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Cuckoo se detuvo al oír esto, y con los ojos estrechos y brillantes como los de una serpiente y la voz suave como aceite fluyendo de una vasija, exclamó:

– ¿Y quién no ha oído hablar de ello? ¿Y dónde mejor puede un hombre gastar el dinero que le sobre, que en un sitio como éste, adonde acuden los ricos y los elegantes a divertirse y gozar? No hay vino como el nuestro, ¿lo habéis probado, Wang Lung?

Hasta ahora no he bebido más que té replicó Wang Lung, medio avergonzado. No he tocado el vino ni los dados.

¡Té! -exclamó ella con una risa penetrante. -¡Pero si tenemos vinos magníficos y vino fragante, de arroz! ¿Qué necesidad tenéis de beber té?

Y como Wang Lung inclinaba la cabeza, continuó suave, insidiosamente:

– Y supongo que tampoco habréis puesto la vista en nada más. ¿eh? En ninguna linda manita, en ninguna mejilla perfumada.

Wang Lung bajó la cabeza todavía más y la sangre le fluyó al rostro y se sintió como si todo el mundo le mirase con burla, mientras escuchaba la voz de esta mujer. Pero cuando tuvo el valor de levantar los ojos vio que nadie se ocupaba de él y que el ruido de los dados estallaba de nuevo, así es que dijo, lleno de confusión:

– No… no… Solamente té…

Entonces la mujer se rió otra vez y, señalando los rollos de seda pintada, exclamó:

– Ahí están sus retratos. Escoged a la que deseáis ver, ponedme el dinero en la mano y la traeré a vuestra presencia.

¡Esas! -dijo Wang Lung asombrado- ¡Pero yo creí que eso eran retratos de mujeres de ensueño, de diosas de la montaña de Kwen Lwen, como las que describen los narradores de historias!

– Y mujeres de ensueño son -repuso Cuckoo con burlón buen humor- pero de ensueños que un poco de plata puede convertir en realidad.

Y se alejó haciendo señas y guiños a los criados, mostrándoles a Wang Lung como si dijese:

"¡Ahí tenéis a esa calabaza pueblerina!"

Pero Wang Lung permaneció sentado contemplando los retratos con un nuevo interés: ¡subiendo por esa estrecha escalera, en las habitaciones de encima de él, se hallaban aquellas mujeres en carne y hueso y los hombres subían a verlas, otros hombres que él, claro está, pero hombres! Bueno, y si él no fuese quien era: un hombre bueno y trabajador, con esposa e hijos…, ¿qué retrato escogería él, usando el símil del niño que imagina a veces que hace una cosa dada, digo, qué retrato pretendería escoger? Y miro todos los rostros, uno por uno, intensa y atentamente, como si fueran de verdad. Hasta ahora, todos le habían parecido igualmente hermosos, pero hasta ahora no había tratado nunca de escoger uno. Ahora, en cambio, veía claramente que había unos más hermosos que otros, y entre todos escogió los tres más bonitos, y volvió a escoger y de los tres seleccionó uno, el más bello, el retrato de una mujer leve y pequeña con un cuerpo ligero como un bambú y una carita aguda como la de un gato chiquitín. Esta mujer tenía en una de sus manos delicadas y tiernas, como un helecho joven, el tallo de un loto en capullo.

Wang Lung la contempló y según la contemplaba, un ardor como de vino corría por sus venas.

– Es como una flor de membrillo -dijo de pronto en voz alta, y al oir su propia voz sintióse lleno de alarma y vergüenza, se levantó rápidamente, puso el dinero sobre la mesa y salió a la sombra nocturna que ahora había caído y se dirigió a su casa.

Pero sobre los campos y las aguas, la luz lunar colgaba como una niebla plateada, y en sus venas la sangre corría secreta, rápida y ardientemente.

XIX

Ahora bien, si las aguas se hubieran retirado entonces de las tierras de Wang Lung, dejándolas humeantes bajo el sol, de modo que tras unos días de calor estival hubiese sido necesario labrarlas, pasarles el rastrillo y sembrarlas, es posible que Wang Lung no hubiera regresado nunca más a la lujosa casa de té. O si una de las criaturas hubiera enfermado, si el viejo hubiese llegado de repente al fin de sus días. Wang Lung hubiera podido ser absorbido por esta nueva circunstancia, olvidando la carita aguda del rollo de seda y el cuerpo de aquella mujer esbelta como un bambú.

Pero aparte el leve viento de verano que se levantaba al crepúsculo, todo continuaba iguaclass="underline" las aguas, plácidas e inmóviles: el viejo, adormilado: los dos muchachos, ausentes cada día en la escuela desde el amanecer hasta anochecido. Y en su casa. Wang Lung se sentía desasosegado y evitaba encontrarse con los ojos de O-lan, que le miraba dolorosamente ir de aquí para allá, dejarse caer en una silla y levantarse sin beber el té que ella le sirviera ni fumar la pipa que había encendido.

Al final de un largo día, más largo que ningún otro, en el séptimo mes, Wang Lung se hallaba en pie a la puerta de su casa, a la hora en que caía el crepúsculo, murmurante y delicioso con el hálito del lago, y de pronto se dio vuelta abruptamente, sin decir palabra, fue a su cuarto y se puso su túnica nueva, la que le había confeccionado O-lan para los días de fiesta, y que era de tela negra tan brillante que parecía de seda. Y sin hablar con nadie se dirigió por los estrechos caminos que bordeaban las aguas, atravesó los campos y llegó a la penumbra de la puerta de la ciudad, que cruzó, siguiendo la ruta de las calles hasta llegar a la nueva casa de té.

En ella todas las luces estaban encendidas, aquellas brillantes lámparas de aceite, compradas en las ciudades forasteras de la costa, y bajo estas lámparas se sentaban los hombres bebiendo y hablando, con las túnicas abiertas al fresco de la noche; y por todas partes se veían abanicos agitados, y la risa, como una música, fluía hacia la calle. Toda la alegría que Wang Lung jamás había gozado trabajando su tierra, estaba aquí retenida, entre las paredes de esta casa donde los hombres iban a divertirse.

Se detuvo a la entrada, dudando en medio de la luz brillante que huía de adentro por las puertas abiertas. Y quizás hubiera permanecido allí marchándose después, ya que aún se sentía temeroso y tímido, aunque la sangre corría por su cuerpo como si fuera a estallarle en las venas; pero de las sombras al margen de la luz avanzó una mujer que había estado apoyada negligentemente contra el portal, y esta mujer era Cuckoo. Adelantóse al ver la figura de un hombre, pues era su cometido traer clientes para las mujeres de la casa, pero cuando vio quién era se encogió de hombros y dijo:

– ¡Ah, es sólo el labrador!

Wang Lung se sintió herido por la displicencia de su voz, y la súbita cólera que prendió en él le dio un valor que de otra manera no hubiese tenido; así es que dijo:

– Bueno ¿y es que yo no puedo entrar en la casa y hacer lo que otros hacen?

Y ella se encogió nuevamente de hombros, se rió y repuso: -Si tenéis la plata que otros tienen, si.

Entonces Wang Lung quiso demostrarle que era suficientemente rico para hacer lo que le viniese en gana, y metiéndose la mano en el cinturón la sacó llena de plata y le dijo a la mujer:

– ¿Basta o no basta?

Cuckoo contempló el puñado de plata y dijo sin más dilación:

– Entrad y decid cuál queréis.

Y Wang Lung, sin saber lo que decía, refunfuñó:

– No sé que quiera nada.

Pero su deseo le venció entonces, y exclamó, bajito:

– Aquella pequeña…, aquella de la barbilla aguda y la carita blanca y rosada como una flor de membrillo. Tiene un capullo de loto en la mano.

La mujer asintió con la cabeza y, haciéndole una seña, se abrió paso entre las mesas, seguida a cierta distancia por Wang Lung. Al principio le parecía que todos le miraban y observaban, pero cuando se atrevió a mirar en derredor vio que nadie se ocupaba de el, excepto dos hombres, uno de los cuales exclamó: "¿Es ya lo bastante tarde para ir a las mujeres?", respondiendo otro: ¡Aquí está un individuo vigoroso que necesita empezar temprano!"

Pero entonces se hallaban ya subiendo la estrecha escalera, cosa que Wang Lung hizo con dificultad, pues era la primera vez que subía escaleras en el interior de una casa. Sin embargo, cuando llegaron arriba era lo mismo que en el piso bajo, excepto que parecía a mucha altura cuando, al pasar frente a una ventana, se veía el cielo. La mujer le condujo a lo largo de un salón oscuro y gritaba según iba andando: