Según la primavera se convertía en verano, las gentes que habían huido de la inundación regresaban. Uno por uno y grupo por grupo regresaban, consumidos y exhaustos por el duro invierno y felices de volver a sus lares, a pesar de que donde se habían levantado sus casas no había ahora nada más que el barro amarillento de la tierra empapada en agua. Pero de este barro se podían construir las casas otra vez y se podían traer esterillas para cubrirlas. Mucha gente fue a Wang Lung a pedirle dinero prestado, y él lo prestó a un interés alto, ya que la demanda era tan grande; y la garantía que exigía siempre era tierra. Con el dinero prestado compraban semilla para sembrar la tierra rica con la fuerza que había dejado en ella el agua, y si necesitaban bueyes y más simientes y arados, y no conseguían más dinero a préstamo, algunos vendían tierras y parte de sus campos para poder plantar lo que restaba. Y de éstos Wang Lung adquiría tierra y más tierra, y la adquiría barata porque necesitaban dinero. Pero había algunos que no querían vender su tierra, y cuando no tenían con qué comprar simiente, bueyes y arados, vendían a sus hijas; muchos fueron los que se dirigieron a Wang Lung para venderlas, porque se sabía que era rico y poderoso y hombre de buen corazón.
Y él, pensando constantemente en la criatura que iba a nacer y en las otras que nacerían de sus hijos cuando se casaran, compró cinco esclavas, dos de unos doce años de edad, con grandes pies y cuerpos vigorosos; dos más jóvenes para servirles y llevar y traer cosas, y otra para el servicio personal de Loto, pues Cuckoo se hacía vieja y desde que la segunda hija partió no hacía habido nadie más para trabajar en la casa. Estas cinco esclavas, Wang Lung las compró en el mismo día, pues era hombre suficientemente rico para poder cumplir en seguida sus decisiones.
Y un día, mucho después de esto, llegó un hombre trayendo una doncellita pequeña y delicada, de unos siete años de edad y deseando venderla. Al principio, Wang Lung dijo que no, pues le parecía demasiado pequeña y débil, pero a Loto le cayó en gracia la niña y dijo caprichosamente:
– Quiero quedarme ésta porque es tan bonita, y la otra es basta y huele a carne de cabra y no me gusta.
Wang Lung miró a la niña y vio sus lindos ojos asustados y la delgadez de su cuerpecillo: y, en parte por complacer a Loto y en parte por ver a la niña alimentada y gruesa, dijo:
– Bueno, pues así sea si tú lo quieres.
La compró, pues, por veinte piezas de plata y la pequeña fue a vivir a las habitaciones de Loto y dormía a los pies de su cama.
Ahora le parecía a Wang Lung que podría tener paz en su casa. Cuando retrocedieron las aguas, llegó el verano y la tierra estuvo preparada para recibir la buena semilla, Wang Lung fue de aquí para allí mirando campo por campo y discutiendo con Ching la calidad de cada suelo y los cambios que debería haber en las cosechas para la fertilidad de la tierra. Y dondequiera que iba se llevaba con él a su hijo menor, que había de seguir con la tierra después de él, para que el muchacho aprendiera. Y Wang Lung nunca veía si prestaba atención o no, pues caminaba con la cabeza baja y tenía la expresión hosca y nadie sabía lo que pensaba.
Pero Wang Lung no se enteraba de lo que el muchacho hacia; sólo sabía que estaba allí, caminando en silencio detrás de su padre. Y cuando todo estuvo planeado. Wang Lung regresó a su casa satisfecho y se dijo:
"Ya no soy joven y no es necesario que trabaje con mis propias manos, puesto que tengo hombres en mi tierra y tengo hijos y paz en mi casa."
Y, sin embargo, cuando entraba en su casa no había paz en ella. A pesar de que le había dado una esposa al hijo, y a pesar de que había comprado esclavas suficientes para servirlos a todos, y a pesar de que a su tío y a la mujer de su tío les daba todo el opio que necesitaban para su placer, no había paz en su casa. Y de nuevo era por el hijo de su tío y por su propio hijo primogénito.
Parecía como si el hijo de Wang Lung no pudiese cesar en el odio que sentía por su primo y en su sospecha de las malas intenciones que le animaban. Bien había visto, con sus propios ojos, en los días de su adolescencia, las malas artes de su primo, y las cosas habían llegado a tal extremo que se negaba a abandonar la casa para ir a la ciudad, saliendo sólo cuando el otro lo hacia, y sospechaba de sus intenciones con las esclavas y aun con Loto, lo cual era innecesario, pues Loto engordaba y envejecía cada día más y desde hacía mucho tiempo no le importaba nada más que sus comidas y sus vinos, y no se hubiera tomado la molestia de hacerle caso aun cuando él la hubiese solicitado. Loto se alegraba ahora hasta de que Wang Lung viniese a ella cada vez menos según pasaban los años.
Aquel día, cuando, acompañado por su hijo menor, Wang
Lung entró en la casa, su primogénito le llevó aparte y le dijo:
– No quiero sufrir más a mi primo en la casa, y estoy cansado de sus miradas furtivas y de su continuo haraganear con las ropas desabrochadas, y de que no quite los ojos de las esclavas.
No se atrevía a decir: "Y hasta se atreve a mirar a vuestra propia mujer", porque recordaba, con asco, que hubo un tiempo en que él mismo andaba tras esta mujer de su padre, y ahora, viéndola gorda y más vieja, no podía soñar que hubiera hecho tal cosa y sentíase amargamente avergonzado y por nada del mundo lo hubiera traído a la memoria de su padre. Guardó, pues, silencio sobre esto y tan sólo se refirió a las esclavas.
Wang Lung había llegado del mejor humor de sus campos, porque el agua se iba alejando de la tierra y el aire era seco y caliente; y también porque estaba contento de que su hijo menor hubiera ido con él. Así es que contestó coléricamente a esta nueva complicación que surgía en su casa:
– Bueno, y tú eres un chiquillo necio por pasarte la vida pensando en esto. Te has encariñado con tu mujer y te has encariñado excesivamente, pues un hombre no ha de preocuparse tanto por la esposa que sus padres le dieron. No es propio ni está bien que un hombre ame a su esposa con un amor bobo y presuntuoso, como si fuese una ramera.
El joven se sintió herido por esto, pues lo que más temía era que alguien le pudiera acusar de conducta incorrecta, como si fuera él un hombre vulgar e ignorante, y repuso apresuradamente:
– No es por mi esposa. Es que su manera de portarse es impropia en la casa de mi padre.
Wang Lung no le oyó. Estaba musitando enojadamente y dijo otra vez:
– ¿Es que no terminarán nunca en mi casa estas guerras entre macho y hembra? ¡Aquí estoy yo, envejecido; mi sangre se enfría y al fin me veo libre de deseos! ¿Tendré que soportar los deseos y los celos de mis hijos?
Y al cabo de un rato gritó de nuevo:
– Bueno, ¿y qué quieres que haga?
El joven había esperado pacientemente que pasase el enojo de su padre, pues tenía algo que decirle, y Wang Lung comprendió esto claramente cuando le preguntó: "¿Qué quieres que haga?"
El joven contestó entonces firmemente:
– Quisiera que dejásemos esta casa y que nos fuéramos a vivir a la ciudad. No está bien que continuemos viviendo en el campo como patanes; podríamos dejar aquí a mi tío, su mujer y su hijo, y nosotros vivir seguros tras las murallas de la ciudad.
Wang Lung se rió con una risa hiriente y breve al oír esto, y desechó el deseo del joven como algo sin valor e indigno de tenerse en cuenta.
– Esta es mi casa -respondió enérgicamente, sentándose a la mesa y cogiendo la pipa de agua de donde se hallaba-, y puedes vivir en ella o no, según te plazca. Es mi casa y mi tierra, y si no fuera por la tierra nos habríamos muerto de hambre, como les ha pasado a otros, y tú no podrías pasearte con tus hermosas túnicas, descansado y ocioso como un estudiante. Gracias a la buena tierra eres algo más que el hijo de un labrador.
Y Wang Lung se levantó y comenzó a dar zancadas por el cuarto central comportándose zafiamente y escupiendo en el suelo como haría un campesino, pues aunque por un lado se complacía en el refinamiento de su hijo, por otro lado lo desdeñaba, y esto a pesar de que sabía que, secretamente, estaba orgulloso de él, y orgulloso porque nadie que le viera creería que sólo una generación le separaba de la tierra.