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Wang Lung sentóse en el taburete donde había estado Loto, escondió la cabeza entre las manos y cerró los ojos, respirando entrecortadamente. Nadie se acercó a él y permaneció así, solo, hasta que se calmó y cesó su cólera.

Entonces, con infinito cansancio, se levantó y fue al cuarto donde estaba Loto, tendida en la cama y sollozando, y cogiéndola por los hombros la hizo volverse. Loto se le quedó mirando sin cesar de gemir, y Wang Lung observó que en la mejilla tenía hinchada la marca de un latigazo.

Y le dijo tristemente:

– ¿De modo que tienes que ser toda tu vida una ramera y tentar hasta a mis propios hijos?

Ella se puso a llorar con más fuerza al oír esto y protestó:

– ¡No, no es verdad! ¡El muchacho se sentía solo y entró en el patio, pero pregúntale a Cuckoo si jamás ha estado más cerca de mi lecho de lo que tú le viste!

Le miró, asustada y llorosa, y cogiéndole una mano la llevó a la hinchazón que cruzaba su mejilla, exclamando:

– ¡Mira lo que has hecho a tu Loto! Y si él es tu hijo, para mí no es más que tu hijo y nada me importa de él!

Volvió a mirarle, con sus lindos ojos arrasados en lágrimas transparentes, y Wang Lung gimió porque la belleza de esta mujer era más fuerte que él y la amaba contra su voluntad. Le parecía de pronto que le sería insoportable saber lo que había pasado entre los dos y deseó no saberlo nunca, porque era mejor que no lo supiera. Y gimiendo de nuevo, salió de la habitación. Al pasar frente al cuarto de su hijo gritó sin entrar en éclass="underline"

– ¡Ahora pon tus cosas en el cofre y vete al Sur a hacer lo que te plazca y no regreses hasta que yo te mande a buscar!

Siguió adelante y pasó frente a O-lan, que estaba cosiéndole unas ropas; pero O-lan no dijo nada, y si había oído los gritos y los golpes no dio muestras de ello.

Wang Lung siguió en dirección a sus campos y permaneció en ellos hasta el mediodía. sintiéndose agotado y rendido como después de todo un día de labor.

XXV

Cuando el hijo mayor hubo partido, Wang Lung sintió que la casa había sido purgada de un exceso de inquietud y esto le sirvió de alivio. Se dijo también que era mejor para el muchacho haber partido y que ahora él podría ocuparse de sus otros hijos, pues, con las propias tribulaciones y las exigencias de la tierra, que debía ser sembrada y cosechada a su debido tiempo, ocurriese lo que ocurriese fuera de ella, apenas si prestaba atención a sus hijos, con excepción del mayor. Decidió, además, sacar pronto de la escuela al hijo segundo e iniciarle en el comercio, sin esperar a que la turbulencia de la juventud se apoderase de él y le convirtiera en una plaga, como había ocurrido con el mayor.

Ahora bien, el hijo segundo de Wang Lung era tan diferente del mayor como pueden serlo dos hermanos. Mientras el primogénito era alto, de grandes huesos y rostro encendido, como los hombres del Norte y como su madre, el otro era de pequeña estatura, ligero y amarillo de piel; había algo en este muchacho que le recordaba a Wang Lung a su propio padre: la mirada astuta, aguda y humorística, y cierta disposición para la malicia si el caso lo requería.

Y Wang Lung se dijo:

"Bueno, este muchacho hará un buen comerciante. Lo sacaré del colegio y veré si puede entrar como aprendiz en el mercado de granos. Sería conveniente que yo tuviese un hijo donde vendo mis cosechas, y que pudiera vigilar la balanza e inclinarla un poco a mi favor.

De modo que cierto día le dijo a Cuckoo:

– Ve a decirle al padre de la prometida de mi hijo que tengo que hablar con él. Podemos tomar un vaso de vino juntos, ya que hemos de ser vertidos en un mismo cuenco, su sangre y mi sangre.

Cuckoo fue y regresó diciendo:

– Os verá cuando queráis, y si podéis ir a beber vino con él esta misma tarde, bien está, y si lo deseáis de otro modo, él vendrá aquí.

Pero Wang Lung no deseaba que el comerciante fuera a su casa porque temía verse obligado a hacer preparativos especiales, así es que se lavó cuidadosamente, se puso la túnica de seda y echó a andar a través de los campos. Fue primeramente a la calle de los Puentes, como Cuckoo le había indicado, y una vez en ella detúvose ante una puerta que llevaba el nombre de Liu. No es que pudiera leerlo, pero dio con la puerta contando, pues sabía que era la segunda a la derecha del puente. Además preguntó a uno que pasaba y la letra era, en electo, la letra de Liu. Era una puerta respetable, construida sencillamente de madera, y llamó a ella con la palma de la mano.

Inmediatamente se abrió y una servidora apareció en ella secándose las manos en el delantal mientras preguntaba el nombre del visitante, y cuando éste lo dijo se le quedó mirando, pues sabía que era el padre del prometido de la hija de la casa. Luego se fue a llamar a su amo.

Wang Lung miró en torno atentamente, alzó y palpó la tela de las cortinas y examinó la madera de la mesa, sintiéndose contento porque era evidente que en aquella casa se vivía bien, pero sin exagerada opulencia. Él no quería una nuera rica, para que no fuese altiva y desobediente, llena de caprichos y dada a apartar de sus padres el corazón de su marido. Hecha la inspección, Wang Lung sentóse nuevamente y esperó.

De pronto se oyeron unos pasos pesados y un hombre grueso y de cierta edad penetró en la estancia. Wang Lung se levantó y saludó y los dos se saludaron de nuevo, mirándose a hurtadillas con mutua satisfacción y respetando el uno al otro por lo que cada cual era: un hombre próspero y de provecho. Luego se sentaron los dos y bebieron el vino caliente que la criada les sirvió, y hablaron despacio de esto y de lo otro, de cosechas, de precio y de lo que valdría el arroz aquel año si la recolección era buena. Y al final Wang, Lung dijo:

Bueno, yo he venido a una cosa, aunque, si vuestro deseo lo quiere así, hablaremos de otros asuntos. Pero si tenéis necesidad de un servidor en el mercado, ahí está mi hijo segundo, que es muy listo, pero si no tenéis necesidad de él hablaremos de otras cosas.

Entonces el comerciante dijo placenteramente:

– Sí tengo necesidad de un joven que sea listo, si sabe leer y escribir.

Y Wang Lung repuso con orgullo:

– Mis dos hijos son buenos estudiantes y los dos saben cuándo una letra está mal escrita y si es aplicada correctamente la radical de la madera o la del agua.

Pues bien exclamó Liu, hacedle venir cuando queráis. Al principio no tendrá más salario que la comida, hasta que aprenda el oficio, y, si sirve, al cabo de un año cobrará una pieza de plata al final de cada luna, y al cabo de tres años, tres piezas. Después de esto habrá terminado su aprendizaje y podrá abrirse paso en el negocio como sepa. Además de su salario, las gratificaciones que pueda sacar de este vendedor y aquel comprador son suyas, y si sabe conseguirlas yo no tengo nada que decir. Y porque nuestras dos familias están unidas no os pido por él depósito de garantía.

Entonces Wang Lung se levantó satisfecho, sonrió y dijo: Ahora somos amigos. Y decidme, ¿no tenéis un hijo para mi hija segunda?

El comerciante, que era un hombre gordo y bien alimentado, se rió con fuerza y repuso:

– Tengo un hijo de diez años al que aún no he prometido. ¿Qué edad tiene la niña?

– Cumplirá diez en su próximo cumpleaños, y es linda como una flor.

Entonces los dos hombres se rieron juntos y el comerciante exclamó:

¿Vamos a ligarnos con doble lazo?

Y Wang Lung ya no dijo nada más, pues no era una cosa que pudiera ser discutida ahora más allá de lo que lo había sido. Pero después de haber saludado y partido satisfecho, se dijo para sus adentros: "La cosa puede hacerse", y cuando llegó a su casa miró a su hija y vio de nuevo que era linda y que, como su madre le había ceñido los pies, se movía graciosamente a pasitos menudos. Pero al mirarla atentamente, Wang Lung descubrió en su rostro señales de llanto y cierta palidez impropia de sus años, así es que cogiéndola por la mano y acercándola a él preguntó: