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– ¿Por qué has llorado?

Entonces la niña bajó la cabeza, jugó con un botón de su vestido y dijo en voz baja:

– Porque mi madre ciñe una tela en torno a mis pies, más apretada cada día, y por las noches no puedo dormir.

– Pues yo no te he oído llorar dijo Wang Lung asombrado.

– No contestó ella simplemente-; mi madre me dijo que no tenía que llorar alto porque, como sois demasiado bueno y débil para ver sufrir, podríais decir que me dejasen como estoy y entonces mi esposo no me querría, como vos no la queréis a ella.

Dijo esto con la simplicidad de una criatura que recita un cuento, y Wang Lung se sintió herido al oírlo, al saber que O-lan le había dicho a la niña que él no amaba a la madre de su hija. Y exclamó rápidamente:

Bueno, hoy he sabido de un guapo esposo para ti, y ya veremos si Cuckoo puede arreglar las cosas.

Entonces la niña sonrió y bajó la cabeza, sintiéndose de pronto una doncella y no una criatura.

Aquella misma noche. Wang Lung le dijo a Cuckoo cuando entró en el segundo patio:

Ve y mira si puede hacerse.

Pero durmió inquietamente junto a Loto, despertándose varias veces y pensando en su vida y en cómo O-lan había sido siempre una leal servidora para él. Pensó también en lo que la niña había dicho y se sintió triste porque a pesar de sus oscuras luces, O-lan había leído en él la verdad.

Pocos días después de esto, Wang Lung envió a su segundo hijo a la ciudad y firmó los papeles para los esponsales de la hija menor y se decidió la dote y los regalos de joyas y ropas para su matrimonio.

Entonces Wang Lung descansó y se dijo:

"Bueno, ahora todos mis hijos están colocados. Mi pobre tonta no puede hacer otra cosa que sentarse al sol con su trocito de tela, y al hijo menor lo dedicaré a la tierra y no irá a la escuela, ya que es suficiente que dos sepan leer y escribir."

Sentíase orgulloso porque tenía tres hijos y uno era estudiante, otro comerciante y el otro labrador. Estaba, pues, contento y cesó de pensar en sus hijos. Pero, quisiera o no quisiera, no podía dejar de pensar en la mujer que se los había dado.

Por primera vez en todos los años que había vivido con ella, Wang Lung empezó a pensar en O-lan ahora. Aun en los días de su llegada a la casa no había pensado en ella por ella misma, ni más allá del hecho de que era una mujer y la primera que había conocido. Y le parecía a Wang Lung que con unas cosas y otras había estado siempre ocupado y sin tiempo que perder, y sólo ahora, cuando sus hijos estaban colocados y sus campos cuidados y en reposo bajo la proximidad del invierno, su vida con Loto regulada y Loto sumisa desde que le había pegado, sólo ahora le parecía a Wang Lung que podía pensar en lo que quisiera, y pensó en O-lan.

La miró, pues, atentamente, pero esta vez no como a una mujer y no porque fuera fea, descarnada y macilenta, sino con un extraño remordimiento al ver como había enflaquecido y como su piel se había tornado amarillenta y marchita. O-lan siempre había sido morena y su piel era tostada y encendida cuando trabajaba en la tierra. Pero desde hacía muchos años no había salido a los campos, excepto tal vez durante las recolecciones, y ni aun eso en los dos últimos años, pues Wang Lung no la dejaba, temeroso de que la gente dijera:

¿Todavía trabaja tu mujer en la tierra, siendo tú rico?

Sin embargo, nunca llegó a pensar por qué O-lan había querido al fin permanecer siempre en la casa, ni por qué se movía cada vez más despacio; y recordaba ahora que a veces la oía quejarse, cuando se levantaba del lecho por las mañanas y cuando se bajaba a encender el fuego, y sólo cuando él inquiría: Bueno, ¿y qué pasa?, ella se callaba súbitamente. Ahora, mirándola y viendo la extraña hinchazón de su cuerpo. Wang Lung sentía remordimientos y discutía así consigo mismo:

"Al fin y al cabo, yo no tengo la culpa de no haberla querido como se quiere a una concubina, ya que los hombres no suelen hacerlo."

Y añadió para consolarse:

"No le he pegado nunca y le he dado plata cuando me la ha pedido."

Pero no podía olvidar lo que la niña había dicho, y le dolía sin saber por qué, ya que, si analizaba la cuestión, había sido un buen esposo y mejor que otros.

Y porque no podía librarse de pensar en ella la miraba continuamente, observándola cuando le traía la comida o cuando andaba por la casa. Y un día, mientras se inclinaba para barrer el suelo, la vio ponerse gris, como bajo un agudo dolor interno; abrió los labios, jadeante, y se llevó la mano al vientre, inclinada todavía como si fuera a barrer, entonces Wang Lung le preguntó vivamente:

¿Qué te pasa?

Pero ella apartó el rostro y repuso humildemente:

– Es el viejo dolor que tengo en las entrañas.

Y Wang Lung la miró de nuevo y le dijo a su hija menor: Coge la escoba y barre, pues tu madre está enferma.

Y a O-lan le dijo con más bondad de la que le había hablado en mucho tiempo:

Ve y acuéstate, y yo le diré a la niña que te lleve agua caliente. No te levantes.

Ella obedeció lentamente y sin replicar, entró en su cuarto y Wang Lung la oyó andar por él y luego tenderse en la cama y quejarse bajito. Entonces el se sentó y estuvo escuchando estos quejidos basta que no pudo soportarlos más y se fue a la ciudad a preguntar por un médico.

Encontró uno que le había sido recomendado por un escribiente del mercado de granos donde ahora se hallaba su hijo segundo, y fue a verle. El médico estaba sentado ociosamente ante una tetera. Era un hombre viejo, de larga barba cenicienta y lentes que semejaban los ojos de un mochuelo, y vestíase con una sucia túnica gris cuyas largas mangas le cubrían las manos por completo. Cuando Wang Lung le dijo cuáles eran los síntomas de su esposa, frunció los labios y abriendo un cajón de la mesa ante la que se hallaba sentado, sacó un paquete y dijo:

– Iré ahora mismo.

Cuando se acercaron a su cama, encontraron a O-lan dormida con un sueño ligero; el sudor le perlaba la frente y el labio superior, y al verlo el médico movió la cabeza con pesimismo. Alargando una mano tan seca y amarilla como la de un mono, le tomó el pulso durante un largo rato, y luego movió otra vez la cabeza gravemente y dijo:

– El bazo está dilatado y el hígado enfermo. Tiene una piedra tan grande como la cabeza de un hombre en la matriz; el estómago está desintegrado; el corazón no se mueve apenas y seguramente hay gusanos en él.

Al oír estas palabras, Wang Lung sintió que su propio corazón se detenía, y tuvo miedo, gritando con ira:

– Buena, pues dadle medicina. ¿No podéis hacerlo?

O-lan abrió entonces los ojos y miró a los hombres sin comprender, embotada de dolor.

El médico habló de nuevo:

– Es un caso difícil. Si no queréis garantía de curación, mis honorarios serán diez piezas de plata y le recetará unas hierbas, el corazón seco de un tigre y un diente de perro, todo esto hervido junto y que beba el caldo. Pero si queréis garantía de curación completa, entonces son quinientas piezas de plata.

Cuando O-lan oyó las palabras "quinientas piezas de plata" salió de pronto de su modorra y dijo débilmente:

– No, mi vida no vale tanto. Por ese precio se puede comprar un buen trozo de tierra.

Al oír esto, Wang Lung sintió que todos sus remordimientos le herían de nuevo, y contestó furiosamente:

– ¡No quiero muertes en mi casa y puedo pagar la plata!

Cuando el médico le oyó decir: "Puedo pagar la plata", sus ojos brillaron codiciosamente, pero había la pena que infligía la ley si no cumplía su palabra y la mujer se moría, de modo que exclamó, aunque con sentimiento:

– No; mirándole el blanco de los ojos veo que me he equivocado. Necesito cinco mil piezas de plata para garantizar su curación.

Entonces, comprendiendo, Wang Lung miró al médico silenciosa y tristemente. El no poseía tantas piezas de plata a menos que vendiese la tierra, y aun si hiciera esto no serviría de nada, porque era simplemente lo que el médico decía: "Esta mujer se muere."