– ¡Aquí está el primer hombre de la noche!
Y a todo lo largo del salón las puertas se abrían súbitamente y las cabezas de las muchachas aparecían en lagunas de luz como flores que se abriesen al sol, pero Cuckoo exclamaba cruelmente:
– ¡No, tú no… tú no…! ¡Nadie ha pedido por vosotras! ¡Este es para la pequeña cara rosada, para la enanita de Soochow…, para Loto!
Una oleada de sonidos onduló por el salón, indistinta, burlesca, y una muchacha, encendida como una granada, exclamó con voz potente:
– ¡Loto puede quedarse con ese individuo… que huele a campo y a ajos!
Wang Lung oyó esto perfectamente, y aunque las palabras le dolieron corno una puñalada, desdeñó contestar, porque temía parecer lo que en efecto era: un labrador. Pero siguió avanzando resueltamente al recordar la buena plata que llevaba en el cinturón, y al fin la mujer llamó rudamente con la palma de la mano a una puerta cerrada y entró sin esperar más. Y allí, sobre una cama cubierta con una roja colcha floreada, hallábase sentada una frágil muchacha.
Si alguien le hubiese dicho que existían manos como éstas, no lo hubiera creído, manos tan pequeñas, de huesos tan finos, de dedos tan afilados, embellecidos por largas uñas teñidas del color rosado que tienen los lotos en capullo. Y si alguien le hubiese dicho que existían pies como éstos, piececitos apresados en zapatos de satén rosa y no más grandes que el dedo de un hombre…, si alguien se lo hubiese dicho no lo hubiera creído.
Se sentó muy rígido en la cama, contemplando a la muchacha, y vio que era como el retrato y que habiendo visto el retrato hubiera reconocido a la muchacha si la hubiese encontrado. Pero más que nada se parecía su mano a la del retrato, y era leve, fina y blanca como la leche.
La joven tenía las manos enlazadas una en la otra sobre la seda rosada de su falda, y al verlas no se soñaría que pudiesen ser tocadas.
Wang Lung miró a la joven como había mirado su retrato, y vio el cuerpo ligero como un bambú ceñido en la corta chaquetilla; vio la carita aguda emergiendo en toda su pintada belleza del alto cuello forrado de piel blanca; vio los ojos redondos, de forma de albaricoques, y comprendió ahora por qué los narradores de historias loaban los ojos de albaricoques de las bellas de antaño. Y para él aquella mujer no era de carne y hueso, sino una efigie pintada.
Entonces ella alzó su manita delicada y la puso sobre el hombro de Wang Lung y la deslizó lenta, muy lentamente, a lo largo de su brazo. Y aunque jamás había él sentido un roce tan suave, aunque, si no lo hubiera visto, no habría sabido que le rozaba, miró la mano moverse a lo largo de su brazo y fue como si un fuego la siguiera, quemándole bajo la manga, en la carne viva, y la miró hasta que, llegando al extremo de la manga, dudó un instante, con estudiada vacilación, antes de caer en la desnuda muñeca y en el hueco duro de su mano. Y Wang Lung empezó a temblar, no sabiendo cómo recibirla.
Entonces oyó una risa ligera, rápida, tintineante como la campana de plata de una pagoda repicando al viento, y una vocecilla, que también era como risa, exclamó:
– ¡Oh, pero qué ignorante eres, hombretón! ¿Vamos a estar sentados así toda la noche, mientras me contemplas?
Y al oír esto, Wang Lung cogió la manita entre las dos suyas, pero cuidadosamente, porque era como una frágil hoja, cálida y seca, y dijo implorantemente a la muchacha, sin saber lo que decía:
– ¡Yo no sé nada! ¡Enséñame!
Y ella le enseñó.
Ahora, Wang Lung enfermó de la enfermedad más seria que pueda tener un hombre. Había sufrido bajo el rudo trabajo al sol, había sufrido bajo el azote de los vientos helados del desierto, había sufrido de hambre cuando los campos no fructificaban y había sufrido de desesperación trabajando sin esperanza en las calles de una ciudad del Sur. Pero bajo ninguna de estas calamidades llegó a sufrir tanto como bajo la mano ligera de aquella muchacha.
