Por este tiempo, Wang Lung había tenido pruebas sobradas de la honradez y lealtad de Ching y lo hizo capataz, pagándole bien: dos piezas de plata al mes, además de la comida. Pero a pesar de la insistencia de Wang Lung en que Ching comiese, y comiese bien, éste no echaba carnes sobre los huesos y continuaba siendo un hombrecillo flaco y enjuto, siempre grave. Sin embargo trabajaba a gusto, laborando silenciosamente desde el amanecer hasta el anochecer, hablando con su débil vocecilla si había algo que decir, pero más contento si no lo hacía y podía estar callado. Y, hora tras hora, levantaba la azada y volvía a dejarla caer, y ya anochecido cargaba los cubos de agua o de abonos y los llevaba a los campos para vaciarlos sobre las hileras de vegetales.
Pero Wang Lung sabía, además, que si alguno de los jornaleros dormía demasiado cada día a la sombra de los árboles, o comía más de lo que le correspondía del plato común, o si hacía venir secretamente a su mujer o a su hijo durante la siega a robar puñados del grano que se batía bajo el mayal, al final del año, Ching le diría:
– Aquél y aquél no necesitan volver el año que viene.
Y parecía que el puñado de guisantes y de simiente que se cruzó entre estos dos hombres los había hecho hermanos, sólo que Wang Lung, que era el más joven, ocupaba el puesto del mayor y que Ching no olvidaba nunca que estaba asalariado y que vivía en una casa que era de otro.
Al finalizar el quinto año, Wang Lung trabajaba poco en los campos, pues tenía que invertir casi todo su tiempo, tanto era el aumento de sus tierras, en el negocio y mercado de sus productos y en la dirección de sus trabajadores. Veíase grandemente entorpecido por su falta de conocimiento de los libros y del significado de la escritura, de aquellos caracteres trazados sobre papel con tinta y un pincel de pelo de camello. Además, cuando se hallaba en las tiendas de grano, donde éste era comprado para ser vendido después, era para él motivo de vergüenza que, al escribirse un contrato por tanto y cuanto de su trigo y de su arroz, se viese obligado a decir humildemente a los negociantes de la ciudad:
– Señor, ¿queréis leérmelo?, pues yo soy demasiado estúpido.
Y era para él una vergüenza que, cuando debía firmar un contrato, otro hombre, aunque sólo fuera un miserable escribiente, alzase las cejas despreciativamente y, con su pincel mojado en la tinta, escribiese el nombre de Wang Lung; y más vergüenza todavía cuando el hombre decía bromeando:
– ¿Es el signo Lung del dragón, o el Lung sordo, o qué? Y Wang Lung tenía que contestar con humildad:
– Es lo que queráis, pues yo soy demasiado ignorante para conocer mi propio nombre.
Fue en un día así, durante la época de la cosecha, cuando, después de haber oído la risotada de los escribientes, ociosos a aquella hora del mediodía y pendientes todos de cualquier cosa que ocurriese, al regresar a casa colérico y disgustado, se dijo a si mismo mientras atravesaba su propia tierra:
"Ninguno de esos imbéciles tiene un palmo de tierra y, sin embargo, todos se creen con derecho a reírse de mi porque no sé descifrar los signos del pincel sobre el papel."
Y luego, cuando su indignación fue calmándose, se dijo:
"En verdad, es para mi una vergüenza que no sepa leer ni escribir. Sacaré a mi hijo mayor de los campos y lo mandaré a un colegio de la ciudad para que aprenda, y cuando yo vaya a los mercados de grano, él leerá y escribirá por mi, y así pondré fin a todas esas risas y burlas a costa mía, que soy dueño de tierras”.
Este arreglo le pareció conveniente y aquel mismo día llamó a su hijo mayor, que era ahora un muchacho de doce años, alto y derecho, con los grandes pómulos, manos y pies de su madre, pero con la viveza de su padre, y cuando tuvo al chico delante, le dijo:
– Vas a dejar los campos hoy mismo, pues necesito un estudiante en la familia para que lea los contratos y escriba mi nombre, de modo que yo no tenga que avergonzarme en la ciudad.
El muchacho tornóse de un rojo subido y sus ojos brillaron.
– Padre mío -dijo-, así lo he deseado yo desde hace dos años, pero no me atrevía a pedirlo.
Entonces, el hijo segundo, al enterarse de ello, se presentó ante su padre gimiendo y protestando, cosa que hacía con frecuencia, pues desde que empezó a hablar era un muchacho ruidoso y parlanchín, siempre dispuesto a clamar que su porción era menor que la de los otros.
Y ahora se lamentó:
– ¡Bueno, yo tampoco quiero trabajar en los campos, y no es justo que mi hermano se siente con comodidad y aprenda cosas, y yo, que soy vuestro hijo igualmente, tenga que trabajar como un patán!
Y Wang Lung, sin poder sufrir sus lamentaciones, se dispuso a concederle lo que quería, como se lo concedía siempre si los lloros del chico se le hacían insoportables, y le dijo rápidamente:
– Bueno, pues id los dos, y si el cielo, en sus malos designios, se lleva a uno de vosotros, quedará el otro con conocimiento para atender mi negocio por mi.
Entonces mandó a la madre de sus hijos a la ciudad para comprar tela con que hacer dos largas túnicas a los muchachos, y él mismo se fue a una papelería y compró papel y pinceles y dos tinteros; aunque no entendía nada de esas cosas, le daba vergüenza confesar su ignorancia y no lo hacia, viéndose perdido en dudas cada vez que el tendero traía algo y se lo enseñaba. Pero al fin estuvo todo preparado y hechos los arreglos necesarios para enviar a los dos muchachos a un colegio cercano a las puertas de la ciudad, dirigido por un viejo que en años pretéritos había intentado pasar los exámenes oficiales, pero fracasó. Había, pues, colocado unos cuantos bancos y mesas en el cuarto central de su casa, y por una pequeña suma entregada cada día festivo del año enseñaba los clásicos a los niños, pegándoles con su enorme abanico cerrado si holgazaneaban o si no sabían repetirle el contenido de las páginas que hojeaban desde el amanecer hasta la noche.
Sólo en los días calurosos de la primavera y del verano hallaban los discípulos algún respiro, pues entonces el viejo cabeceaba y se dormía después del almuerzo, y la pequeña y oscura habitación se llenaba toda con el susurro de su dormir. Entonces, los muchachos cuchicheaban y jugaban, hacían dibujos maliciosos que se mostraban unos a otros y disputábanse al ver una mosca zumbar en torno a la mandíbula abierta y caída del profesor, haciendo apuestas sobre si el insecto entraría en la caverna de la boca o no. Pero cuando el viejo maestro abría de pronto los ojos y no se sabía nunca cuándo iba a abrirlos, tan rápida y secretamente como si no hubiera dormido- y veía a los muchachos, antes de que ellos se dieran cuenta alzábase con su abanico y lo dejaba caer sobre esta cabeza y sobre aquélla.
Y al oír los crujidos y los gritos de los discípulos, los vecinos decían:
– Es un buen maestro, a pesar de todo.
Y por eso Wang Lung escogió este colegio para sus hijos.
El primer día, cuando los acompañó al colegio, fue andando delante de ellos, pues no es propio que padre e hijos vayan uno junto al otro, y llevando un pañuelo azul lleno de huevos frescos que entregó al maestro cuando llegaron. Wang Lung se sintió atemorizado por los grandes lentes de latón del profesor, por su larga túnica negra y flotante, y por su inmenso abanico, que aun en invierno llevaba en la mano, e inclinándose ante él, dijo:
– Señor, aquí están mis dos indignos hijos. Si es posible meterles algo en sus densos meollos de latón, es sólo pegándoles; así, pues, si queréis contentarme, pegadles para que aprendan.