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– No había necesidad de correr tanto.

Y se marcho dejándole con dos piezas de plata en la mano que era el doble de lo que valía la carrera.

Entonces Wang Lung comprendió que aquella persona era realmente extranjera, y mucho más extranjera que él en aquella ciudad, y que al fin y al cabo, las gentes de pelo y ojos negros son de una raza, y las de pelo y ojos claros, de otra, sintiéndose, después de estas consideraciones, mucho menos extranjero en aquel lugar.

Cuando por la noche regreso a su choza, con la plata todavía sin tocar, le contó a O-lan lo sucedido. y ella dijo:

– Los he visto. Yo siempre les pido a ellos, pues son los únicos que echan plata en lugar de cobre dentro de mi escudilla.

Pero ni Wang Lung ni su mujer creían que los extranjeros obraban así por bondad de corazón, sino por ignorancia, por no saber que es más apropiado dar cobre a los mendigos que plata.

Sin embargo, gracias a esta experiencia, Wang Lung aprendió lo que los jóvenes arengadores no le habían enseñado: que él era uno de ellos, de su misma raza, de aquellos que tenían el cabello y los ojos negros.

Pegados así a los extremos de la vasta y opulenta ciudad, parecía que por lo menos la comida no podía faltarles. Wang Lung y su familia venían de un país donde si la gente se moría de hambre era porque faltaban alimentos pues la tierra no puede fructificar bajo un cielo implacable. Y tener plata en la mano servía de bien poco, ya que nada podía comprarse donde nada había, aquí, en esta ciudad se encontraban comestibles por doquiera. Las calles del mercado de pesca estaban invadidas por grandes cestas llenas de peces plateados, pescados la noche anterior en el río cercano, y de cubos atestados de pececillos lisos y brillantes cogidos con red en las aguas de un pequeño lago, y de montones de crustáceos amarillos, y de anguilas, para las fiestas de los ricos.

En los mercados de grano había cestas de cereales de tal tamaño, que un hombre podía meterse en ellas y esconderse entre el grano sin ser descubierto por quien no le hubiera visto entrar; arroz blanco y arroz moreno, trigo de un amarillo oscuro y trigo como oro pálido, y judías amarillentas, encarnadas y verdes, y mijo color canario, y gris ajonjolí.

En los mercados de carne, cerdos enteros colgaban enganchados por el cuello, abiertos de arriba abajo para mostrar la carne rosada, las capas de buena grasa y la piel gruesa y blanca. Y en las tiendas de volatería colgaban, hilera tras hilera, del techo y de las puertas, los patos que habían sido lentamente dorados sobre un fuego de carbón, y los patos crudos, blancos y salados, y las ristras de menudillos. Y lo mismo ocurría en las tiendas donde se vendían ocas, faisanes y toda clase de aves.

En cuanto a las verduras, se encontraba todo lo que la mano del hombre puede arrancarle a la tierra: rábanos blancos y rojos, huecas raíces de loto, verdes coles y apios, rizados brotes de judías, morenas castañas y fragantes berros. Cuanto el apetito del hombre pudiera desear, se hallaba en los mercados de aquella ciudad Y en sus calles, aquí y allá, encontrábanse vendedores ambulantes de dulces, de frutas y nueces, de postres calientes hechos con batatas y fritos en aceites dulces, de pequeñas croquetas de cerdo cargadas de especias y envueltas en pasta, y de pasteles de azúcar elaborados con arroz glutinoso. Y los niños de la ciudad corrían al encuentro de estos vendedores con las manos llenas de peniques, y comían hasta que la piel les brillaba de azúcar y aceite.

Sí, parecía que nadie pudiese sufrir hambre en aquella ciudad. Y, sin embargo, cada mañana, un poco después del alba, Wang Lung y su familia salían de la choza, con sus escudillas y sus palillos, y formaban un pequeño grupo en una larga procesión de gentes que también salían de sus respectivas chozas, temblando dentro de sus ropas demasiado delgadas para la húmeda niebla del río, y se dirigían, inclinados bajo el helado azul del cierzo matinal, a las cocinas públicas, donde, por un penique, se podía comprar una escudilla de pasta de arroz.

