En aquella confusión, solamente Wang Lung no se apoderó de nada. Jamás había tocado lo que era de otro y tampoco ahora podía hacerlo. así es que se mantuvo pasivamente en mitad de aquel tumulto, zarandeado de aquí para allá, y luego, cuando fue haciéndose dueño de si mismo, empezó a empujar perseverantemente hacia fuera del grupo hasta quedar a un extremo. Ahora podía ver dónde se hallaba.
Encontrábase al fondo de una de las estancias interiores donde habitan las damas de los ricos; la puerta de atrás estaba abierta de par en par, una de aquellas puertas que durante siglos y siglos han tenido los ricos para sus fugas y que se llama puerta de la paz. A través de ella se habían indudablemente escapado aquel día los habitantes de la mansión, escondiéndose por las calles y prestando oído al griterío de la turba que asaltaba su casa. Pero, debido a su talla o a la pesadez de su sueño, un hombre no había podido huir y Wang Lung lo encontró en una habitación interior vacía en la que el populacho había entrado y vuelto a salir. Este hombre, que había estado escondido en algún lugar secreto, no fue descubierto, y ahora, creyéndose solo, había salido sigilosamente, dispuesto a escapar.
Era un individuo gordo y voluminoso, ni viejo ni joven, y había estado tendido desnudo en la cama, sin duda con una mujer bonita, pues su cuerpo desnudo asomaba a través de un ropaje de satén morado que ceñía en torno de si. Los amarillentos rollos de sus carnes formaban dobleces sobre sus pechos y sobre su vientre, y en las montañas de sus mejillas los ojos aparecían pequeños y hundidos como los de un cerdo. Cuando vio a Wang Lung se puso a temblar de pies a cabeza, chillando como si estuvieran desollándolo, y Wang Lung, que no llevaba arma alguna, se le quedó mirando asombrado y con ganas de echarse a reír ante la escena. Pero el robusto individuo cayó ante él de rodillas y, dándose con la cabeza en las losetas del suelo, gritó:
– ¡Salva una vida! ¡Salva una vida! ¡No me mates y te daré dinero, mucho dinero!
La palabra "dinero" proyectó al instante en la manta de Wang Lung una claridad penetrante. ¡Dinero! Si, él necesitaba dinero. Y de nuevo vio claramente y oyó como una voz que dijese: "Dinero… La niña salvada… ¡La tiene!"
Y gritó con una voz dura, como no creía que él pudiera tener: ¡Dame el dinero, pues!
El hombre se levantó del suelo y, buscando en el bolsillo del manto, sacó las manos chorreando oro. Wang Lung cogió el extremo de su túnica para recibirlo, y gritó de nuevo:
– ¡Dame más!
Y otra vez las manos del hombre aparecieron llenas de oro y sólo dijo:
– Ahora ya no hay más y no me queda otra cosa que mi vida miserable.
Empezó a llorar y las lágrimas le corrían como aceite por las colgantes mejillas.
Wang Lung, mirándole temblar y gemir, sintió de pronto que le aborrecía como no había aborrecido nada en este mundo, y le gritó estremeciéndose con toda la repugnancia que sentía hacia éclass="underline"
– ¡Fuera de mi vista si no quieres que te mate, gusano asqueroso!
Así le gritó Wang Lung, aunque era hombre tan tierno de corazón que no podía matar ni a un buey. Y el hombre echó a correr como un perro y desapareció.
Entonces Wang Lung se encontró solo con el oro. No se detuvo a contarlo, sino que se lo metió en el pecho y, saliendo por la puerta de la paz a las estrechas callejas sobre las que ésta se abría, se dirigió a la choza. Iba apretando contra su seno aquel oro que aún guardaba el calor del cuerpo de otro hombre, y se repetía una y otra vez:
"Regresamos a la tierra, ¡Mañana regresamos a la tierra!"
XV
Antes de que hubieran pasado muchos días, ya tenía Wang Lung la impresión de no haber salido nunca de su tierra. En realidad, espiritualmente al menos, no se había separado jamás de sus campos.
Con tres piezas de oro compró en el Sur buena simiente: grano de trigo, de arroz y de maíz, y, como alarde de lujo, semillas que nunca había plantado antes: lotos y apio para su estanque, y grandes rábanos encarnados de esos que, rellenos de cerdo, constituyen un plato exquisito en las festividades, y pequeñas judías rojas y fragantes.
Con cinco piezas de oro le compró un buey a un labrador que encontraron arando los campos, antes de llegar a su propia tierra. Wang Lung se detuvo al verle, y con él el anciano, los niños y la mujer, a pesar del ansia que todos sentían por llegar a su casa y a su tierra, y se quedaron mirando al buey. A Wang Lung le llamó la atención su cuello robusto y vigoroso y el empuje de su espalda contra el yugo de madera. Y le gritó al labrador:
– ¡Ese buey no vale nada! ¿Por cuánto lo venderías en oro o plata? Estoy sin animal y como lo necesito tomaría cualquier cosa.
El labrador contestó:
– Antes vendería a mi mujer que a este buey, que no tiene más que tres años y está en todo su vigor.
Y continuó arando sin hacer más caso de Wang Lung. A éste le pareció entonces que de todos los bueyes del mundo era sólo aquél el que habría de ser suyo, y le dijo a O-lan y a su padre:
– ¿Qué tal ese buey?
El anciano lo miró y dijo:
– Parece una bestia bien castrada. Y O-lan exclamó:
– Tiene un año más de lo que el hombre asegura.
Pero Wang Lung no repuso nada porque se había encaprichado de este buey que trabajaba el suelo vigorosamente y que tenía la piel lisa y amarilla y los ojos grandes y oscuros. Con este buey podría arar sus campos y cultivarlos, y luego, atándolo al molino, podría moler el grano. Y se dirigió al labrador y le dijo:
– Voy a darte dinero para que te compres otro buey y más. Pero ése ha de ser mío.
Al fin, tras mucho discutir y pelear y tras mucho fingir negativas e indiferencia, el labrador se avino a aceptar un precio que era la mitad más sobre el valor de un buey en aquellos lugares. Pero de pronto el oro no tenía valor para Wang Lung si contemplaba aquel animal, y se lo entregó al labrador, mirando cómo desuncía al buey y llevándoselo luego por una cuerda que le atravesaba la nariz. El corazón de Wang Lung ardía de orgullo con aquella posesión.
Cuando llegaron a la casa encontraron que la puerta debió ser arrancada, que el techo de paja había desaparecido y asimismo las azadas y los rastrillos que dejaron dentro de la vivienda, de manera que sólo quedaban las vigas desnudas y las paredes de tierra, éstas deterioradas por las nieves tardías y las lluvias de invierno y de principios de primavera. Pero, pasada la sorpresa, todo esto no era nada para Wang Lung. Se fue a la ciudad y compró un nuevo arado de madera dura, dos azadas, dos rastrillos y esteras para cubrir el techo hasta que tuviera paja de su cosecha con que poderlo bardar.
Entonces se detuvo, a la caída de la tarde, frente a su casa y extendió la mirada sobre la tierra, su propia tierra, suelta y fresca tras los hielos invernales y pronta a ser plantada. Era plena primavera y en el pantano las ranas cantaban soñolientamente. Los bambúes que crecían junto a una esquina de la casa se balanceaban lentamente al beso de una brisa de anochecido, y a través del crepúsculo veíase esfuminada la franja de árboles al borde del campo cercano. Eran melocotoneros en flor, matizados de un tinte delicadamente rosado, y sauces que asomaban sus tiernas hojas verdes. Y de la tierra inactiva y expectante se levantaba una niebla plateada como luz de luna que se abrazaba a los troncos de los árboles.