Cada día iba a la casa de té, cada tarde esperaba hasta que ella quisiera recibirle y cada noche entraba a verla. Cada noche entraba y cada noche era el pueblerino timorato, temblando en la puerta, sentándose rígidamente junto a la muchacha esperando la señal de su risa, y entonces, enfebrecido, hambriento, seguía servilmente su caprichosa demora hasta el momento de crisis en que, como una flor en sazón para ser cogida, se dejaba asir por él plenamente.
Pero nunca podía asirla plenamente, y esto era lo que le mantenía sediento y enfebrecido, aunque ella se le entregase. Cuando O-lan había llegado a su casa, su venida fue salud para su carne, y la había deseado robustamente, como una bestia desea a su compañera, y la hizo suya y la olvidó y volvió a su trabajo con alegría. Pero no había tal satisfacción ahora en su amor por aquella muchacha, ni había salud en ella para él. Por la noche, cuando no quería verle más, empujándole fuera de la habitación petulantemente, con sus pequeñas manos súbitamente vigorosas apoyadas en sus hombros, Wang Lung partía tan hambriento como había venido. Era como un hombre que, muerto de sed, bebiese el agua salada del mar, que, aunque es agua, le seca las venas y le provoca sed y más sed hasta que muere enloquecido por ella. Wang Lung iba a la joven y la tomaba, pero partía sin satisfacerse.
Durante todo el caluroso verano, Wang Lung amó así a aquella muchacha. No sabía nada de ella, quién era ni de donde venía; cuando estaban juntos, él apenas hablaba y casi no prestaba atención a la constante charla de ella, ligera y entremezclada de risa como la de un niño.
Únicamente observaba su rostro, sus manos, los movimientos de su cuerpo, el significado de sus ojos anchos y dulces, anhelante de ella. Nunca le era suficiente, y a la madrugada regresaba a su casa ofuscado e insatisfecho.
Los días no tenían fin. Ahora se negaba a dormir en su propia cama, pretextando el calor de la habitación, y extendía una estera bajo los bambúes y dormía allí quietamente, permaneciendo a veces despierto y contemplando las sombras afiladas de las hojas de los bambúes, con el corazón lleno de una dulce angustia que no sabía comprender.
Y si alguien le hablaba, su esposa o sus hijos, o si Ching venía a él y le decía: "Las aguas empezarán pronto a retroceder; ¿qué simientes hemos de preparar?", él gritaba y decía:
– ¿Para qué me molestas?
Y todo el tiempo su corazón parecía que iba a estallar porque no podía saciarse de esta muchacha.
Así, mientras los días pasaban y él vivía únicamente en espera de la noche, Wang Lung no veía el rostro grave de O-lan y de los niños, que se detenían súbitamente en sus juegos cuando él se acercaba, ni veía a su anciano padre que le escudriñaba con la mirada e inquiría:
– ¿Qué malestar es ése que te llena de mal humor y vuelve tu piel amarilla como la greda?
Y mientras estos días se deslizaban hacia la noche, Loto hacía de él lo que quería. Cuando se rió de su trenza de pelo -aunque él pasaba parte del día trenzándola y cepillándola- y dijo: "¡Los hombres del Sur no llevan esas colas de mono!", sin replicar una palabra Wang Lung fue y se la hizo cortar, aunque ni con risas ni con burlas había nadie conseguido hasta entonces que lo hiciera. Cuando O-lan vio lo que había hecho, exclamó aterrorizada:
– ¡Te has cortado la vida!
Pero él le gritó:
– ¿Y he de parecer siempre un idiota anticuado? Todos los hombres jóvenes de la ciudad llevan el pelo cortado.
Sin embargo, en su fuero interno estaba asustado de lo que había hecho, y, sin embargo, era cierto que de igual modo hubiera cortado su propia vida si Loto lo hubiese ordenado o deseado, porque Loto poseía todas las bellezas que él había llegado a aspirar en una mujer.
Su cuerpo vigoroso y moreno, que antes lavaba raramente, considerando el limpio sudor de su trabajo como suficiente lavado para los días corrientes, su cuerpo era ahora para él objeto de rigurosa atención, y empezó a examinarlo como si fuera el de otro hombre y a lavarlo cada día, hasta que su mujer hubo de exclamar, inquieta: