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Sin embargo, al ver la expresión de cólera que tomaba el rostro de Wang Lung al oír este lenguaje demasiado claro, añadió apresuradamente:

– Pero es hermosa: nunca he visto una mujer más hermosa que ella, y será para ti un dulce como el arroz de ocho frutas que sirven en las fiestas, después de tus años pasados con la huesuda esclava de la Casa de Hwang.

Pero Wang Lung no contestó nada; empezó a moverse de un lado a otro de la casa, a escuchar y a no encontrar reposo. Al fin se atrevió a levantar la cortina roja y a entrar en el patio que había construido para Loto y, de allí, a la habitación en penumbra donde ella estaba; y allí permaneció con ella todo el día hasta la noche.

Durante todo este tiempo, O-lan no había aparecido por la casa. Al rayar el alba cogió una azada de la pared y un poco de comida fría envuelta en una hoja de col y, llamando a los niños, había partido con ellos y aún no estaba de vuelta. Pero cuando cayó la noche entró en la casa seguida de los niños, silenciosa, manchada de tierra y ensombrecida de cansancio. Y sin hablar con nadie fue a la cocina, preparó la cena y la puso sobre la mesa como siempre hacía; luego llamó al viejo y le colocó los palillos en la mano, dio de comer a la pobre tonta y comió ella también un poco con los niños. Entonces, cuando se durmieron y Wang Lung permanecía aun sentado a la mesa, perdido en sus sueños, ella se lavó para la noche y al fin entró en su cuarto y durmió sola en su cama.

Entonces Wang Lung comió y bebió de su amor día y noche. Hora tras hora pasaba en el cuarto donde Loto permanecía echada indolentemente sobre su cama, y no se cansaba de observarla. La muchacha no salía nunca temprano durante los calores del otoño, sino que yacía perezosamente mientras Cuckoo bañaba su frágil cuerpo con agua tibia y le frotaba el cuerpo y el cabello con aceite, y la perfumaba, pues había sido la voluntad de Loto, que Cuckoo permaneciese con ella para su servicio, y como le pagaba pródigamente, la mujer aceptó, contenta de servir a una en vez de a muchas. Y ella y Loto, su señora, habitaron separadas de los otros en el departamento que Wang Lung había edificado.

Durante todo el día, la muchacha permanecía en la fresca penumbra de su cuarto, mordisqueando dulces y frutas, vestida únicamente con ligeras ropas estivales de seda verde, una chaquetilla ceñida que le llegaba hasta la cintura y anchos pantalones; así la encontraba Wang Lung cuando venía a verla y comía y bebía de su amor.

Luego, cuando el sol se ponía, Loto rechazaba su señor con linda petulancia, y Cuckoo la bañaba de nuevo, la perfumaba y ponía ropa fresca de la que le había regalado Wang Lung: suavísima seda blanca junto a su carne y, para el exterior, seda color de melocotón, y para los piececitos, zapatos bordados que Cuckoo le calzaba. Entonces la muchacha salía al patio y examinaba el pequeño estanque con sus cinco peces dorados, y Wang Lung la contemplaba, asombrado de la maravilla que poseía. La muchacha pasaba, cimbreándose, a pasos menudos, y para Wang Lung no había en el mundo belleza mayor que sus piececitos puntiagudos y sus manos finas y frágiles.

Y comió y bebió de su amor y se regaló solo y se sintió saciado.

XXI

No era de suponer que la llegada de Loto y de su servidora Cuckoo a la casa de Wang Lung pudiera realizarse sin discordia, ya que más de una mujer bajo el mismo techo implica siempre una amenaza de disturbio. Pero Wang Lung no lo había previsto, y aunque se percataba, por la expresión sombría de O-lan y por la acritud de Cuckoo, de que algo sucedía, no hacía caso de ello ni concedía atención a nadie mientras su deseo le poseía.

Pero cuando el día cedía el paso a la noche y la noche al amanecer y Wang Lung veía que era verdad que Loto continuaba en su casa; cuando las lunas se sucedían y ella permanecía allí, al alcance de su mano, su sed de amor calmóse un tanto y vio cosas que nunca había visto.

Vio, primeramente, que existía enemistad entre O-lan y Cuckoo. Esto fue una gran sorpresa para él, pues se hallaba preparado a que O-lan odiase a Loto, habiendo oído decir que estas cosas ocurrían y que incluso algunas mujeres se ahorcaban de una viga cuando el marido traía una segunda mujer a la casa, y otras reñían y le hacían al hombre la vida imposible para vengarse de lo que había hecho, de manera que él se sentía satisfecho de que O-lan fuese al menos silenciosa y no encontrase palabras de acusación contra él. Pero lo que no se había figurado era que aunque O-lan pudiera permanecer callada respecto a Loto, su cólera hallaría una válvula de escape en Cuckoo.

Ahora bien, Wang Lung había pensado solamente en Loto cuando la joven le suplicó:

– Déjeme conservar a esta mujer como mi servidora, ya que estoy sola en el mundo, pues mi padre y mi madre murieron cuando yo no andaba todavía y mi tío me vendió en cuanto vio que era bonita. No he conocido más vida que la que tú sabes, y no tengo a nadie.

Dijo esto vertiendo lágrimas, siempre prontas y brillantes en sus bellos ojos, y Wang Lung no podía negarle nada cuando le miraba así. Además era cierto que la muchacha no tenía a nadie para servirla y que estaba sola en la casa, ya que no era de esperar que 0lan se ocupara de ella, puesto que ni le hablaba ni parecía haberse enterado de su presencia en la casa. No quedaba, pues, nadie más que el tío de Loto, y le repugnaba a Wang Lung tenerle allí, entremetiéndose y curioseando por la casa únicamente para que no le faltase a Loto alguien con quien hablar. Así es que consideró conveniente a Cuckoo, pues, de todas maneras, no sabía de ninguna otra mujer que quisiera venir.

Pero parece que cuando O-lan vio a Cuco, encolerizóse en extremo, con una cólera sombría y profunda que Wang Lung no le conocía. Cuckoo estaba dispuesta a que fueran amigas, ya que ella recibía su paga de Wang Lung, pero, no obstante, no olvidaba que en la casa grande ella había compartido la habitación del señor, mientras O-lan era esclava en la cocina y una entre muchas. Sin embargo, exclamó con bastante cordialidad cuando vio a O-lan:

– Bueno, mi vieja amiga, ya estamos juntas otra vez en una misma casa. Y ahora tú eres ama y primera esposa… ¡Mi madre! ¡Cómo cambian las cosas!

Pero O-lan se la quedó mirando sin responder, y cuando comprendió quién era y lo que hacía, dejó el jarro de agua que llevaba en la mano, fue a la habitación central donde Wang Lung permanecía a veces entre sus horas de amor, y abordándole francamente le preguntó:

– ¿Qué hace esa esclava en nuestra casa?

Wang Lung miró al Este y al Oeste. Le hubiera gustado contestar con una ruda voz de amo: "¡Bueno, ésta es mi casa y a quien yo deje entrar en ella, puede entrar en ella! ¿Y quién eres tú para interrogarme?" Pero no podía hablar así, por cierta vergüenza que sentía cuando O-lan estaba ante él. Y esta vergüenza le hacía indignarse consigo mismo, pues cuando analizaba las cosas veía que no tenía por qué sentirla y que él no había hecho más de lo que hacen otros hombres cuando les sobra plata.

Así y todo, no podía hablar, y sólo miraba al Este y al Oeste, pretendía haber perdido la pipa entre sus ropas y rebuscaba en el cinturón. Pero O-lan permanecía allí, esperando una respuesta, y al no recibirla volvió a preguntar con las mismas palabras:

– ¿Qué hace esa esclava en nuestra casa?

Entonces Wang Lung, viendo que O-lan exigía una contestación, repuso débilmente:

– ¿Y qué te importa a ti?

Y O-lan dijo:

– Durante toda mi juventud tuve que sufrir sus orgullosos desplantes en la casa grande. Entraba en la cocina un sinfín de veces cada día, gritando:"¡Ahora té para el señor!, y "¡Ahora comida para el señor!" Y siempre estaba demasiado fría o demasiado caliente y las cosas estaban mal guisadas y yo era demasiado fea y demasiado lenta y demasiado esto y demasiado aquello…

Pero todavía Wang Lung no contestaba, porque no sabía qué decir. O-lan esperó, y al ver que él no hablaba, lágrimas ardientes acudieron a sus ojos, que guiñó repetidamente para retenerlas, y, no lográndolo, se enjugó los ojos con la punta de su delantal azul, diciendo al fin: