no las cogeré. Somos una misma familia y tú eres mi hijo y yo soy tu madre y lo que hago lo hago por ti y no por la plata.
Pero Wang Lung vio que tenía la mano extendida mientras rehusaba, y vertió en ella la plata con generosidad.
Hecho esto compro cerdo y buey, y pescado exquisito, brotes de bambú y castañas, nidos de pájaros del Sur para hacer sopa, aletas de tiburón y cuantas exquisiteces conocía, y volvió a esperar…, si es que aquella ardiente y turbulenta impaciencia que le consumía podía llamarse espera.