Porque a pesar de lo que él ganaba corriendo y tirando de su rickshaw y O-lan mendigando, no llegaban a poder cocer el arroz diariamente en su propia choza. Si les sobraba un penique sobre lo que tenían que entregar en las cocinas públicas, compraban un poco de col. Pero la col les resultaba cara de cualquier modo, pues los dos muchachos tenían que ir a buscar combustible para cocerla entre los dos ladrillos que O-lan había convertido en horno, y este combustible tenían que cogerlo, a puñados y como podían, de los haces de junco y de hierba que los labradores llevaban al mercado. Algunas veces, los muchachos eran sorprendidos y abofeteados duramente, y una vez el mayorcito, que era más tímido que el pequeño, volvió a casa con un ojo hinchado por el sopapo de un labrador. Pero el menor se había vuelto más listo; era, en realidad, mucho más hábil robando que mendigando.

Para O-lan, esto no tenía importancia. Si los chicos no sabían mendigar sin jugar y reír, que robasen, pues, para llenar el estómago. Pero Wang Lung aunque no encontraba qué contestar a esto, sentía hervirle la sangre ante este latrocinio de sus hijos, y no reñía al mayor por su torpeza en las operaciones. Aquella vida a la sombra de los grandes muros no era la vida que Wang Lung amaba. Allá lejos le esperaba su tierra.

Una noche llegó tarde y encontró que en el guisado de col hervía un buen trozo de carne de cerdo. Era la primera vez que tenían carne para comer desde que mataron su propio buey, y los ojos de Wang Lung se dilataron de asombro.

Debes de haber pedido a un extranjero hoy -le dijo a O-lan, pero ella, según su costumbre, no contestó nada.

Entonces el chico menor, demasiado pequeño para callar a tiempo y lleno además de orgullo por su destreza, exclamó:

– ¡Yo la cogí! Esa carne es mía. Cuando el carnicero se volvió, después de haberla cortado, me metí corriendo por debajo del brazo de una vieja que había ido a comprarla, la cogí y eché a correr con ella. y me escondí en una tinaja vacía que había junto a una puerta hasta que llegó mi hermano.

– ¡No comeremos esta carne! -gritó Wang Lung enfurecido-. ¡No comeremos ninguna carne que no hayamos comprado o pedido! Seremos mendigos, pero no somos ladrones.

Y cogiendo el trozo de cerdo lo sacó de la olla con dos dedos y lo tiró al suelo sin hacer caso de los berridos del pequeño.

Entonces O-lan se adelantó estoicamente, recogió la carne, la lavó y la echó a la olla de nuevo.

– La carne es carne -dijo tranquilamente.

Wang Lung ya no dijo nada más, pero estaba furioso y asustado porque sus hijos se estaban convirtiendo en ladrones en aquella ciudad. Y aunque no protestó cuando O-lan desgarró la carne tierna con los palillos y dio grandes trozos al anciano, a los chicos, y hasta le llenó la boca a la niña y se reservó algo para si misma, él se negó rotundamente a tocarla, contentándose con la col que había comprado.

Pero después de la comida cogió al menor de sus hijos, se lo llevó a la calle, donde su madre no le pudiera oír, y agarrándole fuertemente con una mano, con la otra le dio de bofetadas hasta cansarse, sin hacer caso de los chillidos del muchacho.

– iToma, toma y toma! -le gritaba-. ¡Eso, por ladrón!

Cuando soltó al niño, que se fue a su casa gimoteando, se dijo para si: "Hemos de volver a la tierra."

XIII

Día tras día, bajo la opulencia de esta ciudad, Wang Lung vivía en sus cimientos de miseria, sobre los que la ciudad se levantaba. Con los comestibles rebosando de los mercados; con las calles donde se hallaban los almacenes de seda llenas de tiendas engalanadas de vistosos estandartes multicolores que anunciaban las mercancías: con tantos hombres ricos vestidos de satén y de terciopelo, cubiertos de seda y con la piel suave y las manos perfumadas y tiernas como flores de delicadeza y de ocio; con tanta cosa para esplendor y belleza de la ciudad, en aquella parte de la misma donde vivía Wang Lung no había comida suficiente para calmar un hambre salvaje ni la ropa necesaria para cubrirse los huesos.