– Buen muchacho… Buen muchacho… Tu tío te conoce… Tú eres mi hijo. Hijo, pon un poco de plata en esta vieja palma:… Diez piezas, o aunque sean nueve, y podré empezar a hacer tratos con un agente matrimonial para casar a mi esclava. ¡Ah, tienes razón! ¡Ya es tiempo, ya es tiempo!
Dio un suspiro, movió la cabeza y miró devotamente hacia el cielo.
Wang Lung recogió el azadón y lo volvió a lanzar.
– Venid a casa -dijo-. Yo no llevo plata encima, como un príncipe.
Y comenzó a andar; iba con una amargura en el alma que le dejaba sin palabras. Parte de la plata con la que había pensado comprar más tierra tenía que pasar a las manos de su tío, de donde caería en las mesas de juego.
Penetró en la casa, apartando de su paso a sus dos hijitos, que jugaban desnudos en la entrada. El tío acarició a los dos pequeñitos con fácil afecto.
– Sois dos hombrecitos -les dijo cogiendo a uno en cada brazo.
Pero Wang Lung no se detuvo. Entró en la habitación donde dormía con su mujer y la tercera criatura. La habitación estaba muy oscura y, excepto por la estría de luz que penetraba por el agujero, no podía ver nada. Pero el olor de sangre caliente, que tan bien recordaba, le salió al encuentro y gritó vivamente:
– ¿Qué es esto? ¿Te llegó la hora?
La voz de su mujer le contestó desde la cama con una debilidad que no le conocía:
– Ya pasó todo otra vez. Ahora sólo ha sido una esclava. No vale la pena mencionarla.
Wang Lung se quedó inmóvil. Un mal presentimiento cruzó su mente. ¡Una chica! Por una chica había ahora aquellas preocupaciones en casa de su tío.
Se dirigió sin replicar a la pared y tanteó buscando la aspereza que era la marca del escondite donde guardaba la plata. Sacó de el nueve piezas.
– ¿Para qué estas sacando la plata? -preguntó su mujer súbitamente en la oscuridad.
– Me veo obligado a prestársela a mi tío -replicó brevemente.
– Más vale no decir "prestar" cuando se trata de esa casa.
– Bien lo sé -contestó Wang Lung con amargura. Me destroza el corazón tener que dársela, y sin otra razón que el ser de la misma sangre.
Cuando le hubo entregado el dinero a su tío se dirigió de nuevo hacia el campo y se puso a trabajar con verdadero furor. Por un momento, sólo pensó en la plata: la vio lanzada descuidadamente sobre la mesa de juego, arrebatada por alguna mano holgazana. Su plata, la plata que tan penosamente había arrancado de su tierra para convertirla en más tierra.
Llegó la noche cuando su ira comenzó a calmarse, y se acordó de su casa y de su cena. Y entonces también se le ocurrió pensar en la nueva boca que acababa de nacer, que era una niña, y las niñas no pertenecen a los padres, sino que son dedicadas a otras familias. Ni siquiera había pensado, en su cólera contra su tío, en detenerse a mirar esta nueva criatura.
Permaneció apoyado contra el azadón y se sintió invadido de tristeza. Tendría ahora que pasar otra cosecha hasta que pudiese comprar la tierra, un trozo colindante con el que ya tenía. Y ahora había una boca más en la casa.
A través del cielo pardo del atardecer pasó una bandada de cuervos y revolotearon en torno a él graznando ruidosamente. Los vio desaparecer en unos árboles cercanos a su casa y corrió tras ellos gritando y agitando el azadón. Los cuervos se elevaron nuevamente formando círculos sobre su cabeza, burlándose con sus graznidos, y al fin se perdieron en el cielo ya oscurecido.
Wang Lung gimió. Aquello era un mal presagio.
VIII
Parecía como si los dioses, habiendo abandonado a un hombre, no se acordasen más de él. Las lluvias que debían haber caído en los comienzos del verano no cayeron, y día tras día el cielo brillaba con fresco y cruel resplandor. La tierra apergaminada y sedienta les tenía sin cuidado a los dioses, y de aurora a aurora no se veía una nube. Por las noches, las estrellas se destacaban en el cielo impoluto con una belleza dorada y perversa.
Los campos, a pesar de que Wang Lung los cultivaba con desesperación, se resecaban y abrían, y el trigo tierno que había brotado valientemente al llegar la primavera y se había preparado a granar, al ver que nada le llegaba de la tierra ni del cielo, cesó de crecer, permaneció al principio quieto bajo el sol y luego empezó a disminuir y amarillear, quedando convertido en una cosecha estéril. Los lechos de arroz que Wang Lung sembrara eran como cuadriláteros de jaspe en la tierra morena. Día tras día los regaba, desde que diera el trigo por perdido: cargaba el agua en dos pesados cubos de madera, colocados en los extremos de una pértiga que el llevaba sobre las espaldas. Pero por más que abrió un surco en su carne y se formó en ella una callosidad tan grande como una escudilla, la lluvia no hizo aparición alguna.
Al fin el agua del estanque se secó, formando un cuajarón de greda, y hasta el agua del pozo bajó tanto que O-lan dijo:
– Si los niños han de beber y el viejo ha de tener su agua caliente, las plantas habrán de secarse.
Wang Lung le contestó con rabia que se quebró en un sollozo:
– ¡Bueno, y si las plantas se mueren, ellos también tendrán que morirse!
Era cierto que dependían enteramente de la tierra.
Únicamente el terreno cercano al foso dio cosecha, y eso porque Wang Lung, viendo que pasaba el verano sin que lloviese, abandonó todos sus otros campos y dedicó enteramente su atención a éste, cuyo ávido suelo regaba con el agua que extraía del foso.
Aquel año, por primera vez, vendió el grano tan pronto lo hubo cosechado, y al sentir la plata entre sus manos la apretó con un ansia que tenía mucho de desafío. Con aquella plata, se dijo, haría, pese a los dioses y pese a la sequía, lo que había determinado hacer. Por aquella plata había molido su cuerpo y derramado el sudor de su frente, y haría con ella lo que quisiese. Y corrió a la Casa de Hwang, se presentó ante el administrador de las tierras y le dijo sin ceremonias:
– Tengo con qué comprar el terreno que colinda con el mío, junto al foso.
Wang Lung había oído decir aquí y allá que para la Casa de Hwang aquel año había rayado en la pobreza. La Anciana Señora no había fumado íntegramente su ración de opio en muchos días, y parecía una vieja tigresa, trastornada por el ansia de la droga. Cada día hacía venir al administrador a su presencia, y cuando lo tenía delante le maldecía, le golpeaba el rostro con el abanico y le gritaba: "¿Pero es que ya no quedan leguas de tierra?", hasta hacerle perder el tino.
Tanto lo había perdido que últimamente hasta había renunciado al dinero que solía retener, para su propio uso, de las transacciones de la familia. Y por si todo esto fuera poco, el Anciano Señor decidió tomar otra concubina más, una esclava hija de una esclava que había sido suya en su juventud y que estaba ahora casada con un criado de la casa porque el deseo que inspirara a su señor se apagó antes de que éste la aceptara en sus habitaciones como concubina. La pequeña esclava, que no tenía más de dieciséis años, despertaba en el una lujuria nueva, pues según iba envejeciendo, debilitándose y haciéndose pesado a fuerza de tejido adiposo, crecía su deseo de carne fresca, de mujercitas ligeras y jóvenes, hasta niñas; de modo que era imposible moderar su lujuria. Como la Venerable Señora con su opio, así él con su sensualidad. Y era inútil tratar de hacerle comprender que no había dinero para pendientes de jaspe ni oro que verter en las lindas manos femeninas. El significado de las palabras "no hay dinero" no podía alcanzar a quien, durante toda una vida, sólo había tenido que extender la mano para retirarla colmada cuantas veces lo deseara.
Y viendo a sus padres de tal suerte, los jóvenes señores se encogieron de hombros y se dijeron que aún tendrían suficiente dinero para derrochar durante toda su vida. Y solamente se unían en una cosa: en reprochar al administrador la mala marcha de sus propiedades, hasta que el hombre, antes opulento y untuoso, de vida fácil y bolsa abundante, tornóse inquieto, se sintió acosado y comenzó a perder carnes de tal manera que la piel le colgaba sobre los huesos como un vestido viejo.